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sábado, 26 de julio de 2014

UN POEMA PARA LOS GENOCIDIOS DEL SIGLO XXI



No quería reiniciar este blog con noticias tristes. Pero en los tiempos que corren parece esto imposible.

Todos ustedes saben lo que sucede ahora en la franja de Gaza. Una guerra asimétrica entre uno de los ejércitos más poderosos del mundo versus una milicia que usa fusiles automáticos,  túneles y cohetes artesanales. Para variar, la población civil es la más damnificada. Dentro de ella una enorme cantidad de bebés, niños y adolescentes. Y los niveles de masacre son tan terribles que el régimen de Tel Aviv ha prohibido que por la radio se mencionen los nombres de los niños palestinos fallecidos por los misiles y la metralla de las fuerzas armadas de Israel.

A raíz de ello, Michael Rosen, el célebre poeta y novelista británico para niños, acaba de escribir este tremendo poema:

No nombres a los niños muertos.
La gente no debe saber los nombres
de los niños muertos.
Los nombres de los niños muertos deben ser escondidos. 
Los niños deben ser innombrables. 
Los niños deben dejar este mundo
sin poseer nombres.
Nadie debe saber los nombres
de los niños muertos.
Nadie debe pronunciar los nombres
de los niños muertos.
Nadie debe siquiera pensar que los niños
tengan nombres.
La gente debe entender que sería peligroso
conocer los nombres de los niños.
La gente ha de estar protegida
de conocer los nombres de los niños.
Los nombres de los niños pueden expandirse
como un fuego incontrolado.
La gente no estaría segura si se enterara
de los nombres de los niños.
No mencionen los nombres de los niños muertos.
No recuerden a los niños muertos.
No piensen en los niños muertos.
No digan: "niños muertos".


La versión original al final de este post.

domingo, 28 de julio de 2013

EL PATRIOTISMO EN EL PERÚ (Reflexiones antipáticas)


Dedicado a mi amigo, Fernando Llanos Masciotti


Este post va al calor de un batiburrillo de artículos para ocasión de las Fiestas Patrias del Perú. El comentario liberal de Trahtemberg en el pasquín Correo, La réplica de Silvio Rendón y el comentario de Ricardo Virhuez en esa nueva tribuna de debates adultos que es el Facebook (porque el resto de los internautas ya se ha pasado al twitter). Y, como guinda al pastel, la última columna de Martín Tanaka en La República.

Qué decir, por un lado me parece gratificante que, poco a poco, las élites (económicas, académicas, culturales) vayan sacudiéndose sus hombros de esa caspa decimonónica que reducía la historia del Perú a las vicisitudes de sociedad criolla, que abandonan la costra militarista y se sinceren en la abominación de los desfiles militares y su mala influencia en el sistema educativo. Que se critique y se discuta una historia del Perú canónica y oficial, que oculta muchos hechos necesarios y por otro lado es una buena sarta de mentiras. Una historia que solo la tragan los indolentes, los oprtunistas y los patriotas de salón, esos que se juntan en un bar a cantar el Perú Campeón y el valsecito del ron Pomalca. 

De esa crítica, lo más interesante, es que volvamos a ver la historia del Perú como una historia de peruanos de carne y hueso, de personas concretas que nacieron ,vivieron, sufrieron y murieron en esta tierra. Que, como testimonios sociales o experiencias excepcionales, nos dieron derroteros que interpretar o juzgar. Nuestro país es una suma de vivencias diversas, mucho más marcadas porque somos un país bastante plural, donde más que venerar hay que reflexionar, donde más que aplaudir hay que criticar, donde más que desfilar, urge pensar.

Las Fiestas Patrias, hoy, debiera ser un momento de reflexión. De saber a dónde demonios vamos como país. De pensar en qué le vamos a dejar a nuestros hijos, de cómo vivir el Perú con ellos.

Sí, sé que eso es una actitud fregada en un país que ahora, en plena borrachera de crecimiento macroeconómico, festeja su Ventiocho con cebichito, arroz con pato, pachamanca, ají de gallina, seco de cordero, chaufa taipá, cerveza Cristal, Inka Kola, chicha de jora y pisco soldeíca.   Que luego paseamos por la plaza en son de fiesta, escuchando los enlatados emblemáticos de Eva Ayllón y el zambo Cavero, que disfrutamos de los pasacalles de música folklórica que evocan nuestra diversidad, que terminamos bailando cumbia en estadios o llenando circos, malls y multicines aprovechando la propina de la gratificación o la engañosa generosidad de nuestras tarjetas de crédito. Que hemos cristalizado la celebración del país en una ceremonia consumista. Porque eso nos dicen los medios, ser peruano ahora es consumir, es gastar, es traducir tus deseos y expectativas comprando.

Dicho de otra forma. Si no compras, no eres peruano. Si no disfrutas consumiendo, tampoco lo eres. Si en vez de comprar tus anticuchos o tu pasaje LAN de vacaciones, te dedicas a discutir lo que ves por televisión o a renegar de los escolares que marchan; pues eres un mal peruano, un amargado, hasta un terrorista.

Dicho nuevamente de otra forma distinta. Los millones de peruanos que no pueden o no quieren gastar, que no quieren desfilar y les llega ver el Te Deum y todo ese rollo, que ese mismo día tienen que trabajar y mañana también porque su condición económica y laboral no les permiten tener vacaciones, quienes esos días patrios prefieren pensar (y actuar) frente a la podredumbre del Congreso, la felonía gubernamental y la miseria moral de los medios...en fin, todos ellos no son peruanos.

Y a lo mejor tengan razón.

La patria es una razón sentimental. Es un producto cultural que gana legimitidad según cómo se proponga. En el pasado la patria no reflejaba ningún interés -más allá de los rituales oficiales- dentro de una sociedad profundamente dividida y discriminatoria. Cuando aparecieron las tecnologías, las comunicaciones, la difusión de la educación pública, los movimientos demográficos, la mayor cobertura de los medios de comunicación y la creciente movilidad social; se fue macerando un vago sentido de peruanidad que nacía de una guerra perdida y se recreaba en los éxitos de nuestras selecciones de fútbol (masculino) y de voley (femenino). La derrota de la insurgencia maoísta (dibujado como el fin del gran conflicto que asolaba el país) y la legitimación del discurso neoliberal (propagandizado como la -única- salida de la pobreza) construyeron un nuevo sentido de peruanidad alentado por el coro mediático, el impulso de las nuevas tecnologías y el crecimiento económico durante todo el siglo XXI.

Cuando te dicen que has hecho patria haciendo crecer tu negocio, sea una inmobiliaria sea un kiosko de alfajores; te crees el discurso de la patria. Y si te va bien, pues lo disfrutas. El sueño de muchos es que el patriotismo peruano sea muy parecido al patriotismo norteamericano: Tu defiendes el país de las oportunidades, el país donde puedes triunfar si trabajas duro y la haces, el país donde si obedeces a la autoridad, no te metes mucho en política, si eres práctico y sabes cómo colocarte; te saldrán mejor las cosas. La patria como sublimación del individualismo, donde la comunidad depende de los intereses personales. Claro, todo este discurso a la peruana; donde le agregamos el paisaje del turismo, los olores de nuestra gastronomía y los discursos pasionales de la telebasura y la prensa chicha, productos cien por cien de esta tierra.

A la peruana. Donde sabemos que no hay que tragarlo todo de ese discurso, donde sabemos que nada es inocente y desconfiar es bueno, donde el patriotismo es un simulacro para sobrevivir y rentar en una sociedad carcomida por la corrupción, la impunidad y el racismo. Un lindo país donde una pareja de adinerados borrachos tumba un poste de luz pública, cholea a la policía (que tampoco se deja respetar mucho) y llora porque se les ha perdido su perrita de raza. Y después no pasa nada, más allá del chiste noticioso y los memes de internet.

"Los obreros no tenemos patria". Eso lo decía Karl Marx y estaría bien que muchos izquierdistas -sobretodo los más jóvenes- lo tomaran en cuenta. La patria no es un concepto afortunado en un discurso que habla de la lucha de clases mundial o de un proletariado internacional. Incluso aquellos que hablan de una patria bolivariana o latinoamericana escamotean conceptos originarios que nunca entendieron esto de patria como comunidad de personas unidas por leyendas y herencia común. ¿Por qué? Porque en toda sociedad hay clases que según el marxismo son irrenconciliables en un proyecto de dominio total de los trabajadores (sí, suena largo y aburrido pero así lo escribían). Acá muchos creen que la patria cobra sentido porque todos bailan al son del Grupo 5, pero -como lo comentó alguna vez el sociólogo Santiago Alfaro- el día en que la gente de los barrios acomodados de Lima vayan a bailar cumbia en El Huaralino o a Huarocondo, allí sí podríamos hablar en serio de una comunidad. De una curiosa comunidad donde hoy la gran mayoría de los héroes oficiales peruanos (esos que aparecen en las láminas Huascarán o en los billetes) suelen ser blancos, criollos y militares. Las lineas de separación están todavía muy, pero muy marcadas en todo el país.

Por más que Al fondo hay sitio, los programas de concursos de imitación o ese bien montado canal de gastronomía peruana, quiéranos decir lo contrario.

No quiero quedar como cascarrabias. Podría citar a Samuel Jonhson ("El patriotismo es el último refugio de los canallas") o al gran Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo (Definición de patriotismo: "Basura combustible dispuesta a arder para iluminar el camino de cualquier ambicioso")Pero no. No arreglamos mucho añadiendo más leña al fuego. Por más libertaria que sea la leña.

Mi concepto de "patria" para mí es otro. Es el de construir un mundo mejor para todos, una forma de ayudar concretamente a lo demás. Una actitud de solidaridad con quienes consideramos nuestros hermanos y amigos, sobre todo quienes la sufren de verdad. Donde las raíces culturales sean estímulos a ser mejores personas y no a crear fronteras. Un saber decir "yo no soy sólo yo". Donde yo como trabajador aprendo de otros trabajadores, banderas aparte. Un abrirse a los demás, un escuchar al otro. Así nomás, sin desfiles ni ceremonias ni vainas.

Sentarnos a conversar, preguntarnos por lo que queremos y lo que nos hace falta. Ayudarnos. Para mí, eso es patria.

Lo demás, no sé si ya valdrá la pena.

Y he tardado casi cuarenta años en descubrirlo. Para bien o para mal.



*En la foto, la señorita Sofía Lorca haciendo de la patria hace cien años más o menos. Una patria ajena, criolla, mayestática y retórica. ¿Nos imaginamos una mejor?

jueves, 20 de septiembre de 2012

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS POETAS?



Gary Alminagorta, conocido amigo de las letras en los cenáculos del Gremio de Escritores del Perú, nos mandó un breve pero poderoso mail con el mismo título de este post que estás leyendo. Y que dice:

“Los poetas, esos hombres tristes o alegres con sus manos en los dos bolsillos (así me los imagino), orondos o cabizbajos, me pregunto para qué sirven, ¿para cantarle a los payasitos, a los sapitos y a la tierna silla? ¿Me pregunto para qué me sirven?” Hablaba de esta manera un hombre, “actualmente yo no tengo trabajo, alzo mi voz de protesta junto a miles de trabajadores que salimos a las calles porque no tenemos qué comer, dónde trabajar, cómo vivir dignamente. Me pregunto para ¿qué sirven los poetas? Las mineras contaminan nuestras aguas y nuestras tierras, sembramos hojas de coca en nuestras chacras porque es la única manera de vivir dignamente. Ahora, si sembramos los productos que nos dice el gobierno, ganamos una miseria que no alcanza ni para comer. Trabajamos más de ocho horas diarias en las pollerías, en las textilerías, en las ladrilleras, para ganar sueldos irrisorios. Me pregunto ¿qué hacen los poetas por todo esto? Nada, solo escribir ilusiones en cuatro paredes: al jabalí drogado, al cerdo herido, al ají picante, mientras nosotros salimos cada mañana para ver si es que conseguimos unos panes para nuestros hijos. ¿Dónde están los poetas, qué hacen los poetas, para qué sirven los poetas?” De esta manera reflexionaba el pobre hombre…

Gary, en su imprecación, escribe de otra forma lo que César Vallejo, años ha, reflexionaba en aquella joya de sus Poemas Humanos "Un hombre pasa con un pan al hombro". Es decir, la angustiosa inutilidad de la poesía (y del arte, y de la praxis cultural, y del ejercicio estético) para influir en la gris y hasta trágica realidad. Si bien la narratividad de las novelas y piezas dramáticas, el figurativismo en las artes plásticas o la performance espectacular de la música y la danza pueden influir en la vida cotidiana de amplios sectores merced a su carga informativa, pedagógica o incluso lúdica; la poesía (más allá de ciertos poemas legitimados y masificados por lo general con fines patrióticos) siempre ha sido un territorio profundamente personal, a rebufo de las convencionalidades, de clara vocación marginal y ensimismada en sus sueños, experimentos y viajes interiores.

 Claro, no digo nada nuevo. Esa pregunta de ¿Para qué demonios sirve la poesía hoy en día? (es lícito añadir un par de palabrotas a la pregunta) es bastante más vieja de lo que creemos y se repite con una frecuencia enfermiza. Vaya usted al google y teclee la pregunta, encontrará varias respuestas: Escribir poesía como análisis subversivo que cuestione la realidad ("Comprométete con algo que esté más allá de ti mismo. Sé apasionado al hacerlo."), o entender la poesía como un inevitable sino que emana de nuestra propia condición humana ("¿tiene la poesía futuro? Yo preguntaría ¿Es suplantable la muerte, el hombre, el misterio el infinito?¿Es suplantable la palabra en relación con todo eso?"). El periódico español El País hizo una vez una encuesta a poetas en base a esa pregunta y allí tienen ustedes respuestas para todos los gustos. Y los blogueros no se quedan atrás rebanándose los sesos frente a la cuestión, como el caso de este colega.

 Pero el hecho es que la pregunta sigue en el aire y, pese a toneladas de respuestas, mantiene una actualidad desesperante. Ya no es el viejo dicterio de Theodor Adorno ("Después de Auschwitz, escribir poesía es un acto de barbarie") sino qué hacemos con la poesía en los tiempos que corren, qué utilidad tiene, qué necesidad tenemos de ella. Las preguntas no son retóricas si asumimos que el radio de acción de la poesía y los poetas se ha ido reduciendo significativamente en las últimas décadas.

 Si retrocedemos medio milenio veremos que la poesía era una de las artes más practicadas por todos los hombres de letras. El poema era un elemento de comunicación privilegiado para contar historias, amar a la patria, honrar a la religión, adular a los mecenas y, como no, cantar a la belleza. Conforme la poesía se hizo más profana y democrática sirvió como herramienta del conocimiento y la exaltación erótica. Cuando buena parte de la sociedad occidental empezó a politizarse, la poesía sirvió como mensaje de protesta y arenga militante. En el siglo XX a la poesía le fueron surgiendo competidores -señaladamente, la narrativa y luego los medios de comunicación- y su espacio empezó a elitizarse a conciencia, a individualizarse aún más. La poesía intentó otros caminos, se volvió más coloquial, interactuó con otras disciplinas artísticas y buscó convertirse en una interpretadora alternativa de objetos, ideas y sensaciones. Lo cierto es que si Pablo Neruda se volvió una celebridad en 1924 cuando publicó sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada (que se leyó masivamente fuera de los circuitos literarios y académicos), hoy en día cualquier poemario digno de mención se celebra y se consume dentro de una juanramoniana inmensa minoría. Y en el Perú, qué le vamos a decir, el ejercicio activo de la poesía es una actividad que excede en mucho las andanzas de Don Quijote.

 La poesía, convertida entonces en una praxis de cuatro gatos, pareciera que tiene menos cosas que decir al mundo. Y el mundo bastante más cosas para olvidarse de la poesía. Y hablamos de un mundo terrible, con una desigualdad más espantosa de la que imaginamos.

 Cuando vamos a los recitales (en Lima), vamos con el pavor de ver las mismas caras. Los poetas leen sus poemas y parece que sobran los debates y las interpretaciones del mismo: Va de boca en boca el billete manoseado que dice "interesante", "muy bonito", "a mí me gusta". Las críticas, cuando las hay, caen en el ditirambo con frecuencia. Ves a los jóvenes poetas como esforzados adolescentes que no esconden su tremenda falta de lecturas, su precaria cultura general e incluso su temeraria ortografía. Por no decir del frondoso bosque de los lugares comunes por el cual caminan, pastan y hozan nuestros novísimos vates.

 Pero de los veteranos y consagrados poetas tampoco hay nada nuevo. La mayoría ha perdido todo deseo de educar, de enseñar, de juntarse con lectores de otras generaciones. Muchos han hecho de sus pasados laureles una mullida almohada donde descansar la mala noche y la resaca. Cuando los entrevistas parecen que hablaras con las viejas glorias del fútbol o el voley. Hay una nostalgia a veces insoportable, un anclaje inevitable a un pasado mítico de donde ya no puedes escapar. Las merecidas celebraciones a Hora Zero o Kloaka -me lo dicen muchos de esos jóvenes poetas- les recuerdan a sus viejos, tíos y abuelos que llenan el almuerzo familiar con historias de César Cueto o cantan el Perú Campeón a mitad de la fiesta de Año Nuevo.

 También hay otros poetas. Esos que llaman (yo también) poetas menores o -siendo abiertamente despectivos- poetas de segunda fila, poetas domingueros, poetas mediocres, poetastros de mierda. Hablamos de esos juntaversos a quienes se les recrimina su amateurismo permanente, su producción esporádica (mal editada y peor publicada), su recurrencia a lo trillado y lo impostado, su mal gusto literario (o su nulo gusto), su ignorancia aún por debajo del de los poetas noveles.

 Ví a muchos de ellos en un evento organizado por CADELPO (que es la Casa del Poeta Peruano, pero a su directiva siempre le encantaba mencionar esa sigla que parece de empresa de sanitarios). Un tour poético por Cajamarca con la compañía de una docena de poetas del extranjero. Tuve sentimientos encontrados: Por un lado me parecía extraordinario que los poetas visitaran pueblos, colegios, participaran en las ceremonias cívicas de la población, regalaran libros a las bibliotecas y levantaran el prestigio social de la poesía. Fue hermoso ver cómo se nos recibía en los pueblos (banda de música, escolares con banderitas alineados a ambos lados de la calle, suelo de flores, estallido de cohetes).

 Pero, por otro lado, teníamos que convivir con recitales mecánicos, ponencias espantosas (uno de ellos se ufanaba de haberse puesto como meta que su nombre apareciera en wikipedia), unos poetas que aburrían a los sufridos colegiales con altivos y larguísimos discursos, un engreimiento descarado que echaba mano del victimismo ("sí, nos llaman malos poetas, pero..."), muy poco debate y demasiada condescendencia. Si bien es cierto que aquel tour tuvo reconocidos poetas como Marcial Molina Richter o Jonnhy Barbieri, la mayoría éramos ilustres desconocidos. No digamos la legión hispanoamericana pródiga en maestras jubiladas, empresarias e incluso plutócratas aficionadas a las letras, un matrimonio de la tercera edad que disfrutaba literariamente de su pensión y una que otra figuretti que encontraba aquí las alabanzas que en su país nunca tendrá. Lo peor: Poesía discutible o, como decía González Prada, "literatura de cachalotes, buena para ser leída por elefantes". La antología estaba tan mal publicada y con tantos errores ortográficos que mi ejemplar no lo puedo donar a ninguna parte.


Y sin embargo, a esa Armada de Brancaleone, bizarra a más no poder, la sigo recordando con atroz cariño. Sencillamente rememoro los ojos curiosos de los escolares, su fresca alegría si le firmabas un papel, sus preguntas ingenuas sobre cómo crear, el orgullo con que te ofrecían sus delirantes declamaciones, esa confianza que crecía cuando te mostraban sus cuadernos de versos y tú le dabas tu opinión. Y también esos momentos en que los poetas de los pueblos -de lugares a donde posiblemente nunca ponga pie un Nobel, ni peruano ni extranjero- se sentían acompañados, reconocidos, con más ganas de seguir escribiendo. Cómo me gustaría que tanto buen poeta que conozco pudiera caminar por las pedanías del Perú, detenerse en los colegios, recitar y escuchar, dar a conocer sus versos y a la vez conocer otros lugares, tiempos, sujetos, poderes, impresiones que él (o ella) pueda convertir nuevamente en poesía.

Y a veces creo que para eso sirven los poetas, buenos y malos, jóvenes y viejos: Ayudar a que otros sigan ayudando a que todos vivamos en un mundo mejor. Hacernos entre todos más dichosos, que es una forma más de sentirse libres. Si el poeta deja el pesado abrigo del amor propio, si entiende su arte como una mano tendida y no como una suma interminable de tatachines, si sabe que la poesía no pueda estar en él pero sí en las personas y los paisajes que le rodean; entonces la poesía y los poetas serán no sé si útiles, sino quizá algo mejor: Serán necesarios.


Quizá mejor lo dice Vladimir Maiakovsky, en un poema que lo encontraréis completo aquí:

Se le ladra al poeta: 
"Quisiera verte con un torno
¿Qué, versos? ¡Esas pamplinas!
¡Y cuando llaman al trabajo te haces el sordo!"
Sin embargo, nadie pone tanto ahínco en la tarea
como nosotros.
Yo mismo soy una fábrica.
Y si bien me faltan chimeneas,
esto quiere decir
que más coraje me cuesta serlo.
(...)
Cuando aserráis la madera, es para hacer leños.
Pero nosotros
qué somos sino ebanistas
que trabajan el leño de la cabeza humana
(...)
¿Quién es más aquí?
¿El poeta o el técnico
que procura a los hombres 
tantas ventajas prácticas?
Los dos.
Los corazones son también motores
el alma también es fuerza motriz.
(...)
¡Al trabajo nuevo y vivo!
Y a los que discursean
que se les mande al molino.
¡Para que el agua de sus discursos haga girar sus aspas!



* El cuadro de este post: El Poeta, de Marc Chagall.





lunes, 2 de abril de 2012

Mi camino a un arte del siglo XXI (ruta peligrosa, señalada por nostalgias y melancolías)


Soy, posiblemente, de la última o penúltima generación que creció leyendo revistas de historietas y fotogramas.

En aquellos años setenta sólo teníamos tres canales de televisión en blanco y negro: en la época de Velasco pasaban lo mismo (Astroboy, Los Tres Espaciales, El Hombre Par) en los tres, en la de Morales Bermúdez interrumpían los mejores programas para poner discursos de los ministros militares contra las huelgas del Sutep o la CGTP (cuando quería ver a Melissa Sue Anderson de La Familia Ingalls, aparecía el tenebroso Ministro del Interior Pedro Richter Prada, esa fue una de las razones por las cuales ya me volví comunista en el colegio).

Los teléfonos eran defectuosos y no te podías pasar horas hablando con tu amiga del alma, el sistema postal era lento y caro (sobre todo si querías escribirle a tu amiga finlandesa del alma). Las computadoras e internet eran pura ciencia ficción.

Cuando abrías el periódico sólo tenías diez largometrajes en la cartelera, la tercera parte hindúes (cuando el cine hindú era llorón y no tenía los alicientes bailables del actual cine de la India para adolescentes). Vimos Star Wars con tres años de retraso y colas kilométricas, cuyo único aliciente era cobrar por colarse o ligar con hembritas chantajeándolas con comprar un ticket para ellas.

Los antros de ocio para los retoños de la clase media limeña se reducían a los espacios semivacíos de Camino Real, paseos pajeros por Miraflores o el golfito de El Rancho. Lo más borderline era ver al Alianza de Cueto y Cubillas en el recién estrenado estadio de Matute o presenciar los últimos estertores del cachascán en el estadio municipal de Surquillo. Y comerte los fines de semana en el Parque Universitario, lleno de migrantes, trabajadoras del hogar y reparadores de anteojos,  alquilando historietas por unos devaluadísimos soles.

Historietas que, en ese entonces, las llamábamos chistes (en España se llamaban tebeos, en Italia fumetti). El término cómic era casi desconocido y reservado para los intelectuales enteradillos. Los mocosos de entonces no sabíamos nada de la guerra entre Marvel y DC Comics, ni de las miserias de la editorial Novaro, ni la influencia del Comic Code. Sencillamente disfrutábamos de Superman, Tarzán, Linterna Verde, el Super Ratón o el Capitán América. Leíamos tanto comics de terror (Doctor Mortis) como todas las subversiones de la factoría Disney (los sobrinos del pato Donald, el rico Mc Pato, los chicos malos, el inventor Giro Peraloca). Nos encantaban las sugerentes formas de la Gatúbela y Superchica e ignorábamos las presuntas simbologías homosexuales de Batman y Robin.


Ah, y tuve la suerte de revolver en los archivos familiares y encontrar la bizarra revista Avanzada, una publicación católica de los años cincuenta y sesenta, donde además de conocer  historias de misioneros, vaqueros y samurais, te topabas con las aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, tres personajes que representaban a la costa, sierra y selva peruanas y que proponían con candor la paz, el progreso y la amistad en la sociedad oligárquica de entonces (en un conmovedor capítulo logran reconciliar al terrateniente racista y cascarrabias con los laboriosos y agradecidos indios de su hacienda). Era entrar a un universo paralelo.

Pero, además, nos sumergimos en la historieta cien por ciento mexicana: El antihéroe Capulina, el carca Aniceto o las eróticas (y muy pertubardoras) historietas de Hermelinda Linda que lindaban en la delgada línea de la prohibición. También las explotation del catch mexicano (los fotogramas de El Santo y Blue Demon) y las refinadas historias de Kalimán y Hatha Yoga, herederas de la bizarra temática mexicana de brujos indígenas, científicos locos y magos escapistas.

Para los loquitos antisociales de la época, teníamos Vidas ilustres, Joyas de la Mitología, Leyendas de América y Turok, el piel roja que vivía en un mundo jurásico. También habían disidentes que hurgaban en las colecciones ambulantes de las calles Lino Cornejo y Contumazá, donde los libros de historietas argentinas El Tony , Fantasía y D’Artagnan se mezclaban con las revistas China Reconstruye y Sputnik. El menú de esas historietas rioplatenses era  un dibujo distinto –casi sofisticado- que convertía en chuscos a sus símiles mexicanos. Otros méritos eran  la recreación de películas que tardaban años en llegar a Lima, o que nunca llegaban, así como ofrecer héroes diferentes (como El Cabo Savino, Nippur de Lagash o Pepe Sánchez). Era nuestra manera infantil/adolescente de viajar por el tiempo y el espacio. La otra era escuchar las radios extranjeras de onda corta (las ediciones en español de la BBC o la Deutsche Welle). Así estaban las cosas.

Por eso, nuestra experiencia en historietas difiere bastante a la última generación de productores y consumidores de cómics en el Perú.: Chicos y chicas valiosas que están muy influenciados por el manga y la onda gótica, pero cuya experiencia con las historietas ha sido absolutamente diferente: en términos básicos, experimentan el cómic en un mundo donde internet, el photoshop, el DVD, el MP3, el cable (pagado o pirateado) y el teléfono celular copan casi todo el ocio adolescente peruano. El cómic tiene para los jóvenes de hoy un valor muy distinto del que tuvimos, ya no es la publicación de masas que editaban las transnacionales, sino un producto de consumo minoritario que, sin embargo, intenta producir un valor cultural agregado, casi artístico, que propone la historieta como un camino no solo de entretenimiento sino también de enseñanza y reflexión.

Todo esto lo husmeé asistiendo por la mañana al Encuentro de Fanzines 2012 que se celebró en la Casa de la Juventud de Jesús María, gracias al liderazgo y buen hacer de la socióloga y promotora cultural Candy López Sotomayor. Allí, bajo el inclemente sol veraniego, vi buena parte del actual cómic peruano –heroico, independiente,  a veces trivial a veces alternativo- como otro de los productos culturales de los peruanos del siglo XXI. Que no todo es gastronomía.

Y, ojo, he visto cosas muy sugerentes y esperanzadoras: Una voluntad de proponer héroes auténticamente peruanos (MED Cómics), historietas de adolescentes que se trasladan a las épocas prehispánicas (Pururauca) o mangas limeños que narran con desenfado  la problemática laboral de los jóvenes metropolitanos (Jobs).

Las artes mutan con el tiempo. Inútil hablar de artes eternas: el teatro ha mutado de ser la televisión de las urbes decimonónicas a sobrevivir como performances minoritarias, la pintura de ser un oficio masivamente demandado a terminar como ejercicio elitista. La poesía era el principal vehículo de relación erótica entre pares y ahora una disciplina exclusiva para letrados cosmopolitas y refinados. Por el contrario, la fotografía pasó de ser un profesión industrial a convertirse en un nuevo arte, y la historieta de ser un arte sometido al consumo de masas a ser una alternativa visual inteligente y denunciadora.

No tengo plata para comprar los grandes cómics clásicos (sea Maus, sea El Eternauta) pero por lo menos pude invertir quince solcitos en adquirir varios ejemplares de fanzines peruanos en el Encuentro mencionado. Me ha pasado lo mismo que con la literatura peruana que suelo consumir (la de provincias, la limeña marginal, la de los escritores que no quieren arrodillarse a las transnacionales y sus políticas de consumo banal y mercantil). Es decir, sentir la creatividad viva, las ganas de hablar con un lenguaje distinto del mercado, las formas individuales, rabiosas, conscientes de interpretar el Perú. El arte, una vez más, convertido en el alimento de nuestras esperanzas, utopías y luchas. Casi nada.

Y ya no extraño ni al Super Ratón, ni a Turok, ni a Melissa Sue Anderson.




P.D. La foto, del superblog ArkivPerú

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL AGUJERO DE LA CULTURA EN EL PERÚ



No, no voy a hablar de la probable impericia de nuestra actual ministra de cultura. No me voy a meter con lo de sus conciertos ni a comentar sus curiosas declaraciones sobre el uso y abuso de las minifaldas en nuestras llamadas danzas folklóricas. Creo que los problemas son mucho más grandes.

He tenido cierta paciencia. Yo ya sabía que en unos meses las cosas no iban a cambiar sustancialmente. Incluso para un ministerio relativamente pequeño donde la mudanza de nuevo personal no demoraría tanto la toma de decisiones. Incluso tuve muchas esperanzas cuando el MINCU (es el acrónimo que usará el ministerio mientras gobiernen los nacionalistas, si nadie lo repara) realizó varias jornadas de puertas abiertas con cineastas, músicos, artistas plásticos, etc donde se escucharon una cantidad de demandas y los delegados del ministerio respondieron con diagnósticos y propuestas atractivas. En el caso de los escritores, los anfitriones les recibieron con ideas no previstas como la posibilidad de una Seguridad Social o una pensión para los escritores, lo cual fue recibido con un entusiasta (¿e inocente?) aplauso. Empezamos bien.

Pero pasaron las semanas y los meses y no se ha visto nada más: El Ministerio lanzó una suerte de espacio web para que los activistas de la cultura pongamos nuestros productos (aunque no sepamos quién coño visita esa web) además de su página FB donde hay de todo (desde denuncias de la situación del cineasta  Lucho Figueroa hasta publicherrys de  eventos privados), se ha continuado con los recitales y conciertos en el Museo de la Nación ( pagando, claro, todo con el dichoso teleticket) y por ahí se rumorea una nueva Ley del Cine. Y punto.

La Ministra de Cultura, haciéndose heredera de Ricardo Palma, se autoproclama la ministra mendiga, puesto que recibe un ministerio con poquísima financiación frente a todo lo que tiene (y debe) de hacer y no tiene más remedio que tocar las puertas del Ministerio de Economía o del BCR para ver cómo puede apuntalar un presupuesto decente y viable para su rubro. Y acá es donde entramos al meollo del asunto.

El Ministerio de Cultura fue un hito más de ese apogeo de la huachafería impulsado por un presidente ególatra inmerso cada vez más en su propio infierno bipolar. El Ministerio nace por alegre decreto, virtualmente desfinanciado y sin ser otra cosa más que el antiguo Instituto Nacional de Cultura con otro nombre, con más prerrogativas pero bajo la misma tacañería presupuestal del gobierno.

La Ministra Susana Baca encuentra, pues, un Ministerio con tres monedas en la caja presupuestal ya que casi la mitad de su presupuesto se gastará en ese inútil Gran Teatro Nacional –otro capricho del Presidente del  litio- que nadie lo pidió y que se erigió al lado de dos auditorios más que decentes. Y lo peor que el año próximo será más de lo mismo.

Y no es por ser cascarrabias. Luego de arrancarles una tajada a las mineras y haciendo una pequeña limpieza fiscal, tenemos algo más de plata para que el gobierno haga cumplir sus promesas (Cuna Más, Pensión 65, Beca 18), profundice el paquete de programas sociales bendecido y dictado por el Banco Mundial y el FMI (el programa Juntos, para amortiguar las extrema pobreza donde la haya), mejore sustancialmente el presupuesto del sector Educación (que irá directamente a impulsar la educación rural y a la educación bilingue), haga realidad la promesa de erigir un hospital en cada capital de provincia, reconstruya la ciudad de Pisco y, seguro, la yapa quedará para modernizar sus queridas fuerzas armadas. Y ahí se acabó todo muchachos.

Que sí, que se acabó todo. Ya no queda dinero para la cultura u otras cosas más. A menos que se haga una política tributaria agresiva con las grandes y medianas empresas, o se le saque otra tajada más grande a las mineras, o todos los corruptos del Perú devuelvan lo que se robaron; no queda más dinero. Y no queda más dinero porque el gobierno, contra lo que uno creía,  no verá la cultura como una prioridad. Y la Ministra, malgré elle, lo sabe.

Un Ministerio de Cultura con presupuesto reducido solo tiene una salida: encontrar más recursos en otra parte. Pero eso depende de si el ministerio tiene funcionarios curtidos en saber negociar con el sector privado y lograr, por ejemplo, que la Sociedad Nacional de Minería pueda impulsar escuelas de pintura en el Perú o que el inefable Banco de Crédito se olvide de editar libros carísimos de fotografía y financie ediciones populares de autores peruanos. Que una política inteligente de deducción impositiva no sirva solo para promocionar el gran  concierto del tarado adolescente internacional de turno sino para crear un sistema de conciertos gratuitos de la Sinfónica a nivel nacional. Sí, es triste (¡y da mucha cólera!) tener que mendigarle a la empresa privada la gestión de las artes ¿Pero adónde acudes si tienes un gobierno que ya te ha dicho que no le interesa gastar en cultura más de lo que hay?

No voy a disparar contra el gobierno, me queda aún paciencia. Y me queda paciencia porque esa forma de desdeñar la cultura no depende solo del humor de nuestro presidente. Ahora mismo, a nivel mundial, hay un desdén generalizado a gastar (antes se decía "invertir") en cultura. En un clima de generalizada crisis económica internacional, con Estados endeudados hasta las cejas y con millones de desempleados por las calles (Hispania díxit) la cultura ya no es prioridad en las políticas oficiales de los países desarrollados ¿Y por qué sí lo iban a ser en los países subdesarrollados como nosotros?

Aquí me meto con uno de los grandes gurús de nuestros superbloggers: George Yúdice. Él ha sido el principal impulsor de políticas culturales bajo el mensaje que los gastos en cultura, manejados inteligentemente, pueden ser factores de desarrollo porque las consecuencias suelen ser la mejora de los sectores sociales, principalmente locales. El gasto en cultura es positivo porque ayuda en la disminución de la delincuencia, estimula la actividad de los colegios, crea oportunidades para que nazcan empresas emprendedoras, puede crear empleo local e impulsa una real posibilidad de salidas para sociedades históricamente subalternas. El recurso de la cultura, título de un texto de lectura obligatoria, porque nos indica que, hoy en día, las iniciativas culturales y artísticas sólo resultan útiles a la sociedad mientras ésta las pueda de alguna manera financiar. Es decir, la cultura es en tanto pueda vender algo en una sociedad mercantilmente globalizada y se pueda legitimar como un proceso desarrollista. Eso es, punto.


Ojo, es verdad. En los tiempos del capitalismo tardío -la sociedad global, la de los imperialismos financieros, donde la producción de manufacturas se reduce a un puñado de países del sudeste asiático y donde gran parte del consumo global no es solamente de bienes materiales sino de productos virtuales de entretenimiento- la producción cultural que importa es la que de alguna forma retribuye al consumidor global, sea el empresario textil o el cobrador de combi. Y los sectores subalternos solo tiene sitio en la cultura si participan -de alguna forma- en la vitalidad local, promoviendo a los sectores laboriosos y creativos, como una forma de penalizar también a los ociosos y disfuncionales.


La verdad de la milanesa es el mercado. El mercado hace incluso rentable productos culturales que antes sólo sobrevivían por las subvenciones públicas. ¿Y qué pasa cuando te resignas a que el mercado sea tu principal proceso vehiculizador mientras admites que el aporte del sector público será reducido y menor?


Pues tienes conciertos de bandera para la juventud  con dinero, los programas de radio y televisión son popularmente nauseabundos, los éxitos editoriales son manuales de autoayuda o estrellas promocionadas por transnacionales, el turismo reivindicado como el gran  promotor cultural de facto, las artes plásticas condenadas a ser minoritarias, la prensa chicha como el principal menú lector de los peruanos. Es decir, cualquier producto cultural peruano que quiera posicionarse en la sociedad o se espectaculariza al grado de poder venderse suficientemente bien o termina en el baúl de los marginales. De los losers, como dicen los yanquis.


He dado todo este rodeo para llegar a lo obvio: Necesitamos una inversión del sector público para normalizar (¡esa es la palabrita!) los procesos culturales y artísticos del Perú. Para que escuchar toriles y mulizas en televisión, tener centros culturales en tu barrio, disfrutar de clases gratuitas de música o teatro, comprar literatura peruana contemporánea a no más de cinco soles por libro, hacer que cada colegio tenga una biblioteca escolar activa y en condiciones; sea algo NORMAL y no una excepción.


Curiosamente, los gobiernos locales sí resultan más interesantes para invertir en cultura, aunque eso se vea más en los auspicios a eventos y performances que a actividades más metódicas y a largo plazo. La municipalidad más rica del Perú (la de la otra Susana, la de Lima) se ha dedicado fundamentalmente a impulsar festivales colectivos de música, teatro, circo y recitales en cinco lugares de la metrópoli ¿Podría la alcaldesa rascarse un poco más la billetera municipal para crear pinacotecas, conservatorios, teatros y fondos editoriales en diez o veinte lugares distintos de la metrópoli? (que plata no falta, ni inmuebles tampoco).


Con los mercados a lo suyo y el sector público más avaro de lo creíamos; solo queda la sociedad civil. Osea, tú, yo y los de enfrente. Demandar. Julio Vega y Javier Arévalo están demandando al Estado con justicia el impulso oficial a la creación de bibliotecas, ¡pero ya! con una carta fundacional. El Gremio de Escritores ya ofreció una hoja de ruta cultural sin respuesta por parte del Estado. ¿Iniciativas condenadas al fracaso? Depende de nosotros.


Porque, visto lo visto, la lluvia de millones a la cultura seguirá siendo un sueño en el Perú. Y lo que sí es fracaso es esperar sentado a que alguna vez llueva como por encanto.


Sin embargo, creo que ahora tenemos las mejores condiciones para demandar cultura, que muchas personas e instituciones están mejor sensibilizadas a escuchar. Los escritores y artistas tiene que aprender también a pedir. Porque tampoco es vivir de una renta pública por leer mecánicamente ante un auditorio medio vacío o forzar a imprimir mediocridades sin ton ni son.  De lo que se trata es de un nuevo pacto social: trabajadores de la cultura que ofrecen sus servicios a  una localidad por una cantidad equis de recursos. Que pintores puedan dictar talleres a escolares, grupos de teatro animar las veladas de las comunidades, que poetas y narradores formen parte de la cotidianidad de universidades, colegios, tecnológicos y pedagógicos.  Do ut des: doy para que me des. Un principio elemental de reciprocidad que rompa el círculo vicioso de ausencia presupuestal e indiferencia mercantil. Ese pacto sirve para una comunidad campesina en las alturas de Andahuaylas, una municipalidad provincial a lo largo del Ucayali o cualquier gobierno regional. También sirven asociaciones profesionales, colegios privados u ONGs. El contrato es el mismo.


No hay que llorar por el agujero de la cultura en nuestro país, de lo que se trata es de taparlo.


martes, 30 de agosto de 2011

Más allá de los toros y las palomas



Últimamente la agenda pública le está prestando más atención a los animales. Nuestra Ministra de Cultura, por ejemplo, ya ha calificado de "terribles" las corridas de toros, sugiriendo quizás su eliminación. 


De entrada, confieso que yo soy recontra antitaurino, que nunca asistí ni de cerca a la Plaza de Acho, aunque sí me chupé varias tardes trabajando en las barras de bar madrileñas y viendo cómo muchos señores maduros contemplaban por televisión las corridas de Las Ventas o La Maestranza, entre expresiones cañí, jerga taurina y muchas copas de sol y sombra con hielo (lo que no alimentó mucho mi interés por la Fiesta Nacional, como la llaman por allá). Pero las cosas, aparentemente, no son tan fáciles.


Dentro del mundo de la literatura, hay opiniones para todo. Un hombre liberal y hasta de izquierdas como Hemingway no solo era muy ambiguo al juzgar la tauromaquia sino que fue un apasionado de los toros. Un héroe cultural español como Federico García Lorca adoraba las corridas como buen andaluz que era, y les daba talla de riqueza vital y poética. Y es conocida la afición taurina de un genio comunista como Pablo Picasso. Por contra, Miguel de Unamuno y buena parte de la generación del 98 (cuya mayoría paulatinamente se volvió conservadora y rechazó el proyecto republicano del Frente Popular) fueron muy críticos con las corridas y las consideraron fiel reflejo del atraso español. Albert Boadella, controvertida bandera del teatro crítico y libertario, ve en el ritual taurino una profundidad estética incomparable y una capacidad de emoción que no ha encontrado en otras artes. 


Pero no nos vayamos muy lejos. Ya hace más de cien años Manuel González Prada redacta un artículo pionero contra las corridas, proponiendo una ética de los animales muy anglosajona y perfectamente incomprensible para el Perú de su época. Hoy, la tauromaquia limeña puede llevar el estigma de ser un espectáculo de maltrato para el placer de una pituquería decadente que se alucina hispánica (recordemos las páginas que Alfredo Bryce Echenique, otro curioso amante de las corridas,  le dedica al entorno taurino de Lima en Un mundo para Julius). Pero si trasladamos la fiesta española al mundo andino, las cosas cambian: ¿Cuál es la lectura del Yawar Fiesta de Arguedas? Por un lado una serie de referencias a los perfiles casi mitológicos del toro (el célebre Misitu) pero por otro lado la corrida andina -bastante más cruel que la de usanza española: dinamitan al toro, por ejemplo- se ejerce como representación de la identidad comunal frente a un centralismo limeño excluyente. Si en Lima, la corrida se hace con toreros peninsulares entre gritos de olé, miraflorinas disfrazadas de Manolas y botas de vino que contienen pisco; en la sierra ayacuchana el turupukllay es un ejercicio de resistencia y orgullo cultural, una ritualización anual que cimenta tradiciones originarias, vivas y pujantes. ¿Es así?


Las cosas no son tan claras. Yo conocí a limeños migrantes -y de izquierda clasista y combativa- que asistían a Acho sin problemas. Por otro lado, las Manolas no son privativas de la capital, también las hay en otra plaza taurina importante, como es la cajamarquísima Celendín. La tauromaquia, como las peleas de gallos, se practican en distintos escenarios del Perú. Si reivindicamos la representación del vigor cultural en unos ¿por qué no en otros? ¿Las peleas de gallos son una faceta de las tradiciones populares si se practican en los pueblos afrodescendientes de Chincha y no lo son si los celebra la juventud privilegiada en Mamacona entre música DJ y tabiques de cocaína? El maltrato animal suele ser olvidado frente al resto de componentes del espectáculo y frente al contexto cultural donde se practique.Y queda el goce estético, una suerte de piedra filosofal que transforma cualquier actividad -por deleznable que parezca- en éxtasis artístico: Para unos el fútbol es una espectáculo comercial que manipula y embrutece masas, para otros llega a ser pura poesía. Para Thomas de Quincey, incluso el asesinato podía formar parte de las Bellas Artes.  


Pero veamos esto desde otra perspectiva: Hace unos días, la alcaldesa de Lima ha anunciado que tomará medidas para frenar la sobrepoblación de palomas, las que son foco de infecciones y (como se demuestra en la foto de este post) dañan incluso el patrimonio histórico de la ciudad. Aunque, claro, ella ha descartado el simple método de envenenarlas. 


La reciente colombofobia es propia de las grandes ciudades que no toleran animales que perjudiquen el entorno urbano: Recordemos, primero se empezó echando a los animales de granja de las ciudades, luego -cuando nos motorizamos- a las bestias de tiro (a ver a quién le hacía gracia recoger sus tremendas deposiciones). Luego tocó a los perros callejeros: Acuérdense del comienzo de Conversación en la Catedral y al periodista Zavalita sufriendo en carne propia su campaña editorial contra los canes. Finalmente, toca a las palomas, que han terminado convirtiéndose de agradable compañía urbana a fuente de toxicidad. 


Pero las palomas -como las ardillitas- son animales con buena prensa y mucha simpatía entre la población ¿Quién, de niño, no ha dado de comer a las palomas? ¿Quién no veía (o sigue viendo) en las palomas el encanto de las plazas pequeñas? ¿La iglesia de San Francisco será la misma sin palomas? En el imaginario colectivo, así como puede haber una percepción negativa de la tauromaquia, hay otra positiva -romántica, afectuosa- respecto a tórtolas y torcazas. Esos sentimientos encontrados hace que nuestra alcaldesa busque formas "más humanas" de poner límites a la población de palomas. Nadie quiere ver bandadas agonizantes por el suelo. Sencillamente, no las queremos por ahí. 


Y acá quiero llegar:


Nuestra visión de los animales -sea el toro, la paloma o el ronsoco- es ante todo una construcción cultural y de ahí la dificultad de entender a nuestros "seres inferiores" con el mismo rasero (nos puede mortificar el asesinato salvaje de un toro, pero aplastamos arañas y cucarachas sin inmutarnos). Los budistas y los veganos no se hacen problemas y respetan a todos los animales en puro acto de fe. Sin embargo, ellos no se cuestionan, por ejemplo, el derecho de devorar a los vegetales, elementos orgánicos que -salvo las flores, que tienen también buena prensa pero que afortunadamente no son comestibles - parecen innanes e inicuos, apenas condenados a servir de simple nutriente a quienes nos encontramos en la cima de la cadena alimenticia.


El Occidente desarrollado ha ido generando, poco a poco, una construcción cultural que respeta "en algo" la integridad de los animales. Iniciativas legales que protejan a los animales del sufrimiento innecesario (hay una normativa europea para el transporte masivo de animales con una serie de gravosas condiciones), aunque eso no los prive de llevarlos en masa al matadero para llenar sus opíparas mesas. Otras culturas, las de raigambre campesina, ven el asunto animal de otra forma: Elaboran relaciones afectivas y hasta míticas con una serie de animales, aunque eso no les impide alimentarse de ellos o exterminarlos si amenazan su propio ecosistema. El mundo andino no es una forma más natural y ecológica de tratar a los animales, sencillamente es otra forma (otra forma que, quizá, sea más efectiva para nuestra sostenibilidad). En última instancia, el homo sapiens sigue mandando.


Y aquí termino. Lo que importa es el hombre. Y pienso no en el hombre de sociedades despilfarradoras, enfermas de competitividad y consumismo; sino en mundos mejores, donde podamos ser más solidarios y generosos. Sea en la utopía anarquista, sea en el reino del bien común, sea en las comunidades hippies o en el futuro paraíso comunista; seguirá mandando el hombre. Un ser humano que todos deseamos que sea bastante mejor de lo que todavía somos. 


En ese sentido. Que se acaben las corridas de toros, los turupukllay y las peleas de gallos por su crueldad gratuita. Que Lima se quede sin palomas, sin santarrositas ni gallinazos si eso exige la salud de los limeños (ojo, eso va con las chancherías clandestinas que siguen abundando en la ciudad). Si esas medidas nos pueden hacer mejores personas, sea.


Pero, idénticamente, que se sigan promoviendo las reservas y los santuarios naturales, que se persigan a los cazadores furtivos, a los traficantes de especies protegidas, a las mineras contaminadoras. Que nuestros hijos aprendan a cultivar, que nuestra zootecnia no se reduzca a la crianza de cuyes, que nuestras ciudades tengan más jardines, más parques, más zoológicos pedagógicos e interactivos. 


E igualmente -porque no hablamos de animales sino de construcciones culturales- que se combata el machismo, el feminicidio y la violencia doméstica venga de donde venga. Declaremos la guerra a la corrupción, nuestro cáncer más desarrollado. Tomemos en serio la lucha contra el racismo y la discriminación de nuestros pares. Incluso, a riesgo que ya me tomen a cachondeo, impulsemos la puntualidad en nuestra vida cotidiana.


La cultura como elemento del desarrollo no es solamente más libros o más conciertos, es también cómo aprender a cambiar nuestras prácticas a corto y a largo plazo. El Perú del futuro -ese soñado país libre, crítico y solidario- estará compuesto por gentes cuyas costumbres e ideas sean tan, pero tan distintas a las nuestras, como nosotros lo somos respecto al Perú virreynal.


Sí, regreso al pesimismo.

viernes, 29 de julio de 2011

EL APOGEO DE LA HUACHAFERÍA (Notas sueltas sobre un gobierno que se fue)


La huachafería en el Perú tiene larga data y es algo más complejo que el germánico "kitsch", el argentino "atorrante" o el hispánico "hortera". Desde el apurimeño Jorge Miota (al parecer, padre del concepto) pasando por Mariátegui, Estuardo Núñez, los dos Hildebrandt (la bruja y el periodista) y Vargas Llosa hasta nuestros días; el término ha adquirido unas dimensiones claramente académicas, literarias, históricas y antropológicas, que trascienden el término original: Lo huachafo no es solamente el mal gusto, la imitación ridícula o el bizarrismo inconsciente. Se ha convertido en parte integrante de nuestra cultura "nacional".

La huachafería ha sido necesaria partícipe de nuestros gobiernos: el estilo brutalista de la arquitectura de Velasco, Moralez Bermúdez enfundándose la camiseta blanquirroja y cantando el himno en la cancha del Estadio Nacional (suponemos que ebrio), la oratoria hiperflorida y virtualmente en las nubes de Belaunde Terry, Fujimori disfrazado de indio pokra en la mañana y de chalán chiclayano por la tarde (amén de bailar cumbia con las putarracas locales en sus hilarantes campañas presidenciales), Toledo haciendo de la impuntualidad virtud, echándose hielo con la mano a copas de whisky etiqueta azul que tomaba como vasitos de agua...

¿Paniagua? Como presidente, nada huachafo, pero como candidato, huachafísimo.

Y sin embargo, ningún otro gobierno rompió las barreras de la huachafería como el segundo régimen de Alan García Pérez. Disfrutando durante cinco años en un estado de placidez económica, nadando entre divisas y créditos, con un crecimiento histórico del PBI; el voluminoso mandatario nunca se dedicó a invertir dinero en reformas estructurales del país, tiró al tacho las recomendaciones del Acuerdo Nacional y decidió concentrar el eje de los recursos estatales a construcciones espectaculares (muchas de ellas, inauguradas a medio hacer).

Con un ego a prueba de litio, el Genocida de los Penales mira al pueblo peruano como un hatajo de brutos (bueno, le votaron dos veces) que se deslubra por el cemento, patente de legitimidad. Mediocre lector, quiere ser émulo de Ramsés II, Tito Flavio o Carlos III buscando pasar a la posteridad por una herencia arquitectónica inmortal e inolvidable. Obsesionado por un tercer mandato (y ser el presidente que más años ha gobernado el Perú) quiere imitar a Leguía, cuyas obras forman parte de la cotidianidad limeña. Ansioso por mantener su alianza con oligarcas y militares, emula a Odría refraccionando un puñado de colegios, repintando sus viejos ministerios, reconstruyendo el viejo estadio del dictador tarmeño. Dedica el año arguediano al descubrimiento de Machu Picchu por un aventurero yanqui, alucinándose un inca superstar y, al abrigo de los fuegos artificiales y la música de Los Jaivas, creerse rey del mundo por unos minutos.

Pero fundamentalmente, suplanta la realidad por la apariencia. Blasón elemental del segundo alanismo.

-Se han refraccionado medio centenar de colegios "emblemáticos" (las Grandes Unidades Escolares), esos colegios de ladrillos rojos que todo el mundo conoce, que se ven. No importa que sólo sean colegios tremendamente minoritarios a nivel nacional, que esta iniciativa se haya prestado -para variar- a negociados y faenones, no importa que se haya dejado al garete la educación bilingüe y que en el Perú del siglo XXI todavía haya colegios así de tristes . Pero es que incluso los colegios refraccionados arrasan con el patrimonio arquitectónico y se dejan las obras inconclusas. No importa, la gente quedará contenta con sus fachadas nuevecitas de colegio yanqui, sus colores brillantes sobre bibliotecas vacías y laboratorios incompletos, sus voladizos de metal herrumbroso y cristalería rota, que es lo que sucederá con esos presupuestos raquíticos que el aprismo dedicó al mantenimiento de los colegios.. Hay muy pocos colegios públicos que cuentan con piscinas y ninguno con pista atlética sintética...pero qué bonito se ven los colegios emblemáticos desde las avenidas.

-Alan creyó que terminando el primer tramo del Tren Eléctrico superaría el trauma de contemplar una obra inconclusa de venticinco años por culpa de su proverbial delirio de grandeza: Esa carcasa de concreto al aire libre, carne de graffitis, era un recordatorio desagradable para nuestro pícnico presidente. Y claro, tenía que terminar esa obra como sea. Así, a Lima le han impuesto un Tren desligado de cualquier plan municipal de transporte, cuyo costo se ha multiplicado varias veces y casi oliendo a corruptelas, que no cuenta con vagones ni suministro eléctrico previsto, que no garantiza para nada no su rentabilidad sino su propia sostenibilidad mínima. Un tren que no solamente divide y degrada comunidades en los distritos del sur, sino que en la práctica impide que las ambulancias o carros de bombero de dichos distritos puedan eficientemente trasladarse de un lugar a otro de esa infranqueable vía. Pero qué bonito será viajar como en Europa y viendo pasar los trenes junto a tu casa como en Brooklyn.

-¿El Estadio? Victor Vich ya señaló lo tremendamente contradictorio que es un estadio "Nacional" dividido entre palcos dorados para unos y tribunas llanas para otros. Yo solo quiero resaltar el escándalo de gastar millonadas en una olla exprés con lucecitas, torres fálicas y coloradas, inaugurado con más de medio edificio sin pintar y con los marcadores electrónicos abandonados para que la próxima administración lo termine de instalar. Lo peor es que esa papa rellena metálica cuenta con una pista de atletismo ¡de solamente seis carriles! que es como inaugurar hoy en día trenes con locomotoras a vapor o rascacielos sin ascensores. Y eso en un país con cero velódromos, sin campeonatos de pentathlon moderno, con infraestructuras arcaicas de gimnasia y donde la inmensa mayoría de nuestros niños solo pueden enterarse del balonmano, del water polo o del rugby por la televisión de cable. Pero qué importa, qué bonito se verá esa cacerola color moco cuando estén allí Shakira, Daddy Yankee o Los Rolling Stones en silla de ruedas...

-Ah, el Gran Teatro Nacional, ese nombre pomposo para un paralepípedo multimedia, con una tarántula de aluminio por un lado y un culo de madera por el otro. Wilfredo Ardito nos recuerda que no hacía falta ese minimastodonte, teniendo en cuenta que a cincuenta metros está un más que decente auditorio en el Museo de la Nación y a cien metros ya existe el teatro de la Biblioteca Nacional, soberbio y en buenas condiciones. ¿Por qué no haber pensado en distritos populosos como Villa María del Triunfo o Ventanilla? Allí el Estado no ha puesto ni una glorieta de conciertos, ni un teatrín, ni nada. Obvio, "hay que pensar en grande" (expresión infantil que suele revelar patéticas megalomanías): si Berlín tiene su Isla de los Museos o Nueva York su gran centro artístico cultural, el gobierno de Alan no quería ser menos y pegando con gutapercha a la Biblioteca, al museo, al INC y al teatro de marras, ya tiene su gran eje cultural....nuestros hermanos de Bagua o Huancavelica deben estar aplaudiendo de emoción semejante logro.

-No me olvido del nuevo Ministerio de Educación, con un diseño adjudicado sin concurso público (¿Para qué? Si el gobierno tiene a sus amigos arquitectos y, si no, sus amigos contratistas le recomiendan a cualquiera) hace gala de una fina inteligencia al construir un edificio que asemeja a varios libros montados uno encima del otro. Qué original ¿no? Ese figurativismo elemental, ese discurso arquitectónico para dummies (¿No te das cuenta? Son libros uno sobre otro, libros, osea educación ¿manyas la indirecta?). Imagino que, si hubieran tenido más tiempo prestado de la molicie burocrática y más plata arrancada a las coimas; el gobierno construiría un ministerio de cultura con forma de huaco o un ministerio de transporte con forma de camioncito. La originalidad del alanismo. ¿Original? ¡¡Pero si ese adefesio es una copia fiel de un edificio mexicano construido hace más de treinta años!!

-Finalmente, la joya de la corona. Alan García haciendo gala de catolicismo (un catolicismo sui géneris, que le permite tener hijos fuera del matrimonio con la bendición tácita del Cardenal) erige un tremendo Cristo de plexiglás con reflectores y lucecitas de colores que sugieren a cualquiera que hay un parque de diversiones o un puticlub en la base del Morro Solar. Conocedor de nuestra proverbial superstición frente a las imágenes, el rollizo ex jefe de Estado sabe que, si hay una obra suya que perdurará, será esa. Nadie la va derribar, pese a su evidente mal gusto, pese a incumplir una veintena de normativas, pese al descontento de la alcaldesa y otras personalidades. No, todo el Perú huachafo abrazará ese ícono sintético y colorinche, como aplaude un tren que no va a ninguna parte, como alucina ante un estadio lata de anchoveta, como se emociona con un colegio con atrezzo nuevo y carencias de toda la vida.

Porque esta fila de horrores arquitectónicos no proviene solamente de una mente vanidosa horadada por la bipolaridad y los fármacos. No, buena parte de este país aún se sigue guiando por sus emociones y manías, por tradiciones tan pervertidas como íntimas, por su sentimentalidad primigenia y sus pulsiones intuitivas (imagínense que estuvimos a punto de tener a esta vergüenza en el poder). Es ese país que besa el anillo de un cura cuartelero y considera salvajes a los pueblos amazónicos que defienden su ecosistema. Que aún cree en el cínico adagio de la política fujimorista "roba, pero hace obra". Que te toca la puerta hablándote de la palabra de dios y estalla al día siguiente de intolerancia frente al otro.

No, no le estoy echando las culpas a nuestro sufrido pueblo peruano. Recordemos que buena parte de los gustos hegemónicos de una sociedad terminan siendo los gustos de su clase dominante (veinte años de neoliberalismo y de vigilancia del Banco Mundial sobre nuestra educación ya han dado sus frutos) y que han sido nuestros mandamases y su corte mediática quienes han predicado con el ejemplo. Los privilegiados del país han sido quienes más han impulsado los palcos segregacionistas que llenan nuestros estadios y teatros. Ellos nos han impuesto un país inventado para turistas, publicitario, exotista y falso. Ellos han plagado de virgencitas, grutas y cristos a universidades, edificios del Estado y parques públicos. Ellos pagan a toda una generación de arquitectos inocuos y pusilánimes para que -como decía Mariátegui- cortejen y adulen su gusto mediocre. Y, por qué no, huachafo.

Todos ellos son una jaez transclasista que conforman un país al cual no le interesa que los corruptos se escapen por la puerta de atrás o deja que les engañen diciéndoles que ya hemos acabado con el anafabetismo o que casi no hay pobres en el Perú. Pero que, ojo, es un país que también forma parte del nuestro, con el cual tendremos que convivir y, ojalá, podamos convencer.

La Argentina neoliberal, viciada y frívola de Menem produjo Pizza con Champán, una ácida crónica de Silvina Walger acerca de las cotas de desvergüenza, frivolidad y huachafería en que se sumió dicho país en los años noventa. ¿Cuánto tiempo esperaremos para que tanto despilfarro demagógico, tanta soberbia gratuita, tanta estética de la corrupción en estos finalizados cinco años, merezca un libro?

Esperemos que muy poco.