lunes, 2 de abril de 2012

Mi camino a un arte del siglo XXI (ruta peligrosa, señalada por nostalgias y melancolías)


Soy, posiblemente, de la última o penúltima generación que creció leyendo revistas de historietas y fotogramas.

En aquellos años setenta sólo teníamos tres canales de televisión en blanco y negro: en la época de Velasco pasaban lo mismo (Astroboy, Los Tres Espaciales, El Hombre Par) en los tres, en la de Morales Bermúdez interrumpían los mejores programas para poner discursos de los ministros militares contra las huelgas del Sutep o la CGTP (cuando quería ver a Melissa Sue Anderson de La Familia Ingalls, aparecía el tenebroso Ministro del Interior Pedro Richter Prada, esa fue una de las razones por las cuales ya me volví comunista en el colegio).

Los teléfonos eran defectuosos y no te podías pasar horas hablando con tu amiga del alma, el sistema postal era lento y caro (sobre todo si querías escribirle a tu amiga finlandesa del alma). Las computadoras e internet eran pura ciencia ficción.

Cuando abrías el periódico sólo tenías diez largometrajes en la cartelera, la tercera parte hindúes (cuando el cine hindú era llorón y no tenía los alicientes bailables del actual cine de la India para adolescentes). Vimos Star Wars con tres años de retraso y colas kilométricas, cuyo único aliciente era cobrar por colarse o ligar con hembritas chantajeándolas con comprar un ticket para ellas.

Los antros de ocio para los retoños de la clase media limeña se reducían a los espacios semivacíos de Camino Real, paseos pajeros por Miraflores o el golfito de El Rancho. Lo más borderline era ver al Alianza de Cueto y Cubillas en el recién estrenado estadio de Matute o presenciar los últimos estertores del cachascán en el estadio municipal de Surquillo. Y comerte los fines de semana en el Parque Universitario, lleno de migrantes, trabajadoras del hogar y reparadores de anteojos,  alquilando historietas por unos devaluadísimos soles.

Historietas que, en ese entonces, las llamábamos chistes (en España se llamaban tebeos, en Italia fumetti). El término cómic era casi desconocido y reservado para los intelectuales enteradillos. Los mocosos de entonces no sabíamos nada de la guerra entre Marvel y DC Comics, ni de las miserias de la editorial Novaro, ni la influencia del Comic Code. Sencillamente disfrutábamos de Superman, Tarzán, Linterna Verde, el Super Ratón o el Capitán América. Leíamos tanto comics de terror (Doctor Mortis) como todas las subversiones de la factoría Disney (los sobrinos del pato Donald, el rico Mc Pato, los chicos malos, el inventor Giro Peraloca). Nos encantaban las sugerentes formas de la Gatúbela y Superchica e ignorábamos las presuntas simbologías homosexuales de Batman y Robin.


Ah, y tuve la suerte de revolver en los archivos familiares y encontrar la bizarra revista Avanzada, una publicación católica de los años cincuenta y sesenta, donde además de conocer  historias de misioneros, vaqueros y samurais, te topabas con las aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, tres personajes que representaban a la costa, sierra y selva peruanas y que proponían con candor la paz, el progreso y la amistad en la sociedad oligárquica de entonces (en un conmovedor capítulo logran reconciliar al terrateniente racista y cascarrabias con los laboriosos y agradecidos indios de su hacienda). Era entrar a un universo paralelo.

Pero, además, nos sumergimos en la historieta cien por ciento mexicana: El antihéroe Capulina, el carca Aniceto o las eróticas (y muy pertubardoras) historietas de Hermelinda Linda que lindaban en la delgada línea de la prohibición. También las explotation del catch mexicano (los fotogramas de El Santo y Blue Demon) y las refinadas historias de Kalimán y Hatha Yoga, herederas de la bizarra temática mexicana de brujos indígenas, científicos locos y magos escapistas.

Para los loquitos antisociales de la época, teníamos Vidas ilustres, Joyas de la Mitología, Leyendas de América y Turok, el piel roja que vivía en un mundo jurásico. También habían disidentes que hurgaban en las colecciones ambulantes de las calles Lino Cornejo y Contumazá, donde los libros de historietas argentinas El Tony , Fantasía y D’Artagnan se mezclaban con las revistas China Reconstruye y Sputnik. El menú de esas historietas rioplatenses era  un dibujo distinto –casi sofisticado- que convertía en chuscos a sus símiles mexicanos. Otros méritos eran  la recreación de películas que tardaban años en llegar a Lima, o que nunca llegaban, así como ofrecer héroes diferentes (como El Cabo Savino, Nippur de Lagash o Pepe Sánchez). Era nuestra manera infantil/adolescente de viajar por el tiempo y el espacio. La otra era escuchar las radios extranjeras de onda corta (las ediciones en español de la BBC o la Deutsche Welle). Así estaban las cosas.

Por eso, nuestra experiencia en historietas difiere bastante a la última generación de productores y consumidores de cómics en el Perú.: Chicos y chicas valiosas que están muy influenciados por el manga y la onda gótica, pero cuya experiencia con las historietas ha sido absolutamente diferente: en términos básicos, experimentan el cómic en un mundo donde internet, el photoshop, el DVD, el MP3, el cable (pagado o pirateado) y el teléfono celular copan casi todo el ocio adolescente peruano. El cómic tiene para los jóvenes de hoy un valor muy distinto del que tuvimos, ya no es la publicación de masas que editaban las transnacionales, sino un producto de consumo minoritario que, sin embargo, intenta producir un valor cultural agregado, casi artístico, que propone la historieta como un camino no solo de entretenimiento sino también de enseñanza y reflexión.

Todo esto lo husmeé asistiendo por la mañana al Encuentro de Fanzines 2012 que se celebró en la Casa de la Juventud de Jesús María, gracias al liderazgo y buen hacer de la socióloga y promotora cultural Candy López Sotomayor. Allí, bajo el inclemente sol veraniego, vi buena parte del actual cómic peruano –heroico, independiente,  a veces trivial a veces alternativo- como otro de los productos culturales de los peruanos del siglo XXI. Que no todo es gastronomía.

Y, ojo, he visto cosas muy sugerentes y esperanzadoras: Una voluntad de proponer héroes auténticamente peruanos (MED Cómics), historietas de adolescentes que se trasladan a las épocas prehispánicas (Pururauca) o mangas limeños que narran con desenfado  la problemática laboral de los jóvenes metropolitanos (Jobs).

Las artes mutan con el tiempo. Inútil hablar de artes eternas: el teatro ha mutado de ser la televisión de las urbes decimonónicas a sobrevivir como performances minoritarias, la pintura de ser un oficio masivamente demandado a terminar como ejercicio elitista. La poesía era el principal vehículo de relación erótica entre pares y ahora una disciplina exclusiva para letrados cosmopolitas y refinados. Por el contrario, la fotografía pasó de ser un profesión industrial a convertirse en un nuevo arte, y la historieta de ser un arte sometido al consumo de masas a ser una alternativa visual inteligente y denunciadora.

No tengo plata para comprar los grandes cómics clásicos (sea Maus, sea El Eternauta) pero por lo menos pude invertir quince solcitos en adquirir varios ejemplares de fanzines peruanos en el Encuentro mencionado. Me ha pasado lo mismo que con la literatura peruana que suelo consumir (la de provincias, la limeña marginal, la de los escritores que no quieren arrodillarse a las transnacionales y sus políticas de consumo banal y mercantil). Es decir, sentir la creatividad viva, las ganas de hablar con un lenguaje distinto del mercado, las formas individuales, rabiosas, conscientes de interpretar el Perú. El arte, una vez más, convertido en el alimento de nuestras esperanzas, utopías y luchas. Casi nada.

Y ya no extraño ni al Super Ratón, ni a Turok, ni a Melissa Sue Anderson.




P.D. La foto, del superblog ArkivPerú

lunes, 19 de marzo de 2012

GUERRA, TERROR Y...HUMOR (Advertencia, este post puede ser calificado de frívolo)


Últimamente he estado leyendo mucho sobre Argentina. Su reciente pasado histórico. Me he leído Muertos de Amor del  reputado periodista y escritor Jorge Lanata (Alfaguara 2007, disponible abiertamente en Quilca) y un par de ejemplares del  estupendo fanzine/cuasi revista  Viernes Peronistas (sólo disponibles en España y en Argentina, lo siento hermanitos). Todo eso me llevó a una infernal caza en internet (documentales sobre los Montoneros, discursos de Perón, películas sobre heroínas y torturados, la guerra de las Malvinas, la sempiterna Evita, en fin).  Y llegué a la conclusión que hemos estado un poco equivocados sobre aquellos años funestos que padeció la hermana república rioplatense.

La versión hegemónica (bastante mediática, para qué vamos a negarlo) es que una sangrienta dictadura militar masacró de forma demasiado abusiva  al pueblo argentino. La versión de los militares argentinos era la misma de toda la vida: Era una guerra y obramos como tal. Mi humilde opinión: la vaina era muy distinta.

La Argentina de los años setenta era un hervidero de varios movimientos guerrilleros y guerrireristas en un país de renta media, bastante industrializado y con una clase media razonablemente culta. Los Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y más de una docena de movimientos similares se convirtieron en un dolor de cabeza tremendo para el stablishment argentino, conservador, europeísta y depositario de todas las fanfarronerías porteñas que han hecho abominar de los argentinos durante décadas. Los Montoneros no fueron una guerrilla buena (si es que existen, de verdad, guerrillas buenas, inmaculadas, no sé, se supone que hasta Robin Hood mató a buena cuenta de los alguaciles y guardias reales). Los Montoneros secuestraron a un expresidente (el general Aramburu, golpista y masacrador dicho sea de paso) le hicieron juicio popular y lo ejecutaron a tiro limpio. También asesinaron a líderes sindicales reconocidos (aunque acusados de burocratismo y traición a la clase obrera según sus victimarios). Los Montoneros tuvieron hasta cinco fábricas de armamento, una periferia social que superaba largamente el medio millón de simpatizantes activos y en sus últimos años incluso hicieron atentados con granadas RPG. ¿Cosa mala?

Pero los Montoneros tuvieron también tremendas heroínas que terminaron asesinadas. Amén de otras mujerazas resistentes, con sus hijos secuestrados y entregados a otras manos. El grueso de los Montoneros sufrieron el infierno de la tortura y la muerte, fueron carne de la picana eléctrica (instrumento de tortura popular de todas las policías sudamericanas) los arrojaron vivos desde los aviones y fueron envilecidos por los servicios de inteligencia para actuar como dobles agentes y cebos.

Los Montoneros no fueron conejitos enviados al matadero, pero tampoco una amenaza político-militar capaz que justificar las barbaridades que realizó una oficialidad militar que demostró ser muy valiente frente a sus compatriotas y tremendamente cobarde cuando se enfrentó  a los británicos en la guerra de Las Malvinas.

¿A qué vengo con eso? A hacer las odiosas comparaciones. La subversión argentina tuvo una buena prensa internacional (en fin, eran los setenta) y una literatura que (con toda la razón del mundo) mostró una imagen victimista de un pueblo argentino sometido a la arbitrariedad militar. En el caso peruano, la subversión maoísta siempre tuvo una mala imagen internacional y una literatura marginal (ya que la literatura sobre el tema de Vargas Llosa y otros escritores metropolitanos se ha ajustado siempre a la versión oficial del Estado). De hecho, la primera literatura oficial y respetada internacionalmente sobre el tema fue el Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que en cuanto a verdad ha tenido mucho  pero de reconciliación nada.

Pero hoy no he venido a llorar.

Los argentinos, con el tiempo, han terminado reaccionando con la ironía y el humor frente al desastre nacional que tuvieron. Recordaron ácidamente muchas empresas bizarras de la subversión montonera (Los Montoneros organizaron una suerte de “empleado del mes” sorteando una ametralladora entre la columna que más acciones militares realizaran en tres semanas: la agraciada fue la Columna Norte de Rosario) o terribles acciones punitivas con preocupante humor negro (al sindicalista Rucci lo ametrallaron sin asco en una acción llamada Operación Traviata, en referencia a las galletas Traviata, cuya publicidad decía que era “la galleta de los ventitrés agujeritos”). El humorista alternativo Diego Capusotto se ha hecho célebre en la red jugando con la memoria peronista y montonera,  reinventando el zeitgeist de aquellos años, apoyándose en la cultura popular y creando un pasado irónico sobre esos tiempos de violencia subversiva y terrorismo de Estado.

En el Perú, tener una actitud así sobre los años de la guerra interna resulta, sencillamente, impensable.

Y no solamente por la pobre tradición de humor político que tenemos en el Perú (cuyas únicas excepciones serían la revista  Monos y Monadas durante los años setenta y principio de los ochenta, así como la trayectoria del dibujante Carlos Tovar, Carlín) sino porque aún olemos la sangre y el miedo. Pese a haber pasado más de veinte años del conflicto, no solamente las heridas no han cicatrizado sino que hay toda una política de varios sectores para que eso no suceda y con unos medios de comunicación rastreros que vigilan que nadie se salga ni un milímetro del discurso oficial sobre la guerra: ese discurso maniqueo, vengativo y, por supuesto, falso.

Quienes se salgan de ese discurso, sea proponiendo una visión alternativa de los hechos, sea formulando las causas sociales del conflicto, sea buscando puentes para estimular una reconciliación; son tachados fulminantemente de terroristas, prosenderistas y -en el mejor de los casos-  rojos. Proponer, por tanto, una visión socarrona, con un humor político independiente (y no ese humor criollo, sobón y chocarrero que anega las páginas de nuestros diarios) es, lo vuelvo a decir, impensable.

El estilo realista, grave, con acento social e histórico, de tramas fronterizas con la tragedia y profusa en sangre e imprecaciones es la forma como nuestra narrativa más honesta se enfrenta e interpreta nuestra guerra interna. Tratar el tema con un lenguaje jocundo e irreverente sería considerado un exceso de banalidad, un insultante ejercicio de descaro. En fin, en el Perú los Grandes Momentos casi nunca los hemos tratado con humor (fijémonos en la forma hagiográfica,  solemne y francamente aburrida como solemos presentar el tema de la Guerra del Pacífico). 

Casi parece imposible abordar nuestro conflicto armado de la forma como Isaac Bábel lo hizo sobre la revolución soviética, Bohumil Hrabal sobre la resistencia checa al nazismo o Jesús Díaz  sobre la revolución cubana.  Me refiero a un discurso fresco, irónico y donde, sin perderse en la trivialidad, el humor aparece como un personaje más en la historia . En los ya casi treinta años de narrativa de la violencia, esta actitud heterodoxa aparece, como mucho, en algunos cuentos de Dante Castro.

Pero en los últimos años, tenemos visiones de la guerra menos adustas y más creativas. En primer lugar, Cadena Perpetua de Harold Gastelú (Pasacalle, 2010), donde presenciamos el soliloquio descomedido de un preso injustamente condenado que rememora su juventud carcomida y perdida en la guerra. O también el caso de La niña de nuestros ojos de Miguel Arribasplata (Arteidea, segunda edición, 2011) que novela el caso de un destacamento maoísta de caballería en la sierra peruana, de cuyos integrantes uno es un artista hábil con el charango y la canción, quien se entromete - con buen humor, sarcasmo y hasta chacota- en discusiones políticas y exégesis ideológicas dándole un prurito sabroso a la narración (al margen de algunas claudicaciones y mariconadas del autor al final de la novela, a Miguel ya se lo he dicho fraternalmente). Ambas novelas me sugieren que, en un futuro no muy lejano, haya otro tratamiento de la narrativa de la violencia.

La inclusión del humor,  la ironía o la irreverencia  no desmerecen ni denigran el tema de nuestra guerra interna como objeto de creación literaria. Por el contrario, la complementan. El humor agudo, la autocrítica jovial, la parodia crítica hacen más humanas nuestras historias y nuestros personajes, les ponen más carne y más hueso a los pequeños y grandes héroes que queremos dibujar.

Es difícil, lo sé. A quien ha perdido media familia en la guerra, muy poca gracia le hará pensar festivamente en esos años terribles y quien esté hoy mismo entre rejas, le costará bastante esbozar una sonrisa recordando momentos cómicos, grotescos o  inexplicablemente bizarros en el doloroso avatar de nuestra civil contienda. En el Perú siempre hubo muy poco espacio para el humor sobre las cosas serias.

Con todo el respeto del mundo a los escritores peruanos que nos han regalado libros brillantes sobre el tema de la violencia; ahora espero nuevos cuentos y novelas, nuevos ojos y nuevas sensibilidades que sigan viendo el conflicto armado interno como una ventana sobre la cual podemos interpretar, criticar, imaginar e incluso jugar con nuestra historia y nuestro presente. La reflexión literaria sobre nuestra guerra interna no debe ser sólo una invitación a llorar o a indignarse, también debe ser una oportunidad para razonar un país mejor y una sociedad más justa y más feliz que la que nosotros recibimos.

Justa y feliz. Que sí. Feliz.


P.D. La foto, de la guerrilla colombiana, otra gran desconocida para nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2012

MCCARTHISMO A LA PERUANA



El Mccarthismo fue uno de los periodos más negros de la historia de los Estados Unidos. Entre 1950 y 1956 el país entero quedó secuestrado por una ola de paranoia,  persecuciones delirantes y mucho miedo. Bajo la excusa de combatir el comunismo se desató una caza de brujas, obviando la presunción de inocencia, disparando acusaciones gratuitas que terminaban como sinónimo de evidencia y haciendo de la delación y el soplonaje una práctica masiva en la sociedad norteamericana. Las víctimas más conocidas de este linchamiento legal fueron los artistas de Hollywood que se negaron a testificar contra sí mismos o a delatar a sus antiguos camaradas. Sin embargo, la gran mayoría de los perjudicados fueron ciudadanos de todo tipo que formaban parte de las listas negras: Directorios infames de supuestos comunistas a los que se le debía negar el pan y la sal. Si alguna vez te habían invitado a alguna actividad del partido comunista norteamericano (algo absolutamente normal en el periodo en el cual EEUU y la Unión Soviética fueron aliados durante la Segunda Guerra Mundial), ahora no solamente debías confesarlo sino también arrepentirte y, como muestra de lealtad,  informar a quiénes habías visto en esa reunión. Si te abstenías de obrar lo indicado arriba, se te marcaba para siempre, te convertías en un anti-americano, te expulsaban de cualquier trabajo una vez se enteraran de lo vil que eras y todo el mundo te evitaba o te insultaba directamente. Esa atmósfera odiosa produjo exilios, suicidios y el fin de la carrera de muchos profesionales. También contó con víctimas terribles como los esposos Julius y Ethel Rosenberg, condenados por un jurado histérico en una farsa de juicio que terminó con la ejecución de la pareja en la silla eléctrica. 


¿Por qué les cuento esto? Porque en el Perú -una vez más- se quiere emular este perverso clima de lanzar calumnias contra personas sólo por el hecho que no piensan igual que nosotros.


La semana pasada, un señor llamado Francisco Miranda Ávalos lanza un post infamante, tendencioso y lleno de acusaciones gratuitas contra el escritor Rafael Inocente. En ese post lo acusa de "senderista" porque Rafael en una entrevista propone su propia interpretación de la historia del Perú en general y de nuestro conflicto armado interno en particular. Para el autor de esa acusación gratuita, Rafael Inocente no solo es un senderista sino que, como tal, deben echarlo de su cargo en el Instituto Tecnológico Pesquero. Es más, arguye maliciosamente que Rafael forma parte de una tenebrosa operación de copamiento de puestos oficiales en el Estado al servicio de la terrible guerrilla maoísta. 


Obviamente, Rafael respondió el libelo de forma correcta y, creemos que allí terminaría todo. Pero no. El papel del señor Miranda seguramente era echar al escritor a los perros. Y eso pasó. A los pocos días, Correo, el periódico bandera del fascismo criollo, publica una extensa e igualmente denigratoria nota sobre el autor de La ciudad de los culpables. Lean el artículo completo, por favor. A Rafael lo quieren crucificar por sus opiniones que ni siquiera se pueden calificar de apología de terrorismo ni de nada. Es, como lo denominan los chupatintas de Aldo, "un burócrata antisistema" cuando ni siquiera citan los diversos artículos de Rafael sobre los problemas de la pesquería peruana. Y, si leen los rabiosos comments del artículo del Correo, ya se le llama abiertamente terruco y se pide en bandeja su cabeza (incluso se exige que lo metan preso). 


Rafael Inocente es, además de un prometedor escritor, un técnico competente que ama este país. En ninguna de sus opiniones se suma al discurso oficial del PCP. Su visión de Abimael Guzmán dista de ser alabatoria, su interpretación de la historia del Perú no aparece en ninguna parte de la folletería maoísta. Pero es un rojo que incluso trabaja para el Estado. Un radical que ocupa un cargo que ya quisieran nuevamente la horda de comechados que medraron en el gobierno anterior. Y, seguro, él no es el único. Como él deben haber más infiltrándose en el aparato del Estado...


Volvemos a respirar el aroma sórdido del mccarthismo doméstico, donde hasta el defender los informes de la CVR ya te está convirtiendo en sospechoso de lo peor, donde sugerir que la CIDH puede tener razón en sus demandas contra el Estado peruano es tildarte de radical-caviar-antiperuano, donde recordar los truncos programas de reparación a las víctimas de la guerra es exponerte a las invectivas de la cúpula militar. Donde proponer formas alternativas de analizar el conflicto armado interno en los textos educativos es criticado de "adoctrinamiento" y ya eres un peligro para los niños. No me extraña que terminen promulgando ese famoso Día contra el Terrorismo y se te exija salir a marchar a la calle so pena que te señalen con el dedo y te expongan al escarnio y al insulto.


Un clima espeso y asfixiante que nos impide -sí, a ti también lector- pensar la guerra interna, el país que tenemos, la sociedad que habitamos de forma distinta al discurso oficial. Ese discurso redundante y maniqueo que nos embuten los medios de comunicación. Y que tiene como fin la perpetuación del miedo y la ignorancia.


Carlos Rengifo acaba de escribir la novela El dolor en los labios, donde traza la imagen de Edith Lagos. Carlos tendrá que dibujarla como un monstruo, porque sino será también señalado con el dedo y lanzado a los perros.


El Mccarthismo no duró mucho en EEUU. Escritores y periodistas le hicieron frente y terminaron por deslegitimar esas prácticas odiosas que envenenaban la cultura norteamericana. Nos toca ya mismo detener esa ola de embustes y calumnias. Paremos el miedo, paremos la ignorancia. Mi solidaridad con Rafael Inocente.



lunes, 23 de enero de 2012

Érase una ciudad inculta




Bien, para nadie es un secreto que Lima me resulta desagradable y que, para los recursos y las oportunidades que tiene, es una ciudad bastante inculta. Inculta en el sentido que la mayor parte de los limeños no tienen acceso a productos culturales que en otras partes del globo son un derecho casi natural y aquí en la capital (y en el país) un odioso privilegio. Ahora bien, con Susana Villarán en la alcaldía ¿Ha cambiado esta situación?


Uno diría que sí. Desde el propio portal de la municipalidad se le da un peso bastante específico al sector cultura y se ha gestionado el proyecto Cultura Viva: varios festivales culturales en diversos puntos de Lima que constan por lo general de danza, muralismo,  música, circo y teatro. Quizá lo más importante de este proyecto sea el plantearse alianzas estratégicas con organizaciones culturales valiosas como La Tarumba, Yawar o La Gran Marcha de los Muñecones.

Pero además de ese proyecto, la municipalidad ha impulsado pasacalles, exposiciones culturales en varios lugares públicos y un interesante proyecto (aunque de momento reducido solo a los chicos del Cercado) promocionando visitas de escolares a los museos de la ciudad. Se está estimulando a los colegios a presentar planes de innovación pedagógica. Se ha hecho una consulta a diversos agentes sociales para impulsar un proyecto de Lima como Ciudad Educadora. Incluso hay programas de actividades ecológicas y de ocio, creación de nuevos parques, promoción de festivales gastronómicos que bien pueden estar dentro de la categoría de iniciativas culturales.

Y sí. Se puede decir  que en el tema de la cultura se ha hecho muchísimo más que en las dos administraciones enteras de Castañeda y sus revocadores. Algunos consideran que el grueso de estas actividades son “cultura caviar”. Personalmente, creo que el pueblo de Lima tiene derecho a ver productos artísticos alternativos a los circuitos comerciales masivos: Tiene derecho a ver teatro popular y no solamente Al fondo hay sitio, conocer la danza moderna y no solamente los programillas de Tula y Gisela, disfrutar de la Escuela Nacional de Folklore y no solamente del Reventón de los Sábados ¿O es que todos estamos obligados a escuchar al Grupo 5?

Sin embargo hay algo que falta. Y es que en todo este runrún de festivales, proyectos, pasacalles, conciertos, rondas de consulta y recitales, uno puede percibir el empalagoso sabor del activismo, uno de los grandes defectos de las ONGs, cuyas prácticas la municipalidad emula con simpatía. El activismo es ese frenesí de iniciativas que se consumen de inmediato, al margen de un plan a mediano y largo plazo, y que termina agotando tanto a sus impulsores como a sus beneficiarios.

Tenemos que trabajar lineamientos permanentes, de mediano y largo plazo y que estén tan conectados con los vecinos, que aquellos se hagan ya imposibles de erradicar por posteriores administraciones.

Hablo del establecimiento de modernas bibliotecas y centros culturales que le cambien el paisaje a nuestros distritos, sobretodo los más desfavorecidos. Espacios permanentes donde se desenvuelvan talleres de aprendizaje, tengan sitio las iniciativas que promocionen la lectura o alberguen la producción cultural de los propios vecinos (hablo no sólo del edificio sino sobretodo de sus recursos humanos). Los Hospitales de la Solidaridad crecen y son demandados porque responden (aunque sea parcialmente) a las necesidades de la gente. Esas bibliotecas y centros culturales –donde se pueda aprender música, mirar una exposición de fotos, poder llevarse a Rulfo o a Heraud a casa- pueden ayudar a que la cultura termine por ser apreciada también en Lima como una necesidad ciudadana.

Pese a décadas de falta de apoyo a la cultura, a la ciudad (y al país) no nos faltan precisamente artistas ni escritores. Tenemos que crear dinámicas permanentes donde ellos puedan ofrecer su producción a la ciudad. Necesitamos un Fondo Editorial que publique autores peruanos contemporáneos con regularidad. Es el colmo que pueblos pequeños de Ancash o Cajamarca tengan dicho fondo con varios títulos publicados y la municipalidad más rica del Perú siga dubitativa con esta iniciativa.

Otro aspecto es la realización de eventos culturales que aspiren a una permanencia como los festivales y concursos convocados periódicamente.  Hay ciudades que se han vuelto indesligables de los grandes eventos culturales que ya realizan desde hace medio siglo (Aviñón y su festival de teatro, Sao Paulo y su bienal de arte, San Sebastián y su Jazzaldia). Me parece poco que Lima solamente sea conocida por el Mistura

A lo mejor las propuestas que en este blog garrapateo adolezcan de varias dificultades y equivocaciones, pero me emperraré en reiterar la idea de planificación a mediano plazo, de regularidad y constancia en las acciones y de cultivar su legitimidad entre la masa de limeños.

Por último -me podrán decir- que yo simplemente estoy alucinando. Y que es difícil que una ciudad agresiva, desigual y caótica como Lima pueda convertirse en una ciudad culta. Que aquí nadie lee ni le interesan las artes plásticas y que valorarán más la creación de un centro comercial que la inauguración de una biblioteca. Total ¿acaso yo no soy el primero en quejarme, hacer rabietas y lanzar excomuniones por el triste transcurrir de la capital?

Solamente pienso que la alcaldesa, hoy por hoy, se ha comprado el tremendo pleito de transformar el sistema público de transporte y cambiarles la vida cotidiana a millones de limeños (que pasarán en un lustro del cobrador de combi achorado a una red moderna de autobuses). Pienso en su cruzada por sustituir la política del cemento y el aplauso fácil por la instauración de otros valores en la mentalidad de la gente (ecología, transparencia, civismo). E incluso por modificar también ciertas prácticas habituales de la clase política (no robar, por ejemplo). El Quijote cabalga con nosotros.

Entonces ¿Por qué no plantearse también la utopía de una Lima de ciudadanos quizá no tan cultos, pero sí buenos lectores, amantes de la belleza y del espíritu crítico? ¿Tan difícil suena pedir eso? ¿Tan imposible exigirlo?

Porque, de lo contrario, solo nos quedará el lector del Trome, que se enorgullece del tacuchaufa y que, encerrado en sus audífonos, silba una melodía reggaetonera mirando con desdén una ciudad gris y mediocre.

Elijan.







miércoles, 11 de enero de 2012

Los sociólogos, los técnicos y los escritores




En una entrevista que el ex-gerente de la Municipalidad de Lima concedió al periódico El Comercio, la periodista Milagros Leiva le interrogaba con bastante agresividad y no poca mala leche por la presencia de sociólogos en los programas municipales en vez de poner en frente a técnicos (imagino que se refería a ingenieros, economistas, administrativos del sector público, contables peritos en recaudación, abogados especializados en gestión local o incluso agrimensores urbanos, si cabe el palabro). De hecho, buena parte de las críticas a la actual administración municipal así como las pedradas lanzadas a los izquierdistas que se fueron o que aún permanecen en el gabinete del gobierno peruano rayan en lo mismo: Los caviares/rojos/rabanitos se hinchan de sociólogos cuando deberían dejar el trabajo serio a los "técnicos", reclutan charlatanes cuando el país necesita gerentes que resuelvan problemas concretos.


No voy a defender a mi antigua profesión, a la cual podría lanzar dardos bastante más dolorosos (me consta, pero eso es materia de otro post) pero sí me interesa destacar el actual discurso conservador, fujimorista y derechón que rezuma no solamente en los pasquines paramilitares de La Razón sino, como véis, alcanza al elegante y facho Decano de la prensa peruana: Las ciencias sociales son un conjunto de disciplinas obsoletas, poco rigurosas y bastante palabreras que producen profesionales oportunistas que viven de la caridad de las agencias extranjeras, son asesores/agitadores de gobiernos regionales y locales y auténticos inútiles cuando se les deja en sus manos cosas tan serias como la administración del Estado o la gestión de grandes ciudades o ministerios. Y encima dan la lata con ese rollo tan antipático como son los Derechos Humanos...


Por contra, la derecha peruana da el ejemplo de buena gestión desde los lejanos tiempos de ese japonés y su peculiar régimen hasta la cínica administración del último ex-alcalde de Lima. Los técnicos son, fundamentalmente, aquellos profesionales que todo lo traducen en cemento y en servicios espectacularizados para consumidores lelos, se ufanan de simplificar trámites y gestiones (que igual hay que pagarlas por caja) y que nunca se equivocan ni autocritican (pese a que las obras prometidas terminen costando el triple, duren más de lo anunciado y se adjudiquen dentro de una opacidad exasperante). Cuentan con una apreciable -y carneril- cobertura mediática que ha creado un poderoso consenso popular: El viejo dicho "roba, pero hace obra".


(Maniqueísmo absurdo: Claro que hay científicos sociales lenguaraces y ociosos. Y claro que hay técnicos y tecnócratas competentes. Y viceversa.)


Pero esa falsa diarquía está moviendo demasiada polvareda en la administración pública y sus políticas. Y que tiene como terrible ejemplo el actual conflicto social cajamarquino: Enfrentamiento entre técnicos que con números te demuestran el imperativo de dinamitar seis lagunas naturales para que el Perú tenga la mina de oro más importante del globo, versus las comunidades locales que ponen otros valores en juego (sensibilidad ecológica, confianza, vida cotidiana, identidad, lazos internos), valores que no tienen ningún sentido (no se pueden medir, no encajan como variables en ningún modelo aprendido en EEUU)para esos "técnicos".  A riesgo de caer en la caricatura y la banalidad, agregaría que ese conflicto pareciera una adaptación andina de Avatar.


¿Y dónde están los escritores en todos estos debates sobre las políticas en el Perú? ¿Dónde han estado en la penosa administración del Ministerio de Cultura?¿Dónde están en el desafío que representa la nueva administración de la actual municipalidad limeña? Y, en todo caso ¿los estamos extrañando?


Recordemos que tanto en las propuestas culturales del  Ministerio de Cultura como en las iniciativas culturales de la Municipalidad de Lima (mucho más activa ésta que aquel) el segmento literario casi brilla por su ausencia. Se prefiere optar por la conservación del patrimonio arqueológico e histórico (obvio), realizar conciertos musicales (normal), organizar festivales donde prima la danza, el teatro y la producción audiovisual (faltaría más), montar una futura Bienal de Fotografía (qué bacán), de la nada surgió una iniciativa ministerial para reponer una película peruana en la cartelera (Las Malas Intenciones, se las recomiendo), y se prodigaron espectáculos en cuatro puntos de la capital bajo el nombre de Cultura Viva (ya era hora). Repito, en todas estas loables movidas casi no hay rastro de literatura.

Y luego, nada. Ni revisión de la Ley del Libro, ni propuesta de fondos editoriales, ni asomo de concursos de poesía o similares. El Ministerio de Cultura hizo una convocatoria al mundo de la literatura, donde una serie de valiosas conclusiones terminaron –con el tiempo- diluyéndose en la nada más absoluta. La Municipalidad de Lima auspició de forma bastante huera la Feria del Libro Peruano que el Gremio de Escritores montó discretamente en un extremo del Parque Universitario.

Sin embargo, estos sucesos desalentadores no se deben solamente a un olvido/menosprecio de la literatura por parte de las autoridades y funcionarios. Creo que el meollo del asunto está en el poco peso de los escritores dentro de la producción y el consumo cultural en el Perú.

En una sociedad donde la oralidad sigue siendo un baluarte de la cultura popular, donde lo letrado ha dejado paso desde hace décadas a lo audiovisual, donde las nuevas tecnologías de comunicación e información se están convirtiendo, año tras año, en las principales formas de conocimiento y ocio; es normal que los escritores tengan menos presencia en la arena pública que músicos, videastas, bailarines y artistas en general que se apoyan en formatos audiovisuales y escénicos. Y, para qué nos vamos a engañar, la inmensa mayoría (que alcanza incluso a sectores universitarios) prefiere un espectáculo de danza -sea una hermosa marinera chiclayana, sean los escarceos rítmicos de El gran show- una chocarrera telecomedia o un vistazo a la prensa chicha, a coger un libro.


(En los años ochenta, a Juan Mejía Baca le preguntaron ¿Quién compra libros en el Perú? Él respondió: "El que tiene plata". Esa afirmación sigue siendo válida más de treinta años después)


Pero no todo es cuestión de echarle la culpa a la indiferencia de las autoridades o a la supuesta incultura del vulgo. Lo real es que el escritor no se enterado de los reales cambios en la juventud peruana, del impacto de las nuevas tecnologías, de los nuevos hábitos de consumo y de entretenimiento. O de cómo ahora el gran público peruano puede acceder o no a muchas manifestaciones culturales. 


Muchos escritores publican su obra y esperan sentados a escuchar críticas académicas y de sus amigos sin importar que nadie los lea. Las presentaciones de libros suelen ser autobombos sin ningún rasgo de crítica o debate. Ya no existen polémicas literarias más allá de las inquinas personales de unos contra otros. Los recitales poéticos (que a veces incluían happenings o discusiones espontáneas) han perdido su atractivo popular. El narrador o el poeta consagrado va a ceremonias públicas a leer rutinariamente su obra (a veces como si fuera la lista de la compra), ignorando el peso escénico que el público reclama (¡Quiere algo distinto!¡algo que no ve ni siente en otra parte!). Por no hablar de los eventos literarios puramente argolleros que solo contribuyen al engreimiento de la minoría que los cobija. O de editores holgazanes que creen que sólo con publicar el libro ya han cumplido con el escritor, más allá de promocionarlo profesionalmente y difundirlo entre nuevos públicos. A los escritores no les interesa participar en los foros ciudadanos, salvo si les pagan. Incluso en acontecimientos como la tragedia de Bagua o los movimientos antimineros, el escritor sólo ha contribuido con firmar algún remoto manifiesto. Cuando se organizó en el 2007 la manifestación de trabajadoras del hogar contra las prácticas discriminatorias en la plutócrata playa de Asia, habían incluso más estrellas de televisión que escritores. Hay mucha condescendencia con demasiado escritor mediocre, por no hablar de la avalancha de parvenus con plata que creen que publicar un libro ya es estar por encima del resto de los mortales.  Y encima tenemos a esos narradores mediáticos (como muy bien los clasificó Oswaldo Reynoso) que tienen más en cuenta la publicidad y el marketing que el más elemental estilo literario. En fin, muchos escritores y editores viven como si estuviéramos en 1940.


Con esa actitud ¿Cómo no hablar de la soledad del escritor en el Perú de hoy? ¿Cómo no terminar aislado e ignorado en los grandes debates actuales sobre la cultura?


Tampoco quiero ser injusto. Me consta  la feliz existencia de escritores radicados en los diversos puntos del país -narradores y poetas consagrados- quienes se esfuerzan en publicar pese a una industria editorial invertebrada, en sociedades no acostumbradas a leer, sin ningún tipo de ayuda pública y donde publicar un libro sigue siendo una empresa heroica. Escritores de raza, no importa que hayan cuatro gatos en la presentación del libro, que en la municipalidad los ninguneen, que tengan que financiar toda su publicación y se dejen avasallar por editores sinvergüenzas, que malvendan su obra y la repartan entre familiares, amigos y recomendados. No importa, ellos siguen escribiendo y ya sueñan con su próxima obra. Pero siguen estando solos. Y siguen siendo ignorados.


Los escritores le están regalando la cancha a otros actores sociales y se autoanulan en los debates públicos. Pareciera que solamente Mario Vargas Llosa, los invitados a la página cultural de El Comercio y los engreídos de los redactores de Quehacer son los únicos escritores peruanos que existen. Las personas más autorizadas para hablar de la literatura relacionada con nuestra guerra interna debieran ser Sócrates Zuzunaga, Julián Perez o Dante Castro y no el hijo de nuestro canciller o los espectaculares reporteros de esa revista hecha a semejanza de El Gatopardo


Pero eso no pasa. Así están las cosas por acá.


Mal hacen los escritores peruanos retirándose de debates e iniciativas que les atañen. Y donde el campo de discusión está solamente entre científicos sociales y "técnicos".


Sé que me voy a quemar pero lo digo de forma abierta y casi artera: Me gustaría que David Abanto capitaneara una crítica literaria que fuera más allá de los libros que se publican y que revisara seriamente el Plan Lector. Que César Ávalos o Vedrino Lozano propusieran al Ministerio de Educación iniciativas novedosas de promoción cultural y creación literaria. Que Ricardo Virhuez pudiera organizar una red de colegios privados con un plan lector crítico y peruanista, que Marcel Velásquez regresara al ruedo público y político, que haga que San Marcos vuelva a fundirse con los agentes sociales más pujantes y creativos. Que Teófilo Gutiérrez -el mejor editor de textos poéticos en el Perú- formule a la Municipalidad de Lima modelos de publicación y consumo de poesía. Que Miguel Idelfonso proponga talleres de creación poética en los colegios públicos y anime a los docentes de literatura. Que Jonnhy Barbieri se encare con los jerifaltes de la UGEL y proponga espacios de producción y consumo literarios necesarios en los colegios del país. Que el maestro Gonzalo Espino se involucre en los programas de educación intercultural y bilingüe del Ministerio de Educación. Que el gran Domingo de Ramos se pasee por los colegios de su querido cono sur limeño, no solamente a recitar su poesía, sino a motivar a los estudiantes a ser más críticos, más levantiscos, más libres. Y ya puestos, que La Primera inaugurara su suplemento cultural y literario de una puñetera vez, que ya es hora.


Y hay muchos más que el espacio de este blog ya no me lo permite. Lo siento.


Si los escritores no toman el espacio público por asalto, el debate de las ideas estará ocupado no sólo por sociólogos y técnicos; sino también por políticos y militares, por coimeros y traficantes, por vendedores de revocatorias y presentadores de televisión. La República de las Letras tiene derecho a formar su propia tribuna. Ahora o nunca. 




(La ilustración que precede al post: Rocinante, Quijote y Sancho, por el legendario Gustave Doré. No lo interpreten a la mala).

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL AGUJERO DE LA CULTURA EN EL PERÚ



No, no voy a hablar de la probable impericia de nuestra actual ministra de cultura. No me voy a meter con lo de sus conciertos ni a comentar sus curiosas declaraciones sobre el uso y abuso de las minifaldas en nuestras llamadas danzas folklóricas. Creo que los problemas son mucho más grandes.

He tenido cierta paciencia. Yo ya sabía que en unos meses las cosas no iban a cambiar sustancialmente. Incluso para un ministerio relativamente pequeño donde la mudanza de nuevo personal no demoraría tanto la toma de decisiones. Incluso tuve muchas esperanzas cuando el MINCU (es el acrónimo que usará el ministerio mientras gobiernen los nacionalistas, si nadie lo repara) realizó varias jornadas de puertas abiertas con cineastas, músicos, artistas plásticos, etc donde se escucharon una cantidad de demandas y los delegados del ministerio respondieron con diagnósticos y propuestas atractivas. En el caso de los escritores, los anfitriones les recibieron con ideas no previstas como la posibilidad de una Seguridad Social o una pensión para los escritores, lo cual fue recibido con un entusiasta (¿e inocente?) aplauso. Empezamos bien.

Pero pasaron las semanas y los meses y no se ha visto nada más: El Ministerio lanzó una suerte de espacio web para que los activistas de la cultura pongamos nuestros productos (aunque no sepamos quién coño visita esa web) además de su página FB donde hay de todo (desde denuncias de la situación del cineasta  Lucho Figueroa hasta publicherrys de  eventos privados), se ha continuado con los recitales y conciertos en el Museo de la Nación ( pagando, claro, todo con el dichoso teleticket) y por ahí se rumorea una nueva Ley del Cine. Y punto.

La Ministra de Cultura, haciéndose heredera de Ricardo Palma, se autoproclama la ministra mendiga, puesto que recibe un ministerio con poquísima financiación frente a todo lo que tiene (y debe) de hacer y no tiene más remedio que tocar las puertas del Ministerio de Economía o del BCR para ver cómo puede apuntalar un presupuesto decente y viable para su rubro. Y acá es donde entramos al meollo del asunto.

El Ministerio de Cultura fue un hito más de ese apogeo de la huachafería impulsado por un presidente ególatra inmerso cada vez más en su propio infierno bipolar. El Ministerio nace por alegre decreto, virtualmente desfinanciado y sin ser otra cosa más que el antiguo Instituto Nacional de Cultura con otro nombre, con más prerrogativas pero bajo la misma tacañería presupuestal del gobierno.

La Ministra Susana Baca encuentra, pues, un Ministerio con tres monedas en la caja presupuestal ya que casi la mitad de su presupuesto se gastará en ese inútil Gran Teatro Nacional –otro capricho del Presidente del  litio- que nadie lo pidió y que se erigió al lado de dos auditorios más que decentes. Y lo peor que el año próximo será más de lo mismo.

Y no es por ser cascarrabias. Luego de arrancarles una tajada a las mineras y haciendo una pequeña limpieza fiscal, tenemos algo más de plata para que el gobierno haga cumplir sus promesas (Cuna Más, Pensión 65, Beca 18), profundice el paquete de programas sociales bendecido y dictado por el Banco Mundial y el FMI (el programa Juntos, para amortiguar las extrema pobreza donde la haya), mejore sustancialmente el presupuesto del sector Educación (que irá directamente a impulsar la educación rural y a la educación bilingue), haga realidad la promesa de erigir un hospital en cada capital de provincia, reconstruya la ciudad de Pisco y, seguro, la yapa quedará para modernizar sus queridas fuerzas armadas. Y ahí se acabó todo muchachos.

Que sí, que se acabó todo. Ya no queda dinero para la cultura u otras cosas más. A menos que se haga una política tributaria agresiva con las grandes y medianas empresas, o se le saque otra tajada más grande a las mineras, o todos los corruptos del Perú devuelvan lo que se robaron; no queda más dinero. Y no queda más dinero porque el gobierno, contra lo que uno creía,  no verá la cultura como una prioridad. Y la Ministra, malgré elle, lo sabe.

Un Ministerio de Cultura con presupuesto reducido solo tiene una salida: encontrar más recursos en otra parte. Pero eso depende de si el ministerio tiene funcionarios curtidos en saber negociar con el sector privado y lograr, por ejemplo, que la Sociedad Nacional de Minería pueda impulsar escuelas de pintura en el Perú o que el inefable Banco de Crédito se olvide de editar libros carísimos de fotografía y financie ediciones populares de autores peruanos. Que una política inteligente de deducción impositiva no sirva solo para promocionar el gran  concierto del tarado adolescente internacional de turno sino para crear un sistema de conciertos gratuitos de la Sinfónica a nivel nacional. Sí, es triste (¡y da mucha cólera!) tener que mendigarle a la empresa privada la gestión de las artes ¿Pero adónde acudes si tienes un gobierno que ya te ha dicho que no le interesa gastar en cultura más de lo que hay?

No voy a disparar contra el gobierno, me queda aún paciencia. Y me queda paciencia porque esa forma de desdeñar la cultura no depende solo del humor de nuestro presidente. Ahora mismo, a nivel mundial, hay un desdén generalizado a gastar (antes se decía "invertir") en cultura. En un clima de generalizada crisis económica internacional, con Estados endeudados hasta las cejas y con millones de desempleados por las calles (Hispania díxit) la cultura ya no es prioridad en las políticas oficiales de los países desarrollados ¿Y por qué sí lo iban a ser en los países subdesarrollados como nosotros?

Aquí me meto con uno de los grandes gurús de nuestros superbloggers: George Yúdice. Él ha sido el principal impulsor de políticas culturales bajo el mensaje que los gastos en cultura, manejados inteligentemente, pueden ser factores de desarrollo porque las consecuencias suelen ser la mejora de los sectores sociales, principalmente locales. El gasto en cultura es positivo porque ayuda en la disminución de la delincuencia, estimula la actividad de los colegios, crea oportunidades para que nazcan empresas emprendedoras, puede crear empleo local e impulsa una real posibilidad de salidas para sociedades históricamente subalternas. El recurso de la cultura, título de un texto de lectura obligatoria, porque nos indica que, hoy en día, las iniciativas culturales y artísticas sólo resultan útiles a la sociedad mientras ésta las pueda de alguna manera financiar. Es decir, la cultura es en tanto pueda vender algo en una sociedad mercantilmente globalizada y se pueda legitimar como un proceso desarrollista. Eso es, punto.


Ojo, es verdad. En los tiempos del capitalismo tardío -la sociedad global, la de los imperialismos financieros, donde la producción de manufacturas se reduce a un puñado de países del sudeste asiático y donde gran parte del consumo global no es solamente de bienes materiales sino de productos virtuales de entretenimiento- la producción cultural que importa es la que de alguna forma retribuye al consumidor global, sea el empresario textil o el cobrador de combi. Y los sectores subalternos solo tiene sitio en la cultura si participan -de alguna forma- en la vitalidad local, promoviendo a los sectores laboriosos y creativos, como una forma de penalizar también a los ociosos y disfuncionales.


La verdad de la milanesa es el mercado. El mercado hace incluso rentable productos culturales que antes sólo sobrevivían por las subvenciones públicas. ¿Y qué pasa cuando te resignas a que el mercado sea tu principal proceso vehiculizador mientras admites que el aporte del sector público será reducido y menor?


Pues tienes conciertos de bandera para la juventud  con dinero, los programas de radio y televisión son popularmente nauseabundos, los éxitos editoriales son manuales de autoayuda o estrellas promocionadas por transnacionales, el turismo reivindicado como el gran  promotor cultural de facto, las artes plásticas condenadas a ser minoritarias, la prensa chicha como el principal menú lector de los peruanos. Es decir, cualquier producto cultural peruano que quiera posicionarse en la sociedad o se espectaculariza al grado de poder venderse suficientemente bien o termina en el baúl de los marginales. De los losers, como dicen los yanquis.


He dado todo este rodeo para llegar a lo obvio: Necesitamos una inversión del sector público para normalizar (¡esa es la palabrita!) los procesos culturales y artísticos del Perú. Para que escuchar toriles y mulizas en televisión, tener centros culturales en tu barrio, disfrutar de clases gratuitas de música o teatro, comprar literatura peruana contemporánea a no más de cinco soles por libro, hacer que cada colegio tenga una biblioteca escolar activa y en condiciones; sea algo NORMAL y no una excepción.


Curiosamente, los gobiernos locales sí resultan más interesantes para invertir en cultura, aunque eso se vea más en los auspicios a eventos y performances que a actividades más metódicas y a largo plazo. La municipalidad más rica del Perú (la de la otra Susana, la de Lima) se ha dedicado fundamentalmente a impulsar festivales colectivos de música, teatro, circo y recitales en cinco lugares de la metrópoli ¿Podría la alcaldesa rascarse un poco más la billetera municipal para crear pinacotecas, conservatorios, teatros y fondos editoriales en diez o veinte lugares distintos de la metrópoli? (que plata no falta, ni inmuebles tampoco).


Con los mercados a lo suyo y el sector público más avaro de lo creíamos; solo queda la sociedad civil. Osea, tú, yo y los de enfrente. Demandar. Julio Vega y Javier Arévalo están demandando al Estado con justicia el impulso oficial a la creación de bibliotecas, ¡pero ya! con una carta fundacional. El Gremio de Escritores ya ofreció una hoja de ruta cultural sin respuesta por parte del Estado. ¿Iniciativas condenadas al fracaso? Depende de nosotros.


Porque, visto lo visto, la lluvia de millones a la cultura seguirá siendo un sueño en el Perú. Y lo que sí es fracaso es esperar sentado a que alguna vez llueva como por encanto.


Sin embargo, creo que ahora tenemos las mejores condiciones para demandar cultura, que muchas personas e instituciones están mejor sensibilizadas a escuchar. Los escritores y artistas tiene que aprender también a pedir. Porque tampoco es vivir de una renta pública por leer mecánicamente ante un auditorio medio vacío o forzar a imprimir mediocridades sin ton ni son.  De lo que se trata es de un nuevo pacto social: trabajadores de la cultura que ofrecen sus servicios a  una localidad por una cantidad equis de recursos. Que pintores puedan dictar talleres a escolares, grupos de teatro animar las veladas de las comunidades, que poetas y narradores formen parte de la cotidianidad de universidades, colegios, tecnológicos y pedagógicos.  Do ut des: doy para que me des. Un principio elemental de reciprocidad que rompa el círculo vicioso de ausencia presupuestal e indiferencia mercantil. Ese pacto sirve para una comunidad campesina en las alturas de Andahuaylas, una municipalidad provincial a lo largo del Ucayali o cualquier gobierno regional. También sirven asociaciones profesionales, colegios privados u ONGs. El contrato es el mismo.


No hay que llorar por el agujero de la cultura en nuestro país, de lo que se trata es de taparlo.


martes, 30 de agosto de 2011

Más allá de los toros y las palomas



Últimamente la agenda pública le está prestando más atención a los animales. Nuestra Ministra de Cultura, por ejemplo, ya ha calificado de "terribles" las corridas de toros, sugiriendo quizás su eliminación. 


De entrada, confieso que yo soy recontra antitaurino, que nunca asistí ni de cerca a la Plaza de Acho, aunque sí me chupé varias tardes trabajando en las barras de bar madrileñas y viendo cómo muchos señores maduros contemplaban por televisión las corridas de Las Ventas o La Maestranza, entre expresiones cañí, jerga taurina y muchas copas de sol y sombra con hielo (lo que no alimentó mucho mi interés por la Fiesta Nacional, como la llaman por allá). Pero las cosas, aparentemente, no son tan fáciles.


Dentro del mundo de la literatura, hay opiniones para todo. Un hombre liberal y hasta de izquierdas como Hemingway no solo era muy ambiguo al juzgar la tauromaquia sino que fue un apasionado de los toros. Un héroe cultural español como Federico García Lorca adoraba las corridas como buen andaluz que era, y les daba talla de riqueza vital y poética. Y es conocida la afición taurina de un genio comunista como Pablo Picasso. Por contra, Miguel de Unamuno y buena parte de la generación del 98 (cuya mayoría paulatinamente se volvió conservadora y rechazó el proyecto republicano del Frente Popular) fueron muy críticos con las corridas y las consideraron fiel reflejo del atraso español. Albert Boadella, controvertida bandera del teatro crítico y libertario, ve en el ritual taurino una profundidad estética incomparable y una capacidad de emoción que no ha encontrado en otras artes. 


Pero no nos vayamos muy lejos. Ya hace más de cien años Manuel González Prada redacta un artículo pionero contra las corridas, proponiendo una ética de los animales muy anglosajona y perfectamente incomprensible para el Perú de su época. Hoy, la tauromaquia limeña puede llevar el estigma de ser un espectáculo de maltrato para el placer de una pituquería decadente que se alucina hispánica (recordemos las páginas que Alfredo Bryce Echenique, otro curioso amante de las corridas,  le dedica al entorno taurino de Lima en Un mundo para Julius). Pero si trasladamos la fiesta española al mundo andino, las cosas cambian: ¿Cuál es la lectura del Yawar Fiesta de Arguedas? Por un lado una serie de referencias a los perfiles casi mitológicos del toro (el célebre Misitu) pero por otro lado la corrida andina -bastante más cruel que la de usanza española: dinamitan al toro, por ejemplo- se ejerce como representación de la identidad comunal frente a un centralismo limeño excluyente. Si en Lima, la corrida se hace con toreros peninsulares entre gritos de olé, miraflorinas disfrazadas de Manolas y botas de vino que contienen pisco; en la sierra ayacuchana el turupukllay es un ejercicio de resistencia y orgullo cultural, una ritualización anual que cimenta tradiciones originarias, vivas y pujantes. ¿Es así?


Las cosas no son tan claras. Yo conocí a limeños migrantes -y de izquierda clasista y combativa- que asistían a Acho sin problemas. Por otro lado, las Manolas no son privativas de la capital, también las hay en otra plaza taurina importante, como es la cajamarquísima Celendín. La tauromaquia, como las peleas de gallos, se practican en distintos escenarios del Perú. Si reivindicamos la representación del vigor cultural en unos ¿por qué no en otros? ¿Las peleas de gallos son una faceta de las tradiciones populares si se practican en los pueblos afrodescendientes de Chincha y no lo son si los celebra la juventud privilegiada en Mamacona entre música DJ y tabiques de cocaína? El maltrato animal suele ser olvidado frente al resto de componentes del espectáculo y frente al contexto cultural donde se practique.Y queda el goce estético, una suerte de piedra filosofal que transforma cualquier actividad -por deleznable que parezca- en éxtasis artístico: Para unos el fútbol es una espectáculo comercial que manipula y embrutece masas, para otros llega a ser pura poesía. Para Thomas de Quincey, incluso el asesinato podía formar parte de las Bellas Artes.  


Pero veamos esto desde otra perspectiva: Hace unos días, la alcaldesa de Lima ha anunciado que tomará medidas para frenar la sobrepoblación de palomas, las que son foco de infecciones y (como se demuestra en la foto de este post) dañan incluso el patrimonio histórico de la ciudad. Aunque, claro, ella ha descartado el simple método de envenenarlas. 


La reciente colombofobia es propia de las grandes ciudades que no toleran animales que perjudiquen el entorno urbano: Recordemos, primero se empezó echando a los animales de granja de las ciudades, luego -cuando nos motorizamos- a las bestias de tiro (a ver a quién le hacía gracia recoger sus tremendas deposiciones). Luego tocó a los perros callejeros: Acuérdense del comienzo de Conversación en la Catedral y al periodista Zavalita sufriendo en carne propia su campaña editorial contra los canes. Finalmente, toca a las palomas, que han terminado convirtiéndose de agradable compañía urbana a fuente de toxicidad. 


Pero las palomas -como las ardillitas- son animales con buena prensa y mucha simpatía entre la población ¿Quién, de niño, no ha dado de comer a las palomas? ¿Quién no veía (o sigue viendo) en las palomas el encanto de las plazas pequeñas? ¿La iglesia de San Francisco será la misma sin palomas? En el imaginario colectivo, así como puede haber una percepción negativa de la tauromaquia, hay otra positiva -romántica, afectuosa- respecto a tórtolas y torcazas. Esos sentimientos encontrados hace que nuestra alcaldesa busque formas "más humanas" de poner límites a la población de palomas. Nadie quiere ver bandadas agonizantes por el suelo. Sencillamente, no las queremos por ahí. 


Y acá quiero llegar:


Nuestra visión de los animales -sea el toro, la paloma o el ronsoco- es ante todo una construcción cultural y de ahí la dificultad de entender a nuestros "seres inferiores" con el mismo rasero (nos puede mortificar el asesinato salvaje de un toro, pero aplastamos arañas y cucarachas sin inmutarnos). Los budistas y los veganos no se hacen problemas y respetan a todos los animales en puro acto de fe. Sin embargo, ellos no se cuestionan, por ejemplo, el derecho de devorar a los vegetales, elementos orgánicos que -salvo las flores, que tienen también buena prensa pero que afortunadamente no son comestibles - parecen innanes e inicuos, apenas condenados a servir de simple nutriente a quienes nos encontramos en la cima de la cadena alimenticia.


El Occidente desarrollado ha ido generando, poco a poco, una construcción cultural que respeta "en algo" la integridad de los animales. Iniciativas legales que protejan a los animales del sufrimiento innecesario (hay una normativa europea para el transporte masivo de animales con una serie de gravosas condiciones), aunque eso no los prive de llevarlos en masa al matadero para llenar sus opíparas mesas. Otras culturas, las de raigambre campesina, ven el asunto animal de otra forma: Elaboran relaciones afectivas y hasta míticas con una serie de animales, aunque eso no les impide alimentarse de ellos o exterminarlos si amenazan su propio ecosistema. El mundo andino no es una forma más natural y ecológica de tratar a los animales, sencillamente es otra forma (otra forma que, quizá, sea más efectiva para nuestra sostenibilidad). En última instancia, el homo sapiens sigue mandando.


Y aquí termino. Lo que importa es el hombre. Y pienso no en el hombre de sociedades despilfarradoras, enfermas de competitividad y consumismo; sino en mundos mejores, donde podamos ser más solidarios y generosos. Sea en la utopía anarquista, sea en el reino del bien común, sea en las comunidades hippies o en el futuro paraíso comunista; seguirá mandando el hombre. Un ser humano que todos deseamos que sea bastante mejor de lo que todavía somos. 


En ese sentido. Que se acaben las corridas de toros, los turupukllay y las peleas de gallos por su crueldad gratuita. Que Lima se quede sin palomas, sin santarrositas ni gallinazos si eso exige la salud de los limeños (ojo, eso va con las chancherías clandestinas que siguen abundando en la ciudad). Si esas medidas nos pueden hacer mejores personas, sea.


Pero, idénticamente, que se sigan promoviendo las reservas y los santuarios naturales, que se persigan a los cazadores furtivos, a los traficantes de especies protegidas, a las mineras contaminadoras. Que nuestros hijos aprendan a cultivar, que nuestra zootecnia no se reduzca a la crianza de cuyes, que nuestras ciudades tengan más jardines, más parques, más zoológicos pedagógicos e interactivos. 


E igualmente -porque no hablamos de animales sino de construcciones culturales- que se combata el machismo, el feminicidio y la violencia doméstica venga de donde venga. Declaremos la guerra a la corrupción, nuestro cáncer más desarrollado. Tomemos en serio la lucha contra el racismo y la discriminación de nuestros pares. Incluso, a riesgo que ya me tomen a cachondeo, impulsemos la puntualidad en nuestra vida cotidiana.


La cultura como elemento del desarrollo no es solamente más libros o más conciertos, es también cómo aprender a cambiar nuestras prácticas a corto y a largo plazo. El Perú del futuro -ese soñado país libre, crítico y solidario- estará compuesto por gentes cuyas costumbres e ideas sean tan, pero tan distintas a las nuestras, como nosotros lo somos respecto al Perú virreynal.


Sí, regreso al pesimismo.