miércoles, 6 de marzo de 2013
¿BARBARIE O CIVILIZACIÓN?
Dentro de la gran controversia que ha generado quien en vida fuera Hugo Chávez Frías, una de las discusiones típicas era si Chávez, con el histrionismo que le caracterizaba, era el típico militar populista que de culto tenía muy poquito. O más aún, que sus arranques mediáticos, sus gestos contundentes e incluso apresurados, denotaban un signo de la barbarie que venía a quedarse en Sudamérica: La de gobiernos autoritarios, manipuladores, cuya visión social se acababa en subvenciones para cosechar fáciles aplausos, la imposición del partido ganador para acaparar rectorías, direcciones generales de educación y producir una generación de artistas e intelectuales que, por mor del petrodólar, sólo podían ser afectos y serviles. El famoso Ogro Filantrópico que dibujó años antes Octavio Paz para definir al viejo PRI mexicano y que ahora resucitaba empeorado, más grande, más fiero, más torpe y más inculto.
Perú 21, el vástago contrahecho del grupo El Comercio, no ha perdido tiempo coleccionando las frases más agresivas de Chávez, muchas de ellas cargadas de ajos y cebollas. Los medios que se alinearon con la oposición al régimen bolivariano no dejan de recordar su retórica altisonante, sus gestos mussolinianos ante masas, sus apariciones televisivas cantando, bailando y declamando cuartetas simples, sus contradicciones ideológicas (se consideraba heredero tanto de José Carlos Mariátegui como de Haya de la Torre) y esos ruegos áulicos al dios de los cristianos, que recordaban a las peligrosas alianzas del poder con la religión. Casi nunca se le ha visto leyendo un libro y su bagaje intelectual tenía más de manuales de autoayuda y clásicos leídos por terceros, que de una sofisticada formación intelectual. Cuando rechazó debatir con Vargas Llosa, muchos liberales lo tomaron como una huida de la "barbarie" ante la presencia de la "civilización". Y además, era militar, que para los ilustrados limeños -con razón o sin ella- es sinónimo de bruto.
Y, finalmente, ese culto a la personalidad in crescendo qué tan mal cae a muchos letrados (de izquierda y de derecha), esa entronización de un segundo Bolívar viviente, esa divinización popular que convirtió a un teórico presidente democrático de izquierdas en un ícono similar a Evita Perón (o Abimael Guzmán, sin ir más lejos).
Y sin embargo, cuando uno ve lo que se ha hecho en cultura y en la educación en estos 14 años de chavismo, se podrá decir cualquier cosa excepto barbarie: Un acceso casi universal a las universidades (o como decía una amiga mía "en Venezuela no estudia solamente quien no quiere") con facultades que producen miles de doctorados al año (recordemos que Venezuela tiene casi la misma población que Perú, así que calculen), una producción editorial gigantesca capaz de ofrecer gratuitamente 300,000 ejemplares del Quijote en las calles, una red de orquestas sinfónicas en todo el país que ha hecho de Venezuela ya una potencia musical regional, un cultivo fervoroso de las artes populares más allá de la zanahoria del turismo, toda un infraestructura de premios, concursos, entradas baratas a teatros, museos y festivales que ha convertido a la gestión cultural en una profesión de primer orden y a los intérpretes y artistas en un oficio apreciado socialmente. Claro, todo esto no hubiera sido posible sin una sólida voluntad política de impulsar una política cultural a gran escala. Mientras el Ministerio de Cultura de Venezuela es una gigantesca fábrica de productos culturales que mueve millones, acá nuestro liliputiense ministerio peruano se parece más a un carretillero informal que se dedica mendigar fondos.
Obviamente los venezolanos tiene sus propios problemas: Tienen que lidiar con universidades masificadas, tienen que seleccionar (y no necesariamente con la mejor asertividad) la enorme oferta cultural que será apoyada, saben que toda la gran inversión en educación no ha podido disminuir la tremenda criminalidad en varias ciudades y, como muchos escritores limeños señalan, la revolución bolivariana todavía no ha dado un graaaaaaaan escritoooor, de esos que terminan siendo publicados por las reconocidas editoriales españolas. Que la explosión de cantidad no se ha traducido en un crecimiento de la calidad. Y que, en todo caso,sus logros culturales han sido gracias al grifo interminable del petróleo (¿Y en el Perú hemos hecho algo parecido con las vetas interminables de nuestra minería?)
Es una discusión que no se acabará ahora. Yo solamente puedo comcluir que, además de las contundentes cifras de reducción de la pobreza y pobreza extrema en Venezuela, el legado de Chávez en la educación y la cultura nos dice que, efectivamente, en ese hermano país ha triunfado la civilización sobre la barbarie.
¿Podremos decir lo mismo del Perú?
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viernes, 29 de junio de 2012
La insoportable levedad del ser peruanos
Vuelvo con Uds nuevamente después de un par de meses de ausencia. Pero con fuerza, en estos próximos posts y ya metidos en el Mes de la Patria, vamos a discutir sobre lo que somos o, dicho de forma más directa y negativa, sobre lo que NO somos.
Una de las consecuencias de esta década de crecimiento económico ha sido la explosión de un sentimiento de orgullosa peruanidad que no se notaba, quizá, desde los primeros años del régimen de Velasco. Desde los medios, en la publicidad, en diversos eventos civiles y hasta en aniversarios privados; hay derroches de curiosa peruanidad que van desde atiborrarnos (con un orgullo a prueba de colesterol) de nuestra frondosa gastronomía hasta disfrazar de chalanes a las cajeras de nuestros supermercados en el mes de Julio. Por no hablar de esa incomprensible y masoquista fe en nuestro seleccionado nacional de fútbol pese a las toneladas de evidencia en contra que siempre se nos muestran.
Pero lo que más(me) irrita es ese convencimiento que ya existe un Perú, que ya tenemos un país nuestro, consolidado, procesado, destilado y macerado como nuestro pisco y otros licores patrios con menos cachet. Que hay algo más que la blanquirroja y los desfiles de Fiestas Patrias, que la asiática reverencia a Miguel Grau y el orgullo popular por nuestra viandas, que el culto al emprendedor con éxito y la continuidad de ciertos mitos nacionales aprendidos desde el colegio (Que somos una nación en formación, el el himno del Perú es el segundo más hermoso del mundo después de La Marsellesa, etc.).
Para ser claros ¿Hay algo en común entre el empresario de Gamarra y los pobladores de las alturas de Apurímac, entre los agricultores del Mantaro y las comunidades amazónicas que protestaron en Bagua, entre los trabajadores de la uva en Ica y los comerciantes de Juliaca, entre los creativos de una empresa de publicidad en la Lima miraflorina y los ronderos cajamarquinos? Posiblemente tengan algo más en común, pero no sé si lo suficiente como para hablar de una peruanidad compartida.
¿Sentirán lo mismo una promoción de un colegio particular de Piura que sus pares de un colegio público en Masisea? Como adolescentes definitivamente tienen muchas cosas en común, pero no sé si eso alcance para hacerlos partícipes de una comunidad nacional.
Desde Lima, el Perú es un inmenso discurso publicitario que comparten agencias de turismo como empresas cerveceras. Para los metropolitanos, el sentimiento de identidad común lo intuimos -lo queremos ver real- gracias a los spots de Claro o las carísimas campañas de PromPerú. Ahora en julio, la pujante empresa privada nos va a hartar de comerciales nacionalistas difundiendo a bombo y platillo la imagen de un país optimista, unido, multicolor, armónico y, por cierto, despolitizado.
Para mí este discurso es falso y engañoso, como ustedes -los que me han leído más de una vez- lo saben. Sin embargo, este sentimiento de "falsa peruanidad" (al igual que el concepto marxista de "falsa conciencia") tiene una creciente base popular, alimentada por la bonanza económica y una inusual estabilidad política. Cierto canon de dogmas repetidos desde las aulas, un pool mediático aliado con la élite empresarial que bombardea con impunidad a las masas con proyectiles ideológicamente tóxicos y un espacio psicosocial de relevancia que los poderes fácticos regalan a la Iglesia y a las Fuerzas Armadas; son la base de un nuevo proyecto de identidad nacional, de un enésimo proyecto de país. La diferencia, quizá, es que es un proyecto con mayor éxito que los anteriores. No por ser más democrático sino por conectar mejor con los deseos de la mayoría de este país.
Deseos que no solamente van por ganar plata y punto. Implica también las ganas de muchos peruanas y peruanos de conquistar espacios propios, de ejercer su derecho al disfrute y al placer, la posibilidad de hallar vías de reconocimiento y también de socialización.
Y, qué quieren que les diga, lo veo en las miradas y las palabras de muchos adolescentes y jóvenes de sectores populares, chicos y chicas que todavía viven bajo el límite de la pobreza, en casas de material precario, calles sin asfaltar o con el agua racionada. Más de una vez han sufrido la discriminación y el ninguneo, pero no han respondido con ira y siguen creyendo en este país, incluso en el Perú que le dibuja la televisión en abierto y la prensa chicha. Y pese a que este país -este sistema social enraizado en el Perú- los ha tratado mal, negándole derechos y accesos a servicios que necesitan, quitándole oportunidades y explotándoles gratuitamente; ellos se morirán de ganas de desfilar en estas fiestas patrias, participando en esos eventos paramilitares que a usted y a mi nos exasperan, pero que para millones de chibolos representan el acontecimiento extracurricular más importante del año escolar.
Es verdad que lo oculto permanece y las máscaras tarde o temprano tendrán que caer. Las desigualdades no desaparecen con un spot de televisión y las huellas que en nosotros deja la discriminación no las borra un festival gastronómico. Pero el esclarecimiento de ese Perú profundo quizá no vaya por la explosión política (con en los viejos tiempos) sino con la aparición de nuevas prácticas sociales que los novísimos peruanos apliquen.
Este es el país de la prensa rastrera y la cultura chicha, sí. Pero también es el país donde se lee en los colegios mucho más literatura peruana que antaño y donde en muchas regiones la gente está aprendiendo a defender lo suyo. Es curioso que aquellos jóvenes que protestan contra las transnacionales y arrinconen a la policía, sean los mismos que en la noche ponen Al fondo hay sitio o gastan sus ahorros en un par de zapatillas guapas. Así como es curioso -y chocante para quienes adoran al Perú oficial- que los jóvenes emprendedores de Lima Norte usen su tiempo libre en grupos de pop hindú o que las telenovelas surcoreanas sean más populares entre nuestras muchachas que sus símiles latinoamericanas. Como lo dije alguna vez antes: Hoy las adolescentes de un barrio popular bailan un sinkuy cuzqueño en el Festidanza de su colegio por la mañana, ven juntas un DVD de Las vírgenes de la cumbia por la tarde y bailan puro reggaetón durante toda la noche. Sin ningún problema.
Para quienes crecimos en un país crispado por la violencia política y la bancarrota económica, el Perú del siglo XXI es un nuevo campo de pruebas.
De esto vamos hablar las próximas semanas. Agur y tupallanchis kama.
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lunes, 2 de abril de 2012
Mi camino a un arte del siglo XXI (ruta peligrosa, señalada por nostalgias y melancolías)
Soy, posiblemente, de la última o penúltima generación que creció leyendo revistas de historietas y fotogramas.
Ah, y tuve la suerte de revolver en los archivos familiares y encontrar la bizarra revista Avanzada, una publicación católica de los años cincuenta y sesenta, donde además de conocer historias de misioneros, vaqueros y samurais, te topabas con las aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, tres personajes que representaban a la costa, sierra y selva peruanas y que proponían con candor la paz, el progreso y la amistad en la sociedad oligárquica de entonces (en un conmovedor capítulo logran reconciliar al terrateniente racista y cascarrabias con los laboriosos y agradecidos indios de su hacienda). Era entrar a un universo paralelo.
P.D. La foto, del superblog ArkivPerú
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miércoles, 16 de noviembre de 2011
EL AGUJERO DE LA CULTURA EN EL PERÚ
Ojo, es verdad. En los tiempos del capitalismo tardío -la sociedad global, la de los imperialismos financieros, donde la producción de manufacturas se reduce a un puñado de países del sudeste asiático y donde gran parte del consumo global no es solamente de bienes materiales sino de productos virtuales de entretenimiento- la producción cultural que importa es la que de alguna forma retribuye al consumidor global, sea el empresario textil o el cobrador de combi. Y los sectores subalternos solo tiene sitio en la cultura si participan -de alguna forma- en la vitalidad local, promoviendo a los sectores laboriosos y creativos, como una forma de penalizar también a los ociosos y disfuncionales.
La verdad de la milanesa es el mercado. El mercado hace incluso rentable productos culturales que antes sólo sobrevivían por las subvenciones públicas. ¿Y qué pasa cuando te resignas a que el mercado sea tu principal proceso vehiculizador mientras admites que el aporte del sector público será reducido y menor?
Pues tienes conciertos de bandera para la juventud con dinero, los programas de radio y televisión son popularmente nauseabundos, los éxitos editoriales son manuales de autoayuda o estrellas promocionadas por transnacionales, el turismo reivindicado como el gran promotor cultural de facto, las artes plásticas condenadas a ser minoritarias, la prensa chicha como el principal menú lector de los peruanos. Es decir, cualquier producto cultural peruano que quiera posicionarse en la sociedad o se espectaculariza al grado de poder venderse suficientemente bien o termina en el baúl de los marginales. De los losers, como dicen los yanquis.
He dado todo este rodeo para llegar a lo obvio: Necesitamos una inversión del sector público para normalizar (¡esa es la palabrita!) los procesos culturales y artísticos del Perú. Para que escuchar toriles y mulizas en televisión, tener centros culturales en tu barrio, disfrutar de clases gratuitas de música o teatro, comprar literatura peruana contemporánea a no más de cinco soles por libro, hacer que cada colegio tenga una biblioteca escolar activa y en condiciones; sea algo NORMAL y no una excepción.
Curiosamente, los gobiernos locales sí resultan más interesantes para invertir en cultura, aunque eso se vea más en los auspicios a eventos y performances que a actividades más metódicas y a largo plazo. La municipalidad más rica del Perú (la de la otra Susana, la de Lima) se ha dedicado fundamentalmente a impulsar festivales colectivos de música, teatro, circo y recitales en cinco lugares de la metrópoli ¿Podría la alcaldesa rascarse un poco más la billetera municipal para crear pinacotecas, conservatorios, teatros y fondos editoriales en diez o veinte lugares distintos de la metrópoli? (que plata no falta, ni inmuebles tampoco).
Con los mercados a lo suyo y el sector público más avaro de lo creíamos; solo queda la sociedad civil. Osea, tú, yo y los de enfrente. Demandar. Julio Vega y Javier Arévalo están demandando al Estado con justicia el impulso oficial a la creación de bibliotecas, ¡pero ya! con una carta fundacional. El Gremio de Escritores ya ofreció una hoja de ruta cultural sin respuesta por parte del Estado. ¿Iniciativas condenadas al fracaso? Depende de nosotros.
Porque, visto lo visto, la lluvia de millones a la cultura seguirá siendo un sueño en el Perú. Y lo que sí es fracaso es esperar sentado a que alguna vez llueva como por encanto.
Sin embargo, creo que ahora tenemos las mejores condiciones para demandar cultura, que muchas personas e instituciones están mejor sensibilizadas a escuchar. Los escritores y artistas tiene que aprender también a pedir. Porque tampoco es vivir de una renta pública por leer mecánicamente ante un auditorio medio vacío o forzar a imprimir mediocridades sin ton ni son. De lo que se trata es de un nuevo pacto social: trabajadores de la cultura que ofrecen sus servicios a una localidad por una cantidad equis de recursos. Que pintores puedan dictar talleres a escolares, grupos de teatro animar las veladas de las comunidades, que poetas y narradores formen parte de la cotidianidad de universidades, colegios, tecnológicos y pedagógicos. Do ut des: doy para que me des. Un principio elemental de reciprocidad que rompa el círculo vicioso de ausencia presupuestal e indiferencia mercantil. Ese pacto sirve para una comunidad campesina en las alturas de Andahuaylas, una municipalidad provincial a lo largo del Ucayali o cualquier gobierno regional. También sirven asociaciones profesionales, colegios privados u ONGs. El contrato es el mismo.
No hay que llorar por el agujero de la cultura en nuestro país, de lo que se trata es de taparlo.
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jueves, 31 de diciembre de 2009
LA DÉCADA INÚTIL. Un balance y liquidación cultural.

Me uno a los anglosajones que gustan de terminar las décadas en cero siempre y no en uno como debiera ser. Como ellos mismos, lo hago para que esta década termine cuando antes. Una década que para muchos ha sido prescindible y negativa. Me remito a la terrible sentencia del celebrado Nobel Paul Krugman que ha calificado esta década como el Gran Cero (Cero crecimiento del empleo, cero progreso económico, cero ganacias en bolsa, etc.) por no citar a la periodista española Patricia Godes, quien ha sentenciado estos últimos diez años como la Década de la idiocracia, una década en que "el incompetente, el necio y el drogado han accedido a puestos de responsabilidad y han podido tomar decisiones asesinas e ilógicas contra el medio ambiente, la sensatez, la decencia, el buen gusto y la misma supervivencia de la especie con toda impunidad".
Culturalmente, esta ha sido la década de la consolidación de las Nuevas Tecnologías, de la Pangea Multimedia, de la sociedad del espectáculo y de la frivolidad de los discursos culturales muy ligados al mercados. La década de una producción de artes plásticas que empezó full post-conceptual carísima y que terminó, por mor de la crisis mundial, en deliciosamente hípermaterial austera. La época del cine de animación puro y duro, de guiones tan débiles como taquilleros, falsa ética anti-Disney y mucho discurso juvenil de Hannah-Montana. La Gran Era de los Videojuegos, donde los internautas más adictos han terminado siendo coronados reyes del universo en el interior de sus cochambrosos dormitorios. La década de nuevos estilos de ficción televisiva que, gracias al cable, permitan obras de arte que el peruano común alquila o piratea.
Ha sido la época que reubicó la industria musical, vencida por el auge de implacables descargas de internet y copias de productos culturales sin derechos de autor. Hoy los legendarios grupos rockeros que ni sabían ni les interesaba dónde se encontrara nuestro fucking país, ahora humildemente ofrecen conciertos como alternativa a la chequera cero que les dan sus antiguas casas disqueras. Porque hablamos de auténticos jubilados y decadentistas de la música pop que arriban a un país con una cultura rockera solo anidada en un pequeño círculo capitalino. Por no hablar de cantantes tramposas que muy tarde se enteraron del cambio de aires y vienen a mostrar sus curvas a Lima (ah, y también su música).
En esta década se consolidó la Gastronomía peruana como nuestro peculiar décimo arte, al calor de la enésima batalla del Pisco, los éxitos simbólicos de nuestro turismo y las derrotas mediáticas de la competencia sureña. Hoy, Lima es la ciudad con mayor número de escuelas de cocina per cápita del mundo. Y, detrás del Mito Gastón Acurio, hoy miles de desheredados sueñan con ser chefs y largarse al extranjero renovando las locas ilusiones del peruano de a pie que quiere conquistar fuera lo que su propio país no le da. Y resulta de bastante humor negro el saber que un país con la Mejor Cocina del Mundo tiene unas sonrojantes tasas de desnutrición crónica infantil.
Entre la literatura y las Nuevas Tecnologías, ha sido la década de los Blogs, que han tenido su época de oro, antes que nuevos formatos como el féisbuk y el incomprensible twitter les ganaran la carrera en el inframundo de las Redes Sociales. Hoy los escritores trabajan sobre PCs, muy poquitos se siguen aferrando a la máquina de escribir eléctrica y ya nadie (ni siquiera los freakies) usan una entrañable máquina de escribir mecánica. Los diccionarios digitales, el google y -como mencionaba alguna vez César Hildebrandt- la Rica Wiki; son los nuevos soportes de conocimiento (y, por desgracia, también de análisis) de los jóvenes intelectuales del siglo XXI.
Ha sido una década rara en literatura, donde entre la fascinante novela de Chabon sobre la época de oro del cómic americano y la celebrada trilogía de Stieg Larsson (o entre la autobiografía en original clave gráfica de Satrapi y el Canto personal a la Desolación de Corman McCarthy); medra un preocupante vacío creativo en el supermundo editorial transnacional que premia reportajes fáciles disfrazados de ficción, budismo de entrecasa o esoterismo barato. Hace años -y ciñéndonos a nuestra lengua- teníamos un Borges, un Lezama Lima, un Cortázar, llegamos a tener un Bolaño ¿Qué tenemos hoy? ¿Quiénes nos enseñan a escribir mejor?
En el Perú la paradoja es aún mayor, pues esta década ha visto la consolidación de una narrativa de diversas partes del país y el nacimiento de vigorosas promesas (el loretano Cayo Vásquez, el chimbotano Fernando Cueto, el propio Daniel Alarcón de ultramar, amén de una serie de jóvenes escritores que este señor se precia en citar) mientras la cultura letrada sigue arrinconada en el hábitus general del país, sin obviar las argollas de los escritores mediáticos que, luego de la Batalla de Madrid, siguen sin enterarse que hay vida más allá de sus cinco distritos dorados de Lima (¿para qué enterarte si terminas haciendo tu vida en el extranjero?).
Termina una década donde francamente hemos quedado con amargos regustos en la boca (nació Otro Muro y tenemos otro Campo de Concentración). En esta odiosa comparación fotográfica nos percatamos que incluso hemos retrocedido en la historia.
No quisiera irme con ánimo pesimista y -de cara a la próxima década- me aferro al enorme crecimiento de nuestra literatura patria (año tras año, se publican más títulos, aunque de poco tiraje), el surgimiento de nuevos nombres en la literatura y la consolidación de reconocidos escritores nacionales (todos niguneados pero ¡da igual! siguen creando), la curiosa carambola del Plan Lector en los colegios (que adolece de indudables carencias pero que ha terminado creando un nuevo mercado activo para cientos de escritores peruanos) y el sostenido crecimiento de una literatura peruana en otras lenguas nativas (sí, son pocos, pero son).
Y, para esperanza, qué mejor que aquellas palabras de José María Arguedas, dichas casi a propósito para darnos ánimos y fuerzas:
"No, no hay país más diverso, más múltiple en variedad terrena y humana; todos los grados de calor y color, de amor y odio, de urdimbres y sutilezas, de símbolos utilizados e inspiradores. No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcilaso, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; picaflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. Imitar desde aquí a alguien resulta algo escandaloso. En técnica nos superarán y dominarán, no sabemos hasta qué tiempos, pero en arte podemos ya obligarlos a que aprendan de nosotros y lo podemos hacer incluso sin movernos de aquí mismo".
Larga vida al Perú en la noche de los tiempos.
* Algunos links de aquí fueron posibles merced a David Abanto, al señor Ausente y María Germaná. Repetidas gracias a los tres. Qué grandes amigos.
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domingo, 22 de noviembre de 2009
EL CANÍBAL ES EL OTRO (Sobre todo si es chileno)

"...Soberbios, racistas, rateros, expansionistas, traidores, envidiosos, mentirosos, insolidarios, prepotentes, etc. Desde hace años, y en virtud de nuestras desdichas políticas, hemos construido desde los medios un referente de los chilenos que, si bien puede sonar a música para algunos oídos, no tiene nada que ver con la realidad. Entre la censura negociada de una teleserie chilena sobre la Guerra del Pacífico, la payasada de una modelo pintarrajeada en la Plaza Mayor de Lima y el polémico recital poético a bordo del Huascar; esta pequeña columna quiere combatir la miseria del antichilenismo..."
Así, hace más de dos años, empezaba una columna que escribí aquí cuando estábamos envueltos en otra de esas crisis -casi cíclicas, expresamente manidas- de las relaciones peruano chilenas con sus dosis de xenofobia, chauvinismo, ínfulas patrioteras, humor zafio y no poca huachafería. Y de todo un territorio digno de mucha mayor investigación y estudio por parte -por ejemplo- de Víctor Vich, a quien le he robado su célebre título.
Sí amigos, lo que han leido. Porque ¿Qué tiene de raro que Chile nos espíe? ¿Acaso no lo hacemos nosotros? ¿Qué creen que hacen nuestros servicios secretos del ejército o la marina de guerra?¿Se dedican solamente a chuponear a empresas por encargo? (bueno, tambiénnn, pero...).
A ver, para que no me malentiendan, les pongo un ejemplo: ¿Estados Unidos y la Unión Europa son aliados? pues sí ¿Entre los dos no celebraron el triunfo de la Guerra Fría? pues también ¿No son dos grandes socios económicos al más alto nivel? Obvio ¿No han firmado cantidad de acuerdos de defensa y de cooperación estratégica?Fijo ¿No comparten bases militares, unidades operativas y planes bélicos conjuntos desde hace casi medio siglo? por supuesto.
Entonces ¿Me pueden decir por qué sucedió esto en el mejor momento de las relaciones EEUU-Europa? Pues porque estas cosas pasan desde que el mundo es mundo.
Pero no, amigos. No he venido a aburrirlos con charlas de Realpolitik al tacu-tacu. Pero sí para comunicarles mi hastío frente a la miseria de antichilenismo que -como la sarampión- se apodera de buena parte de nuestros ciudadanos durante algunas semanas. Antichilenismo estéril no solamente porque casi siempre termina en palabras y gestos demagógicos, sino porque es una excelente cortina de humo para ocultar nuestros problemas internos: Más profundos, más graves, más urgentes y, por ende, más proclives a ser escondidos y manipulados. Antes, ya lo había dicho:
"Si se trata de buscarnos enemigos ahí tenemos a nuestra clase política que exculpa a genocidas, se emborracha con el dinero de los contribuyentes y se arrodilla servilmente ante los capitales extranjeros. Si buscamos desalmados a quien linchar vayamos a las mineras que contaminan nuestros ríos y envenenan nuestra cordillera. Si queremos decirle las verdades a alguien, allí está nuestro corrupto poder judicial. En todo ese espectro, y no sobre los chilenos, debemos poner nuestra atención. Nos perdamos el tiempo con enemigos imaginarios."
El antichilenismo de temporada, que corre profusamente por los albañales de la prensa peruana cada cierto tiempo (y en algunos, a cada rato, como el cáncer terminal); es otra jugarreta de la derecha peruana -y que siguen, lamentablemente, muchos sectores progresistas- para dejar de hablar de petroaudios, matanzas en la Amazonía, movimientos sociales o demandas sindicales.
Lo que yo quiero destacar es que en la historia hay casos de ejemplar colaboración entre peruanos y chilenos. Al margen de los grandazos, de los terratenientes, de los generales con el gatillo fácil; artistas e intelectuales peruanos y chilenos han demostrado que nuestro sino mutuo no es la desconfianza.
En 1932, cuando Sanchez Cerro encarcelaba, torturaba, desaparecía y fusilaba a comunistas y apristas, muchos de los perseguidos se fueron a Chile. Allí, con el Protocolo de Tacna y Arica todavía un poco caliente, los apristas peruanos (gran parte de ellos, revolucionarios y antiimperialistas confesos, a años luz de sus sucesores) aportaron con mucho al periodismo y la intelligentsia local. Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez lograron que Ercilla se convirtiera de una empresa editorial aventurera a la mejor revista político-cultural de Chile, amén de las mejores de Sudamérica. Allá reconocen la huella de ese aprismo primigenio y claramente de izquierdas en la consolidación del histórico Partido Socialista de Chile.
Pero quizá el ejemplo más revelador de esta neófita sinergia entre chilenos y peruanos estuvo en la residencia de nuestro Ciro Alegría en Chile. Él llegó a Santiago enfermo, solitario, golpeado y recién salido de las mazmorras del Estado peruano. Fue la solidaridad de bastantes amigos chilenos lo que hizo posible que nuestro insigne escritor tuviera tiempo, algo de salud y sobre todo euforia creativa para escribir dos éxitos literarios. Solidaridad de escritores que se repitió en la elaboración de El mundo es ancho y ajeno, cuando juntaron un pequeño estipendio para pagar a una secretaria que mecanografiara el futuro libro en tiempo récord para que alcanzara el plazo de convocatoria de Farrar and Rinehart. Una vez ganado el galardón, Alegría devolvió lo aportado por dichos amigos, agregando algo más para apoyar a un escritor chileno. Un ejemplo de solidaridad internacionalista francamente impensable en los tiempos de hoy.
Otro ejemplo de esa fraternidad entre hombres y mujeres de letras se dio cuando Pablo Neruda visitó el Perú. En 1943 Neruda ya era un apestado del servicio diplomático chileno, recibía una fuerte campaña en contra suya en la prensa mapochina, máxime cuando era un declarado defensor de la URSS y un poeta más que simpatizante con el frente comandado por el Partido Comunista chileno. En el Cuzco lo recibe Esteban Pavletich, en ese momento funcionario del gobierno pradista, pero connotado simpatizante de izquierdas y antiguo miembro del ejército popular nicaragüense de Sandino contra la intervención yanqui en 1928. Él lo lleva a la ciudadela de Machu Pichu. A él se le unen el poeta comunista Luis Nieto y el indigenista cuzqueño Uriel García. De esos días en la Ciudad Imperial surgió Alturas de Machu Pichu, para muchos el más logrado poema de su Canto General .
(Una reseña más completa sobre este viaje, la encontramos aquí.)
Una última relación, mucho más (post) moderna, es la praxis literaria de Roberto Bolaño, reconocido ya como uno de los más grandes escritores chilenos. Irreverente, anarco, perdedor; Bolaño escribió la magnífica Los Detectives Salvajes, posiblemente la mejor novela latinoamericana de los últimos 15 años. Allí Bolaño tiene unos capítulos dedicados a peruanos que no pierden sabrosura: La inventiva (muy ligada a la conchudez) de los causitas y patitas : Los peruanos pobres residentes en París, quienes en una buhardilla de la rue Passy fundan el Pueblo Joven Passy. La otra es la historia de un poeta peruano que simboliza la tragedia de intelectuales que muy alegremente optan por la izquierda para terminar desengañados, escépticos y enloquecidos dentro de las fauces de nuestra guerra interna. Veinte años después, un par de escritores peruanos hacen una parodia-homenaje a la novela desde las playas del norte peruano.
Bolaño es autor, además, de Monsieur Pain, una novela pequeña referida a los últimos días de César Vallejo. Algo a resaltar frente al azorado mutismo de nuestros escritores para tratar en sus obras a peruanos ilustres, despojados además de toda esa pátina de respetabilidad, adoración y sobonería ¿Qué escritores peruanos han narrado abierta, crítica y sandungueramente sobre Vallejo, Mariátegui, Haya de la Torre, Grau, Basadre? Pues de momento, sobre Vallejo, ha escrito un chileno.
Y no pasa nada. Muchos poetas jóvenes han ido estos últimos años a Chile y posiblemente de regreso se hayan traido la envidia de ver cómo tratan allá a sus escritores, en un universo de premios, becas y subvenciones bastante difícil de imaginar en el Perú. Quizá esos jóvenes poetas puedan ser quienes encabecen una nueva forma de entender las relaciones entre ciudadanos peruanos y chilenos. Quizá el asunto sea impulsar un espacio donde estudiantes, profesionales, intelectuales, artistas y científicos construyan un diálogo más vivo, más sincero y entre sectores sociales de ambas partes hartos ya de la demagogia chauvinista. ¿Utopías? No, si ya se está intentando.
¿O es que siempre las relaciones peruano chilenas tienen que ventilarse solamente entre militares, políticos y empresarios?
Bueno, ya lo dije todo. Ahora avisoro la lluvia de piedras sobre un servidor, bajo el estigma de ser un mal peruano.
A aquellos sujetos, les respondo con los versos de Boris Vian:
"Y dígale a los suyos
si vienen a buscarme
que pueden dispararme,
armado yo, no voy..."
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viernes, 9 de octubre de 2009
EL PERÚ Y LOS PREMIOS NOBEL

Aprovechando el tirón mediático de los premios Nobel (no solamente el de Literatura sino también el de la Paz concedido a Obama, lo que ha dado para simpáticas caricaturas) y haciendo caso a buena parte de los comments del post anterior; quisiera tratar un poco sobre la relación entre los premios Nobel y el Perú.
No voy a descubrir la pólvora. Solo recordar que el Nobel de Literatura es un premio que no se da "al mejor escritor del mundo" sino simplemente a un "gran escritor", se premia una trayectoria y no solamente una obra y se da a escritores vivos (a Paul Valery, eterno candidato, se lo iban a dar en 1945, pero se murió). El Nobel se elige de una forma bastante elitista: la Academia solicita a cerca de 700 personas e instituciones de todo el mundo sus propuestas de candidatos. Por lo general, 200 nombres pasan a ser objeto de estudio por parte del Comité Nobel, el cual designa a un grupo de cinco miembros encargados de reducir la lista a otros tantos autores. La criba termina en manos de 18 académicos que deciden quién es el elegido. Así que quien sueñe que recolectando firmas por internet va a lograr que lo inscriban como candidato al Nobel, olvídense. Más valor tiene la sentencia de Marco Martos: "algo que debe hacer todo aspirante al Nobel, es que lo traduzcan al sueco".
De todos es conocido la injusticia en muchísimas de las decisiones de la Academia Sueca, la evidente intromisión de la política en las mismas, los ominosos olvidos de Borges o Tolstói, el andamiaje ideológico de la propia Academia Sueca (muy conservadora durante la mitad del siglo XX, más abierta y hasta progre en la otra mitad) y el tremendo secretismo de sus decisiones. De hecho, todos los expedientes de las candidaturas están guardados bajo silencio absoluto durante cincuenta años. Por lo que los rumores sobre las candidaturas de Vargas Llosa, seguirán siendo rumores durante muchos años hasta que la Academia abra el candado. En todo caso, los curiosos pueden buscar el libro de Kjell Espmark ya traducido al español, donde cuenta -con conocimiento de causa, pues en los años ochenta fue presidente del Comité Nobel- intrigas, puñaladas, serruchos, cantos del cisne y lamentaciones del dichoso Premio. Quilca, publícalo porfa.
Bueno ¿Y el Perú?
Decirles primero que el primer peruano nominado oficialmente a un Nobel fue nada más y nada menos que el presidente Augusto B. Leguía, el primer peruano en salir en una portada del Time, nominado en 1930 al Nobel de la Paz junto al presidente chileno Ibáñez del Campo como recompensa a sus buenos oficios para ultimar el Protocolo de Tacna y Arica. Estuvieron muy cerquita, pero al final la argolla escandinava -que en esa época tenía bastante más cancha- se lo dio a Nathan Söderblom, un pastor luterano sueco. Siempre me he preguntado ¿si le hubieran dado el Nobel a ambos, hubieran mejorado las relaciones entre Perú y Chile? ¿terminaríamos queriéndonos más?
Ah, hubo otro peruano nominado para el Nobel de la Paz. Fue el caso de Mariano Hilario Cornejo, sociólogo positivista y spenceriano, pierolista primero y leguiísta después, diplomático que hizo carrera en la Sociedad de Naciones hasta ser jurista de la Corte Internacional de La Haya y muy conocido en las cancillerías europeas por sus libros sobre Relaciones Internacionales. Fue nominado repetidamente durante los años treinta, contando con el fiel -e inexplicable- apoyo del la presidencia del Parlamento noruego. Para mí es otro exponente de esa República Oligárquica, terrateniente y elitista, pero me curo en salud dándoles sobre su persona este benévolo estudio.
En Literatura....bueno podemos presumir de un récord: ¡Dos peruanos nominados el mismo año y ambos hermanos!
Semejante bizarrez no sé si tenga explicación. Pero el caso fue que los hermanos Ventura y Francisco García Calderón fueron nominados en 1934, separadamente, al Nobel de Literatura por colectivos de escritores latinoamericanos radicados en París así como por buena parte de la alta intelectualidad francesa a quienes los hermanos García Calderón eran habituales como destacados américanistes.
Ventura fue escritor y diplomático, autor de la canónica La Venganza del cóndor (un best-seller de su época, se le tradujo a diez idiomas) y que terminó en la Academia belga de la Lengua Francesa. Francisco un diplomático, ensayista y filósofo, íntimo de Riva-Agüero, arielista y conservador, autor de Le Pérou contemporaine, que pasó sus últimos días en el manicomio de Lima. Sus nominaciones no dejan de ser curiosas y poderosamente simbólicas, al referirse a peruanos (sí, permítanme la cursiva, sin ofender) que escribieron gran parte de su obra en francés y que casi toda su vida la pasaron fuera del Perú. De los dos, Ventura es más conocido y muchos creen que él fue el único nominado. No sabemos qué posibilidades de ganar tenían, en ese año el Nobel se lo llevó el dramaturgo Luigi Pirandello, fascista confeso quien, al año siguiente de recibir el premio, no tuvo incoveniente en donar la medalla del mismo a Mussolini dentro de la campaña de recolección de oro para financiar la guerra contra Etiopía.
Luego de todo lo dicho -es decir, fuera ya de los archivos abiertos- solo hay sitio para las especulaciones: Que Alberto Hidalgo promoviera motu propio su propia candidatura entre los escritores latinoamericanos, que Vargas Llosa ha estado cerquita en dos determinados años, que en un momento se pensó en Bryce Echenique, que si Scorza.... De momento solo habladurías que no tienen base documentaria. Y que alimentan la habitual chismografía limeña.
Bueno, y la pregunta que todos ustedes esperaban ¿Le darán el Nobel alguna vez a Vargas Llosa?
En el Perú oficial se ha puesto como acto de fé que Mario Vargas Llosa debe merecer el Nobel sí o sí. Creo que, más allá de los méritos de Don Mario, debiéramos sacudirnos de ese patriotismo criollo y ser un poco más realistas.
Como mencionó Marcel Velazquez aquí hace un año; un gran obstáculo para MVLl es el Nobel que le concedieron a García Márquez en 1982, lo cual en cierta medida es un reconocimiento a toda la generación del Boom. Si bien es cierto que la narrativa, la temática y hasta la ideología de Gabo y MVLl son harto diferentes; desde Estocolmo se ven a los escritores de otras latitudes más como parte de tendencias de pensamiento, generaciones literarias o circuitos regionales, que como creadores individuales. Y si la Academia quiere volver a mirar a estas tierras, es mucho más probable que se lo den a Carlos Fuentes, quien cuenta con el apoyo de todo el poderoso aparato de las industrias culturales mexicanas y un reconocimiento casi unánime por las instituciones de ese país. Ese peso de los escritores en una comunidad es algo que también valora la Academia.
¿Y el futuro? Será distinto, muy distinto. A diferencia de hace veinte años o más, son las editoriales transnacionales quienes controlan los canales literarios. Son esas empresas las que ponen el dinero, los premios, el eco mediático. Antiguas instituciones como las universidades, el sector público, las organizaciones educativas y culturales de la sociedad civil, las asociaciones de escritores y artistas, etc. han perdido terreno terriblemente. En nuestra lengua, para bien o para mal, un premio Planeta o un premio Alfaguara tienen mucho más poder, convocatoria y prestigio que los antiguos premios Rómulo Gallegos o Casa de las Américas (que todavía existen, dicho sea de paso).
Pero, por otro lado, los escritores ya no son lo que eran, han dejado de ser grandes referentes del pensamiento de sus sociedades y no tienen ni la décima parte de la fuerza convocatoria de un Emile Zola, un Pablo Neruda o un Bertrand Russell. Escritores entregados a grandes líneas de pensamiento como Juan Goytisolo o el finado Harold Pinter son una minoría dentro del escaparate literario que tenemos en los medios. Hoy los escritores son mucho más individualistas (a veces, incluso, más que empresarios o agentes de bolsa) y se comunican muy poco entre sí (curiosamente, en estos tiempos de celulares e internet).
Pero tampoco le echemos la culpa a ellos. El mundo ha cambiado. La sociedad del espectáculo se ha tragado los viejos espacios tradicionales de las artes y las humanidades, en todo caso las ha reconvertido en nuevos productos culturales. La literatura, en este siglo XXI, esta mutando a otras formas, de la mano con las nuevas generaciones de ciudadanos más integrados en las pangeas multimedia, la cognitividad pubicitaria y al soporte audiovisual que a la cultura letrada convencional.
Y, posiblemente, el Nobel durante varios años siga siendo más un muestrario de los diversos caminos de la literatura del siglo XX (no sin cierta pátina museística) para alimentar esa literatura del nuevo milenio que aún no sabemos a donde irá. Posiblemente, la Academia termine de saldar ciertas deudas con Philip Roth, Rubem Fonseca, Yevgueni Yetvushenko o Adonis. Y posiblemente siga escarbando entre los menos consagrados pero globalmente igual de importantes como Salim Barakat, Rodolfo Fogwill o Lobo Antunes. O, para darle un aire más joven, se atreva con José Eduardo Agualusa, Michal Viewegh o Leonardo Padura. O, haciendo literatura-espectáculo, se lo den a las chinas sexy-epatantes Mian Mian y Wei Hui o al escritor-torturador argelino Yasmina Khadra. Cosas más fuertes han visto estos ojos.
Esta pequeña vuelta al mundo literario la hemos dado para resaltar el énfasis global del Nobel por dar a conocer nuevas voces de distintas culturas letradas que tengan algo que decir al mundo de hoy. Incluso hablando de escritores consolidados en sus mercados y con fuertes vínculos con las grandes editoriales, incluso hablando de narradores faranduleros o vacas sagradas, bestsellers de retintín y obsesionados residentes en Europa y EEUU por pillar presencia mediática. Incluso, a esa gentuza, el Nobel les pide algo más que tirajes generosos y media hora semanal de televisión.
Y ahí la pregunta ¿Tiene la literatura peruana actual algo de nuevo que decirle al mundo? Es más ¿Tenemos voz propia para decir algo significativo a los demás?¿O nos hemos vuelto discos que repiten discursos ajenos, libros nuevos de ideas viejas, imitaciones presuntuosas, originalidades tramposas, mediocridades impostadas, simples proyectos mercantiles para editoriales?
Dejo ahí la pregunta, para quien vuelva a soñar con un Nobel peruano.
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javier
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Etiquetas: clásicos, escritores, industrias culturales, Mundo editorial, nuevos tiempos
jueves, 8 de octubre de 2009
LA HISTORIA DE AMOR DE UNA SUECA Y VARIOS PERUANOS
No, no hablamos de un ménage à trois, ni de un gang bang, ni de un bukkake, ni de cualquier otra de esas prácticas sexuales que solamente existen en la fantasía de la mayoría de los peruanos. Tampoco vamos a referirnos a alguna historia de bricheros, que de eso ya tenemos harto y bastante.
No, les voy a contar un cuento, alguno de vosotros posiblemente ya conozca el final.
Hasta hace unos meses muy pocos paisanos sabíamos quién era Stieg Larsson; de hecho sabemos muy poco de la literatura sueca más allá de los cuentos para niños de Selma Lagerlöf, las policiales de Henning Mankell y, claro, el rollo de los premios Nobel. Así que Stieg Larsson nos podía sonar perfectamente como un baterista del grupo ABBA o el último fichaje del Barcelona FC (que, por cierto, esta temporada fichó a un sueco).
No, Stieg Larsson es uno de esos quijotes que surgen de cuando en cuando. Rebelde, feminista convencido, defensor de los derechos de los inmigrantes, antiguo militante de las juventudes comunistas (dentro de lo que pueda significar ser comunista en Suecia) y paladín del periodismo alternativo escandidavo. Larsson no se cortaba a la hora de investigar a la actual extrema derecha sueca (sus orígenes nazis y sus conexiones con la gran banca), de criticar los abusos de poder del Estado o de denunciar los espejismos del paraíso escandinavo. Fue amenazado de muerte por los neonazis suecos durante lustros y eso motivó que nunca se casara con la compañera de su vida. Desde la pequeña revista Expo, se dedicó a combatir la hipocresía y los demonios de su sociedad.
Pero Larsson también era un apasionado de la novela negra y nunca se olvidó de su vocación de escritor. Vocación que estalló a los 45 años cuando decidió -de manera divertida- escribir un best-seller que se convirtiera en el Plan de Pensiones para él y su pareja. Fumador, trabajhólico e irreverente; escribió tres tomos de un tirón que, dada su fama de periodista de calidad, no tardó en encontrar editor.
En el 2004, semanas antes de la publicación de su obra, Stieg Larsson murió de un ataque al corazón. No solo no pudo ver el éxito global de su trilogía sino que su padre y su hermano (que siempre despreciaron a Stieg por sus ideas y por no querer hacer plata como todo el mundo) heredaron los derechos de autor haciéndose asquerosamente ricos mientras su ex-pareja no recibió un solo céntimo, dada la ley sueca que no reconoce sucesiones en parejas de hecho no inscritas públicamente. Perra suerte, o quizá el postrer capítulo de la obra de Stieg que, en lo fundamental, es una ácida crítica de la sociedad sueca, democrática y progresista de boquilla, pero terriblemente indiferente frente a las injusticias que aparecen en sus narices.
El caso fue que, hace tres meses, me enteré de estas cosas zappeando el canal de Televisión Española, alucinando cómo los madrileños hacían unas colas inmensas para conseguir su último libro traducido. "Bah, otro bestseller de mierda" mascullé, ya que eso pienso de El niño del pijama a rayas o la popular tetralogía de Stephenie Meyer. Además, "lo caro que estará ese libro cuando llegue a Lima".
Llevando consigo esos pensamientos cascarrabias, me metí por una de mis calles favoritas, Quilca, de la que les he hablado antes extensamente. Y dio la casualidad que en la misma noche en que ví el informativo de la televisión me encontré con...¿quééé? En efecto, con una cuidada edición pirata de la primera novela de la trilogía de Larsson Los hombres que no amaban a las mujeres, trece soles, la compré al toque. Enganchadísimo, me la leí en un dos por tres y ya estaba buscando el segundo volumen con la ansiedad de un toxicómano. A la semana siguiente, en Quilca lo encontré. Y así empezó el romance.
Se llama Lisbeth Salander
Lisbeth es el gran personaje de la novela. Ella es una jovencita escuchimizada, sociópata, con una saludable desconfianza frente a las instituciones públicas, bisexual, boxeadora a pesar de su frágil contextura y extraordinaria hacker que, a sus ventitantos añitos, nunca terminó el colegio. Víctima de una cadena de injusticias de la cual son responsables directos los principales poderes del Estado; Lisbeth desarrolla un pensamiento propio condensado en un feminismo radical y en una convicción eufórica de supervivencia. Huérfana de ideologías y teorías, Lisbeth se enfrenta y juzga a la sociedad desde una cruda ética nacida en la reflexión de su propia experiencia como víctima: "No hay inocentes, solo diversos grados de responsabilidad".
Lisbeth es capaz de desfigurar a un sádico jurista para que no la vuelva a tocar, aprovecha la guerra periodística contra un oligarca mafioso para meterse en su computadora y saquear su cuenta financiera, se regodea en la violencia que inflinge a psicópatas, asesinos a sueldo o machistas extremos como un elemento más de su propia concepción de defensa personal. No tiene amigos aunque preserva un sentimiento de lealtad y tácita solidaridad con los indefensos (sobre todo indefensas). No tiene pareja estable, pero gusta del sexo intenso si se presenta la ocasión. Ignorante de las humanidades y las artes, su única pasión fuera de la informática son las matemáticas puras. Casi no habla, casi no sonríe, actúa mediante una aplastante y políticamente incorrecta lógica: "Ese tipo odia a las mujeres, es otro cabrón, no hay sitio para los cabrones en este mundo".
Lisbeth ayuda a un periodista free-lance (alter ego idealizado del propio Stieg Larsson) en campañas quijotescas: Desafía a imperios financieros, tasajea los brazos torcidos de dinastías industriales, hace frente a todo el aparato de seguridad sueco, no se cansa de señalar públicamente a funcionarios corruptos, policías machistas e intelectuales mentirosos. Aunque eso la convierta en una marginal.
Porque a primera vista, a los ojos bienpensantes del hombre común, Lisbeth es una transtornada mental, un detritus patológico que se escapó de los inmaculados servicios de salud para arremeter y alterar el curso normal de la pacífica y democrática sociedad sueca. Los periodistas la describen como una terrorista media loca con el gatillo fácil, los policías la ven como una serial killer heredera de una banda de lesbianas satánicas, los médicos la consideran pura carne de psiquiatría, los jueces esperan hacer carrera política deteniendo quien consideran poco más que una iracunda asesina juvenil.
Y sin embargo la realidad es radicalmente distinta. Ella, contradictoria y huraña, es la buena de la historia, ella tiene la verdad de los hechos frente a la mentira mediática, ella defiende la libertad de ser frente a una sociedad que necesita etiquetarla como pasaporte de normalidad ciudadana. Ella tiene como pares de desventuras a putas explotadas, inmigrantes refugiados, periodistas disidentes, rockeras freaks, informáticos antisociales, un jubilado apopléjico y jóvenes sin un centavo. Sus enemigos, por contra, son altos funcionarios, doctores, respetados capitanes de empresa, matones de toda laya, personajes mediáticos y hasta ex-agentes de
Lisbe
Todo esto lo construí mientras devoré los otros dos tomos de la trilogía, todos comprados en las generosas galerías de Quilca. Sí, nuestra industria pirata patria no esperó a que se agotaran los primeros stocks sino que apostó por toda la saga. En un par de semanas estaban los tres libros mientras en las librerías de postín recién colocaban el primer tomo en sus estanterías. Una orgullosa empleada de Crisol me dijo que el tercer tomo llegaría a comienzos de octubre. No quise bajarle la moral respondiéndole que en Quilca hace rato que tenían la coleción completa. Y algo más: Así como es común ver las novedades cinematográficas en DVDs piratas antes que las pongan en cartelera, ahora se ha dado lo mismo en el campo editorial al venderse las copias antes que el original aprezca en las librerías. Y creo que es la primera vez. Tener La reina en el palacio de las corrientes de aire ayer y a trece luquitas en vez de esperar meses para ver como accedo al mismo libro pagando noventa solazos, tiene un nombre para mí: satisfación.
Y así, como un nuevo converso, hastié a muchos de mis amigos hablándoles repetidamente de esos libros. En muy poco tiempo me di cuenta que no era el único. Muchos , de alguna manera, llegamos a Lisbeth Salander por diversos caminos. Algunos habían leido algunos sueltos en los periódicos, otros se enteraron por los blogs y siempre estaba el boca a boca (otros pesados como yo, que les hastiaron antes). Profes de filosofía, activistas universitarios y, como no, escritores; todos prendados de esa antiheroína llena de tatuajes que se alimenta casi exclusivamente de leche y pan-pizza. El último en ser flechado, adivinen quién fue.
Para quienes recién se han enterado un poco de que iba esta historia, deben ya tomarme como otro pesado ¿Tanta bulla por un bestseller policial? ¿Es esa tu historia de amor?
Es mucho más: Es denuncia de las mentiras de nuestro tiempo, es la propuesta de un tipo de ética en un mundo sin ideologías, ni grandes relatos, ni ningún tipo de sentido común que no sea ganar dinero. Es una propuesta de lucha y de justicia más allá de lo políticamente correcto e incluso de la visión convencional de los Derechos Humanos. Es una reivindicación atractiva del feminismo como ejercicio de pensar decentemente. Es también una manera de ver cómo se construye un siglo XXI bastante distinto del anterior. Es una manera de querer al ser humano, de redescubrir el empeño de las personas sencillas, vulnerables e incluso indefensas por no rendirse.
Esas personas pequeñas, con sus propias cualidades, que se niegan a pactar para ser como los demás; son un tesoro incalculable en los tiempos que corren. Y, afortunadamente, no son tan escasas en el Perú. Aquí siempre nos encontramos con esas Lisbeth Salander cobrizas, chatas, calladas pero decididas. Todos los peruanos llegaremos alguna vez a encontrarnos con una Lisbeth.
Hace años yo encontré a una. Y espero muchas más.
(En la portada, la actriz Noomi Rapace interpetando a Lisbeth en la versión fílmica de Los hombres que no amaban a las mujeres. A ser sinceros, yo me la imaginaba de otra forma)
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javier
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piedras
Etiquetas: escritores, identidad, industrias culturales, nuevos tiempos



