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miércoles, 6 de marzo de 2013

¿BARBARIE O CIVILIZACIÓN?


Dentro de la gran controversia que ha generado quien en vida fuera Hugo Chávez Frías, una de las discusiones típicas era si Chávez, con el histrionismo que le caracterizaba, era el típico militar populista que de culto tenía muy poquito. O más aún, que sus arranques mediáticos, sus gestos contundentes e incluso apresurados, denotaban un signo de la barbarie que venía a quedarse en Sudamérica: La de gobiernos autoritarios, manipuladores, cuya visión social se acababa en subvenciones para cosechar fáciles aplausos, la imposición del partido ganador para acaparar rectorías, direcciones generales de educación y producir una generación de artistas e intelectuales que, por mor del petrodólar, sólo podían ser afectos y serviles. El famoso Ogro Filantrópico que dibujó años antes Octavio Paz para definir al viejo PRI mexicano y que ahora resucitaba empeorado, más grande, más fiero, más torpe y más inculto.

Perú 21, el vástago contrahecho del grupo El Comercio, no ha perdido tiempo coleccionando las frases más agresivas de Chávez, muchas de ellas cargadas de ajos y cebollas. Los medios que se alinearon con la oposición al régimen bolivariano no dejan de recordar su retórica altisonante, sus gestos mussolinianos ante masas, sus apariciones televisivas cantando, bailando y declamando cuartetas simples, sus contradicciones ideológicas (se consideraba heredero tanto de José Carlos Mariátegui como de Haya de la Torre) y esos ruegos áulicos al dios de los cristianos, que recordaban a las peligrosas alianzas del poder con la religión. Casi nunca se le ha visto leyendo un libro y su bagaje intelectual tenía más de manuales de autoayuda y clásicos leídos por terceros, que de una sofisticada formación intelectual. Cuando rechazó debatir con Vargas Llosa, muchos liberales lo tomaron como una huida de la "barbarie" ante la presencia de la "civilización". Y además, era militar, que para los ilustrados limeños -con razón o sin ella- es sinónimo de bruto.

Y, finalmente, ese culto a la personalidad in crescendo qué tan mal cae a muchos letrados (de izquierda y de derecha), esa entronización de un segundo Bolívar viviente, esa divinización popular que convirtió a un teórico presidente democrático de izquierdas en un ícono similar a Evita Perón (o Abimael Guzmán, sin ir más lejos). 

Y sin embargo, cuando uno ve lo que se ha hecho en cultura y en la educación en estos 14 años de chavismo, se podrá decir cualquier cosa excepto barbarie: Un acceso casi universal a las universidades (o como decía una amiga mía "en Venezuela no estudia solamente quien no quiere") con facultades que producen miles de doctorados al año (recordemos que Venezuela tiene casi la misma población que Perú, así que calculen), una producción editorial gigantesca capaz de ofrecer gratuitamente 300,000 ejemplares del Quijote en las calles, una red de orquestas sinfónicas en todo el país que ha hecho de Venezuela ya una potencia musical regional, un cultivo fervoroso de las artes populares más allá de la zanahoria del turismo, toda un infraestructura de premios, concursos, entradas baratas a teatros, museos y festivales que ha convertido a la gestión cultural en una profesión de primer orden y a los intérpretes y artistas en un oficio apreciado socialmente. Claro, todo esto no hubiera sido posible sin una sólida voluntad política de impulsar una política cultural a gran escala. Mientras el Ministerio de Cultura de Venezuela es una gigantesca fábrica de productos culturales que mueve millones, acá nuestro liliputiense ministerio peruano se parece más a un carretillero informal que se dedica mendigar fondos. 

Obviamente los venezolanos tiene sus propios problemas: Tienen que lidiar con universidades masificadas, tienen que seleccionar (y no necesariamente con la mejor asertividad) la enorme oferta cultural que será apoyada, saben que toda la gran inversión en educación no ha podido disminuir la tremenda criminalidad en varias ciudades y, como muchos escritores limeños señalan, la revolución bolivariana todavía no ha dado un graaaaaaaan escritoooor, de esos que terminan siendo publicados por las reconocidas editoriales españolas. Que la explosión de cantidad no se ha traducido en un crecimiento de la calidad. Y que, en todo caso,sus logros culturales han sido gracias al grifo interminable del petróleo (¿Y en el Perú hemos hecho algo parecido con las vetas interminables de nuestra minería?)

Es una discusión que no se acabará ahora. Yo solamente puedo comcluir que, además de las contundentes cifras de reducción de la pobreza y pobreza extrema en Venezuela, el legado de Chávez en la educación y la cultura nos dice que, efectivamente, en ese hermano país ha triunfado la civilización sobre la barbarie.

¿Podremos decir lo mismo del Perú?

viernes, 11 de enero de 2013

¿Esa Lima que se viene?



Acá vemos a Marco Turbio Gutiérrez, el gestor de la Revocatoria a la alcaldesa de Lima, en un fracasado mitin de Ate hace unos días. Está intentando bailar una cumbia tropical con una pobre joven que no sabe qué hacer, que por qué chucha  demonios  le hace compañía a ese tipo indolente y seboso, rodeado de una audiencia indiferente que parece estar esperando otra remesa de fideos o galletas antes de enterarse que está en un  reunión política. Túnel del tiempo: Los mítines del fujimorismo. Solo que con bastante menos gente.

No. No nos riamos demasiado. Esa es la Lima que se viene.

La revocatoria a la actual alcaldesa goza de un apoyo genuinamente popular (con lo contradictorio que significa hoy el término popular, que es materia de otro post, se los prometo). Lo veo por las pintas en las zonas más pobres de San Juan de Miraflores, donde las paredes chillan "Susana pituca fuera" o varias casas portan pancartas amarillas y amarillentas de apoyo al sí. Ese de amarillo patito, símbolo de la huachafería colonial limeña, color de la mafia de Castañeda y de Kouri, reivindicado en actos respaldados por el fujimorismo.

Pero esa puede ser la mafia que se viene.

El poeta Miguel Idelfonso me confesó que nada había cambiado en La Parada en más de veinte años (y lo dice él, que desde adolescente ha frecuentado esos lares). La próxima Lima va a ser el regreso de La Parada de toda la vida con fuegos artificiales, con todos los lúmpenes de la zona brindando Brahma hasta el amanecer, mientras en un concierto masivo el Grupo 5 le pone vida a la reconquista.

El narrador Carlos Rengifo se siente dubitativo mientras toma su combi al Callao. La próxima Lima va ser la perpetuación de las combis Orión, el gagsterismo transportista afincado en la provincia constitucional con prebendas regionales y municipales, plagadas de egresados de las cárceles, con lúmpenes drogados en La Colmena -esquina con la universidad Villarreal-  que te gritan en la calle y te empujan groseramente al vientre de las combis mientras vociferan como posesos "¡Callao! ¡Callao! Vas, vas, vas!!!" (al mejor estilo de la entrañable novela de Rafael Inocente La ciudad de los culpables).

Los grupos juveniles de música, teatro, danza y performance han tenido más oportunidades que nunca de ofrecer su arte a sectores diversos de Lima. La próxima Lima es la Lima de Al fondo hay sitio, donde la única cultura será los conciertos de grupos de cumbia mediáticos, la retransmisión en pantalla LED gigante de los tristes partidos de la selección de fútbol en la Plaza de Armas, concursos de bandas de colegios privados que imitan a sus símiles yanquis (eso de hacer figuritas y mover las caderas mientras tocan) y una liquidación rutinaria y ruinosa de lo que dejó la administración anterior. Y el posible cierre de un par de museos y centros culturales porque el dinero de la próxima Lima solo se gastará en cemento y asfalto.

Es la Lima de Combate, de los vergonzantes telediarios de la noche que se ahítan de crímenes y farándula, de la prensa chicha que impregna de basura los kioskos ( y que es algo excepcional, que no existe ni por asomo en el extranjero, en un país como Chile, por ejemplo). Una Lima consumista salvaje, con muchos centros comerciales y ningún parque público, con casas sin bibliotecas y con la música secuestrada por radios serviles al poder. La Lima que nos tocará vivir en los próximos años si esa maldita Revocatoria triunfa. Una Lima más difícil no solo para los escritores y demás amigos del arte, sino para cualquier persona decente.

Porque se viene la Lima de las argollas, de la corrupción legal, de los veinte soles de soborno al serenazgo, del cebichito mixto con sus chelas al pequeño funcionario que nos dé la buena pro, de las tremendas coimas en las próximas licitaciones de avenidas, óvalos y autopistas. La Lima de las lozas deportivas de día y fumaderos de droga por la noche. La Lima donde a los excluidos les obliguen a que besen los pies de aquel acalde que sólo inaugure escaleras en los cerros pero que no abra en décadas una sola biblioteca pública.

¿Consuelo? Va a ser una Lima de novela. Un buen material para escribir. El gran Rubem Fonseca nació al escribir sobre la corrupción institucional en Brasil. Petros Márkaris se ha hecho famoso denunciando la inmoralidad y el robo cotidiano de los funcionarios públicos y los empresarios privados a Grecia. Mo Yan, el último premio Nobel, narra la decadencia ética de la China postmaoísta.

¿Qué escritor va a escribir sobre esta Lima, caótica, corrupta, ignara y obscena que se nos viene?


miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL AGUJERO DE LA CULTURA EN EL PERÚ



No, no voy a hablar de la probable impericia de nuestra actual ministra de cultura. No me voy a meter con lo de sus conciertos ni a comentar sus curiosas declaraciones sobre el uso y abuso de las minifaldas en nuestras llamadas danzas folklóricas. Creo que los problemas son mucho más grandes.

He tenido cierta paciencia. Yo ya sabía que en unos meses las cosas no iban a cambiar sustancialmente. Incluso para un ministerio relativamente pequeño donde la mudanza de nuevo personal no demoraría tanto la toma de decisiones. Incluso tuve muchas esperanzas cuando el MINCU (es el acrónimo que usará el ministerio mientras gobiernen los nacionalistas, si nadie lo repara) realizó varias jornadas de puertas abiertas con cineastas, músicos, artistas plásticos, etc donde se escucharon una cantidad de demandas y los delegados del ministerio respondieron con diagnósticos y propuestas atractivas. En el caso de los escritores, los anfitriones les recibieron con ideas no previstas como la posibilidad de una Seguridad Social o una pensión para los escritores, lo cual fue recibido con un entusiasta (¿e inocente?) aplauso. Empezamos bien.

Pero pasaron las semanas y los meses y no se ha visto nada más: El Ministerio lanzó una suerte de espacio web para que los activistas de la cultura pongamos nuestros productos (aunque no sepamos quién coño visita esa web) además de su página FB donde hay de todo (desde denuncias de la situación del cineasta  Lucho Figueroa hasta publicherrys de  eventos privados), se ha continuado con los recitales y conciertos en el Museo de la Nación ( pagando, claro, todo con el dichoso teleticket) y por ahí se rumorea una nueva Ley del Cine. Y punto.

La Ministra de Cultura, haciéndose heredera de Ricardo Palma, se autoproclama la ministra mendiga, puesto que recibe un ministerio con poquísima financiación frente a todo lo que tiene (y debe) de hacer y no tiene más remedio que tocar las puertas del Ministerio de Economía o del BCR para ver cómo puede apuntalar un presupuesto decente y viable para su rubro. Y acá es donde entramos al meollo del asunto.

El Ministerio de Cultura fue un hito más de ese apogeo de la huachafería impulsado por un presidente ególatra inmerso cada vez más en su propio infierno bipolar. El Ministerio nace por alegre decreto, virtualmente desfinanciado y sin ser otra cosa más que el antiguo Instituto Nacional de Cultura con otro nombre, con más prerrogativas pero bajo la misma tacañería presupuestal del gobierno.

La Ministra Susana Baca encuentra, pues, un Ministerio con tres monedas en la caja presupuestal ya que casi la mitad de su presupuesto se gastará en ese inútil Gran Teatro Nacional –otro capricho del Presidente del  litio- que nadie lo pidió y que se erigió al lado de dos auditorios más que decentes. Y lo peor que el año próximo será más de lo mismo.

Y no es por ser cascarrabias. Luego de arrancarles una tajada a las mineras y haciendo una pequeña limpieza fiscal, tenemos algo más de plata para que el gobierno haga cumplir sus promesas (Cuna Más, Pensión 65, Beca 18), profundice el paquete de programas sociales bendecido y dictado por el Banco Mundial y el FMI (el programa Juntos, para amortiguar las extrema pobreza donde la haya), mejore sustancialmente el presupuesto del sector Educación (que irá directamente a impulsar la educación rural y a la educación bilingue), haga realidad la promesa de erigir un hospital en cada capital de provincia, reconstruya la ciudad de Pisco y, seguro, la yapa quedará para modernizar sus queridas fuerzas armadas. Y ahí se acabó todo muchachos.

Que sí, que se acabó todo. Ya no queda dinero para la cultura u otras cosas más. A menos que se haga una política tributaria agresiva con las grandes y medianas empresas, o se le saque otra tajada más grande a las mineras, o todos los corruptos del Perú devuelvan lo que se robaron; no queda más dinero. Y no queda más dinero porque el gobierno, contra lo que uno creía,  no verá la cultura como una prioridad. Y la Ministra, malgré elle, lo sabe.

Un Ministerio de Cultura con presupuesto reducido solo tiene una salida: encontrar más recursos en otra parte. Pero eso depende de si el ministerio tiene funcionarios curtidos en saber negociar con el sector privado y lograr, por ejemplo, que la Sociedad Nacional de Minería pueda impulsar escuelas de pintura en el Perú o que el inefable Banco de Crédito se olvide de editar libros carísimos de fotografía y financie ediciones populares de autores peruanos. Que una política inteligente de deducción impositiva no sirva solo para promocionar el gran  concierto del tarado adolescente internacional de turno sino para crear un sistema de conciertos gratuitos de la Sinfónica a nivel nacional. Sí, es triste (¡y da mucha cólera!) tener que mendigarle a la empresa privada la gestión de las artes ¿Pero adónde acudes si tienes un gobierno que ya te ha dicho que no le interesa gastar en cultura más de lo que hay?

No voy a disparar contra el gobierno, me queda aún paciencia. Y me queda paciencia porque esa forma de desdeñar la cultura no depende solo del humor de nuestro presidente. Ahora mismo, a nivel mundial, hay un desdén generalizado a gastar (antes se decía "invertir") en cultura. En un clima de generalizada crisis económica internacional, con Estados endeudados hasta las cejas y con millones de desempleados por las calles (Hispania díxit) la cultura ya no es prioridad en las políticas oficiales de los países desarrollados ¿Y por qué sí lo iban a ser en los países subdesarrollados como nosotros?

Aquí me meto con uno de los grandes gurús de nuestros superbloggers: George Yúdice. Él ha sido el principal impulsor de políticas culturales bajo el mensaje que los gastos en cultura, manejados inteligentemente, pueden ser factores de desarrollo porque las consecuencias suelen ser la mejora de los sectores sociales, principalmente locales. El gasto en cultura es positivo porque ayuda en la disminución de la delincuencia, estimula la actividad de los colegios, crea oportunidades para que nazcan empresas emprendedoras, puede crear empleo local e impulsa una real posibilidad de salidas para sociedades históricamente subalternas. El recurso de la cultura, título de un texto de lectura obligatoria, porque nos indica que, hoy en día, las iniciativas culturales y artísticas sólo resultan útiles a la sociedad mientras ésta las pueda de alguna manera financiar. Es decir, la cultura es en tanto pueda vender algo en una sociedad mercantilmente globalizada y se pueda legitimar como un proceso desarrollista. Eso es, punto.


Ojo, es verdad. En los tiempos del capitalismo tardío -la sociedad global, la de los imperialismos financieros, donde la producción de manufacturas se reduce a un puñado de países del sudeste asiático y donde gran parte del consumo global no es solamente de bienes materiales sino de productos virtuales de entretenimiento- la producción cultural que importa es la que de alguna forma retribuye al consumidor global, sea el empresario textil o el cobrador de combi. Y los sectores subalternos solo tiene sitio en la cultura si participan -de alguna forma- en la vitalidad local, promoviendo a los sectores laboriosos y creativos, como una forma de penalizar también a los ociosos y disfuncionales.


La verdad de la milanesa es el mercado. El mercado hace incluso rentable productos culturales que antes sólo sobrevivían por las subvenciones públicas. ¿Y qué pasa cuando te resignas a que el mercado sea tu principal proceso vehiculizador mientras admites que el aporte del sector público será reducido y menor?


Pues tienes conciertos de bandera para la juventud  con dinero, los programas de radio y televisión son popularmente nauseabundos, los éxitos editoriales son manuales de autoayuda o estrellas promocionadas por transnacionales, el turismo reivindicado como el gran  promotor cultural de facto, las artes plásticas condenadas a ser minoritarias, la prensa chicha como el principal menú lector de los peruanos. Es decir, cualquier producto cultural peruano que quiera posicionarse en la sociedad o se espectaculariza al grado de poder venderse suficientemente bien o termina en el baúl de los marginales. De los losers, como dicen los yanquis.


He dado todo este rodeo para llegar a lo obvio: Necesitamos una inversión del sector público para normalizar (¡esa es la palabrita!) los procesos culturales y artísticos del Perú. Para que escuchar toriles y mulizas en televisión, tener centros culturales en tu barrio, disfrutar de clases gratuitas de música o teatro, comprar literatura peruana contemporánea a no más de cinco soles por libro, hacer que cada colegio tenga una biblioteca escolar activa y en condiciones; sea algo NORMAL y no una excepción.


Curiosamente, los gobiernos locales sí resultan más interesantes para invertir en cultura, aunque eso se vea más en los auspicios a eventos y performances que a actividades más metódicas y a largo plazo. La municipalidad más rica del Perú (la de la otra Susana, la de Lima) se ha dedicado fundamentalmente a impulsar festivales colectivos de música, teatro, circo y recitales en cinco lugares de la metrópoli ¿Podría la alcaldesa rascarse un poco más la billetera municipal para crear pinacotecas, conservatorios, teatros y fondos editoriales en diez o veinte lugares distintos de la metrópoli? (que plata no falta, ni inmuebles tampoco).


Con los mercados a lo suyo y el sector público más avaro de lo creíamos; solo queda la sociedad civil. Osea, tú, yo y los de enfrente. Demandar. Julio Vega y Javier Arévalo están demandando al Estado con justicia el impulso oficial a la creación de bibliotecas, ¡pero ya! con una carta fundacional. El Gremio de Escritores ya ofreció una hoja de ruta cultural sin respuesta por parte del Estado. ¿Iniciativas condenadas al fracaso? Depende de nosotros.


Porque, visto lo visto, la lluvia de millones a la cultura seguirá siendo un sueño en el Perú. Y lo que sí es fracaso es esperar sentado a que alguna vez llueva como por encanto.


Sin embargo, creo que ahora tenemos las mejores condiciones para demandar cultura, que muchas personas e instituciones están mejor sensibilizadas a escuchar. Los escritores y artistas tiene que aprender también a pedir. Porque tampoco es vivir de una renta pública por leer mecánicamente ante un auditorio medio vacío o forzar a imprimir mediocridades sin ton ni son.  De lo que se trata es de un nuevo pacto social: trabajadores de la cultura que ofrecen sus servicios a  una localidad por una cantidad equis de recursos. Que pintores puedan dictar talleres a escolares, grupos de teatro animar las veladas de las comunidades, que poetas y narradores formen parte de la cotidianidad de universidades, colegios, tecnológicos y pedagógicos.  Do ut des: doy para que me des. Un principio elemental de reciprocidad que rompa el círculo vicioso de ausencia presupuestal e indiferencia mercantil. Ese pacto sirve para una comunidad campesina en las alturas de Andahuaylas, una municipalidad provincial a lo largo del Ucayali o cualquier gobierno regional. También sirven asociaciones profesionales, colegios privados u ONGs. El contrato es el mismo.


No hay que llorar por el agujero de la cultura en nuestro país, de lo que se trata es de taparlo.


martes, 30 de agosto de 2011

Más allá de los toros y las palomas



Últimamente la agenda pública le está prestando más atención a los animales. Nuestra Ministra de Cultura, por ejemplo, ya ha calificado de "terribles" las corridas de toros, sugiriendo quizás su eliminación. 


De entrada, confieso que yo soy recontra antitaurino, que nunca asistí ni de cerca a la Plaza de Acho, aunque sí me chupé varias tardes trabajando en las barras de bar madrileñas y viendo cómo muchos señores maduros contemplaban por televisión las corridas de Las Ventas o La Maestranza, entre expresiones cañí, jerga taurina y muchas copas de sol y sombra con hielo (lo que no alimentó mucho mi interés por la Fiesta Nacional, como la llaman por allá). Pero las cosas, aparentemente, no son tan fáciles.


Dentro del mundo de la literatura, hay opiniones para todo. Un hombre liberal y hasta de izquierdas como Hemingway no solo era muy ambiguo al juzgar la tauromaquia sino que fue un apasionado de los toros. Un héroe cultural español como Federico García Lorca adoraba las corridas como buen andaluz que era, y les daba talla de riqueza vital y poética. Y es conocida la afición taurina de un genio comunista como Pablo Picasso. Por contra, Miguel de Unamuno y buena parte de la generación del 98 (cuya mayoría paulatinamente se volvió conservadora y rechazó el proyecto republicano del Frente Popular) fueron muy críticos con las corridas y las consideraron fiel reflejo del atraso español. Albert Boadella, controvertida bandera del teatro crítico y libertario, ve en el ritual taurino una profundidad estética incomparable y una capacidad de emoción que no ha encontrado en otras artes. 


Pero no nos vayamos muy lejos. Ya hace más de cien años Manuel González Prada redacta un artículo pionero contra las corridas, proponiendo una ética de los animales muy anglosajona y perfectamente incomprensible para el Perú de su época. Hoy, la tauromaquia limeña puede llevar el estigma de ser un espectáculo de maltrato para el placer de una pituquería decadente que se alucina hispánica (recordemos las páginas que Alfredo Bryce Echenique, otro curioso amante de las corridas,  le dedica al entorno taurino de Lima en Un mundo para Julius). Pero si trasladamos la fiesta española al mundo andino, las cosas cambian: ¿Cuál es la lectura del Yawar Fiesta de Arguedas? Por un lado una serie de referencias a los perfiles casi mitológicos del toro (el célebre Misitu) pero por otro lado la corrida andina -bastante más cruel que la de usanza española: dinamitan al toro, por ejemplo- se ejerce como representación de la identidad comunal frente a un centralismo limeño excluyente. Si en Lima, la corrida se hace con toreros peninsulares entre gritos de olé, miraflorinas disfrazadas de Manolas y botas de vino que contienen pisco; en la sierra ayacuchana el turupukllay es un ejercicio de resistencia y orgullo cultural, una ritualización anual que cimenta tradiciones originarias, vivas y pujantes. ¿Es así?


Las cosas no son tan claras. Yo conocí a limeños migrantes -y de izquierda clasista y combativa- que asistían a Acho sin problemas. Por otro lado, las Manolas no son privativas de la capital, también las hay en otra plaza taurina importante, como es la cajamarquísima Celendín. La tauromaquia, como las peleas de gallos, se practican en distintos escenarios del Perú. Si reivindicamos la representación del vigor cultural en unos ¿por qué no en otros? ¿Las peleas de gallos son una faceta de las tradiciones populares si se practican en los pueblos afrodescendientes de Chincha y no lo son si los celebra la juventud privilegiada en Mamacona entre música DJ y tabiques de cocaína? El maltrato animal suele ser olvidado frente al resto de componentes del espectáculo y frente al contexto cultural donde se practique.Y queda el goce estético, una suerte de piedra filosofal que transforma cualquier actividad -por deleznable que parezca- en éxtasis artístico: Para unos el fútbol es una espectáculo comercial que manipula y embrutece masas, para otros llega a ser pura poesía. Para Thomas de Quincey, incluso el asesinato podía formar parte de las Bellas Artes.  


Pero veamos esto desde otra perspectiva: Hace unos días, la alcaldesa de Lima ha anunciado que tomará medidas para frenar la sobrepoblación de palomas, las que son foco de infecciones y (como se demuestra en la foto de este post) dañan incluso el patrimonio histórico de la ciudad. Aunque, claro, ella ha descartado el simple método de envenenarlas. 


La reciente colombofobia es propia de las grandes ciudades que no toleran animales que perjudiquen el entorno urbano: Recordemos, primero se empezó echando a los animales de granja de las ciudades, luego -cuando nos motorizamos- a las bestias de tiro (a ver a quién le hacía gracia recoger sus tremendas deposiciones). Luego tocó a los perros callejeros: Acuérdense del comienzo de Conversación en la Catedral y al periodista Zavalita sufriendo en carne propia su campaña editorial contra los canes. Finalmente, toca a las palomas, que han terminado convirtiéndose de agradable compañía urbana a fuente de toxicidad. 


Pero las palomas -como las ardillitas- son animales con buena prensa y mucha simpatía entre la población ¿Quién, de niño, no ha dado de comer a las palomas? ¿Quién no veía (o sigue viendo) en las palomas el encanto de las plazas pequeñas? ¿La iglesia de San Francisco será la misma sin palomas? En el imaginario colectivo, así como puede haber una percepción negativa de la tauromaquia, hay otra positiva -romántica, afectuosa- respecto a tórtolas y torcazas. Esos sentimientos encontrados hace que nuestra alcaldesa busque formas "más humanas" de poner límites a la población de palomas. Nadie quiere ver bandadas agonizantes por el suelo. Sencillamente, no las queremos por ahí. 


Y acá quiero llegar:


Nuestra visión de los animales -sea el toro, la paloma o el ronsoco- es ante todo una construcción cultural y de ahí la dificultad de entender a nuestros "seres inferiores" con el mismo rasero (nos puede mortificar el asesinato salvaje de un toro, pero aplastamos arañas y cucarachas sin inmutarnos). Los budistas y los veganos no se hacen problemas y respetan a todos los animales en puro acto de fe. Sin embargo, ellos no se cuestionan, por ejemplo, el derecho de devorar a los vegetales, elementos orgánicos que -salvo las flores, que tienen también buena prensa pero que afortunadamente no son comestibles - parecen innanes e inicuos, apenas condenados a servir de simple nutriente a quienes nos encontramos en la cima de la cadena alimenticia.


El Occidente desarrollado ha ido generando, poco a poco, una construcción cultural que respeta "en algo" la integridad de los animales. Iniciativas legales que protejan a los animales del sufrimiento innecesario (hay una normativa europea para el transporte masivo de animales con una serie de gravosas condiciones), aunque eso no los prive de llevarlos en masa al matadero para llenar sus opíparas mesas. Otras culturas, las de raigambre campesina, ven el asunto animal de otra forma: Elaboran relaciones afectivas y hasta míticas con una serie de animales, aunque eso no les impide alimentarse de ellos o exterminarlos si amenazan su propio ecosistema. El mundo andino no es una forma más natural y ecológica de tratar a los animales, sencillamente es otra forma (otra forma que, quizá, sea más efectiva para nuestra sostenibilidad). En última instancia, el homo sapiens sigue mandando.


Y aquí termino. Lo que importa es el hombre. Y pienso no en el hombre de sociedades despilfarradoras, enfermas de competitividad y consumismo; sino en mundos mejores, donde podamos ser más solidarios y generosos. Sea en la utopía anarquista, sea en el reino del bien común, sea en las comunidades hippies o en el futuro paraíso comunista; seguirá mandando el hombre. Un ser humano que todos deseamos que sea bastante mejor de lo que todavía somos. 


En ese sentido. Que se acaben las corridas de toros, los turupukllay y las peleas de gallos por su crueldad gratuita. Que Lima se quede sin palomas, sin santarrositas ni gallinazos si eso exige la salud de los limeños (ojo, eso va con las chancherías clandestinas que siguen abundando en la ciudad). Si esas medidas nos pueden hacer mejores personas, sea.


Pero, idénticamente, que se sigan promoviendo las reservas y los santuarios naturales, que se persigan a los cazadores furtivos, a los traficantes de especies protegidas, a las mineras contaminadoras. Que nuestros hijos aprendan a cultivar, que nuestra zootecnia no se reduzca a la crianza de cuyes, que nuestras ciudades tengan más jardines, más parques, más zoológicos pedagógicos e interactivos. 


E igualmente -porque no hablamos de animales sino de construcciones culturales- que se combata el machismo, el feminicidio y la violencia doméstica venga de donde venga. Declaremos la guerra a la corrupción, nuestro cáncer más desarrollado. Tomemos en serio la lucha contra el racismo y la discriminación de nuestros pares. Incluso, a riesgo que ya me tomen a cachondeo, impulsemos la puntualidad en nuestra vida cotidiana.


La cultura como elemento del desarrollo no es solamente más libros o más conciertos, es también cómo aprender a cambiar nuestras prácticas a corto y a largo plazo. El Perú del futuro -ese soñado país libre, crítico y solidario- estará compuesto por gentes cuyas costumbres e ideas sean tan, pero tan distintas a las nuestras, como nosotros lo somos respecto al Perú virreynal.


Sí, regreso al pesimismo.

viernes, 29 de julio de 2011

EL APOGEO DE LA HUACHAFERÍA (Notas sueltas sobre un gobierno que se fue)


La huachafería en el Perú tiene larga data y es algo más complejo que el germánico "kitsch", el argentino "atorrante" o el hispánico "hortera". Desde el apurimeño Jorge Miota (al parecer, padre del concepto) pasando por Mariátegui, Estuardo Núñez, los dos Hildebrandt (la bruja y el periodista) y Vargas Llosa hasta nuestros días; el término ha adquirido unas dimensiones claramente académicas, literarias, históricas y antropológicas, que trascienden el término original: Lo huachafo no es solamente el mal gusto, la imitación ridícula o el bizarrismo inconsciente. Se ha convertido en parte integrante de nuestra cultura "nacional".

La huachafería ha sido necesaria partícipe de nuestros gobiernos: el estilo brutalista de la arquitectura de Velasco, Moralez Bermúdez enfundándose la camiseta blanquirroja y cantando el himno en la cancha del Estadio Nacional (suponemos que ebrio), la oratoria hiperflorida y virtualmente en las nubes de Belaunde Terry, Fujimori disfrazado de indio pokra en la mañana y de chalán chiclayano por la tarde (amén de bailar cumbia con las putarracas locales en sus hilarantes campañas presidenciales), Toledo haciendo de la impuntualidad virtud, echándose hielo con la mano a copas de whisky etiqueta azul que tomaba como vasitos de agua...

¿Paniagua? Como presidente, nada huachafo, pero como candidato, huachafísimo.

Y sin embargo, ningún otro gobierno rompió las barreras de la huachafería como el segundo régimen de Alan García Pérez. Disfrutando durante cinco años en un estado de placidez económica, nadando entre divisas y créditos, con un crecimiento histórico del PBI; el voluminoso mandatario nunca se dedicó a invertir dinero en reformas estructurales del país, tiró al tacho las recomendaciones del Acuerdo Nacional y decidió concentrar el eje de los recursos estatales a construcciones espectaculares (muchas de ellas, inauguradas a medio hacer).

Con un ego a prueba de litio, el Genocida de los Penales mira al pueblo peruano como un hatajo de brutos (bueno, le votaron dos veces) que se deslubra por el cemento, patente de legitimidad. Mediocre lector, quiere ser émulo de Ramsés II, Tito Flavio o Carlos III buscando pasar a la posteridad por una herencia arquitectónica inmortal e inolvidable. Obsesionado por un tercer mandato (y ser el presidente que más años ha gobernado el Perú) quiere imitar a Leguía, cuyas obras forman parte de la cotidianidad limeña. Ansioso por mantener su alianza con oligarcas y militares, emula a Odría refraccionando un puñado de colegios, repintando sus viejos ministerios, reconstruyendo el viejo estadio del dictador tarmeño. Dedica el año arguediano al descubrimiento de Machu Picchu por un aventurero yanqui, alucinándose un inca superstar y, al abrigo de los fuegos artificiales y la música de Los Jaivas, creerse rey del mundo por unos minutos.

Pero fundamentalmente, suplanta la realidad por la apariencia. Blasón elemental del segundo alanismo.

-Se han refraccionado medio centenar de colegios "emblemáticos" (las Grandes Unidades Escolares), esos colegios de ladrillos rojos que todo el mundo conoce, que se ven. No importa que sólo sean colegios tremendamente minoritarios a nivel nacional, que esta iniciativa se haya prestado -para variar- a negociados y faenones, no importa que se haya dejado al garete la educación bilingüe y que en el Perú del siglo XXI todavía haya colegios así de tristes . Pero es que incluso los colegios refraccionados arrasan con el patrimonio arquitectónico y se dejan las obras inconclusas. No importa, la gente quedará contenta con sus fachadas nuevecitas de colegio yanqui, sus colores brillantes sobre bibliotecas vacías y laboratorios incompletos, sus voladizos de metal herrumbroso y cristalería rota, que es lo que sucederá con esos presupuestos raquíticos que el aprismo dedicó al mantenimiento de los colegios.. Hay muy pocos colegios públicos que cuentan con piscinas y ninguno con pista atlética sintética...pero qué bonito se ven los colegios emblemáticos desde las avenidas.

-Alan creyó que terminando el primer tramo del Tren Eléctrico superaría el trauma de contemplar una obra inconclusa de venticinco años por culpa de su proverbial delirio de grandeza: Esa carcasa de concreto al aire libre, carne de graffitis, era un recordatorio desagradable para nuestro pícnico presidente. Y claro, tenía que terminar esa obra como sea. Así, a Lima le han impuesto un Tren desligado de cualquier plan municipal de transporte, cuyo costo se ha multiplicado varias veces y casi oliendo a corruptelas, que no cuenta con vagones ni suministro eléctrico previsto, que no garantiza para nada no su rentabilidad sino su propia sostenibilidad mínima. Un tren que no solamente divide y degrada comunidades en los distritos del sur, sino que en la práctica impide que las ambulancias o carros de bombero de dichos distritos puedan eficientemente trasladarse de un lugar a otro de esa infranqueable vía. Pero qué bonito será viajar como en Europa y viendo pasar los trenes junto a tu casa como en Brooklyn.

-¿El Estadio? Victor Vich ya señaló lo tremendamente contradictorio que es un estadio "Nacional" dividido entre palcos dorados para unos y tribunas llanas para otros. Yo solo quiero resaltar el escándalo de gastar millonadas en una olla exprés con lucecitas, torres fálicas y coloradas, inaugurado con más de medio edificio sin pintar y con los marcadores electrónicos abandonados para que la próxima administración lo termine de instalar. Lo peor es que esa papa rellena metálica cuenta con una pista de atletismo ¡de solamente seis carriles! que es como inaugurar hoy en día trenes con locomotoras a vapor o rascacielos sin ascensores. Y eso en un país con cero velódromos, sin campeonatos de pentathlon moderno, con infraestructuras arcaicas de gimnasia y donde la inmensa mayoría de nuestros niños solo pueden enterarse del balonmano, del water polo o del rugby por la televisión de cable. Pero qué importa, qué bonito se verá esa cacerola color moco cuando estén allí Shakira, Daddy Yankee o Los Rolling Stones en silla de ruedas...

-Ah, el Gran Teatro Nacional, ese nombre pomposo para un paralepípedo multimedia, con una tarántula de aluminio por un lado y un culo de madera por el otro. Wilfredo Ardito nos recuerda que no hacía falta ese minimastodonte, teniendo en cuenta que a cincuenta metros está un más que decente auditorio en el Museo de la Nación y a cien metros ya existe el teatro de la Biblioteca Nacional, soberbio y en buenas condiciones. ¿Por qué no haber pensado en distritos populosos como Villa María del Triunfo o Ventanilla? Allí el Estado no ha puesto ni una glorieta de conciertos, ni un teatrín, ni nada. Obvio, "hay que pensar en grande" (expresión infantil que suele revelar patéticas megalomanías): si Berlín tiene su Isla de los Museos o Nueva York su gran centro artístico cultural, el gobierno de Alan no quería ser menos y pegando con gutapercha a la Biblioteca, al museo, al INC y al teatro de marras, ya tiene su gran eje cultural....nuestros hermanos de Bagua o Huancavelica deben estar aplaudiendo de emoción semejante logro.

-No me olvido del nuevo Ministerio de Educación, con un diseño adjudicado sin concurso público (¿Para qué? Si el gobierno tiene a sus amigos arquitectos y, si no, sus amigos contratistas le recomiendan a cualquiera) hace gala de una fina inteligencia al construir un edificio que asemeja a varios libros montados uno encima del otro. Qué original ¿no? Ese figurativismo elemental, ese discurso arquitectónico para dummies (¿No te das cuenta? Son libros uno sobre otro, libros, osea educación ¿manyas la indirecta?). Imagino que, si hubieran tenido más tiempo prestado de la molicie burocrática y más plata arrancada a las coimas; el gobierno construiría un ministerio de cultura con forma de huaco o un ministerio de transporte con forma de camioncito. La originalidad del alanismo. ¿Original? ¡¡Pero si ese adefesio es una copia fiel de un edificio mexicano construido hace más de treinta años!!

-Finalmente, la joya de la corona. Alan García haciendo gala de catolicismo (un catolicismo sui géneris, que le permite tener hijos fuera del matrimonio con la bendición tácita del Cardenal) erige un tremendo Cristo de plexiglás con reflectores y lucecitas de colores que sugieren a cualquiera que hay un parque de diversiones o un puticlub en la base del Morro Solar. Conocedor de nuestra proverbial superstición frente a las imágenes, el rollizo ex jefe de Estado sabe que, si hay una obra suya que perdurará, será esa. Nadie la va derribar, pese a su evidente mal gusto, pese a incumplir una veintena de normativas, pese al descontento de la alcaldesa y otras personalidades. No, todo el Perú huachafo abrazará ese ícono sintético y colorinche, como aplaude un tren que no va a ninguna parte, como alucina ante un estadio lata de anchoveta, como se emociona con un colegio con atrezzo nuevo y carencias de toda la vida.

Porque esta fila de horrores arquitectónicos no proviene solamente de una mente vanidosa horadada por la bipolaridad y los fármacos. No, buena parte de este país aún se sigue guiando por sus emociones y manías, por tradiciones tan pervertidas como íntimas, por su sentimentalidad primigenia y sus pulsiones intuitivas (imagínense que estuvimos a punto de tener a esta vergüenza en el poder). Es ese país que besa el anillo de un cura cuartelero y considera salvajes a los pueblos amazónicos que defienden su ecosistema. Que aún cree en el cínico adagio de la política fujimorista "roba, pero hace obra". Que te toca la puerta hablándote de la palabra de dios y estalla al día siguiente de intolerancia frente al otro.

No, no le estoy echando las culpas a nuestro sufrido pueblo peruano. Recordemos que buena parte de los gustos hegemónicos de una sociedad terminan siendo los gustos de su clase dominante (veinte años de neoliberalismo y de vigilancia del Banco Mundial sobre nuestra educación ya han dado sus frutos) y que han sido nuestros mandamases y su corte mediática quienes han predicado con el ejemplo. Los privilegiados del país han sido quienes más han impulsado los palcos segregacionistas que llenan nuestros estadios y teatros. Ellos nos han impuesto un país inventado para turistas, publicitario, exotista y falso. Ellos han plagado de virgencitas, grutas y cristos a universidades, edificios del Estado y parques públicos. Ellos pagan a toda una generación de arquitectos inocuos y pusilánimes para que -como decía Mariátegui- cortejen y adulen su gusto mediocre. Y, por qué no, huachafo.

Todos ellos son una jaez transclasista que conforman un país al cual no le interesa que los corruptos se escapen por la puerta de atrás o deja que les engañen diciéndoles que ya hemos acabado con el anafabetismo o que casi no hay pobres en el Perú. Pero que, ojo, es un país que también forma parte del nuestro, con el cual tendremos que convivir y, ojalá, podamos convencer.

La Argentina neoliberal, viciada y frívola de Menem produjo Pizza con Champán, una ácida crónica de Silvina Walger acerca de las cotas de desvergüenza, frivolidad y huachafería en que se sumió dicho país en los años noventa. ¿Cuánto tiempo esperaremos para que tanto despilfarro demagógico, tanta soberbia gratuita, tanta estética de la corrupción en estos finalizados cinco años, merezca un libro?

Esperemos que muy poco.

lunes, 18 de abril de 2011

LA QUEREMOS LEYENDO, NO TRABAJANDO


En el Perú trabajan tres millones de niños, niñas y adolescentes. Casi la mitad del total de peruanos y peruanas entre cinco y diecisiete años. Dicho en otras palabras, el Perú es un país donde se acostumbra que los niños trabajen, se les sobreexplote y maltrate: Niñas de ocho años como niñeras y trabajadoras domésticas, niños de diez años como cargadores en los mercados, adolescentes cobrando en las combis, de jaladoras en las tiendas, de meseras y lavaplatos en nuestros restaurantes. Y todos trabajando más de ocho horas o quemando sus fines de semana. Y por un salario miserable incluso para los estándares peruanos.

En un país donde casi las tres cuartas partes de la economía es informal, la demanda por trabajadores baratos, sumisos e indefensos es la norma. Nuestros emprendedores (esos héroes para nuestra clase dominante) se enriquecen a costa del trabajo infantil, muchas veces disfrazado de ayuda familiar, de favor de padrinos o de paternalismo local. Aparentemente, los emergentes de Arellano dan trabajo a los menores de edad necesitados. En la práctica se valen de gente que no cobra ningún tipo de seguro, a quienes puedes pagar lo que te dé la gana, alargarles el horario laboral arbitrariamente y gritarles a gusto. Osea, los niños.

Pero lo peor de esta explotación democratizada y de sabor nacional es que, a la larga, estamos dinamitando nuestro sistema educativo y nuestro futuro como país. Los millones de niños y adolescentes que trabajan en el Perú sencillamente no estudian, apenas tienen tiempo. ¿Puede usted imaginar cómo entenderá la clase de álgebra una niña que desde las cinco de la mañana está trabajando, cocinando y cuidando bebes hasta la una de la tarde? ¿Es de extrañar que los adolescentes se duerman en clase después de matar el resto del día vendiendo golosinas en la calle o madrugándose a las puertas de los macroconciertos alquilando llamadas de celular?

Nuestros hijos -en ese plan- no estudian, no aprenden, no leen. Ni siquiera juegan. Las pocas horas libres las ocupan con pura telebasura. El consumismo que pregonan los medios se convierte en su única actividad liberadora. La posibilidad de alumnos estudiosos y críticos solo existe entre los retoños de la clase dominante y las élites metropolitanas. Ese adolescente de la novela Templado -crítico, soñador y ávido lector- necesariamente es limeño, de sector acomodado y carísimo colegio privado.

¿Qué hacer? ¿Sentarse a esperar un cambio de gobierno o a que maduren las condiciones? Al margen de las coyunturas electorales, podemos hacer algo. Más aún si hablamos de un proceso de varios años, como es la Educación.

Este año me estoy embarcando en un pequeño proyecto para reflotar una biblioteca escolar en un colegio público de Pamplona. Es una biblioteca que ha estado cerrada por años y que la inercia administrativa convirtió casi en depósito. Servidor, estudiantes, el profesor de comunicación y la directora hemos iniciado la recuperación del local con una limpieza a fondo, levantando el polvo en todos los anaqueles, baldeando el piso con lejía y provocando un éxodo en masa de garrapatas y arañas. Pero eso no es ni la mitad de lo que hay que hacer (volver a reordenar los libros, clasificarlos, pedir donaciones, revisar los mapas y las láminas para repartirlos por las aulas). Lo real es que los propios alumnos ya han sugerido hacer sus tareas allí y esa biblioteca es un excelente local para los talleres de creación literaria.

En otro colegio de la misma zona estamos iniciando un proyecto distinto: Una campaña de promoción del buen trato entre los estudiantes (¿han oído hablar del bullying?) donde una de las dinámicas claves va a ser la promoción de la lectura por placer: Instalaremos pequeñas bibliotecas (libros de cuentos en su mayoría) en cada aula de sexto año de primaria para que los chicos puedan estar a sus anchas con la lectura.

No sé hasta donde lleguemos con estas iniciativas. Por lo general predomina el miedo a que los niños estropeen los libros o se los queden en sus casas, incluso sin leerlos. Pues mi peor miedo es que los libros se queden encerrados en baúles y cajas, lejos de circular entre sus verdaderos necesitados.

Lo fundamental es hacer de la lectura una estrategia silenciosa que combata el trabajo infantil y la incuria vital. En el fondo es una ventana que les abrimos a nuestros hermanos pequeños para que sepan que en el mundo tienen más cosas que una escuela ruinosa, una vivienda precaria y un trabajo explotador. La lectura hace aguza el ingenio, abre el apetito intelectual y te invita a soñar. Y soñar puede ser un primer paso a la libertad. Necesitamos hombres y mujeres libres, aunque tengan diez o quince años.

Quien quiera echarnos una mano donando libros o proponiendo ideas e iniciativas sobre lo mencionado no dude en escribirme. Y si prefieren una vía menos prosaica pero igual de efectiva, pásense por este link y colaboren: http://www.globalgiving.org/projects/empower-girls-and-women-peru/

Que a niñas como la de la foto, la queremos estudiando, no trabajando.

P.D. Aprovechamos la ocasión para saludar la valiosa iniciativa de un puñado de artistas solidarios por impulsar la biblioteca de un caserío en Cajamarca. ¿Un caserío? Sí pues, la tierra para quien la trabaja y la lectura para quien la necesita.

viernes, 3 de septiembre de 2010

LA CIUDAD INCULTA

No, no me refiero a la Lima de las combis, ni a esa Lima que imaginan los guionistas de Al fondo hay sitio, ni siquiera a la Lima pituca de calles sin veredas con cinco centros comerciales y ninguna biblioteca. No, hablamos de una municipalidad que, en seis años de millonarios ingresos, apenas si ha invertido algo en el arte y la cultura.


Ya llegan las elecciones (Ja, ja, ja como cantaba Ruben Blades en Maestra Vida) y todos los ciudadanos tenemos que recibir diariamente una catarata de mentiras en forma de promesas electorales. Y los limeños en particular sufrimos más, teniendo en cuenta que esta ciudad está sometida a unos medios claramente censurados: los noticieros y periódicos –con muy pocas excepciones- se ocupan en un 90% de crónicas policiales y farándula. Para encontrar noticias sobre cultura, arte o derechos humanos hay que acudir a medios alternativos o semiclandestinos.


Lima es la ciudad que recauda la mayor cantidad de dinero por impuestos. La municipalidad de Lima es el consistorio más rico del Perú. ¿Puede uno deducir que, como consecuencia, es el municipio más culto de nuestro país?


No solamente no lo es sino que está bastante más atrás de otras ciudades que no cuentan ni con la centésima parte de dinero que maneja la capital. Y si hablamos de literatura, peor todavía.


La Municipalidad de Lima no organiza eventos literarios de ningún tipo. Marca, una cabecera de distrito en Ancash que no supera los dos mil habitantes, organizó hace dos años un encuentro de escritores trayendo a creadores del calibre de Áureo Sotelo o Jose Luis Ayala y montó una pinacoteca de lujo de artistas ancashinos en su colegio.


La Municipalidad de Lima no cuenta con un Fondo Editorial. Gobiernos regionales menos opulentos como el de Loreto se dieron el lujo de publicar once volúmenes de escritores loretanos contemporáneos pagándole sus derechos de autor y distribuyéndolos gratuitamente por los colegios públicos de toda la región.


La Municipalidad de Lima no inaugura casas de la cultura ni mucho menos bibliotecas. Pucallpa, que incluso ha padecido un gobierno local enrarecido y problemático, ha inaugurado una espléndida biblioteca municipal que los limeños ya quisiéramos en nuestros distritos populosos.


La Municipalidad de Lima no organiza Ferias de Libro. Jauja, con bastante menos recursos pero con mucha más ganas, por lo menos lo ha intentado y ha sacado una más que decente feria del libro.


En Huamachuco se decidió destinar el total de presupuesto participativo al sector cultura. La Municipalidad de Lima prefiere gastar dinero financiando el Día de la Mascota.


No quiero esconder las contradicciones, problemas, deficiencias e incluso taras que los municipios mencionados puedan tener. Ni tampoco decir que Castañeda no hace nada por la cultura: De hecho, en la web municipal de la gerencia de cultura (mucho más activa y actualizada que la que tenían hace dos años, cómo se nota que estamos en carrera electoral) uno puede ver varias iniciativas al respecto que realizan.


La cuestión es la paradoja de ver cómo en otras partes del Perú, sin los súper millones del presupuesto municipal limeño, se invierte en cultura mientras que la capital cree que cultura es organizar desfiles militares de escolares o macroconciertos de cumbia en la Plaza de Armas.


Se trata de voluntad política, de entender la cultura como una inversión y no como un gasto. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de nuestra clase política todavía ve la cultura como un mero adorno, un decorado de quita y pon, algo bonito pero de lo cual se puede prescindir. En Lima, el alcalde -y posiblemente la mayoría de los limeños- consideran que más importante es una clínica de pago que una biblioteca gratuita, una autopista de tres carriles que un centro cultural para jóvenes. Nos hemos resignado a pagar para acceder a espacios que antes eran un derecho ciudadano (yo, hace algunos años, no pagaba un solo sol para entrar aquí o acá). Incluso creemos que lo gratuito, por serlo, ya es algo malo o sospechoso. Y que el sector público puede regalar cheques en la Teletón o cobrar peajes abusivos, pero nunca financiar escuelas de teatro, conservatorios o pinacotecas para todos los limeños.


Sí, la idea de combatir la delincuencia con cultura acá es recibida con desprecio e hilaridad, cuando en Medellín ha funcionado. La posibilidad de organizar orquestas sinfónicas juveniles para erradicar el pandillaje en Lima es percibida como una soberana tontería, cuando en otros países es algo asombrosamente normal. La cantidad de instituciones e iniciativas que gestionó la municipalidad de Curitiba para convertirse en la ciudad más ecológica de Sudamérica acá serían vistas como una tomadura de pelo.


Hoy los candidatos te prometen el oro y el morro (acá hay un excelente resúmen de sus propuestas electorales en política cultural) y a más de uno se le nota que miente descaradamente: Conchas acústicas en casi todos los distritos, red de gerentes culturales, premios literarios, escuelas de arte, una editorial municipal popular, etc. ¡es tan fácil hablar! Mientras tanto la ciudad intenta (sobre)vivir sin un museo de arte contemporáneo, con poquísimas bibliotecas públicas, con salas de teatro carísimas, parques enrejados, sin posibilidad de escuchar gratuitamente música sinfónica y cuya oferta cultural se reduce a la que buenamente nos dan algunas universidades y centros culturales de países extranjeros.

Eso sí, con cumbia gratis, fútbol para todos en la Plaza de Armas, fina telebasura y una prensa sensacionalista que se ha convertido en el principal menú cultural de limeño común y corriente. Lima es una inmensa combi en la que juntos enfilamos al abismo riendo, chupando, cantando, festejando.


Festejando no sé qué.

viernes, 7 de mayo de 2010

¿Nos estamos quedando sin memoria?



Lo que véis en la ilustración es la casa donde nació y vivió el extraordinario poeta Carlos Oquendo de Amat en la ciudad de Puno. Sí, esa casa que fue declarada hace dieciséis años Patrimonio Cultural Monumental de la Nación. Esa casa que durante mucho tiempo ha funcionado como pollería y lugar de venta de salchipapas. Esa casa cuyo dueño es un tal José Butrón, empresario hotelero relacionado vox pópuli con el narcotráfico y el lavado de dinero. Esa misma casa a la que le arrancaron subrepticiamente el rango de Patrimonio y que estuvo en un tris de ser derribada para construir en su lugar un hotel (posiblemente con esas espantosas fachadas que estan plagando buena parte de los pueblos del interior). Esa casa a la que hace unos días -luego de una afortunada campaña mediática iniciada por un artículo del escritor Christián Reynoso y rebotada en varios medios- le han vuelto a restituir su nombradía de Patrimonio Cultural para garantizar que no será demolida. Esa casa, en fin, que en otro país sería un museo, un centro cultural o una casa de estudios literarios. Esa casa que con sus muros desconchados y su techado semiderruido, parece decirnos, imprecarnos, nuestra desmemoria e indolencia para con nuestro pasado.


El hecho que se haya salvado de la destrución total la casa de Oquendo de Amat no debe hacernos olvidar otras casas y otros escritores a quienes hoy seguimos tratando con amarga indiferencia. Dejamos, por ejemplo, que demolieran sin asco la casa de Julio C. Tello para poner en su lugar un horroroso edificio de departamentos. El terremoto del 2007 terminó de echar abajo la ya ruinosa casa de Abraham Valdelomar en el centro de Ica. El año pasado comprobamos la indiferencia general y la poca atención al Centenario de Ciro Alegría. Y en este año, con excepción de algunas iniciativas en la región San Martín y otros puntos de la amazonía, casi nadie se acuerda del Centenario de Francisco Izquierdo Ríos, autor de uno de los cuentos más leidos en los colegios peruanos. En el caso del centenario de la poeta arequipeña Adela Montesinos, ni los comunistas han hecho algo notable para recordarla.


Vivimos, es verdad, en un tiempo que está atravesado de inmediatismo y donde se presta atención compulsivamente al presente. Y en un país donde la oralidad tiene una mayor presencia que lo letrado, la memoria sobre nuestros escritores es minoritaria y canija.


Como buena semicolonia yanqui, hemos aprendido a aplastar lo viejo para colocar encima cosas nuevas sin ningún miramiento por el entorno y la historia. Los espacios donde aún hay una unidad con la tradición y la historia son violentados con alevosía. Y son las autoridades locales quienes dan el ejemplo. En Puno, la municipalidad provincial inauguró su nuevo, moderno y horroroso consistorio en plena Plaza de Armas oponiendo sus ventanas polarizadas y su masacote de concreto a las líneas barrocas de la Catedral y al clasicismo afrancesado del Palacio de Justicia. En Huánuco -de no ser por la intervención heroica del poeta Samuel Cárdich- estuvieron a punto de derribar el viejo local de la municipalidad de principios de siglo. Y en Chiclayo un absurdo incendio casi se come la alcaldía provincial construida por Leguía. Las plazas serranas han sido destrozadas para introducir glorietas excavadas a la brava, jardines colgantes que se tragan el paisaje, piletas descomunales que chorrean agua de vez en cuando, monumentos absurdos y profundamente huachafos.


Ah, y Lima no se queda atrás. Más bien ha sido la gran inspiradora de este culto a la piqueta y al cemento: Dejamos que inmuebles históricos se sigan deteriorando hasta que se vengan abajo, sea la antigua casa hacienda de Carabayllo, sea la casa de Felipe Pinglo, la tugurizada Casa de las Columnas o el viejo mercado del Rimac (Aquí, tienen una lista del patrimonio arquitectónico limeño que podemos destruir en los próximos años). Para ensanchar una avenida demolimos el famoso Arco Morisco que nos regaló la colonia española por nuestro Centenario (medio siglo después tenemos una reprodución kitsch en Surco), hemos desfigurado el Parque de la Reserva para convertirlo en una versión cutre de Las Vegas y gran parte de los edificios de la Avenida Arequipa (que son un recital sobre la historia de la arquitectura limeña del siglo XX) estan siendo deformados al convertirse a la fuerza en gimnasios, pollerías o locales de academias. Cuando no directamente demolidos, como sucedió con el Palacio Marsano, reemplazado ahora por una espantosa macrotienda de computadoras. El hecho que ese palacio fuera el delirio de grandeza de un oligarca no valida el crimen arquitectónico.


Con este panorama ¿Qué de anormal tendría entonces la demolición de la casa de Oquendo de Amat? Lo anormal ha sido salvarla.


Y lo normal es esa pérdida continua de memoria. Nuestros hijos lo han aprendido a la perfeción. Si al alcalde de Lima y al actual rector de la Decana de América no les importó en un momento tumbar media huaca de San Marcos para dejar paso a una superautopista ¿Con qué cara censuramos a los escolares que dañaron la Huaca del Dragón en Trujillo? Eso es hipocresía, y nuestros hijos también han aprendido aceleradamente las prácticas de la simulación y el oportunismo.
¿Puede la literatura salvarnos de esta cultura de caraduras a la que buena del país está sumida? Respuesta corta, no. Respuesta larga: Quizá ejemplos como el rescate de la casa de Oquendo de Amat en Puno (o iniciativas como la del Fórum Lima-Centro Vivo) nos digan que todavía hay esperanza y que tenemos intelectuales y artistas aún sensibles por un pasado -material e inmaterial- en constante riesgo. ¿Heredarán algunos de nuestros adolescentes reggaetoneros, usuarios de MP4 y consumidores audiovisuales natos, algo de esta sensibilidad?
Dejo en el aire la respuesta, como cantaba Bob.

domingo, 22 de noviembre de 2009

EL CANÍBAL ES EL OTRO (Sobre todo si es chileno)


"...Soberbios, racistas, rateros, expansionistas, traidores, envidiosos, mentirosos, insolidarios, prepotentes, etc. Desde hace años, y en virtud de nuestras desdichas políticas, hemos construido desde los medios un referente de los chilenos que, si bien puede sonar a música para algunos oídos, no tiene nada que ver con la realidad. Entre la censura negociada de una teleserie chilena sobre la Guerra del Pacífico, la payasada de una modelo pintarrajeada en la Plaza Mayor de Lima y el polémico recital poético a bordo del Huascar; esta pequeña columna quiere combatir la miseria del antichilenismo..."

Así, hace más de dos años, empezaba una columna que escribí aquí cuando estábamos envueltos en otra de esas crisis -casi cíclicas, expresamente manidas- de las relaciones peruano chilenas con sus dosis de xenofobia, chauvinismo, ínfulas patrioteras, humor zafio y no poca huachafería. Y de todo un territorio digno de mucha mayor investigación y estudio por parte -por ejemplo- de Víctor Vich, a quien le he robado su célebre título.

Sí amigos, lo que han leido. Porque ¿Qué tiene de raro que Chile nos espíe? ¿Acaso no lo hacemos nosotros? ¿Qué creen que hacen nuestros servicios secretos del ejército o la marina de guerra?¿Se dedican solamente a chuponear a empresas por encargo? (bueno, tambiénnn, pero...).

A ver, para que no me malentiendan, les pongo un ejemplo: ¿Estados Unidos y la Unión Europa son aliados? pues sí ¿Entre los dos no celebraron el triunfo de la Guerra Fría? pues también ¿No son dos grandes socios económicos al más alto nivel? Obvio ¿No han firmado cantidad de acuerdos de defensa y de cooperación estratégica?Fijo ¿No comparten bases militares, unidades operativas y planes bélicos conjuntos desde hace casi medio siglo? por supuesto.

Entonces ¿Me pueden decir por qué sucedió esto en el mejor momento de las relaciones EEUU-Europa? Pues porque estas cosas pasan desde que el mundo es mundo.

Pero no, amigos. No he venido a aburrirlos con charlas de Realpolitik al tacu-tacu. Pero sí para comunicarles mi hastío frente a la miseria de antichilenismo que -como la sarampión- se apodera de buena parte de nuestros ciudadanos durante algunas semanas. Antichilenismo estéril no solamente porque casi siempre termina en palabras y gestos demagógicos, sino porque es una excelente cortina de humo para ocultar nuestros problemas internos: Más profundos, más graves, más urgentes y, por ende, más proclives a ser escondidos y manipulados. Antes, ya lo había dicho:

"Si se trata de buscarnos enemigos ahí tenemos a nuestra clase política que exculpa a genocidas, se emborracha con el dinero de los contribuyentes y se arrodilla servilmente ante los capitales extranjeros. Si buscamos desalmados a quien linchar vayamos a las mineras que contaminan nuestros ríos y envenenan nuestra cordillera. Si queremos decirle las verdades a alguien, allí está nuestro corrupto poder judicial. En todo ese espectro, y no sobre los chilenos, debemos poner nuestra atención. Nos perdamos el tiempo con enemigos imaginarios."

El antichilenismo de temporada, que corre profusamente por los albañales de la prensa peruana cada cierto tiempo (y en algunos, a cada rato, como el cáncer terminal); es otra jugarreta de la derecha peruana -y que siguen, lamentablemente, muchos sectores progresistas- para dejar de hablar de petroaudios, matanzas en la Amazonía, movimientos sociales o demandas sindicales.

Lo que yo quiero destacar es que en la historia hay casos de ejemplar colaboración entre peruanos y chilenos. Al margen de los grandazos, de los terratenientes, de los generales con el gatillo fácil; artistas e intelectuales peruanos y chilenos han demostrado que nuestro sino mutuo no es la desconfianza.

En 1932, cuando Sanchez Cerro encarcelaba, torturaba, desaparecía y fusilaba a comunistas y apristas, muchos de los perseguidos se fueron a Chile. Allí, con el Protocolo de Tacna y Arica todavía un poco caliente, los apristas peruanos (gran parte de ellos, revolucionarios y antiimperialistas confesos, a años luz de sus sucesores) aportaron con mucho al periodismo y la intelligentsia local. Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez lograron que Ercilla se convirtiera de una empresa editorial aventurera a la mejor revista político-cultural de Chile, amén de las mejores de Sudamérica. Allá reconocen la huella de ese aprismo primigenio y claramente de izquierdas en la consolidación del histórico Partido Socialista de Chile.

Pero quizá el ejemplo más revelador de esta neófita sinergia entre chilenos y peruanos estuvo en la residencia de nuestro Ciro Alegría en Chile. Él llegó a Santiago enfermo, solitario, golpeado y recién salido de las mazmorras del Estado peruano. Fue la solidaridad de bastantes amigos chilenos lo que hizo posible que nuestro insigne escritor tuviera tiempo, algo de salud y sobre todo euforia creativa para escribir dos éxitos literarios. Solidaridad de escritores que se repitió en la elaboración de El mundo es ancho y ajeno, cuando juntaron un pequeño estipendio para pagar a una secretaria que mecanografiara el futuro libro en tiempo récord para que alcanzara el plazo de convocatoria de Farrar and Rinehart. Una vez ganado el galardón, Alegría devolvió lo aportado por dichos amigos, agregando algo más para apoyar a un escritor chileno. Un ejemplo de solidaridad internacionalista francamente impensable en los tiempos de hoy.

Otro ejemplo de esa fraternidad entre hombres y mujeres de letras se dio cuando Pablo Neruda visitó el Perú. En 1943 Neruda ya era un apestado del servicio diplomático chileno, recibía una fuerte campaña en contra suya en la prensa mapochina, máxime cuando era un declarado defensor de la URSS y un poeta más que simpatizante con el frente comandado por el Partido Comunista chileno. En el Cuzco lo recibe Esteban Pavletich, en ese momento funcionario del gobierno pradista, pero connotado simpatizante de izquierdas y antiguo miembro del ejército popular nicaragüense de Sandino contra la intervención yanqui en 1928. Él lo lleva a la ciudadela de Machu Pichu. A él se le unen el poeta comunista Luis Nieto y el indigenista cuzqueño Uriel García. De esos días en la Ciudad Imperial surgió Alturas de Machu Pichu, para muchos el más logrado poema de su Canto General .

(Una reseña más completa sobre este viaje, la encontramos aquí.)

Una última relación, mucho más (post) moderna, es la praxis literaria de Roberto Bolaño, reconocido ya como uno de los más grandes escritores chilenos. Irreverente, anarco, perdedor; Bolaño escribió la magnífica Los Detectives Salvajes, posiblemente la mejor novela latinoamericana de los últimos 15 años. Allí Bolaño tiene unos capítulos dedicados a peruanos que no pierden sabrosura: La inventiva (muy ligada a la conchudez) de los causitas y patitas : Los peruanos pobres residentes en París, quienes en una buhardilla de la rue Passy fundan el Pueblo Joven Passy. La otra es la historia de un poeta peruano que simboliza la tragedia de intelectuales que muy alegremente optan por la izquierda para terminar desengañados, escépticos y enloquecidos dentro de las fauces de nuestra guerra interna. Veinte años después, un par de escritores peruanos hacen una parodia-homenaje a la novela desde las playas del norte peruano.

Bolaño es autor, además, de Monsieur Pain, una novela pequeña referida a los últimos días de César Vallejo. Algo a resaltar frente al azorado mutismo de nuestros escritores para tratar en sus obras a peruanos ilustres, despojados además de toda esa pátina de respetabilidad, adoración y sobonería ¿Qué escritores peruanos han narrado abierta, crítica y sandungueramente sobre Vallejo, Mariátegui, Haya de la Torre, Grau, Basadre? Pues de momento, sobre Vallejo, ha escrito un chileno.

Y no pasa nada. Muchos poetas jóvenes han ido estos últimos años a Chile y posiblemente de regreso se hayan traido la envidia de ver cómo tratan allá a sus escritores, en un universo de premios, becas y subvenciones bastante difícil de imaginar en el Perú. Quizá esos jóvenes poetas puedan ser quienes encabecen una nueva forma de entender las relaciones entre ciudadanos peruanos y chilenos. Quizá el asunto sea impulsar un espacio donde estudiantes, profesionales, intelectuales, artistas y científicos construyan un diálogo más vivo, más sincero y entre sectores sociales de ambas partes hartos ya de la demagogia chauvinista. ¿Utopías? No, si ya se está intentando.

¿O es que siempre las relaciones peruano chilenas tienen que ventilarse solamente entre militares, políticos y empresarios?

Bueno, ya lo dije todo. Ahora avisoro la lluvia de piedras sobre un servidor, bajo el estigma de ser un mal peruano.

A aquellos sujetos, les respondo con los versos de Boris Vian:

"Y dígale a los suyos
si vienen a buscarme
que pueden dispararme,
armado yo, no voy..
."