martes, 30 de agosto de 2011

Más allá de los toros y las palomas



Últimamente la agenda pública le está prestando más atención a los animales. Nuestra Ministra de Cultura, por ejemplo, ya ha calificado de "terribles" las corridas de toros, sugiriendo quizás su eliminación. 


De entrada, confieso que yo soy recontra antitaurino, que nunca asistí ni de cerca a la Plaza de Acho, aunque sí me chupé varias tardes trabajando en las barras de bar madrileñas y viendo cómo muchos señores maduros contemplaban por televisión las corridas de Las Ventas o La Maestranza, entre expresiones cañí, jerga taurina y muchas copas de sol y sombra con hielo (lo que no alimentó mucho mi interés por la Fiesta Nacional, como la llaman por allá). Pero las cosas, aparentemente, no son tan fáciles.


Dentro del mundo de la literatura, hay opiniones para todo. Un hombre liberal y hasta de izquierdas como Hemingway no solo era muy ambiguo al juzgar la tauromaquia sino que fue un apasionado de los toros. Un héroe cultural español como Federico García Lorca adoraba las corridas como buen andaluz que era, y les daba talla de riqueza vital y poética. Y es conocida la afición taurina de un genio comunista como Pablo Picasso. Por contra, Miguel de Unamuno y buena parte de la generación del 98 (cuya mayoría paulatinamente se volvió conservadora y rechazó el proyecto republicano del Frente Popular) fueron muy críticos con las corridas y las consideraron fiel reflejo del atraso español. Albert Boadella, controvertida bandera del teatro crítico y libertario, ve en el ritual taurino una profundidad estética incomparable y una capacidad de emoción que no ha encontrado en otras artes. 


Pero no nos vayamos muy lejos. Ya hace más de cien años Manuel González Prada redacta un artículo pionero contra las corridas, proponiendo una ética de los animales muy anglosajona y perfectamente incomprensible para el Perú de su época. Hoy, la tauromaquia limeña puede llevar el estigma de ser un espectáculo de maltrato para el placer de una pituquería decadente que se alucina hispánica (recordemos las páginas que Alfredo Bryce Echenique, otro curioso amante de las corridas,  le dedica al entorno taurino de Lima en Un mundo para Julius). Pero si trasladamos la fiesta española al mundo andino, las cosas cambian: ¿Cuál es la lectura del Yawar Fiesta de Arguedas? Por un lado una serie de referencias a los perfiles casi mitológicos del toro (el célebre Misitu) pero por otro lado la corrida andina -bastante más cruel que la de usanza española: dinamitan al toro, por ejemplo- se ejerce como representación de la identidad comunal frente a un centralismo limeño excluyente. Si en Lima, la corrida se hace con toreros peninsulares entre gritos de olé, miraflorinas disfrazadas de Manolas y botas de vino que contienen pisco; en la sierra ayacuchana el turupukllay es un ejercicio de resistencia y orgullo cultural, una ritualización anual que cimenta tradiciones originarias, vivas y pujantes. ¿Es así?


Las cosas no son tan claras. Yo conocí a limeños migrantes -y de izquierda clasista y combativa- que asistían a Acho sin problemas. Por otro lado, las Manolas no son privativas de la capital, también las hay en otra plaza taurina importante, como es la cajamarquísima Celendín. La tauromaquia, como las peleas de gallos, se practican en distintos escenarios del Perú. Si reivindicamos la representación del vigor cultural en unos ¿por qué no en otros? ¿Las peleas de gallos son una faceta de las tradiciones populares si se practican en los pueblos afrodescendientes de Chincha y no lo son si los celebra la juventud privilegiada en Mamacona entre música DJ y tabiques de cocaína? El maltrato animal suele ser olvidado frente al resto de componentes del espectáculo y frente al contexto cultural donde se practique.Y queda el goce estético, una suerte de piedra filosofal que transforma cualquier actividad -por deleznable que parezca- en éxtasis artístico: Para unos el fútbol es una espectáculo comercial que manipula y embrutece masas, para otros llega a ser pura poesía. Para Thomas de Quincey, incluso el asesinato podía formar parte de las Bellas Artes.  


Pero veamos esto desde otra perspectiva: Hace unos días, la alcaldesa de Lima ha anunciado que tomará medidas para frenar la sobrepoblación de palomas, las que son foco de infecciones y (como se demuestra en la foto de este post) dañan incluso el patrimonio histórico de la ciudad. Aunque, claro, ella ha descartado el simple método de envenenarlas. 


La reciente colombofobia es propia de las grandes ciudades que no toleran animales que perjudiquen el entorno urbano: Recordemos, primero se empezó echando a los animales de granja de las ciudades, luego -cuando nos motorizamos- a las bestias de tiro (a ver a quién le hacía gracia recoger sus tremendas deposiciones). Luego tocó a los perros callejeros: Acuérdense del comienzo de Conversación en la Catedral y al periodista Zavalita sufriendo en carne propia su campaña editorial contra los canes. Finalmente, toca a las palomas, que han terminado convirtiéndose de agradable compañía urbana a fuente de toxicidad. 


Pero las palomas -como las ardillitas- son animales con buena prensa y mucha simpatía entre la población ¿Quién, de niño, no ha dado de comer a las palomas? ¿Quién no veía (o sigue viendo) en las palomas el encanto de las plazas pequeñas? ¿La iglesia de San Francisco será la misma sin palomas? En el imaginario colectivo, así como puede haber una percepción negativa de la tauromaquia, hay otra positiva -romántica, afectuosa- respecto a tórtolas y torcazas. Esos sentimientos encontrados hace que nuestra alcaldesa busque formas "más humanas" de poner límites a la población de palomas. Nadie quiere ver bandadas agonizantes por el suelo. Sencillamente, no las queremos por ahí. 


Y acá quiero llegar:


Nuestra visión de los animales -sea el toro, la paloma o el ronsoco- es ante todo una construcción cultural y de ahí la dificultad de entender a nuestros "seres inferiores" con el mismo rasero (nos puede mortificar el asesinato salvaje de un toro, pero aplastamos arañas y cucarachas sin inmutarnos). Los budistas y los veganos no se hacen problemas y respetan a todos los animales en puro acto de fe. Sin embargo, ellos no se cuestionan, por ejemplo, el derecho de devorar a los vegetales, elementos orgánicos que -salvo las flores, que tienen también buena prensa pero que afortunadamente no son comestibles - parecen innanes e inicuos, apenas condenados a servir de simple nutriente a quienes nos encontramos en la cima de la cadena alimenticia.


El Occidente desarrollado ha ido generando, poco a poco, una construcción cultural que respeta "en algo" la integridad de los animales. Iniciativas legales que protejan a los animales del sufrimiento innecesario (hay una normativa europea para el transporte masivo de animales con una serie de gravosas condiciones), aunque eso no los prive de llevarlos en masa al matadero para llenar sus opíparas mesas. Otras culturas, las de raigambre campesina, ven el asunto animal de otra forma: Elaboran relaciones afectivas y hasta míticas con una serie de animales, aunque eso no les impide alimentarse de ellos o exterminarlos si amenazan su propio ecosistema. El mundo andino no es una forma más natural y ecológica de tratar a los animales, sencillamente es otra forma (otra forma que, quizá, sea más efectiva para nuestra sostenibilidad). En última instancia, el homo sapiens sigue mandando.


Y aquí termino. Lo que importa es el hombre. Y pienso no en el hombre de sociedades despilfarradoras, enfermas de competitividad y consumismo; sino en mundos mejores, donde podamos ser más solidarios y generosos. Sea en la utopía anarquista, sea en el reino del bien común, sea en las comunidades hippies o en el futuro paraíso comunista; seguirá mandando el hombre. Un ser humano que todos deseamos que sea bastante mejor de lo que todavía somos. 


En ese sentido. Que se acaben las corridas de toros, los turupukllay y las peleas de gallos por su crueldad gratuita. Que Lima se quede sin palomas, sin santarrositas ni gallinazos si eso exige la salud de los limeños (ojo, eso va con las chancherías clandestinas que siguen abundando en la ciudad). Si esas medidas nos pueden hacer mejores personas, sea.


Pero, idénticamente, que se sigan promoviendo las reservas y los santuarios naturales, que se persigan a los cazadores furtivos, a los traficantes de especies protegidas, a las mineras contaminadoras. Que nuestros hijos aprendan a cultivar, que nuestra zootecnia no se reduzca a la crianza de cuyes, que nuestras ciudades tengan más jardines, más parques, más zoológicos pedagógicos e interactivos. 


E igualmente -porque no hablamos de animales sino de construcciones culturales- que se combata el machismo, el feminicidio y la violencia doméstica venga de donde venga. Declaremos la guerra a la corrupción, nuestro cáncer más desarrollado. Tomemos en serio la lucha contra el racismo y la discriminación de nuestros pares. Incluso, a riesgo que ya me tomen a cachondeo, impulsemos la puntualidad en nuestra vida cotidiana.


La cultura como elemento del desarrollo no es solamente más libros o más conciertos, es también cómo aprender a cambiar nuestras prácticas a corto y a largo plazo. El Perú del futuro -ese soñado país libre, crítico y solidario- estará compuesto por gentes cuyas costumbres e ideas sean tan, pero tan distintas a las nuestras, como nosotros lo somos respecto al Perú virreynal.


Sí, regreso al pesimismo.

viernes, 29 de julio de 2011

EL APOGEO DE LA HUACHAFERÍA (Notas sueltas sobre un gobierno que se fue)


La huachafería en el Perú tiene larga data y es algo más complejo que el germánico "kitsch", el argentino "atorrante" o el hispánico "hortera". Desde el apurimeño Jorge Miota (al parecer, padre del concepto) pasando por Mariátegui, Estuardo Núñez, los dos Hildebrandt (la bruja y el periodista) y Vargas Llosa hasta nuestros días; el término ha adquirido unas dimensiones claramente académicas, literarias, históricas y antropológicas, que trascienden el término original: Lo huachafo no es solamente el mal gusto, la imitación ridícula o el bizarrismo inconsciente. Se ha convertido en parte integrante de nuestra cultura "nacional".

La huachafería ha sido necesaria partícipe de nuestros gobiernos: el estilo brutalista de la arquitectura de Velasco, Moralez Bermúdez enfundándose la camiseta blanquirroja y cantando el himno en la cancha del Estadio Nacional (suponemos que ebrio), la oratoria hiperflorida y virtualmente en las nubes de Belaunde Terry, Fujimori disfrazado de indio pokra en la mañana y de chalán chiclayano por la tarde (amén de bailar cumbia con las putarracas locales en sus hilarantes campañas presidenciales), Toledo haciendo de la impuntualidad virtud, echándose hielo con la mano a copas de whisky etiqueta azul que tomaba como vasitos de agua...

¿Paniagua? Como presidente, nada huachafo, pero como candidato, huachafísimo.

Y sin embargo, ningún otro gobierno rompió las barreras de la huachafería como el segundo régimen de Alan García Pérez. Disfrutando durante cinco años en un estado de placidez económica, nadando entre divisas y créditos, con un crecimiento histórico del PBI; el voluminoso mandatario nunca se dedicó a invertir dinero en reformas estructurales del país, tiró al tacho las recomendaciones del Acuerdo Nacional y decidió concentrar el eje de los recursos estatales a construcciones espectaculares (muchas de ellas, inauguradas a medio hacer).

Con un ego a prueba de litio, el Genocida de los Penales mira al pueblo peruano como un hatajo de brutos (bueno, le votaron dos veces) que se deslubra por el cemento, patente de legitimidad. Mediocre lector, quiere ser émulo de Ramsés II, Tito Flavio o Carlos III buscando pasar a la posteridad por una herencia arquitectónica inmortal e inolvidable. Obsesionado por un tercer mandato (y ser el presidente que más años ha gobernado el Perú) quiere imitar a Leguía, cuyas obras forman parte de la cotidianidad limeña. Ansioso por mantener su alianza con oligarcas y militares, emula a Odría refraccionando un puñado de colegios, repintando sus viejos ministerios, reconstruyendo el viejo estadio del dictador tarmeño. Dedica el año arguediano al descubrimiento de Machu Picchu por un aventurero yanqui, alucinándose un inca superstar y, al abrigo de los fuegos artificiales y la música de Los Jaivas, creerse rey del mundo por unos minutos.

Pero fundamentalmente, suplanta la realidad por la apariencia. Blasón elemental del segundo alanismo.

-Se han refraccionado medio centenar de colegios "emblemáticos" (las Grandes Unidades Escolares), esos colegios de ladrillos rojos que todo el mundo conoce, que se ven. No importa que sólo sean colegios tremendamente minoritarios a nivel nacional, que esta iniciativa se haya prestado -para variar- a negociados y faenones, no importa que se haya dejado al garete la educación bilingüe y que en el Perú del siglo XXI todavía haya colegios así de tristes . Pero es que incluso los colegios refraccionados arrasan con el patrimonio arquitectónico y se dejan las obras inconclusas. No importa, la gente quedará contenta con sus fachadas nuevecitas de colegio yanqui, sus colores brillantes sobre bibliotecas vacías y laboratorios incompletos, sus voladizos de metal herrumbroso y cristalería rota, que es lo que sucederá con esos presupuestos raquíticos que el aprismo dedicó al mantenimiento de los colegios.. Hay muy pocos colegios públicos que cuentan con piscinas y ninguno con pista atlética sintética...pero qué bonito se ven los colegios emblemáticos desde las avenidas.

-Alan creyó que terminando el primer tramo del Tren Eléctrico superaría el trauma de contemplar una obra inconclusa de venticinco años por culpa de su proverbial delirio de grandeza: Esa carcasa de concreto al aire libre, carne de graffitis, era un recordatorio desagradable para nuestro pícnico presidente. Y claro, tenía que terminar esa obra como sea. Así, a Lima le han impuesto un Tren desligado de cualquier plan municipal de transporte, cuyo costo se ha multiplicado varias veces y casi oliendo a corruptelas, que no cuenta con vagones ni suministro eléctrico previsto, que no garantiza para nada no su rentabilidad sino su propia sostenibilidad mínima. Un tren que no solamente divide y degrada comunidades en los distritos del sur, sino que en la práctica impide que las ambulancias o carros de bombero de dichos distritos puedan eficientemente trasladarse de un lugar a otro de esa infranqueable vía. Pero qué bonito será viajar como en Europa y viendo pasar los trenes junto a tu casa como en Brooklyn.

-¿El Estadio? Victor Vich ya señaló lo tremendamente contradictorio que es un estadio "Nacional" dividido entre palcos dorados para unos y tribunas llanas para otros. Yo solo quiero resaltar el escándalo de gastar millonadas en una olla exprés con lucecitas, torres fálicas y coloradas, inaugurado con más de medio edificio sin pintar y con los marcadores electrónicos abandonados para que la próxima administración lo termine de instalar. Lo peor es que esa papa rellena metálica cuenta con una pista de atletismo ¡de solamente seis carriles! que es como inaugurar hoy en día trenes con locomotoras a vapor o rascacielos sin ascensores. Y eso en un país con cero velódromos, sin campeonatos de pentathlon moderno, con infraestructuras arcaicas de gimnasia y donde la inmensa mayoría de nuestros niños solo pueden enterarse del balonmano, del water polo o del rugby por la televisión de cable. Pero qué importa, qué bonito se verá esa cacerola color moco cuando estén allí Shakira, Daddy Yankee o Los Rolling Stones en silla de ruedas...

-Ah, el Gran Teatro Nacional, ese nombre pomposo para un paralepípedo multimedia, con una tarántula de aluminio por un lado y un culo de madera por el otro. Wilfredo Ardito nos recuerda que no hacía falta ese minimastodonte, teniendo en cuenta que a cincuenta metros está un más que decente auditorio en el Museo de la Nación y a cien metros ya existe el teatro de la Biblioteca Nacional, soberbio y en buenas condiciones. ¿Por qué no haber pensado en distritos populosos como Villa María del Triunfo o Ventanilla? Allí el Estado no ha puesto ni una glorieta de conciertos, ni un teatrín, ni nada. Obvio, "hay que pensar en grande" (expresión infantil que suele revelar patéticas megalomanías): si Berlín tiene su Isla de los Museos o Nueva York su gran centro artístico cultural, el gobierno de Alan no quería ser menos y pegando con gutapercha a la Biblioteca, al museo, al INC y al teatro de marras, ya tiene su gran eje cultural....nuestros hermanos de Bagua o Huancavelica deben estar aplaudiendo de emoción semejante logro.

-No me olvido del nuevo Ministerio de Educación, con un diseño adjudicado sin concurso público (¿Para qué? Si el gobierno tiene a sus amigos arquitectos y, si no, sus amigos contratistas le recomiendan a cualquiera) hace gala de una fina inteligencia al construir un edificio que asemeja a varios libros montados uno encima del otro. Qué original ¿no? Ese figurativismo elemental, ese discurso arquitectónico para dummies (¿No te das cuenta? Son libros uno sobre otro, libros, osea educación ¿manyas la indirecta?). Imagino que, si hubieran tenido más tiempo prestado de la molicie burocrática y más plata arrancada a las coimas; el gobierno construiría un ministerio de cultura con forma de huaco o un ministerio de transporte con forma de camioncito. La originalidad del alanismo. ¿Original? ¡¡Pero si ese adefesio es una copia fiel de un edificio mexicano construido hace más de treinta años!!

-Finalmente, la joya de la corona. Alan García haciendo gala de catolicismo (un catolicismo sui géneris, que le permite tener hijos fuera del matrimonio con la bendición tácita del Cardenal) erige un tremendo Cristo de plexiglás con reflectores y lucecitas de colores que sugieren a cualquiera que hay un parque de diversiones o un puticlub en la base del Morro Solar. Conocedor de nuestra proverbial superstición frente a las imágenes, el rollizo ex jefe de Estado sabe que, si hay una obra suya que perdurará, será esa. Nadie la va derribar, pese a su evidente mal gusto, pese a incumplir una veintena de normativas, pese al descontento de la alcaldesa y otras personalidades. No, todo el Perú huachafo abrazará ese ícono sintético y colorinche, como aplaude un tren que no va a ninguna parte, como alucina ante un estadio lata de anchoveta, como se emociona con un colegio con atrezzo nuevo y carencias de toda la vida.

Porque esta fila de horrores arquitectónicos no proviene solamente de una mente vanidosa horadada por la bipolaridad y los fármacos. No, buena parte de este país aún se sigue guiando por sus emociones y manías, por tradiciones tan pervertidas como íntimas, por su sentimentalidad primigenia y sus pulsiones intuitivas (imagínense que estuvimos a punto de tener a esta vergüenza en el poder). Es ese país que besa el anillo de un cura cuartelero y considera salvajes a los pueblos amazónicos que defienden su ecosistema. Que aún cree en el cínico adagio de la política fujimorista "roba, pero hace obra". Que te toca la puerta hablándote de la palabra de dios y estalla al día siguiente de intolerancia frente al otro.

No, no le estoy echando las culpas a nuestro sufrido pueblo peruano. Recordemos que buena parte de los gustos hegemónicos de una sociedad terminan siendo los gustos de su clase dominante (veinte años de neoliberalismo y de vigilancia del Banco Mundial sobre nuestra educación ya han dado sus frutos) y que han sido nuestros mandamases y su corte mediática quienes han predicado con el ejemplo. Los privilegiados del país han sido quienes más han impulsado los palcos segregacionistas que llenan nuestros estadios y teatros. Ellos nos han impuesto un país inventado para turistas, publicitario, exotista y falso. Ellos han plagado de virgencitas, grutas y cristos a universidades, edificios del Estado y parques públicos. Ellos pagan a toda una generación de arquitectos inocuos y pusilánimes para que -como decía Mariátegui- cortejen y adulen su gusto mediocre. Y, por qué no, huachafo.

Todos ellos son una jaez transclasista que conforman un país al cual no le interesa que los corruptos se escapen por la puerta de atrás o deja que les engañen diciéndoles que ya hemos acabado con el anafabetismo o que casi no hay pobres en el Perú. Pero que, ojo, es un país que también forma parte del nuestro, con el cual tendremos que convivir y, ojalá, podamos convencer.

La Argentina neoliberal, viciada y frívola de Menem produjo Pizza con Champán, una ácida crónica de Silvina Walger acerca de las cotas de desvergüenza, frivolidad y huachafería en que se sumió dicho país en los años noventa. ¿Cuánto tiempo esperaremos para que tanto despilfarro demagógico, tanta soberbia gratuita, tanta estética de la corrupción en estos finalizados cinco años, merezca un libro?

Esperemos que muy poco.

lunes, 20 de junio de 2011

EL OLVIDO


Hace 25 años se perpetró una de las mayores ejecuciones extrajudiciales por parte del Estado en toda América Latina. Hace 25 años se liquidó un motín de presos políticos con cohetes y granadas de guerra, una auténtica matanza que incluyó el fusilamiento a decenas de presos rendidos y donde se prohibió taxativamente el ingreso de fiscales, autoridades civiles, directores de penales y prensa durante toda la carnicería. Hace 25 años se aniquiló a casi 300 personas y la impunidad llegó al nivel de enterrar y desaparecer clandestinamente a más de un centenar de víctimas. El poeta José Valdivia Domínguez Jovaldo y el artista plástico Félix Rebolledo estuvieron entre ellos.

Hace 25 años que los autores de este virtual genocidio se siguen pavoneando por los pasillos de los edificios públicos, usufructan cargos estatales, no muestran el más mínimo gesto de arrepentimiento o contrición y se preparan para vivir una rijosa jubilación con una pensión dorada que pagamos todos los contribuyentes.



Hace 25 años que se inició, también, el olvido. El penoso olvido. Somos un país propenso a la amnesia. Nuestros amos lo saben, por eso juegan la blanda pero efectiva carta del tiempo. El tiempo en el Perú todo lo puede. El tiempo se encarga de que olvidemos. El olvido hace posible que todo siga tal cual era.

Y sin embargo, era difícl imaginar ese olvido hace 25 años. El mundo de los escritores y artistas quedó impresionado por la barbarie gubernamental. Destaco el cuento El ángel de la isla de Dante Castro y la reflexión en clave de poesía de Jose Antonio Mazzotti, amén de otros cuentos y poemas, varias performances teatrales, canciones de autor. A nadie se le pasaba por la cabeza que tanta muerte quedara impune. Pero, al final, así ha sido.

La captura, juicio y condena tanto de Vladimiro Montesinos como de Alberto Fujimori parecen haber concentrado todas las responsabilidades de la guerra interna. No solamente nadie quiere recordarle al todavía presidente su responsabilidad en los hechos (y a su vicepresidente mucho menos, total, en el Perú a los militares mejor no tocarlos) sino resulta casi un delito de leso civismo recordar los terribles crímenes perpretados en el segundo gobierno de Fernando Belaúnde, hoy poco menos que prócer de la nación. Y si escarbamos más profundo, tendríamos anillos de jueces, oficiales de las fuerzas armadas, ex-ministros, funcionarios de toda laya que pusieron su grano de arena en el enorme osario de la guerra....

¿Y qué quieres? -me diréis- ¿Enjuiciar a cientos de miles de peruanos? ¿Condenar al joven oficial a quien le aseguraron que nadie va a la cárcel en el Perú por matar indios en masa? ¿Meter preso al fiscal que miraba a otro lado cuando sobre su mesa se le acumulaban demandas por violaciones de derechos humanos? ¿Al marino que bombardeaba sin piedad pueblos enteros sospechosos de senderismo porque consideraba que estaba defendiendo a la patria? ¿Al político que firmaba exculpaciones infames creyendo que así promovía la paz y la tranquilidad nacional? ¿A tantos periodistas y senderólogos que falseaban noticias e interpretaban gratuitamente porque se sentían vulnerables y confundidos ante los poderosos?

¿Y por qué a ellos? ¿Los crees igual o más culpables que los que empuñaron un fusil para destruir comisarías, demoler torres de alta tensión, ejecutar políticos enemigos, provocar éxodos en los Andes e imponer una revolución al resto de peruanos?

¿Acaso no lo merecieron esos infelices de hace 25 años que se levantaron contra un gobierno democráticamente elegido, no quisieron aceptar las comisiones de negociación, respondieron con armas artesanales a las fuerzas del orden y decidieron seguir peleando casi toda una jornada en condiciones de clara inferioridad militar? ¿Acaso ellos mismos no se buscaron la cruda represión, el pistoletazo sobre la nuca, el secreto acarreo de cadáveres hacia ninguna parte? ¿Acaso esos 300 caídos no fueron sino otro ejemplo de la inmensa locura colectiva que consumió a medio país?

Lo peor no es que se respondan afirmativamente estas preguntas. Lo peor es que casi nadie las hace. Hemos terminado sumergidos en un pantano de silencio y de olvido. Y, como dicta la geofísica, conforme pase el tiempo ese pantano terminará solidificándose, cubriéndose de sucesivas capas geológicas, todas cubiertas por una corteza rugosa e impenetrable.

No voy a hacer una jaculatoria de la memoria y la reparación. No sé qué sentido tenga. Las acusaciones sobre violaciones a los derechos humanos son levantadas casi exclusivamente por los familiares y deudos de las víctimas. Quienes sufrieron en carne propia el huracán de la guerra, arrebatándoseles el hogar, los años, el pan y la dignidad; hoy son tratados por el Poder como huerfanitos llorones a quienes se les arroja migajas de caridad. La gente corriente se ríe en tu cara cuando hablas de feminicidios en el Perú. La gran mayoría de las iniciativas por constuir una memoria del conflicto armado interno son percibidas por gran parte de la población como una rutina laboral de las ONGs.

Y si los responsables de la mayor limpieza étnica cometida en Sudamérica en los últimos cincuenta años siguen libres e impunes ¿Qué esperar de aquellos que se escudan en las necesidades de la guerra para disculpar sus tropelías? ¿Qué sentido, entonces, hablar de todo esto?

Queda el olvido.

En el calor de la segunda postguerra, Theodor Adorno imprecaba que "escribir poesía, después de Auschwitz, es un acto de barbarie". Para el sociólogo alemán, el dolor por las conscuencias de la necedad humana condenaba a la creación artística a casi enmudecer. Hoy, esas palabras nos parecen las exageraciones de un intelectual renegón y quejica, una prohibición arrogante que desechamos frívolamente. Aunque es sintomático que en el Perú contemporáneo después de la Matanza de los Penales, se haya terminado escribiendo cumbia.

Hoy, aparentemente, tenemos un marco esperanzador de cambio para el Perú (Ollanta en el Perú, Susana en Lima). Y eso invita -debiera invitar-al optimismo y a pensar en positivo. Me sumo a esa esperanza, pero me resisto a olvidar. Han pasado 25 años y lo único que tengo que deciros, como en el hermoso poema de Luis Cernuda, es "recuérdalo tú y recuérdalo a otros".

Y, si puedes, escríbelo también.

lunes, 18 de abril de 2011

LA QUEREMOS LEYENDO, NO TRABAJANDO


En el Perú trabajan tres millones de niños, niñas y adolescentes. Casi la mitad del total de peruanos y peruanas entre cinco y diecisiete años. Dicho en otras palabras, el Perú es un país donde se acostumbra que los niños trabajen, se les sobreexplote y maltrate: Niñas de ocho años como niñeras y trabajadoras domésticas, niños de diez años como cargadores en los mercados, adolescentes cobrando en las combis, de jaladoras en las tiendas, de meseras y lavaplatos en nuestros restaurantes. Y todos trabajando más de ocho horas o quemando sus fines de semana. Y por un salario miserable incluso para los estándares peruanos.

En un país donde casi las tres cuartas partes de la economía es informal, la demanda por trabajadores baratos, sumisos e indefensos es la norma. Nuestros emprendedores (esos héroes para nuestra clase dominante) se enriquecen a costa del trabajo infantil, muchas veces disfrazado de ayuda familiar, de favor de padrinos o de paternalismo local. Aparentemente, los emergentes de Arellano dan trabajo a los menores de edad necesitados. En la práctica se valen de gente que no cobra ningún tipo de seguro, a quienes puedes pagar lo que te dé la gana, alargarles el horario laboral arbitrariamente y gritarles a gusto. Osea, los niños.

Pero lo peor de esta explotación democratizada y de sabor nacional es que, a la larga, estamos dinamitando nuestro sistema educativo y nuestro futuro como país. Los millones de niños y adolescentes que trabajan en el Perú sencillamente no estudian, apenas tienen tiempo. ¿Puede usted imaginar cómo entenderá la clase de álgebra una niña que desde las cinco de la mañana está trabajando, cocinando y cuidando bebes hasta la una de la tarde? ¿Es de extrañar que los adolescentes se duerman en clase después de matar el resto del día vendiendo golosinas en la calle o madrugándose a las puertas de los macroconciertos alquilando llamadas de celular?

Nuestros hijos -en ese plan- no estudian, no aprenden, no leen. Ni siquiera juegan. Las pocas horas libres las ocupan con pura telebasura. El consumismo que pregonan los medios se convierte en su única actividad liberadora. La posibilidad de alumnos estudiosos y críticos solo existe entre los retoños de la clase dominante y las élites metropolitanas. Ese adolescente de la novela Templado -crítico, soñador y ávido lector- necesariamente es limeño, de sector acomodado y carísimo colegio privado.

¿Qué hacer? ¿Sentarse a esperar un cambio de gobierno o a que maduren las condiciones? Al margen de las coyunturas electorales, podemos hacer algo. Más aún si hablamos de un proceso de varios años, como es la Educación.

Este año me estoy embarcando en un pequeño proyecto para reflotar una biblioteca escolar en un colegio público de Pamplona. Es una biblioteca que ha estado cerrada por años y que la inercia administrativa convirtió casi en depósito. Servidor, estudiantes, el profesor de comunicación y la directora hemos iniciado la recuperación del local con una limpieza a fondo, levantando el polvo en todos los anaqueles, baldeando el piso con lejía y provocando un éxodo en masa de garrapatas y arañas. Pero eso no es ni la mitad de lo que hay que hacer (volver a reordenar los libros, clasificarlos, pedir donaciones, revisar los mapas y las láminas para repartirlos por las aulas). Lo real es que los propios alumnos ya han sugerido hacer sus tareas allí y esa biblioteca es un excelente local para los talleres de creación literaria.

En otro colegio de la misma zona estamos iniciando un proyecto distinto: Una campaña de promoción del buen trato entre los estudiantes (¿han oído hablar del bullying?) donde una de las dinámicas claves va a ser la promoción de la lectura por placer: Instalaremos pequeñas bibliotecas (libros de cuentos en su mayoría) en cada aula de sexto año de primaria para que los chicos puedan estar a sus anchas con la lectura.

No sé hasta donde lleguemos con estas iniciativas. Por lo general predomina el miedo a que los niños estropeen los libros o se los queden en sus casas, incluso sin leerlos. Pues mi peor miedo es que los libros se queden encerrados en baúles y cajas, lejos de circular entre sus verdaderos necesitados.

Lo fundamental es hacer de la lectura una estrategia silenciosa que combata el trabajo infantil y la incuria vital. En el fondo es una ventana que les abrimos a nuestros hermanos pequeños para que sepan que en el mundo tienen más cosas que una escuela ruinosa, una vivienda precaria y un trabajo explotador. La lectura hace aguza el ingenio, abre el apetito intelectual y te invita a soñar. Y soñar puede ser un primer paso a la libertad. Necesitamos hombres y mujeres libres, aunque tengan diez o quince años.

Quien quiera echarnos una mano donando libros o proponiendo ideas e iniciativas sobre lo mencionado no dude en escribirme. Y si prefieren una vía menos prosaica pero igual de efectiva, pásense por este link y colaboren: http://www.globalgiving.org/projects/empower-girls-and-women-peru/

Que a niñas como la de la foto, la queremos estudiando, no trabajando.

P.D. Aprovechamos la ocasión para saludar la valiosa iniciativa de un puñado de artistas solidarios por impulsar la biblioteca de un caserío en Cajamarca. ¿Un caserío? Sí pues, la tierra para quien la trabaja y la lectura para quien la necesita.

sábado, 12 de marzo de 2011

LA CARPETA VACÍA (Homenaje a Digna Santiago)



Se llamaba Digna. Digna Palmira Santiago Ojeda.

Tenía 16 años y este año terminaría el colegio. Era cuzqueña y empezó a trabajar desde los ocho años como niñera. Escribía poesía todos los días, versos con una ortografía espantosa pero llenos de intensidad y personalidad. ¡Quería ser educadora! Murió a principios de año, víctima de una enfermedad respiratoria perfectamente curable en otras sociedades, pero condenatoria en un país como éste, donde curarse cuesta mucho dinero y ni ella ni su familia lo tenían.

Fue la estudiante más entusiasta que tuve en el Taller de Creación Literaria que montamos en un colegio de Pamplona alta. Una auténtica poeta de raza que con su canto vencía todos los días a la pobreza y a la soledad. Hoy, su carpeta está vacía. Los colegios sin bibliotecas están más vacíos aún, los distritos sin centros culturales más vacíos todavía. Las calles y los parques sin poetas, vacíos todos. El Perú, con una poeta menos, resulta más eriazo, más páramo, más arenal.

Aquí les dejo algunos versos de Digna. Sirvan como homenaje y ejemplo de una hermana que quiso ser poeta en un país hermoso, injusto y cruel:

I
Nunca pensé que ser alguien
sería ser nada.
Que todos se alejaran
que todos te odiaran
sólo por ser alguien.

II
Es difícil para mí
escoger entre lo falso
y lo cierto.

III
Dónde, dónde, dónde
dónde está la pena
ese dolor guardado
algo irónico en la vida
Dónde se apoyan los débiles
débiles como yo, como tú, como él.

IV
Cuanto más lejos esté
de este lugar
mejor será
-eso digo-
Pero mi corazón
llora porque sabe
que no se puede olvidar
el lugar donde se ha amado.

V
Una amiga, la soledad
una caricia, el dolor
todas las desventuras
que caen sólo
para una flor.

VI
Si quieres que te olvide
pinta un pino en la
pared y cuando crezca
te olvidaré.

VII
Hoy la muerte es para mí
como un vaso de agua
fría, refrescante. Hoy
la muerte es para mí como
un sueño del que algún
día, no muy lejano,
despertaré.

Y despertaste. Descansa en paz, Digna.

jueves, 3 de marzo de 2011

EL VETO




Como ya deben saber, el hecho que Mario Vargas Llosa inaugure con un discurso la Feria del Libro de Buenos Aires ha contado ya con numerosos rechazos. El primero en protestar fue nada menos que el director de la Biblioteca Nacional argentina, Horacio González, quien pese a ser reprendido por la presidenta Cristina Fernández de Krchner (a quien no le conviene nada esta polémica), se ha manteido en sus trece y no se retracta de sus opiniones respecto al novelista.

Inmediatamente han salido opiniones en pro y en contra, amén de otras "neutrales" buscando un insondable punto medio (aquí pueden ver un resumen de éstas). Algo a resaltar es que nadie cuestiona la valía de MVLl como novelista y más bien van a su discurso ideológico y su agresivo proselitismo neoliberal que incluye la descalificación absoluta de figuras y regímenes , donde ni siquiera los Kirchner se libraron de sus dardos.

Quizá, más que el rollo neoliberal, lo que irrita más a quienes discrepan (discrepamos) con el discurso ideológico de Don Mario sea su actitud arrogante, rayana incluso en el autoritarismo, incapaz de reconocer excesos o equivocaciones, incapaz incluso de debatir (MVLl quiso un "debate" mediático en Caracas con el presidente de Venezuela, pero no con intelectuales defensores del régimen) o conversar proactivamente con pares que opinan distinto. Su estilo de agit-prop airado (ver foto de arriba) y de predicador del neoliberalismo, de las virtudes morales de Occidente y de una modernidad donde el libre mercado y la democracia representativa iluminen a sociedades atrasadas y arcaicas; termina por desalentar a cualquier mortal que busque hilar algún tipo de diálogo con MVLL. Ese pésimo talante le ha generado anticuerpos durante toda su vida (que él ha llevado con bastante gusto) y el hecho que, quienes no pensamos como él, contemplemos sus ensayos y conferencias con el desdén del déja vu, de volver a leer alocuciones cuya arenga final adivinabas de antemano (ese deporte lo practicaba cuando leía sus editoriales en El País durante los años noventa y casi nunca fallé).

Vargas Llosa ya no dialoga, dicta. Y sus apariciones públicas (más aún, ahora que empuña el estandarte del premio Nobel) son reiteradas apologías del Sistema. Por eso muchos intelectuales argentinos ven su presencia inaugural en la Feria como una ofensa a ellos mismos y los valores que defienden. Máxime si ese evento siempre ha sido inaugurado por algún escritor argentino y el hecho que el primer extranjero invitado a hacerlo sea éste, pues les ha sentado como una patada al hígado.

Sí, la libertad de expresión. Hay que recordar que la Feria del Libro de Buenos Aires no es un evento estatal sino privado (lo organizan una serie de organizaciones civiles) por lo que el gerente tiene todo el derecho del mundo de nombrar para el discurso de apertura a quien crea oportuno. En ese sentido no creo que la algarada de intelectuales porteños impida que Don Mario inaugure la Feria en Abril. Pero es importante destacar la repulsa de muchos escritores e intelectuales, repulsa que -estoy seguro- se repetirán en otros foros y espacios. Tenga uno su derecho a inaugurar el evento con su discurso y tengan los otros su derecho en criticar el acto.

Bueno, eso en Buenos Aires, donde la discusión parece darse en términos civilizados ¿Qué sucederá en nuestros pagos? Acá, seguramente, los discrepantes tendremos un linchamiento mediático a conciencia y una exclusión automática de varios foros. Por no hablar de intelectuales y escritores que -ya se ha vuelto costumbre- repten silenciosamente, se acomoden y hagan ejercicio de amnesia. Y acá no ha pasado nada.

¿Qué posibilidades de diálogo tenemos en el Perú? Muy poco. En la anterior coyuntura electoral, el miedo a Humala desempolvó malas conciencias en los poderes fácticos y mucho se habló -solamente se habló- de combatir la exclusión social. En el aburrido panorama electoral de hogaño, no hay debate porque a nadie parece interesarle debatir ideas. O a nadie parece interesarle la existencia de ideas. Cuando venga MVLL y nos recite las bondades del neoliberalismo y fustigue a colectivistas y anacrónicos; veremos el país dividido en un batallón de convencidos, áulicos y sobones por un lado, y los diversos colectivos discrepantes, más arrinconados, por el otro. Y al que menos le importe esa situación, posiblemente, sea a Vargas Llosa.

Así que, en aras del debate, les paso esta entrevista a uno de los peruanos más lúcidos que nos quedan. Gracias, de nada.

viernes, 31 de diciembre de 2010

PARTE DE FIN DE AÑO


Estimados amigos:

Me hubiera gustado mucho dedicarles un post final de año nuevo o algo así, pero este año (que para un servidor no ha sido de los mejores) ha terminado complicando mi existencia. Me han detectado un quiste parasitario de origen canino en el hígado (los perros lamen sus heces y luego te lamen cariñosamente a tí, la infección más estúpida del mundo). De hecho el quiste lo tengo ya del tamaño de una pelota de baseball y no habrá más remedio que el quirúrgico. Tendré que hospitalizarme dentro de pocos días y Zeus dirá.

Así que estaré fuera de combate quizá casi todo el mes de enero, si la cosa no se complica.

Un abrazo para todos y no se olviden de celebrar el 18 el Centenario de Arguedas como se debe: cantando, bailando, chupando y amando este país, toda la vida y hasta el amanecer...

Un abrazo a todos

viernes, 10 de diciembre de 2010

TAN MODERNO (O TAN ANTIGUO) COMO ESTO. Reflexiones sobre el destino del blog




Hace algunos años escribí muy esperanzado acerca de las oportunidades del blog como un nuevo medio de comunicación/información/agitación/reflexión/crítica y etc. en este nuevo siglo que nos ha tocado vivir. Veía al blog como la oportunidad de mayor debate entre ciudadanos ilustrados, un espacio novísimo de produción cultural que podía romper con la cacofonía de los medios convencionales y convertise en una alternativa frente al lodazal que ha ahogado (casi) todo el perdiodismo peruano. Desde el 2005 descubría blog tras blog, ventana tras ventana, novedad tras novedad. ¡El ciberespacio era una tremenda mina!

Fue Aldo, un amigo que en esto de las tecnologías me lleva siglos de adelanto, quien intentó bajarme de la nube "Javier, es que tu lees solamente determinados blogs, que sí, que son muy buenos, pero si te fijaras en el conjunto...". Es decir, que los árboles me impedían ver el bosque. Un bosque no muy fascinante que digamos.

Pero servidor, terco como una mula koljosiana, mantuvo su interés en estas "nuevas generaciones que encuentran en este formato la mejor manera de expresarse públicamente" en esa voz "donde la información y la opinión no son dos entes necesariamente separados, lo académico coexiste con lo periodístico, el eruditismo especializado con la contracultura bizarra, los temas de actualidad con las obsesiones personales". Sí, por aquel entonces incluso estaba enamorado. Se notaba ¿no?

Así que una fría mañana de diciembre -sí, fría, ya el cambio climático había hecho mella en el tradicional verano limeño- del 2007 me lancé a la piscina y me puse a hacer mi blog. De todo ello, tres años ha.

Al principio todo estaba muy bien y yo mandando mis posts, feliz como un niño con zapatos nuevos. Sin embargo, no tardaron en llegar los problemas conforme la gente empezaba a leerlo. Intentanto al principio ser un diáfano manantial de tolerancia permití los comments ofensivos, los off-topics, los publicherrys, la guerra de bandas que asoló la cholósfera en el 2008, las reiteradas meteduras de pata propias de un novato como yo.

Sin embargo, lo que más me chocó fue darme cuenta que, detrás de todos esos fuegos de artificio neotecnológicos, seguían perviviendo los vicios peruanos de toda la vida: Las argollas -esa institución criolla tan arraigada en el país- traducidas en el mundo virtual como esas colleritas de bloggers con sus redes, plataformas, concursos y espacios propios; el autoritarismo ninguneador del más fuerte y del más pituco, el engreimiento infantil de la Academia, el alpinchismo de algunos sujetos que se pasean entre las redes como matoncitos de barrio.

No pienso dar nombres -no pienso señalar a nadie con el dedo en este post- pero ilustro mis descargos: ¿Qué ha sido lo peor? Ver la red como otro penoso remedo de La Rotonda de la Universidad Católica, con sus mismos grupitos y sus mismas querellas. Ver a esos profesores de no se qué en los Estados Unidos, acostumbrados no sé por qué a que le laman las pelotas desde el Perú, comportarse como energúmenos cuando alguien les cuestiona abiertamente sus puntos de vista. Ver a reconocidos hombres de letras y ciencias sociales, con más razones de seguir siendo amigos que de enemistarse, insultarse abiertamente por quítame estas pajas, arrojarse cubos de estiércol por disensiones bizantinas. Y claro, uno pasa por ahí y termina salpicado.

Aún así seguí, perdida ya mi virginidad virtual, porque en la red encuentras también muchas cosas sugerentes y tonificantes. Siempre encuentras temas que tratar, batallas que luchar y amigos a los cuales defender.

Sin embargo, tres años después, hay dos asuntos nuevos, distintos pero muy relacionados. El primero, el ocaso del blog, sepultado por las redes sociales, cada una más atractiva y nueva que la anterior. El segundo, el cansancio de autor.

El blog ha perdido protagonismo en la Red. El facebook, el twitter, el tuenti y los que vendrán se han convertido en los grandes espacios de re-encuentro virtual de los internautas, todos cansados quizá de leerse las paranoias y las fijaciones de sus amigos. El propio PC parece quedarse solo frente al boom de los servicios de celulares, blackberries y otros ingenios mucho más cercanos a la mano, mejor preparados para mensajes más cortos, información más rápida y entretenimiento más variado. El blog ha terminado convertido en un microuniverso (bastante más reducido de lo que era) de conocedores de humanidades, académicos, enteradillos, profesionales con internet en su oficina y universitarios con internet en casita. En estos vertiginosos días del nuevo siglo, el blog ha envejecido sin que nos enteráramos.

Y por otro lado, después de dos, tres años y más, uno siente que ha dicho demasiadas cosas, quizá demasiadas. El blog, en teoría, te marca un ritmo de producción que uno alegremente cumple al principio. Pero luego, porque todo se convierte inevitablemente en rutina, llega el también inevitable cansancio. No voy a mencionar a nadie -no pienso señalar a nadie con el dedo en este post- pero los frenéticos y, digamos, sinérgicos blogs periodísticos han ido languideciendo poco a poco bajo todo tipo de excusas ( trabajo en los medios convencionales que antes detestaban, merodeo en las universidades, el sueño del programa radial o televisivo propio) al punto que los blogs que antes incluso clavaban dos post diarios ahora mascan un abatimiento colgando un post cada semana (excepto cuando viene eso del blogday, aunque creo que esas fiestas ya perdieron el entusiasmo de antaño).

Y también está el evidente cansancio de alguien que siente que cada vez tiene menos cosas interesantes qué decir. Porque, a ver ¿Uno tiene que estar opinando compulsivamente frente a la inevitable cascada informativa? ¿Por qué tengo que dar mi parecer sobre Wikileaks si ya leí buenos artículos al respecto? ¿Estaba obligado a celebrar la histórica goleada del Barça al Real Madrid? (que lo celebré, sí, pero sin utilizar este blog para cebarme de los cráneos caídos, en fin) ¿Tengo que dar mi opinión sobre el discurso de Don Mario en Estocolmo? Ya he leido mejores links sobre el asunto.

Ese ruido internáutico de meter tu cuchara, intervenir porque tienes teclado y dártela de gran enterado es algo que no tiene que ver con los blogs. Es el típico pedante de oficina.

Pero en este viaje he descubierto motivos por los cuales hay que seguir leyendo blogs: Blogs de historia donde te cuentan sucesos fascinantes (pero reales), blogs que interpretan la sociedad contemporánea desde el ángulo de una subcultura pop, bellísimos blogs de música y blogs valientes que evidencian que aún, en este terrible mundo, se puede hacer un periodismo digno y libre.

La foto de arriba se ubica en esos otros momentos de vanguardia que tuvimos, la Era del Jazz y el desenfado: La orquesta de Percival Mackey, haciendo bailar a su señora esposa -Monti Ryan- por las azoteas del Londres de 1926. Frescura, alegría, aires de libertad. El blog es tan antiguo como esa foto (una alternativa superada y casi nostálgica de nuevas formas de comunicar). Pero también puede ser igual de moderno: Una expresión que no es lo que uno pensaba, pero que todavía no ha perdido los bríos de la rebeldía, la crítica y las ganas alegres de joder.

Apago las tres velitas de mi torta.

jueves, 7 de octubre de 2010

POR FIN


El Nobel para Vargas Llosa. Muchos creíamos que no viviríamos para verlo. Después de tantas decepciones y ciertas explicaciones que condenaban el otorgamiento del galardón a nuestro novelista, finalmente los suecos atracaron.

Y, en caliente, algunos comentarios.

Primero, la renuncia de Vargas Llosa a presidir la comisión del Museo de la Memoria acompañada de una tajante carta a Alan García fue un gol de media cancha para el particular partido que la nominación vargallosiana jugaba en Estocolmo. Ojo, no digo que esto fuera consciente y que la renuncia de Don Mario obedeciera a un vulgar y maquiavélico manejo instrumental. Sencillamente ese fue un gesto que lo honró frente al mundo entero e hizo que se ganara el reconocimiento incluso de sus adversarios. Algo totalmente distinto a sus broncas ideológicas con Günther Grass, de sus broncas menos prosaicas con Gabriel García Marquez, su declarada antipatía a los franceses, sus rabietas cuando tocaba jugar papeles incómodos (la campaña electoral contra Fujimori, su problemático sitio en el jurado del Festival de Venecia, etc.) o ese doctrinarismo neoliberal que llegaba a empachar de tanto repetirlo.

Segundo, el hecho que él haya cosechado el primer Nobel para el Perú significará una inyeción de tremenda autoestima para ciertos sectores del país. Mutatis mutandis, ha sido como cuando Machu Pichu fue selecionada para las nuevas maravillas del mundo. Son sectores que creen que el Perú marcha bien, esta creciendo económicamente y ha vuelto a posicionarse favorablemente en la escena internacional. La concesión del Nobel es otra medalla más a ese Perú que tiene los mejores paisajes del mundo, las mejores oportunidades para cualquier inversionista extranjero, los mejores índices de crecimiento en Latinoamérica y, claro está, la mejor cocina del planeta. Y ahora dirán por ahí, que encima tenemos la mejor literatura del continente...

Argumentos que, ustedes lo saben, discrepo y aborrezco puesto que ese discurso enmascara una realidad menos feliz: Somos el país con los mayores índices de desigualdad económica, el peor gasto social en Sudamérica, la mayor cantidad de horas extras no pagadas del mundo, una sonrojante tasa de desnutrición infantil y unos indicadores de comprensión lectora y razonamiento matemático que nos dejan en los sótanos de América Latina.

Y más de uno que lea este párrafo ya me estará llamando antiperuano, picón o resentido. Normal, en este país estamos acostumbrados a barrer las verdades debajo de nuestras alfombras.

Tercero, si en un ambiente tan dividido como fue el famoso Congreso de Narrativa de Madrid, todos los escritores (incluso los que se las daban de combativos, andinos y revolucionarios) se peleaban por tomarse la fotito con Vargas Llosa; ya pueden imaginarse ahora la cantidad de hombres de letras dentro y fuera del país (amén de ayayeros, ahijados y hueleguisos que nunca faltan en el Perú de hoy) que explotarán su cercanía (real, académica, ideológica) para promocionarse y darse humos. Vamos, que recomiendo separar toda una tribuna del Monumental de Lima para que quepan todos los que babean por retratarse con el que ya será considerado "El Peruano del Segundo Milenio". Y, como en el Perú no tenemos memoria y aquí no pasa nada, se repetirá esta foto.

Sin embargo, hay motivos por los cuales estoy muy feliz con el Nobel a Don Mario:

Posiblemente, a los jóvenes, les devuelva el gusto por la literatura y el placer de escribir. En un país donde la oralidad, la cultura audiovisual y las nuevas tecnologías han arrinconado a la palabra escrita; el Nobel servirá para devolver -aunque sea un poquillo- el prestigio perdido de este hermoso arte. Y, ojalá, ese gusto por las letras no siga atrapado en los círculos acomodados limeños y pueda romper las proverbiales barreras discriminatorias de este país, extendiéndose el cariño por los libros al interior del Perú. Ojalá los chicos de diversas provincias sigan apostando por ser escritores y que los escritores del interior tengan mayor audiencia (audiencia en sus lugares de origen, que ya sabemos que en Lima apenas si nos fijamos en ellos).

Y, finalmente, a ver si esta pueda ser una oportunidad en que los libros de Vargas Llosa se puedan vender a un precio ascequible. Libros legales, subvencionados por el sector público, pulcramente editados y que puedan competir contra la poderosa industria pirata patria. Que, estas chicas puedan adquirir una bonita edición de La Tía Julia y el Escribidor (con prólogo de Javier Ágreda) a tres solcitos o Conversación en la Catedral (con prólogo de Miguel Gutiérrez) a no más de cinco lucas. Al actual gobierno el gasto de esas iniciativas les costaría muchísimo menos que esa carísima y cosmética remodelación del Estadio Nacional, remodelación hecha para colmar la egolatría presidencial y para que Shakira tenga un escenario de presentación más chic.

Que Varguitas se ponga otra vez de moda, que las tribulaciones del Poeta se comenten en los colegios, que sin salir de aulas polvorientas y cerros arenosos viajemos al Alto Marañón, al barrio de La Gallinacera y a los sertones del nordeste brasileño. Y que en las universidades regresemos nuevamente a los debates (esa gimnasia intelectual tan abandonada en muchos claustros) acerca de esa contradictoria, atormentada y retorcida imagen del Perú que él dibujó en Lituma en los Andes.

Se acerca el Año Arguedas. Y será excitante que volvamos a leer lo que pensaba Don Mario del autor de Los Ríos Profundos. Que volvamos a confrontar dos maneras de sentir la literatura. Y, sobretodo, que estudiemos esas dos formas distintas -¿antagónicas?- de entender este país.

Este país que ahora celebra su primer Nobel.


Nota de la imagen: Así como muchos prefieren al joven Haya de la Torre, cuando era un "pichón de cóndor" (en palabras de Vallejo) antiimperialista y creyente de la revolución; yo prefiero el joven Varguitas que hacía mil oficios para mantener a su familia, quien pudo terminar sus primeras novelas gracias a los generosos adelantos de Carmen Balcells, que vivió esa época feliz del boom carteándose con toda una hermosa generación de escritores y que, rescatando del olvido a Carlos Oquendo de Amat, afirmaba una literatura comprometida con su tiempo y sus utopías:

Las mismas sociedades que exilaron y rechazaron al escritor, pueden pensar ahora que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social (...) La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista.



lunes, 27 de septiembre de 2010

Semiologías Electorales: Reflexionando la Lima de hoy.


La semiología, para mí, es el estudio de los discursos, uséase, el análisis de las formas que nosotros tenemos de comunicar determinados contenidos. Pecando de poco académico e incluso de atorrante, diría que -además- eso también es literatura: Es la descripción del lector in fábula, del pacto con el destinatario del mensaje. Un pacto no muy lejano del pacto narrativo escritor-lector, "yo te lo cuento de la forma en que tú quisieras creértelo".

Miren esta foto. Son las dos candidatas a la Alcaldía de la espantosa ciudad de Lima. A su izquierda Susana Villarán que articula la mayoría de las fuerzas y discursos progresistas, a su derecha a Lourdes Flores que representa el actual conservadurismo moderno en el Perú. Ambas acaban de terminar el gran debate electoral de anoche. Porque, ojo, ambas proponen un discurso, pero también ambas son un discurso, posiblemente distinto a las intenciones de la propia emisora (total, hablamos de mujeres, jojojó).

Ahora bien, posiblemente cualquier ciudadano extranjero que visite este humilde blog tendrá un equívoco común. Iconográficamente, Lourdes aparenta ser la candidata de los pobres y trabajadores, con su carita de mestiza sufridora, sonrisita Colgate, su peinado retro con aires de Mujer Biónica y su chaleco de ingeniera-modernaza. Por contra, Susana Villarán lleva un chal esponjosamente verde (un verde que, hoy, en este país, es un verde Falabella) un sobrio y ceñido vestido negro, todo coronado por una gargantilla dorada lindante con el artículo de lujo, unas gafas modernikis y un peinado también retro, pero de los ochentas. En esa foto, Lourdes -salvando las distancias- aparece casi como la directora de una cooperativa estatal y Susana -también salvando las distancias- semeja como la propietaria de una galería de arte.


Aparentemente Lourdes es la candidata de las mayorías, exhibiendo su look chambero y esa parálisis facial que la cholifica. Susana, al contrario, es la señorona burguesa de las novelitas de Bryce, blanquiñosa, miraflorina de pro, con el insoportable buen rollito de las activistas de las ONG, barranquinamente culta y con esa risita limeña que tanto atormetaba a César Vallejo. Pero no solo los contenidos han sido disímiles para sus respectivos envoltorios, sino que gran parte de la opinión pública ha llegado a notarlo así. A descubrirlo así. O a inventarlo así.

Hoy no solamente todo lo sólido se desvanece en aire, sino que la Sociedad del Espectáculo impera sobre otras racionalidades. Así hemos encontrado a un electorado -tradicionalmente pasivo, insultado abiertamente por los medios, sin conocimiento alguno de ideologías, pero con ideas-fuerza atadas a su propia experiencia- que, de repente, disiente de los medios hegemónicos y construye su propio mapa político definitivo.

¿Por qué los limeños -como todo parece indicarlo- van a votar masivamente por Susana Villarán y se niegan darle a Lourdes Flores su premio consuelo de la alcaldía? ¿Por el heroico esfuerzo de los cuadros de Patria Roja? ¿Porque Lima, un buen día, se levantó con conciencia de clase? (Esa deducción "tener conciencia de clase, ergo, votar por Susana" le daría retortijones a más de un marxista-leninista). Siendo más retorcidos ¿Cómo así una ciudad que votó abrumadoramente por un tipo como Luis Castañeda ahora se inclina por alguien que tiene un discurso absolutamente distinto, con otras prioridades y hasta otra retórica?

Desde hace varios años hemos visto la cultura chicha como el fulgor exótico y chillón de la Lima de los conos. Una Lima de mototaxis, cachinas y cerros chacaloneros. Es decir, la Lima que creemos chicha es una Lima siempre "ajena", que siempre "está allá", al otro lado del Rímac o de la Panamericana.


Mentira, nos equivocamos (y yo el primero). La Lima chicha habita en nosotros.

Como señalaba Marcel Velázquez: "La cultura chicha mediante la transgresión, la irresponsabilidad, el triunfo individual, la mezcla incesante, la memoria andina, el capitalismo popular, el kitsch, la imaginación melodramática, la ética del trabajo y la superación social, ofrece nuevas categorías de pensamiento, nuevas formas de ser y estar en una ciudad, simultáneamente, andinizada y globalizada. sin embargo, no debemos caer en la idealización de la cultura chicha, ella también reproduce exclusiones, se nutre de la racialización de los subalternos y adopta la lógica de la mercancía y del mercado deshumanizador." (El resaltado es mío. El artículo completo se encuentra aquí aunque yo recomiendo una versión mucha más completa, que es esta).

La Lima chicha no solamente es la Lima de Tongo, sino también de Jaime Bayly, su envés pituco. Es una Lima que se engancha al show de Gisela Valcárcel, a la coprofagia de Magaly Medina o a los horrores de Efraín Aguilar. Pero también es una Lima capaz de reventar estadios escuchando a Metallica o Soda Stereo, que agota el teleticket para asistir a Mistura o que ha convertido a NoamChomsky o Roberto Saviano en algunos de los superventas de Quilca. Es la Lima que lee El Trome, que mira el voley femenino y le fascina tremendamente el huachafo Círculo Mágico del Agua.

Adonde seguro ya has ido tú con tu pareja. Sí, tú, a tí te hablo.

Esa Lima tremendamente contradictoria y tornadiza va a votar por un proyecto municipal progresista e izquierdoso. Pero es la misma Lima que el próximo año puede votar masivamente por los fujimoristas. Es una Lima que posiblemente celebre las iniciativas ecologistas, ciudadanas y solidarias que propone el equipo de Fuerza Social, pero de los que también piden la pena de muerte para solucionar la delincuencia o exigen que todos los sentenciados por delitos de terrorismo se pudran en la cárcel por el resto de su vida.

¿Conclusión? Queda muchísimo por hacer. No lancemos campanas al viento. Lima no se ha vuelto más inteligente y amable por votar a Susana. Sigue siendo la misma ciudad caótica, desintegrativa e inculta.
Pero, ojo, no es la náusea sartreana, el infierno no son los demás.

Norman Bethune, un cirujano comunista que ofreció desinteresadamente sus servicios en la España republicana y en la China defendida por el ejército de Mao, decía que "todos, absolutamente todos, tenemos un lado fascista que debemos siempre combatir". La bestia habita entre nosotros y se alimenta de nuestros actos.Y matar a la bestia será un proceso inevitablemente doloroso, porque significará destruir algo de nosotros mismos. Algo quizá muy querido acaso y del cual dudemos cien veces el arrancarlo.

¿Habrá que incendiar toda la ciudad para volver a reconstruirla sobre bases más racionales, más sinérgicas, más libertarias? ¿O es precisamente ese delirio neroniano la mala hierba que alimenta nuestras peores tentaciones? .

No voto en elecciones peruanas desde 1990. Y el hecho que este domingo lo haga por Susana Villarán me sabe a una tremenda paradoja.

viernes, 3 de septiembre de 2010

LA CIUDAD INCULTA

No, no me refiero a la Lima de las combis, ni a esa Lima que imaginan los guionistas de Al fondo hay sitio, ni siquiera a la Lima pituca de calles sin veredas con cinco centros comerciales y ninguna biblioteca. No, hablamos de una municipalidad que, en seis años de millonarios ingresos, apenas si ha invertido algo en el arte y la cultura.


Ya llegan las elecciones (Ja, ja, ja como cantaba Ruben Blades en Maestra Vida) y todos los ciudadanos tenemos que recibir diariamente una catarata de mentiras en forma de promesas electorales. Y los limeños en particular sufrimos más, teniendo en cuenta que esta ciudad está sometida a unos medios claramente censurados: los noticieros y periódicos –con muy pocas excepciones- se ocupan en un 90% de crónicas policiales y farándula. Para encontrar noticias sobre cultura, arte o derechos humanos hay que acudir a medios alternativos o semiclandestinos.


Lima es la ciudad que recauda la mayor cantidad de dinero por impuestos. La municipalidad de Lima es el consistorio más rico del Perú. ¿Puede uno deducir que, como consecuencia, es el municipio más culto de nuestro país?


No solamente no lo es sino que está bastante más atrás de otras ciudades que no cuentan ni con la centésima parte de dinero que maneja la capital. Y si hablamos de literatura, peor todavía.


La Municipalidad de Lima no organiza eventos literarios de ningún tipo. Marca, una cabecera de distrito en Ancash que no supera los dos mil habitantes, organizó hace dos años un encuentro de escritores trayendo a creadores del calibre de Áureo Sotelo o Jose Luis Ayala y montó una pinacoteca de lujo de artistas ancashinos en su colegio.


La Municipalidad de Lima no cuenta con un Fondo Editorial. Gobiernos regionales menos opulentos como el de Loreto se dieron el lujo de publicar once volúmenes de escritores loretanos contemporáneos pagándole sus derechos de autor y distribuyéndolos gratuitamente por los colegios públicos de toda la región.


La Municipalidad de Lima no inaugura casas de la cultura ni mucho menos bibliotecas. Pucallpa, que incluso ha padecido un gobierno local enrarecido y problemático, ha inaugurado una espléndida biblioteca municipal que los limeños ya quisiéramos en nuestros distritos populosos.


La Municipalidad de Lima no organiza Ferias de Libro. Jauja, con bastante menos recursos pero con mucha más ganas, por lo menos lo ha intentado y ha sacado una más que decente feria del libro.


En Huamachuco se decidió destinar el total de presupuesto participativo al sector cultura. La Municipalidad de Lima prefiere gastar dinero financiando el Día de la Mascota.


No quiero esconder las contradicciones, problemas, deficiencias e incluso taras que los municipios mencionados puedan tener. Ni tampoco decir que Castañeda no hace nada por la cultura: De hecho, en la web municipal de la gerencia de cultura (mucho más activa y actualizada que la que tenían hace dos años, cómo se nota que estamos en carrera electoral) uno puede ver varias iniciativas al respecto que realizan.


La cuestión es la paradoja de ver cómo en otras partes del Perú, sin los súper millones del presupuesto municipal limeño, se invierte en cultura mientras que la capital cree que cultura es organizar desfiles militares de escolares o macroconciertos de cumbia en la Plaza de Armas.


Se trata de voluntad política, de entender la cultura como una inversión y no como un gasto. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de nuestra clase política todavía ve la cultura como un mero adorno, un decorado de quita y pon, algo bonito pero de lo cual se puede prescindir. En Lima, el alcalde -y posiblemente la mayoría de los limeños- consideran que más importante es una clínica de pago que una biblioteca gratuita, una autopista de tres carriles que un centro cultural para jóvenes. Nos hemos resignado a pagar para acceder a espacios que antes eran un derecho ciudadano (yo, hace algunos años, no pagaba un solo sol para entrar aquí o acá). Incluso creemos que lo gratuito, por serlo, ya es algo malo o sospechoso. Y que el sector público puede regalar cheques en la Teletón o cobrar peajes abusivos, pero nunca financiar escuelas de teatro, conservatorios o pinacotecas para todos los limeños.


Sí, la idea de combatir la delincuencia con cultura acá es recibida con desprecio e hilaridad, cuando en Medellín ha funcionado. La posibilidad de organizar orquestas sinfónicas juveniles para erradicar el pandillaje en Lima es percibida como una soberana tontería, cuando en otros países es algo asombrosamente normal. La cantidad de instituciones e iniciativas que gestionó la municipalidad de Curitiba para convertirse en la ciudad más ecológica de Sudamérica acá serían vistas como una tomadura de pelo.


Hoy los candidatos te prometen el oro y el morro (acá hay un excelente resúmen de sus propuestas electorales en política cultural) y a más de uno se le nota que miente descaradamente: Conchas acústicas en casi todos los distritos, red de gerentes culturales, premios literarios, escuelas de arte, una editorial municipal popular, etc. ¡es tan fácil hablar! Mientras tanto la ciudad intenta (sobre)vivir sin un museo de arte contemporáneo, con poquísimas bibliotecas públicas, con salas de teatro carísimas, parques enrejados, sin posibilidad de escuchar gratuitamente música sinfónica y cuya oferta cultural se reduce a la que buenamente nos dan algunas universidades y centros culturales de países extranjeros.

Eso sí, con cumbia gratis, fútbol para todos en la Plaza de Armas, fina telebasura y una prensa sensacionalista que se ha convertido en el principal menú cultural de limeño común y corriente. Lima es una inmensa combi en la que juntos enfilamos al abismo riendo, chupando, cantando, festejando.


Festejando no sé qué.