miércoles, 28 de mayo de 2008
¿Quo vadis, Harold Alva?
Publicado por
javier
en
12:52
9
piedras
Etiquetas: escritores, Mundo editorial
lunes, 26 de mayo de 2008
...Yo ya lo dije....
El pasado viernes 23 de mayo, ocurrió lo que tenía que ocurrir...
Publicado por
javier
en
20:15
2
piedras
Etiquetas: fascismo, libertad de expresión, quilca, sociedad peruana
Mi Mayo francés


Pero, esta vez, De Gaulle fue más inteligente. Se decretó un incremento del 35% en el salario mínimo industrial y convoca a nuevas elecciones (antes había gobernado vía referéndums, pero esa fórmula ya estaba gastada). También se asegura el apoyo del ejército mientras obliga al dirigente estudiantil Cohn-Bendit a exiliarse. También negocia con el Parido Comunista Francés (que miraba con profunda desconfianza la gesta de mayo) y con la URSS (que ya estaba informada de la perniciosa influencia de esta revuelta en sus propias filas, empezando por los sucesos en Checoslovaquia) en busca de avales por si la situación se volvía a disparar. Todas las manifestaciones callejeras son prohibidas.
Publicado por
javier
en
10:16
0
piedras
Etiquetas: revoluciones
miércoles, 21 de mayo de 2008
LAS CALLES LETRADAS DE LIMA: WILSON
Ahora bien, en el Perú se lee bastante. Sí, aunque no lo crean, se lee bastante. Y una de las pruebas más contundentes es la explosión de la piratería editorial. Si la gente no leyera o leyera poco ¿Qué sentido tendría en piratear los libros de Eco, Bolaño o Restrepo? Después de la proclamación del nuevo premio Nobel de literatura, casi a la semana aparecen las ediciones piratas de sus obras, sea el autor turco o austríaco. Cuando el escritor Santiago Roncagliolo presentó en Barcelona su texto La cuarta espada vendiéndose a 25 euros, nuestra pujante piratería patria ya los vendía en el centro de Lima a unos merecidos diez solcitos.
Es por eso que, creando esta nueva sección que demostrará que en muchas partes de Lima se lee bastante, hoy empezamos reseñando la patria chica de la piratería chola: La Avenida Wilson.
La avenida que lleva el nombre de un presidente norteamericano -aunque durante el gobierno nacionalista de Velasco se la renombró oficialmente por el de Garcilaso de la Vega- inicialmente fue una de las grandes alamedas del Perú oligárquico, una suerte de Quinta Avenida tercermundista donde las empresas y franquicias más importantes del Perú colocaron sus oficinas. Cuando el Perú oligárquico se tiró al basurero de la historia, la avenida perdió prestancia y sus inmuebles fueron ocupados por empresitas de medio pelo o simplemente abandonadas. En los ochenta se pobló de Cenecapes y academias de pre-ingreso (acuérdense de esos nombres pomposos: Einstein, Pedro Paulet, Pitágoras, Werner von Braun, Arquímedes, Norbert Wiener -mmmm, ¿eso ahora no es universidad?). A fines de los noventas se convirtió en el gran escaparate de software libre del Perú y en el corazón de la informática al alcance de la mano. En Wilson puedes encontrar todos los programas habidos y por haber, mandar hacer una PC a tu medida o comprar una gigantografía con tu foto. Gracias al empeño de los trabajadores de Wilson, la computadora propia dejó de ser un sueño para los peruanos y le hemos pagado a Bill Gates con su misma moneda.
Bueno, Wilson también es uno de los grandes centros de "piratería" editorial, aunque a su modo.
Los corsarios de Wilson se dieron cuenta que no sólo daba dinero piratear programas o CDs.
Las nuevas tecnologías han abaratado la publicación de un libro (de eso pueden dar fe la proliferación de editoriales e imprentas en el centro de la ciudad). Ademas, entre que obvian los derechos de autor, pagan los menos impuestos posibles, buscan fáciles targets y ahorran encontrando la tinta y el papel más baratos; tienen unos precios innegablemente preferenciales. En su momento de esplendor, se montaron puestos ambulantes de venta en las afueras -siendo célebres los de los cruces con las avenidas España o Uruguay, que rivalizaban con los kioscos de prensa chicha- hasta que el largo brazo de INDECOPI los echó al interior de locales multiusos donde se vende software, accesorios de informática, tinta de impresora, fotocopiadoras, cabinas de internet y, como no, ediciones pirateadas. Wilson no solo es Wilson, sus tirajes se expanden en varios puntos de Lima, han alcanzado a los conos y su venta se codea orgullosa en la pituca Avenida Javier Prado.
Wilson, además, edita literatura práctica: Exámenes de ingreso, tomazos matemáticos de lectura obligatoria, casi la totalidad de los libros sobre informática en castellano y muchos libros técnicos. Ya en menor cantidad, uno ve en las estanterías algo de literatura mezclada entre los tratados de economía de la Mc Graw-Hill o el último hit de Camilo Cruz. Y quizá aquí empezamos a arrugar la nariz: La literatura de Wilson es casi cien por ciento comercial. Ellos siempre piratean a los bestsellers mundiales, nunca se lanzarían por gustos minoritarios. Los libros de Bayly o Bryce los encontrarás muy rápidamente, pero puedes esperar sentado a que te topes con ediciones corsarias de Reynoso, Gutiérrez o Malpartida. La publicación de autores ganadores del Nobel o de textos bien aireados por la crítica que han tenido respuesta del consumidor son el summum de la generosidad de Wilson en materia literaria. No esperamos nada más de una avenida que mueve millones vendiendo los últimos antivirus a menos de diez soles o te monta una pentium guapita por 350 dólares.
Por eso el grueso de la literatura pirata de Wilson tiene un carácter bizarro: Manuales de autoayuda casi insultantes (idioteces como "eres pobre porque tú lo quieres, porque no te atreves a ser rico"), libros sobre ese gran leit-motiv nacional que es el esoterismo (Las Profecías de Nostradamus, ese fijo) o textos de explotation de películas o best-sellers (toda la morralla escrita en torno a El código Da Vinci, el Priorato de Sión o la siempre jugosa leyenda de los Cátaros). Abundan mucho los manuales de autoayuda pero en clave empresarial, que cómo logré mi primer millón, que cómo arrasé con la industria de mi sector, que yo fui quien conquistó Nueva York. Y no falta la literatura de tema nazi, un clásico invisible en la cultura popular limeña. Que sí.
Wilson refleja las contradicciones entre el capital y la cultura, entre la explosión de un nuevo empresariado emergente buscando nuevos públicos y las necesidades o gustos del nuevo consumidor popular: La magia de encontrar el último libro de Petras o Chomski (en español, obviamente) y el horror de ver las estanterías repletas con subproductos de Og Mandino, Alessandra Rampolla o Frida Holler. El primer peldaño de la literatura está acá y, como en la biblioteca de aquel monasterio benedictino de El nombre de la rosa, ella es la guardiana de la verdad y el error.
Y quien todavía piense que los piratas de Wilson son unos sinvergüenzas y delincuentes, pues entérese que las grandes empresas formales de la comunicación se comportan como los mismos explotadores de siempre.
Ya ta dicho.
Publicado por
javier
en
20:47
4
piedras
Etiquetas: cultura popular, Lima bizarra, política cultural
miércoles, 14 de mayo de 2008
SI HERAUD NO FUESE HERAUD
Publicado por
javier
en
12:17
13
piedras
Etiquetas: clásicos, literatura y violencia
domingo, 11 de mayo de 2008
El cemento contra San Marcos
"-Quiere entrar también a esa olla de grillos de San Marcos en vez de la Católica -don Fermín paladeó la bebida, hizo un gesto de fastidio- le ha dado por hablar mal de los curas, de los militares, de todo, para hacernos rabiar a mí y a su madre.
-Todos los muchachos son un poco rebeldes -dijo él-. Creo que hasta yo lo fui.
-No me lo explico, don Cayo -dijo don Fermín, ahora grave-. Era tan formalito, siempre las mejores notas, hasta beato. Y ahora, descreído, caprichoso. solo me faltaría que me salga comunista, anarquista, qué se yo.
-Entonces va a emprezar a darme dolores de cabeza a mí -sonrió él-. Pero vea, si yo tuviera un hijo, creo que preferiría mandarlo a San Marcos. Hay mucho indeseable, pero es más universidad ¿no cree?
-No es porque en San Marcos se politiquea -dijo don Fermín, con aire distraído-. Además, ahora ha perdido categoría, ya no es como antes. Ahora es una cholería infecta, qué clases de relaciones va a tener el flaco ahí.
Él lo miró sin decir nada y volvió a pestañear y bajar la vista, confundido.
-No es que yo tenga nada contra los cholos -te diste cuenta, hijo de puta-, todo lo contrario, siempre he sido muy democrático..."
Mario Vargas Llosa
Conversación en la Catedral
Publicado por
javier
en
22:48
1 piedras
Etiquetas: Lima bizarra, san marcos, sociedad peruana
jueves, 8 de mayo de 2008
MELISSA, POR FIN, LIBRE
Lo informa el blog del IDL (el organismo que ahora se está encagando de la defensa de Melissa):"La magistrada Jessica León Yarango, titular del Primer Juzgado Penal Supraprovincial de Lima, ordenó la inmediata libertad de Melissa Patiño, joven estudiante que fue recluida en el penal de Chorrillos, tras ser detenida el pasado 29 de febrero bajo el supuesto delito de colaboración con el terrorismo, informó su abogada Silvia Romero, integrante del Instituto de Defensa Legal (IDL). El Poder Judicial accedió así al pedido de variación del mandato de detención por comparecencia, argumentando que en el transcurso del proceso se ha desvanecido la probabilidad de que Patiño Hinostroza evada la acción de la justicia o pueda perturbar la actividad probatoria."
Asimismo informa La Primera: "La estudiante sanmarquina Melissa Patiño recuperó ayer su libertad, previo pago de mil soles de caución, por decisión de la jueza Jessica León, quien, ante la falta de pruebas contra la joven y en medio de una ola nacional e internacional de solidaridad con la detenida, dispuso que sea investigada bajo orden de comparecencia.La necesidad de cubrir diversos trámites burocráticos postergó la libertad de Melissa hasta altas horas de la noche".
El escritor Rodolfo Ybarra, quien es uno de los coordinadores de la defensa de Melissa, no tiene mi fono y no ha podido llamarme para estar en la madrugada en el comité de bienvenida a Melissa a la salida del penal (coño, qué envidia). Así que, permítanme la banalidad, ahora mismo lo estoy festejando prematura (¿e irresponsablemente?) con una botella de vodka lituano. En este país, con los tiempos que corren, las alegrías son pocas.
Bueno, se ha impuesto lo obvio: Melissa, como los otros detenidos de Tumbes, fue víctima de una caza de brujas propia de un grupo de policías aficionados dirigidos -yo diría obligados- por un Ministro del Interior más que inepto. A Melissa se la incriminó sin pruebas, con un auto de apertura vergonzante para cualquier sistema legal del planeta y acogido por un poder judicial miedoso ante el poder. Esta desfachatez fue posible por la indiferencia de la buena parte de la sociedad civil, la ausencia de una oposición política efectiva al gobierno y la participación de una parte del periodismo hegemónico al parecer ya vendido como en los mejores tiempos del fujimorismo.
Y, lo peor de todo, Melissa sale en libertad no por magnanimidad del gobierno, sino por la presión mediática que significaba celebrar un Cumbre de Jefes de Gobierno de medio mundo mientras se violan y manosean uno por uno los artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos. El Genocida que nos gobierna ya sabía hace muchas semanas que su torpísimo A-Team la había enbarrado. Lo que siguió después ha sido un oprobioso proceso de liberarla sin roche para que ningún Jefe de Estado o eurodiputado le mencione al presidente en su cara (y ante cámaras) su acitud prepotente y antidemocrática. Pero algo me dice que eso pasará...
La Primera señala, asimismo, que la familia de Melissa interpondrá una demanda contra el Estado peruano. Demanda que será larga, tortuosa, pero que Melissa -como ya ha sucedido en muchos casos anteriores- ganará.
Bueno ¿Y ahora qué dirán aquellos que la acusaban tácitamente de delitos de terrorista?¿Qué dirán aquellos que creían que era mejor que ella permaneciera encerrada? ¿Qué dirá este imbécil y ésta otra? ¿Y que dirán todos esos hueleguisos del ciberespacio que bombardeaban nuestros blogs con opiniones rastreras amparadas en una ovejuna confianza al testimonio de la policía? ¿Alguno de esos tendrá los cojones de criticar a Alva Castro por su torpeza?¿Alguno tendrá la valentía de decir que se ha equivocado, que pecó de extrema sospecha y que reconoce sus errores? Ojalá, porque rectificar en el Perú no sé si sea de sabios, pero sí de personas decentes.
Disfruta tu libertad Melissa, pero recuerda que -como a todos los que pensamos distinto al poder- podemos ser encerrados una y otra vez.
Actualización: Cal y arena. Se libera a Melissa pero se detienen a la brava a una veintena de estudiantes de mi amada San Marcos. En el Blog del Morsa pueden ver (gracias a testimonios directos en primera persona) la terrible magnitud de los hechos, lo que no percibirán ni por asomo en los noticiarios de la apestosa TV peruana. Mientras, este otro infeliz del gobierno califica de antipatriótico el derecho a protestar. No es ser alarmista, pero está clarísimo que este país está regresando a formas de represión y autoritarismo que uno ya creía superadas ¿A cuántos meterán en las cárceles por ejercer su derecho a protestar y a opinar distinto? ¿Cuántas semanas estarán esos estudiantes sanmarquinos presos por el gobierno? ¿Tantas como Melissa?
La Represión avanza...
Publicado por
javier
en
22:49
8
piedras
Etiquetas: libertad de expresión, represión, san marcos
Niederdrückung
Así que me costaba volver al blog. Terminé navegando por blogs depresivos, otros curiosamente tétricos o críticamente deportivos. Para colmo Lima se ha convertido en una inmensa escombrera estresante, el Barcelona anda hasta el culo en la Liga, el Alianza otro tanto, se aplauden obscenidades como el matrimonio de un tenor en un edificio que es Patrimonio Histórico (¿A cualquier peruano se le dejaría casarse en Machu Pichu o Caral?) o se descubren más cadáveres en ese campo de concentración y ejecución que fue el cuartel Los Cabitos ante la indiferencia general. Me hice la misma pregunta que muchos de ustedes se han hecho ¿Vale la pena seguir con un blog?

Publicado por
javier
en
0:20
4
piedras
Etiquetas: ego, Revista Peruana de Literatura
martes, 29 de abril de 2008
QUIPU TRES
El tercer escritor elegido para su publicación en Quipu es el hasta hoy inédito narrador Juan Osorio Ruiz, nacido en Huancayo en 1976.
A partir de la fecha, Quipu anuncia que sus ediciones serán mensuales y ya no quincenales, de modo que los cuentos o poemas ganadores serán publicados por la red de blogs asociados al proyecto no cada dos lunes, sino cada cuatro lunes de ahora en adelante, para facilitar la labor de las personas encargadas de la evaluación. Asimismo, comunicamos a los lectores y participantes que uno de los ofrecimientos que recibimos en un principio, la publicación impresa de los textos en el suplemento Identidades del diario El Peruano, no se ha podido mantener en pie en razón del poco espacio disponible en el periódico, motivo que escapa al poder de los encargados de este proyecto (Aunque, para el dueño de este blog, ésto es otro ejemplo más de cómo la cultura se va por el inodoro del aprismo).
Quienes necesiten recordar las bases de participación, podrán verlas en los blogs Puente Aéreo y Quipu esta semana.
Ripucuchcaniñam ccamña allimlla
Juan Osorio Ruiz
Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.
Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.
Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.
Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.
Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.
A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.
Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.
Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.
Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.
Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.
Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.
Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.
La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.
Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.
lunes, 7 de abril de 2008
Justo lo que necesita la Educación peruana...
Publicado por
javier
en
19:06
23
piedras
Etiquetas: APRA, educación, política cultural
martes, 1 de abril de 2008
Quipu Dos
EL JARDÍN DE LOS ONANISTAS
Álvaro Díaz Dávila
¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué soy yo aquí? Soy un pincho parado.
(Fue lo que dijo el poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz en una reunión de amigos una noche cualquiera).
Bruno ha desaparecido y nadie sabe dónde está. Hace meses que salió de su casa y se perdió para siempre de la vida de todos. Hasta ahora lo siguen buscando, pero creo que ya sin esperanzas de encontrarlo. A medida que los meses han ido avanzando, el recuerdo de Bruno se ha convertido en un fantasma que se filtra en nuestras vidas, en nuestras conversaciones y en nuestros sueños. Ayer soñé, por ejemplo, que a Bruno se lo llevaba un cohete espacial que decía con letras negras “La Incertidumbre”. Por eso, yo al menos, no he dejado de pensar en él ni en las posibles razones de su desaparición; una desaparición que al principio resultó extraña, pero que después regresa a nuestras especulaciones como una escalofriante consecuencia lógica, como si el destino de Bruno se hubiera condenado a sí mismo a evaporarse, a desintegrarse voluntariamente en su propio y patético drama de un artista que no sabe quién ser.
Un día me dijo: “No sé lo que pasa, pero siento que todas las chicas con las que he estado son la misma, todas han sido la misma mujer solo que con diferente cuerpo, como si en cada una de ellas se repitiera un mismo prototipo, una misma forma de ver la vida”. Esa idea lo estuvo torturando por mucho tiempo. La vida de Bruno, como sus mujeres, se repetía constantemente desde niño, como dando círculos sobre lo mismo, y por alguna razón que no entiendo, un día Bruno se da cuenta de eso. Esas cosas no las entiendo. Era como si, de pronto, Bruno hubiera decidido despertar, o en todo caso, lo hubiesen despertado de manera imprudente y empezara a darse cuenta de que la vida consistía en algo más. Bruno a cada instante nos decía que de chico pensaba que la vida le tenía guardada una sorpresa, nadie se lo había dicho pero él estaba convencido de eso, y él mismo ha vivido --nos dijo-- como si su vida no fuera su verdadera vida, porque su verdadera vida vendría luego, y sería distinta, más divertida, pero eso lo pensaba desde niño, pero ha ido creciendo y creciendo y me he sentido muy pequeño, muy defraudado, todo es tan difícil, tan grande, tan lejos de mí, ahora me he convencido de que la vida no me tenía guardado nada, vida pendeja, y ahora estoy caminando a oscuras. Sus palabras.
¡Ay! Qué habrás estado esperando de la vida, Bruno. Antes Bruno vivía feliz y triste, triste y feliz, su vida de lo mismo: sus canciones de siempre, su madre, los programas de televisión de siempre, sus amigos de siempre, sus enamoradas --todas iguales-- de siempre, sus tormentos cotidianos de siempre, su maniática sensibilidad de siempre, todo mezclado en un torrente de emociones que lo demolían diariamente y lo hacían componer canciones bonitas; sí, bonitas, pero nunca totalmente desgarradoras, bonitas pero que nunca terminaban por decir lo que él realmente sentía, bonitas pero no realmente buenas; y Bruno descubrió eso también y se regañaba a sí mismo, y se deprimía, se ofuscaba y sufría una pequeña desesperación interna. Una pequeña desesperación interna que yo supongo es la misma que siente alguien que se da cuenta que su vida es una farsa. O la misma desesperación interna de alguien que pudo ver su futuro a través de una ventana y lo que vio fue un túnel muy oscuro y casi infinito. Cosas así sin exagerar.
La vida de Bruno empezó a cambiar. Primero, con ligereza, con repentinas y extrañas decisiones y cambios de humor, y luego con más fuerza e intensidad hasta llegar a convertirse en un verdadero delirio melancólico. Hasta llegar a convertirse en un sueño confuso o surrealista. O algo así, porque con Bruno la realidad simplemente dejaba de ser la realidad; como cohetes que llevan escritos las palabras “La Incertidumbre”. De plano, confieso que la idea me entusiasmó, a mí me parecía realmente divertido que un artista mediocre y sin confianza en sí mismo como él llegara a ensimismarse y a interrogarse tanto sobre su propia vida, que lo haya hecho desconectarse con la realidad. Porque yo conocía muy bien la vida de Bruno, de su timidez, de sus historias corrientes, de sus amoríos con discreta emoción, de sus sufrimientos adolescentes y anodinos, de las cuatro o cinco bandas, libros y películas que forman su reducida enciclopedia cultural, de su incapacidad de acercarse a los riesgos y tomar decisiones trascendentales, de almacenar en su mundito interior sólo programas de televisión de infancia, de su romanticismo empalagoso como el chocolate. En el fondo y en apariencia, Bruno era un niño. Uno lo miraba y era imposible resistirse a su encanto de chiquillo inquieto y dulce; hablabas con él y creías que hasta hace un rato había estado jugando en un jardín escolar. Había cumplido veinticinco años pero aún llevaba dentro de sí la inconsciencia y la espontaneidad de un niño; no he conocido a alguien tan espontáneo como Bruno, era impensable encontrar en él una premeditación, o una interrogación exagerada de las cosas. Bruno hablaba y se comportaba desde su “yo”, su único y valioso “yo”. Un niño Bruno condenado a ser atravesado por sus emociones, a dejar que la vida lo traspase sin pensar demasiado, sin profundizar mucho en nada, la contradicción de una lágrima en constante caída acompañada de una sonrisa eterna. Pero Bruno cambió y yo la verdad esas cosas no las entiendo. ¿Cómo es que un chico ordinario como Bruno pudo volverse líricamente loco? O hermosamente loco, o fascinantemente loco, o entrañablemente loco. Por lo general la gente no cambia así, drásticamente, y entonces a lo mucho Bruno se deprimía una o dos noches, pero hubiese regresado a su mediocridad cotidiana, porque así somos los chicos ordinarios, y porque Bruno, como cualquier otro chico ordinario, olvida inconscientemente las preocupaciones que pudieran estremecerlo, y eso porque carece de profundidad. Y así, sin dramatismos, se podía pasar la vida hasta morir en dulce ignorancia. Sin embargo Bruno se despertó un día y un cohete llamado “La Incertidumbre” se lo llevó de su mundo para depositarlo en el planeta de todos nosotros. Desde entonces Bruno preguntaba sobre la vida, la muerte y el sentido de las cosas y al principio uno lo escuchaba y se reía, porque nadie pensó que las cosas se irían tomando demasiado en serio. Por mi parte yo ya empezaba a observar la vida de Bruno con especial gozo --en realidad me moría de la risa--. Me convertí en seguidor silencioso de su progreso de artista confundido, afanoso en conocerse a sí mismo. La personalidad de Bruno se hacía –graciosamente-- más compleja y contradictoria. Dentro de él empezó a nacer –graciosamente-- su otro yo autodestructivo y malsano. Y Bruno se quedaba largos ratos en silencio, mirando el techo. El techo. Y Bruno caminando de aquí para allá buscando un pensamiento. Un pensamiento. Probó la marihuana, aunque fracasó en sus locas ganas de volverse un adicto porque le incomodaba sobremanera su efecto. Bruno sufriendo por el tiempo, a quién denominó su principal enemigo. Esta angustia por el tiempo perdido se desencadenaba de un momento a otro, cuando él advertía que lo que estaba haciendo no servía de nada para sí mismo, entonces, por ejemplo, en mitad de una película a la cual Bruno no le encontraba “esencia”, se paraba y se iba, ¿a dónde?, a estar conmigo mismo, nos decía. O de pronto, una mañana a Bruno lo veías corriendo, literalmente, diciendo que aquel “fantasma de vacío” lo perseguía y no había que dedicarle más tiempo, por eso corría porque tenía que coger un libro, o escuchar un disco.
Su primer trastorno fue la paranoia con su voz. Empezó a preocuparse por su voz, estaba convencido de que su voz no era la misma siempre, que cambiaba constantemente conforme a su estado de ánimo, o a lo que él llamaba su “fuerza interior”. Se convenció tanto a sí mismo de esa idea, que uno de verdad empezaba a notar las diferencias, entonces a veces se le notaba seguro, con buena pronunciación, hablando con énfasis cada palabra, y otras, se le notaba cansando, frágil, incluso hasta tartamudeaba. Era el reflejo de estados interiores, y por eso, lo que añoraba, era una voz suave y áspera, una voz suave que se dilatara con el viento.
Pasaba todo esto y a mí me parecía que todo lo que hacía Bruno lo apañaba de ternura e ingenuidad. Yo lo miraba, y lo convertí rápidamente en mi héroe personal, aquel personaje cotidiano y ordinario que hace todo lo posible por revelarse contra su destino de la eterna repetición de lo mismo. En el fondo, Bruno anhelaba apasionarse con algo, no sé si habrá llegado a esa conclusión, pero estoy seguro de que lo que Bruno buscaba era aquella pasión que le diera algo de sentido a su vida. Pero la pasión siempre le fue esquiva, desaparecía de su ser como arena entre las manos, llegaba a su vida como relámpagos fugaces, verdaderos y efímeros momentos donde realmente “sentía” la vida, aunque eso se desvanecía rápidamente y regresaba a su frivolidad diaria. De eso trata su locura, de aquel delirante deseo de agarrarse de aquello que lo hiciera sentirse vivo, era un náufrago que se hundía en el mar de la convencionalidad, y donde la única salvación era lo trascendente, lo inmortal y lo superior. Pero el camino a ello no era el conocimiento ni la intelectualidad, sino la pasión, es decir, la sangre en las venas, la presión en el estómago, la exaltación de los sentidos, la emoción pura, y en los últimos meses que lo vimos luchaba por alcanzarlo, o al menos jugaba a que luchaba.
En todo ese tiempo Bruno mantuvo una relación con Leila, su última novia, a quien amenazaba con dejarla mil veces, de las cuales cumplió tres, para luego regresar a los brazos de la pobre y confundida Leila, convencido de que no podía vivir sin ella, pero atormentándose porque en el fondo no la soportaba por ser tan convencional e incapaz de entenderlo. Pero Bruno la necesitaba, eso era evidente. Leila era la primera oyente de sus canciones, la única discípula de sus doctrinas, la cómplice infalible de sus proyectos. Leila estaba allí siempre porque lo amaba, porque le creía todo. Y si quiero ser tajante en este punto, diría que si alguna vez Bruno llegó a ser algo de lo que pensó para sí mismo pues lo fue para Leila. Y fue Leila la primera en convertir la desaparición de Bruno en un suceso místico, y por ratos, cuando se emocionaba, en profético. Porque Leila sentía que lo estaba perdiendo, que se le escapaba de sus brazos, que lo veía y era como si no estuviera, como un vacío, y Bruno con sus besos le estaba diciendo adiós. Cuando empecé a escribir esta historia indudablemente lo primero que hice fue buscar a Leila y hablar sobre Bruno. Leila fue la única testigo de los últimos días con nosotros. Me hice muy amigo de ella y pude sacarle detalles muy personales. Leila me cuenta por ejemplo que los últimos cinco días casi no salía de su cuarto para nada. Bruno aún vivía con sus padres y ellos se preocupaban por alimentarlo, aunque ya casi no tenían ninguna comunicación. Salvo Leila, quien se quedaba a dormir con él y hacían el amor de vez en cuando. Me contó incluso que en el acto sexual Bruno actuaba de manera rarísima; se colocaba encima, escondía la cabeza entre el cuello y el hombro de Leila y no decía nada y no emitía ningún ruido, solo escondía la cabeza y se movía por unos segundos hasta terminar. Las últimas veces habían sido así y para Leila se convirtió en un acto casi de gratitud. Ella entendía eso como que Bruno salía de su refugio en sí mismo para aplacar lo más rápido posible esa necesidad “desagradable”. Esa fue la palabra que utilizó Bruno para referirse al deseo sexual: desagradable. Y con esa palabra escuché --y también entendí-- otro de los grandes tormentos que soportaba Bruno casi en silencio: su incontenible apetito sexual. Yo no lo sabía, pero Bruno nunca había dejado de masturbarse. El sexo parecía envolverlo, sofocarlo, torturarlo tanto que lo odiaba. Era una adicción secreta que lo consumía todos los días, pues no podía dejar de pensar en sexo, y eso, decía él, era la más terrible de sus desgracias porque lo separaba de su esencia artística y espiritual, cosas de Bruno. Cuando me contó esto Leila yo me reí, pero ella me dijo no te rías. Para Bruno esto era muy serio. Un día Bruno estuvo pensando tanto en el asunto que soñó algo escalofriante. Soñó que unos hombres viejos vestidos de niños jugaban en un enorme jardín, y mientras jugaban se estaban masturbando. Es decir que mientras corrían y daban vueltas se estaban cogiendo el pene. Y no paraban de masturbarse hasta que se juntaron entre ellos y se tiraron al pasto para tener un orgasmo casi simultáneo, y todos a la vez entraron en un trance delirante de gritos y sonidos para luego descansar como niños con un dedo en la boca.
Hace varias semanas que estoy tratando de escribir esta historia. La corrijo y la reescribo constantemente. Tengo miedo de no expresar exactamente lo que pasó y sobretodo, no quiero reflejar dramatismos. Porque aquí todo tenía el aspecto de broma, un chiste corriente que deja de ser gracioso en el momento en que Bruno desaparece de verdad. Hasta antes de ese momento Bruno es cándido, travieso, frágil, pero nunca valiente, nunca capaz de cumplir lo que hizo luego. Y fue justamente ese sueño que me contó Leila lo que realmente me motivó a escribir. Me quedé muchos días pensando en aquel sueño y llegué a entenderlo como un simbolismo de su vida y me pareció un sueño fantástico. Entendí que Bruno era uno de aquellos viejos que corría por todo el enorme jardín sin parar de masturbarse, porque el estar en constante masturbación era su manera de “negar” la realidad, de no aceptarla, de satisfacerse consigo mismo y no necesitar de nada más que su cuerpo. Entonces Bruno prefiere masturbarse y seguir jugando en ese enorme jardín que era el mundo, para luego dormir con un dedo en la boca. Y así y así hasta hacerse viejo.
Estoy seguro de que Bruno se dio cuenta de eso y por eso tampoco dejó de pensar en aquel sueño, y su graciosa y exagerada desesperación por cambiar tuvo que ver con que quería dejar de ser ese viejo que no dejaba de masturbarse. Porque para mí su instinto sexual solo componía una parte de su compleja personalidad, y en realidad su masturbación era generalizada, es decir, vivía masturbándose con sus manías, con sus miedos, con sus complejos, con su ternura; gozaba con todo su ser y se acostumbró tanto a eso que no quería vivir en otro mundo que no sea con su propia satisfacción. Pero por alguna razón que no entiendo, Bruno quiere romper esa burbuja, ese mundito interior de autosatisfacción. Se sintió vacío, se sintió niño, se sintió inmaduro.
Una noche, meses antes de su desaparición, hablamos acerca de su futuro. Aquella vez Bruno había estado tocando sus canciones; estaba excesivamente inquieto, expresivo y de buen humor, hablaba y cantaba con graciosa vanidad, una vanidad repentina y exagerada, producto más de la exaltación y del vino que de su verdadera y frágil personalidad. Lo que pasa es que Bruno sabía que estábamos disfrutando de él, de sus manías al hablar, de sus canciones tiernas, de su voz, aquella original voz de tonalidades fuertes y ásperas que le dieron algo de estilo. Y en eso estábamos, escuchándolo cantar y hablar, hasta que, no sé por qué ni de dónde salió, decidimos increparle sobre su futuro como músico. Lo que recuerdo es que la idea inicial no tenía otra pretensión más que la de alentarlo a que pensara un poco más en lo que puede hacer con su música, a manera de un regaño de amigos. Según nosotros, era una forma de darle a entender que nos parecía demasiado bueno como para que siguiera desperdiciando su tiempo, aunque no teníamos tampoco ni idea de qué es lo que se debe hacer para llegar a algo, así que, mientras la conversación avanzaba nuestra idea se convirtió en una serie de comentarios torpes e inútiles sobre lo que debía hacer Bruno con su vida. ¿Qué más podía hacer Bruno?, quizá ninguno de nosotros se había preguntado eso de verdad, después de todo tenía su banda, había grabado, como pudo, sus canciones en un disco que repartió a sus amigos, tocaba constantemente en conciertos locales y cada vez estaba componiendo mejores canciones en un proceso creativo que él encontraba necesario y motivador; pero ¿Bruno era lo suficientemente bueno como para llegar a algo más? Esa noche nos comportamos como unos tontos, y nos pasamos largo rato deliberando sobre el destino de nuestro amigo Bruno, quien minutos antes estaba jugando de lo lindo a ser un cantante especial, sensible y seguro de sí mismo, pero después de haber sido sermoneado por nosotros empezó a sufrir un entristecimiento envolvente que parecía devorarlo y que se reflejó claramente en su semblante pálido, en su mirada fija sobre la nada y en sus comentarios que se fueron reduciendo a monosílabos distraídos y lacónicos. A veces me inclino por pensar que esa noche empezó a cambiar algo dentro de Bruno.
En una de sus últimas noches con Leila le dijo mientras miraba las estrellas por la ventana: “yo creo que el último día de mi vida será como este, mirando las estrellas y sin haber entendido nada”
Marzo del 2008
Y sigue la vaina
Publicado por
javier
en
11:40
0
piedras
Etiquetas: fascismo, libertad de expresión, literatura y violencia








