miércoles, 6 de marzo de 2013
¿BARBARIE O CIVILIZACIÓN?
Dentro de la gran controversia que ha generado quien en vida fuera Hugo Chávez Frías, una de las discusiones típicas era si Chávez, con el histrionismo que le caracterizaba, era el típico militar populista que de culto tenía muy poquito. O más aún, que sus arranques mediáticos, sus gestos contundentes e incluso apresurados, denotaban un signo de la barbarie que venía a quedarse en Sudamérica: La de gobiernos autoritarios, manipuladores, cuya visión social se acababa en subvenciones para cosechar fáciles aplausos, la imposición del partido ganador para acaparar rectorías, direcciones generales de educación y producir una generación de artistas e intelectuales que, por mor del petrodólar, sólo podían ser afectos y serviles. El famoso Ogro Filantrópico que dibujó años antes Octavio Paz para definir al viejo PRI mexicano y que ahora resucitaba empeorado, más grande, más fiero, más torpe y más inculto.
Perú 21, el vástago contrahecho del grupo El Comercio, no ha perdido tiempo coleccionando las frases más agresivas de Chávez, muchas de ellas cargadas de ajos y cebollas. Los medios que se alinearon con la oposición al régimen bolivariano no dejan de recordar su retórica altisonante, sus gestos mussolinianos ante masas, sus apariciones televisivas cantando, bailando y declamando cuartetas simples, sus contradicciones ideológicas (se consideraba heredero tanto de José Carlos Mariátegui como de Haya de la Torre) y esos ruegos áulicos al dios de los cristianos, que recordaban a las peligrosas alianzas del poder con la religión. Casi nunca se le ha visto leyendo un libro y su bagaje intelectual tenía más de manuales de autoayuda y clásicos leídos por terceros, que de una sofisticada formación intelectual. Cuando rechazó debatir con Vargas Llosa, muchos liberales lo tomaron como una huida de la "barbarie" ante la presencia de la "civilización". Y además, era militar, que para los ilustrados limeños -con razón o sin ella- es sinónimo de bruto.
Y, finalmente, ese culto a la personalidad in crescendo qué tan mal cae a muchos letrados (de izquierda y de derecha), esa entronización de un segundo Bolívar viviente, esa divinización popular que convirtió a un teórico presidente democrático de izquierdas en un ícono similar a Evita Perón (o Abimael Guzmán, sin ir más lejos).
Y sin embargo, cuando uno ve lo que se ha hecho en cultura y en la educación en estos 14 años de chavismo, se podrá decir cualquier cosa excepto barbarie: Un acceso casi universal a las universidades (o como decía una amiga mía "en Venezuela no estudia solamente quien no quiere") con facultades que producen miles de doctorados al año (recordemos que Venezuela tiene casi la misma población que Perú, así que calculen), una producción editorial gigantesca capaz de ofrecer gratuitamente 300,000 ejemplares del Quijote en las calles, una red de orquestas sinfónicas en todo el país que ha hecho de Venezuela ya una potencia musical regional, un cultivo fervoroso de las artes populares más allá de la zanahoria del turismo, toda un infraestructura de premios, concursos, entradas baratas a teatros, museos y festivales que ha convertido a la gestión cultural en una profesión de primer orden y a los intérpretes y artistas en un oficio apreciado socialmente. Claro, todo esto no hubiera sido posible sin una sólida voluntad política de impulsar una política cultural a gran escala. Mientras el Ministerio de Cultura de Venezuela es una gigantesca fábrica de productos culturales que mueve millones, acá nuestro liliputiense ministerio peruano se parece más a un carretillero informal que se dedica mendigar fondos.
Obviamente los venezolanos tiene sus propios problemas: Tienen que lidiar con universidades masificadas, tienen que seleccionar (y no necesariamente con la mejor asertividad) la enorme oferta cultural que será apoyada, saben que toda la gran inversión en educación no ha podido disminuir la tremenda criminalidad en varias ciudades y, como muchos escritores limeños señalan, la revolución bolivariana todavía no ha dado un graaaaaaaan escritoooor, de esos que terminan siendo publicados por las reconocidas editoriales españolas. Que la explosión de cantidad no se ha traducido en un crecimiento de la calidad. Y que, en todo caso,sus logros culturales han sido gracias al grifo interminable del petróleo (¿Y en el Perú hemos hecho algo parecido con las vetas interminables de nuestra minería?)
Es una discusión que no se acabará ahora. Yo solamente puedo comcluir que, además de las contundentes cifras de reducción de la pobreza y pobreza extrema en Venezuela, el legado de Chávez en la educación y la cultura nos dice que, efectivamente, en ese hermano país ha triunfado la civilización sobre la barbarie.
¿Podremos decir lo mismo del Perú?
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martes, 5 de febrero de 2013
UN LIBRO DISTINTO
Memorias de un soldado desconocido (IEP, Lima 2012). Muchos ya conocen la historia de este libro. El autor repasa su increíble experiencia: En el Ayacucho de 1983, siendo un campesino adolescente y analfabeto, se integra a las filas de la guerrilla maoísta donde llega incluso al rango de camarada. Hecho prisionero en una emboscada del Ejército le es perdonada la vida y se convierte en "cabito", enrolado en las fuerzas armadas donde entra al colegio y combate a sus antiguos compañeros. Finalmente, se hastía del uniforme y entra en un convento franciscano, del cual también abandona para tener una familia y seguir estudios de antropología, su pasión final.
El libro ha tenido un éxito tremendo, al punto que ya ha sido pirateado y se vende abiertamente en Quilca, Amazonas y Javier Prado (versión que yo he leído, no puedo pagar la tarifa internacional de los buenos libros del IEP). En Quilca -lo que invita a pensar- ese libro se vende escoltado por Profetas del Odio de Gonzalo Portocarrero y De puño y letra, de Abimael Guzmán (ambos libros igual de pirateados). El libro no solamente ha recibido el beneplácito de la prensa (que para estos temas siempre se vuelve cobarde y mentirosa, como el modosito reportaje de Oscar Miranda) sino incluso la bendición (algo tendenciosa) de nuestro Premio Nobel. A esto se agrega una masiva venta que, creo, incluye cierto cariño y curiosidad popular.
¿Cómo así? Algo muy elemental y sorprendente: Es un libro escrito sin ira y sin odio. Donde un tono pausado, amable y de una apacible neutralidad no esconde el amor del autor por su tierra, una memoria respetuosa de sus años cuando militó en el PCP y luego en el Ejército, sin evitar señalar los excesos y atrocidades que ambos bandos en guerra cometieron. En el libro se narra con una asombrosa naturalidad las acciones guerrilleras del PCP, los draconianos ajusticiamientos entre los propios camaradas por robar una lata de atún o un paquete de galletas, las duras jornadas de guerrillero maoísta escalando los riscos descalzos, hambrientos y llenos de piojos, la solidaridad de las comunidades campesinas para con los guerrilleros (señalo esta palabra, porque así el autor se identifica, no cae en las denominaciones peyorativas de los medios), de las terribles batallas entre comunidades que apoyaban al Partido y comunidades de ronderos que apoyaban al Ejército, con un odio que se ha transmitido hasta nuestros días.
Habla del Ejército como un espacio que le proveyó educación, alimento y trabajo (siempre habla bien del Ejército, al cual considera "su casa") pese a que no se corta a la hora de señalar el duro aprendizaje de los "cabitos" (donde hasta te obligaban a sumergirte en las heces de las vacas sacrificadas del camal o a desayunar sémola con pólvora), o de señalar la cantidad de atrocidades cometidas por los uniformados. Por ejemplo, el uso de las guerrilleras capturadas como esclavas sexuales durante semanas, a las que después ultimaban con un tiro en la nuca (algo merecedor de alguna investigación, pero ¿qué periodista peruano tiene hoy la independencia y la valentía de hurgar en esos asuntos?) . Todo esto y más (guerrilleros quemando pueblos enteros acusados de colaboracionistas con el Ejército, militares fusilando casi por deporte a anónimos campesinos quechuahablantes) contado con una tranquilidad desesperante. Y sin odio.
El autor -digamos su nombre, Lurgio Gavilán Sánchez, antropólogo que ahora reside en México- pudo haber lanzado iniquidades contra los maoístas (nos engañaron, por ellos murió mi hermano, por ellos mi pueblo fue sacrificado) o renegar de las fuerzas armadas (me hacían tales y tales abusos, me obligaron a comer caca). No, lo lo hace. Incluso el trato despectivo e hipócrita que le hace el actual arzobispo de Lima cuando el autor viene a pedirle ayuda para ingresar a una orden religiosa (ni lo saluda, lo descalifica en base a prejuicios) lo cuenta de forma tranquila, dura y honesta. Y sin odio (pese a que salió de la residencia de Cipriani con lágrimas en los ojos). Una persona que ha visto tanto dolor y tanta sangre tendría el derecho (¿acaso el deber?) de enjuiciar, acusar y gritar su rabia existencial por esos años terribles. Pero él no lo hace.
Finalmente, lo que sí me ha sorprendido: En un país donde la moneda habitual es llenar de insultos a la guerrilla maoísta y denigrar hasta el cansancio a su líder, de endosarle la responsabilidad de todos los crímenes y pedir que todos ellos se pudran en la cárcel hasta el fin de sus vidas; el autor habla de sus días guerrilleros con un respeto y un reconocimiento impensables en el Perú de hoy. El autor entró a los alzados en armas emulando a su hermano mayor, padeció agotadoras jornadas persiguiendo al Ejército o huyendo de él, presenció ajusticiamientos sobre personas como él, tuvo que saquear pueblos para saciar un hambre que ya los enloquecía, conoció las duras leyes de la guerra. Pero, aún así, él no derrama odio y más bien describe ese período con un símil entre poético y paisajístico (las lluvias que primero alimentan y luego arrasan). En ninguna parte del libro encontrarán la famosa cantinela del arrepentimiento, pese a que él podría haber ganado bastante declarándolo.
Por eso es un libro distinto. Ajeno a la mayor parte de la literatura hegemónica criolla y emparentándola más bien con lo mejor de narrativa peruana sobre la violencia (Julián Pérez, Dante Castro, Fernando Cueto, Sócrates Zuzunaga). Un libro que invita a una memoria sin ira, donde el reconocimiento de los crímenes no lleve a venganzas ni a obligados suplicios. Donde el interrogar el pasado significa, ante todo, no repetir sus tremendos errores. Recordar sin sindicar, perdonar sin olvidar.
Posiblemente este sea uno de los primeros libros que sinceramente nos habla de la Reconciliación. Por eso hay que leerlo.
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jueves, 31 de enero de 2013
ARGUEDAS PARA EL SIGLO XXI
Se acaba el mes de Arguedas, de la conmemoración de su nacimiento. Enero, definitivamente, se ha convertido en el mes de Arguedas. Para bien.
Sin embargo, para los discursos dominantes, Arguedas cada vez más nos recuerda a un museo donde él es la momia. El escritor de un tiempo extinguido, el representante de una literatura ya agotada, el poeta de una cultura ya extinta. Arguedas es pasado, nos lleva a un campo semifeudal que ya no existe, a un país de gamonales y pongos ya superado. Arguedas solo es un testimonio histórico cuya vigencia es la misma que los discursos de Riva Agüero o Porras Barrenechea. ¿Para mal?
Hoy la onda es el cholo postmoderno, chicha, emprendedor, occidentalizado por mor del capital, las nuevas tecnologías y la globalización. El futuro del indio en Arguedas no ha sucedido, no era el hombre solidario y orgulloso de su cultura andina; ahora es el individualista que la hace, que se las apaña para cimentar su capital originario. El emprendedor que echa mano del autoritarismo familiar, el trabajo infantil, los contratos laborales precarios y la evasión de impuestos para consolidar su riqueza personal. El migrante que mete a sus hijos en universidades privadas de juguete (total, solamente es un cartón para que mi chibolo tenga algo de prestigio), que lee solamente El Trome, que practica el machismo y la violencia de género, que explota a sus paisanas como trabajadoras domésticas malpagadas y maltratadas, que aprovecha el clientelismo político y la corrupción institucionalizada, que paga coimas y vota por la revocatoria en Lima. ¿Para bien o para mal?
Ante ese panorama ¿dónde Arguedas? ¿Qué sitio tiene hoy en día? ¿El sitio de las momias?
Lo interesante de Arguedas es su propuesta. Su propuesta vital -ser encuentro retroalimentador y progresista de dos mundos- pero también su propio discurso (acá pueden leer dos importantes aportaciones suyas). Soy de los que creo que Arguedas puede ser hoy un ícono vivo y que tiene muchas cosas que decirnos.
Frente a la propuesta del cholo capitalista, individualista y alpinchista, Arguedas propone un peruano que no olvida su linaje andino, que proponga salidas comunitarias al desarrollo y no copie. Que defienda su tierra, sus recursos, su pasado. Que no se venda, que no se alquile. El mestizaje de Arguedas no era una fusión armoniosa de todas las sangres (esa frase prostituida por tantos gobiernos) sino la de un Ande capaz de apropiarse de lo mejor de otras culturas y avanzar. Para Arguedas, su peruano ideal hablaría castellano y quechua por igual. Imaginaba las potencialidades de una cultura andina que pudiera desenvolverse exitosamente en el concierto de las naciones, que esa cultura andina pudiera también transitar por los prometedores caminos de las culturas japonesa, china, árabe o del subcontinente indio. Es decir, una cultura originaria que utilizara creativa e inteligentemente los aportes de otras culturas y sociedades pero sin perder el sello de lo propio.
Hoy, el actual discurso nacionalista está secuestrado por los políticos, empresarios y militares criollos. El Perú es una oferta turística internacional, un granero para inversiones internacionales que se nutre del cholo barato y sin derechos, una marca comercial que ignora las condiciones laborales de millones que contribuyen a ella, un agujero de telebasura, de la peor prensa de Sudamérica, del discurso único sobre la guerra interna (señalando a los buenos y malos), de la forma obscena con que la jerarquía católica se exhibe públicamente, de las cadenas a cualquier ley decente sobre salud sexual y reproductiva (señalando lo que es el bien y el mal).
Arguedas propone algo radicalmente distinto: Un Perú de los de abajo, que desde abajo se construya un discurso alternativo donde la riqueza no signifique destrucción del ecoambiente ni envilecimiento del hermano. En el Perú de Arguedas los actores sociales respetan y practican una moral originaria que respetan como propia, como los códigos familiares (¿recuerdan eso de ama sua, ama llulla, ama quella?).
En literatura, Arguedas tiene mucho más que decirnos: Intentar construir una nueva lengua donde las lenguas quechua y castellana pudieran cohabitar creativamente. Donde se aprecie una nueva sensibilidad hacia el interior del Perú, libre de prejuicios y victimismos. Y eso se ha dado: Desde Feliciano Padilla hasta Efraín Miranda, desde Felix Huamán Cabrera hasta el gran Sócrates Zuzunaga, desde Enrique Rozas Paravicino hasta Marcial Molina Richter (me olvido de un montón más), hemos construido un nuevo lenguaje que potencia nuestra creatividad, nuestro arte y, quizá, esa cosa rara que podemos llamar nuestra peruanidad.
Los escritores, los docentes, los que habitamos el Perú letrado quizás hemos sido los que mejor hemos bebido de Arguedas, aunque esto suene a ombliguismo. Creo que ese peruano con que soñaba Arguedas se ha dado más en el sector de los profesionales de las letras que en cualquier otro. Eso es una esperanza, pero también un tremendo límite. El límite que ahora tiene la lectura, el libro y lo letrado en un Perú más abocado a lo audiovisual, a lo espectacular y performativo.
Pero Arguedas era interdisciplinario. Su literatura estaba muy unida a su praxis antropológica, pedagógica y folklorista. Ese acento polifacético es otra de las palancas para que Arguedas siga importándonos en este nuevo siglo. Los escritores tenemos que salir ya a la calle, tenemos que impulsar bibliotecas donde sea, tenemos que buscar fórmulas para editar libros más baratos y mejor distribuidos, vincularnos mucho más a los colegios y las universidades, tenemos que hablar más con los niños. adolescentes y jóvenes. Tenemos que participar en los grandes festivales públicos que se realizan. Arguedas iba a los coliseos, a las plazas de la periferia, frecuentaba centros culturales, buscaba fuera de Lima nuevos escenarios donde vislumbrar nuevas propuestas, estaba siempre en contacto con la gente ¿Por qué los escritores no pueden hacer lo mismo?
Eso sería una muestra que Arguedas no es una momia sino que está más vivo que muchos (escritores) peruanos de hoy, que su sitio en el siglo XXI es el del hermano mayor del cual todavía podemos aprender.
Arguedas vive. Conversemos con él. Lo necesitamos y lo merecemos.
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viernes, 11 de enero de 2013
¿Esa Lima que se viene?
Acá vemos a Marco Turbio Gutiérrez, el gestor de la Revocatoria a la alcaldesa de Lima, en un fracasado mitin de Ate hace unos días. Está intentando bailar una cumbia tropical con una pobre joven que no sabe qué hacer, que por qué
No. No nos riamos demasiado. Esa es la Lima que se viene.
La revocatoria a la actual alcaldesa goza de un apoyo genuinamente popular (con lo contradictorio que significa hoy el término popular, que es materia de otro post, se los prometo). Lo veo por las pintas en las zonas más pobres de San Juan de Miraflores, donde las paredes chillan "Susana pituca fuera" o varias casas portan pancartas amarillas y amarillentas de apoyo al sí. Ese sí de amarillo patito, símbolo de la huachafería colonial limeña, color de la mafia de Castañeda y de Kouri, reivindicado en actos respaldados por el fujimorismo.
Pero esa puede ser la mafia que se viene.
El poeta Miguel Idelfonso me confesó que nada había cambiado en La Parada en más de veinte años (y lo dice él, que desde adolescente ha frecuentado esos lares). La próxima Lima va a ser el regreso de La Parada de toda la vida con fuegos artificiales, con todos los lúmpenes de la zona brindando Brahma hasta el amanecer, mientras en un concierto masivo el Grupo 5 le pone vida a la reconquista.
El narrador Carlos Rengifo se siente dubitativo mientras toma su combi al Callao. La próxima Lima va ser la perpetuación de las combis Orión, el gagsterismo transportista afincado en la provincia constitucional con prebendas regionales y municipales, plagadas de egresados de las cárceles, con lúmpenes drogados en La Colmena -esquina con la universidad Villarreal- que te gritan en la calle y te empujan groseramente al vientre de las combis mientras vociferan como posesos "¡Callao! ¡Callao! Vas, vas, vas!!!" (al mejor estilo de la entrañable novela de Rafael Inocente La ciudad de los culpables).
Los grupos juveniles de música, teatro, danza y performance han tenido más oportunidades que nunca de ofrecer su arte a sectores diversos de Lima. La próxima Lima es la Lima de Al fondo hay sitio, donde la única cultura será los conciertos de grupos de cumbia mediáticos, la retransmisión en pantalla LED gigante de los tristes partidos de la selección de fútbol en la Plaza de Armas, concursos de bandas de colegios privados que imitan a sus símiles yanquis (eso de hacer figuritas y mover las caderas mientras tocan) y una liquidación rutinaria y ruinosa de lo que dejó la administración anterior. Y el posible cierre de un par de museos y centros culturales porque el dinero de la próxima Lima solo se gastará en cemento y asfalto.
Es la Lima de Combate, de los vergonzantes telediarios de la noche que se ahítan de crímenes y farándula, de la prensa chicha que impregna de basura los kioskos ( y que es algo excepcional, que no existe ni por asomo en el extranjero, en un país como Chile, por ejemplo). Una Lima consumista salvaje, con muchos centros comerciales y ningún parque público, con casas sin bibliotecas y con la música secuestrada por radios serviles al poder. La Lima que nos tocará vivir en los próximos años si esa maldita Revocatoria triunfa. Una Lima más difícil no solo para los escritores y demás amigos del arte, sino para cualquier persona decente.
Porque se viene la Lima de las argollas, de la corrupción legal, de los veinte soles de soborno al serenazgo, del cebichito mixto con sus chelas al pequeño funcionario que nos dé la buena pro, de las tremendas coimas en las próximas licitaciones de avenidas, óvalos y autopistas. La Lima de las lozas deportivas de día y fumaderos de droga por la noche. La Lima donde a los excluidos les obliguen a que besen los pies de aquel acalde que sólo inaugure escaleras en los cerros pero que no abra en décadas una sola biblioteca pública.
¿Consuelo? Va a ser una Lima de novela. Un buen material para escribir. El gran Rubem Fonseca nació al escribir sobre la corrupción institucional en Brasil. Petros Márkaris se ha hecho famoso denunciando la inmoralidad y el robo cotidiano de los funcionarios públicos y los empresarios privados a Grecia. Mo Yan, el último premio Nobel, narra la decadencia ética de la China postmaoísta.
¿Qué escritor va a escribir sobre esta Lima, caótica, corrupta, ignara y obscena que se nos viene?
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viernes, 9 de noviembre de 2012
LITERATURA Y ÉTICA
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sábado, 6 de octubre de 2012
La metáfora Cisneros
Ha muerto Antonio Cisneros, con él se va otro de los grandes poetas del Perú y la lista sigue creciendo: La lista de una época aún dorada de la poesía del Perú, época que va apagándose poco a poco y que sus últimos fulgores los reconocemos en los obituarios que leemos cada vez con mucha mayor frecuencia.
No quiero caer en jorgemanriquianos lloros. No, por supuesto que no todo pasado fuera mejor. Pero, en los viejos chicos de mi edad, que ya peinamos orgullosas canas, esa poesía anterior tenía un aura mítica, esperanzadora, una poesía de espíritu deportivo, jocundo, a veces imprecatorio, a veces bohemia, pero que no quería perder su status de auténtica poesía. No se trataba solamente de poetas individuales o de grupos de poetas: ambos eran conscientes de la autoridad de una poesía que no cayera en la banalidad o el fácil aplauso. Eran tiempos donde aún se pensaba que la poesía podía hacer cosas, podía generar voluntades, incluso que podía cambiar el mundo. Bueno, eran los años sesenta. Miren nomás la foto de este post.
Cómo no querer esa poesía coloquial, de habla de barrio pero que trataba de asuntos serios. Poesía que se reclamaba joven pero que no rehuía de debatir agendas complicadas. Que bebía de la poesía mundial (señaladamente, la poesía anglosajona) pero que abordaba orgullosamente temas peruanos. Que, siendo criollos de pura cepa, buscaron un mestizaje ingenuo abrazando a ese otro Perú que, culturalmente, podía estar incluso en sus antípodas.
Pero esos años maravillosos en algún lugar del tiempo murieron para siempre. Y los jóvenes del ayer se convirtieron en los adultos de hoy, en el peor sentido del término. Acumular facturas, pagar la cara educación de sus hijos, mantener un tren de vida exigente, acariciar relaciones sociales especialmente importantes, cuidar la fama de una forma puerilmente publicitaria, seguir a flote en un escenario harto frágil como es el mundo de la literatura e intentar decirse todos los días que eres alguien que tiene que decir algo en este mundo. Y, si te queda tiempo, hacer poesía.
La adultez en el Perú no solamente es el simulacro de resignación realista al mundo que tienes. Significa, además, traición. En una de las últimas escenas de la inmortal película de Ettore Scola C'eravamo tanto amati, uno de los protagonista dice "nuestra generación se ha comportado vergonzosamente". En nuestro país, podríamos decir cosas bastante peores. Una de nuestras tragedias nacionales es la reiterada defección de nuestras generaciones, de un acomodo trivial e irresponsable con el sol que alumbra: ¿Cuántos demócratas de toda la vida, se aprovecharon de trabajar en las organizaciones velasquistas, para luego medrar cargos en el sector público, postular incluso como candidatos de izquierda y luego mutarse como -¿cómo se dice?¡ ah, sí!- consultores de empresas privadas y transnacionales? El joven poeta Toño Cisneros que rubricó su Canto Ceremonial Contra un Oso Hormiguero, jamás soñó con terminar de director de un centro cultural de una cancillería regentada por el genocida aprista.
No voy a negar su generosidad ni su bonhomía. Con probabilidad, muchos de sus contemporáneos también son. No es nada personal. Solamente la rabia que da una intelectualidad oficial siempre propicia a las migajas del poder. ¿Con cuántos gobiernos el gran Julio Ramón Ribeyro se sintió cómodo como representante del Perú en la UNESCO? Con todos.
Una vez más, y aunque suene como un macabro ejercicio, deseo que su partida signifique más libros suyos y más baratos. Signifique que los niños del Perú puedan leerlo.
Antonio, quizá esa sea la gran razón de tu existencia. De la existencia de la poesía.
Aquí la poesía del joven Cisneros:
TÚPAC AMARU RELEGADO
Hay libertadores
que vieron regresar muertos y heridos
después de los combates. Pronto su nombre
fue histórico, y las patillas
creciendo entre sus viejos uniformes
los anunciaban como padres de la patria.
Otros, sin tanta fortuna, han ocupado
dos páginas de texto
con los cuatro caballos y su muerte.
(De Comentarios reales, 1964)
Todavía yo no había nacido. Lo que son las cosas.
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jueves, 20 de septiembre de 2012
¿PARA QUÉ SIRVEN LOS POETAS?
Gary Alminagorta, conocido amigo de las letras en los cenáculos del Gremio de Escritores del Perú, nos mandó un breve pero poderoso mail con el mismo título de este post que estás leyendo. Y que dice:
“Los poetas, esos hombres tristes o alegres con sus manos en los dos bolsillos (así me los imagino), orondos o cabizbajos, me pregunto para qué sirven, ¿para cantarle a los payasitos, a los sapitos y a la tierna silla? ¿Me pregunto para qué me sirven?” Hablaba de esta manera un hombre, “actualmente yo no tengo trabajo, alzo mi voz de protesta junto a miles de trabajadores que salimos a las calles porque no tenemos qué comer, dónde trabajar, cómo vivir dignamente. Me pregunto para ¿qué sirven los poetas? Las mineras contaminan nuestras aguas y nuestras tierras, sembramos hojas de coca en nuestras chacras porque es la única manera de vivir dignamente. Ahora, si sembramos los productos que nos dice el gobierno, ganamos una miseria que no alcanza ni para comer. Trabajamos más de ocho horas diarias en las pollerías, en las textilerías, en las ladrilleras, para ganar sueldos irrisorios. Me pregunto ¿qué hacen los poetas por todo esto? Nada, solo escribir ilusiones en cuatro paredes: al jabalí drogado, al cerdo herido, al ají picante, mientras nosotros salimos cada mañana para ver si es que conseguimos unos panes para nuestros hijos. ¿Dónde están los poetas, qué hacen los poetas, para qué sirven los poetas?” De esta manera reflexionaba el pobre hombre…
Gary, en su imprecación, escribe de otra forma lo que César Vallejo, años ha, reflexionaba en aquella joya de sus Poemas Humanos "Un hombre pasa con un pan al hombro". Es decir, la angustiosa inutilidad de la poesía (y del arte, y de la praxis cultural, y del ejercicio estético) para influir en la gris y hasta trágica realidad. Si bien la narratividad de las novelas y piezas dramáticas, el figurativismo en las artes plásticas o la performance espectacular de la música y la danza pueden influir en la vida cotidiana de amplios sectores merced a su carga informativa, pedagógica o incluso lúdica; la poesía (más allá de ciertos poemas legitimados y masificados por lo general con fines patrióticos) siempre ha sido un territorio profundamente personal, a rebufo de las convencionalidades, de clara vocación marginal y ensimismada en sus sueños, experimentos y viajes interiores.
Claro, no digo nada nuevo. Esa pregunta de ¿Para qué demonios sirve la poesía hoy en día? (es lícito añadir un par de palabrotas a la pregunta) es bastante más vieja de lo que creemos y se repite con una frecuencia enfermiza. Vaya usted al google y teclee la pregunta, encontrará varias respuestas: Escribir poesía como análisis subversivo que cuestione la realidad ("Comprométete con algo que esté más allá de ti mismo. Sé apasionado al hacerlo."), o entender la poesía como un inevitable sino que emana de nuestra propia condición humana ("¿tiene la poesía futuro? Yo preguntaría ¿Es suplantable la muerte, el hombre, el misterio el infinito?¿Es suplantable la palabra en relación con todo eso?"). El periódico español El País hizo una vez una encuesta a poetas en base a esa pregunta y allí tienen ustedes respuestas para todos los gustos. Y los blogueros no se quedan atrás rebanándose los sesos frente a la cuestión, como el caso de este colega.
Pero el hecho es que la pregunta sigue en el aire y, pese a toneladas de respuestas, mantiene una actualidad desesperante. Ya no es el viejo dicterio de Theodor Adorno ("Después de Auschwitz, escribir poesía es un acto de barbarie") sino qué hacemos con la poesía en los tiempos que corren, qué utilidad tiene, qué necesidad tenemos de ella. Las preguntas no son retóricas si asumimos que el radio de acción de la poesía y los poetas se ha ido reduciendo significativamente en las últimas décadas.
Si retrocedemos medio milenio veremos que la poesía era una de las artes más practicadas por todos los hombres de letras. El poema era un elemento de comunicación privilegiado para contar historias, amar a la patria, honrar a la religión, adular a los mecenas y, como no, cantar a la belleza. Conforme la poesía se hizo más profana y democrática sirvió como herramienta del conocimiento y la exaltación erótica. Cuando buena parte de la sociedad occidental empezó a politizarse, la poesía sirvió como mensaje de protesta y arenga militante. En el siglo XX a la poesía le fueron surgiendo competidores -señaladamente, la narrativa y luego los medios de comunicación- y su espacio empezó a elitizarse a conciencia, a individualizarse aún más. La poesía intentó otros caminos, se volvió más coloquial, interactuó con otras disciplinas artísticas y buscó convertirse en una interpretadora alternativa de objetos, ideas y sensaciones. Lo cierto es que si Pablo Neruda se volvió una celebridad en 1924 cuando publicó sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada (que se leyó masivamente fuera de los circuitos literarios y académicos), hoy en día cualquier poemario digno de mención se celebra y se consume dentro de una juanramoniana inmensa minoría. Y en el Perú, qué le vamos a decir, el ejercicio activo de la poesía es una actividad que excede en mucho las andanzas de Don Quijote.
La poesía, convertida entonces en una praxis de cuatro gatos, pareciera que tiene menos cosas que decir al mundo. Y el mundo bastante más cosas para olvidarse de la poesía. Y hablamos de un mundo terrible, con una desigualdad más espantosa de la que imaginamos.
Cuando vamos a los recitales (en Lima), vamos con el pavor de ver las mismas caras. Los poetas leen sus poemas y parece que sobran los debates y las interpretaciones del mismo: Va de boca en boca el billete manoseado que dice "interesante", "muy bonito", "a mí me gusta". Las críticas, cuando las hay, caen en el ditirambo con frecuencia. Ves a los jóvenes poetas como esforzados adolescentes que no esconden su tremenda falta de lecturas, su precaria cultura general e incluso su temeraria ortografía. Por no decir del frondoso bosque de los lugares comunes por el cual caminan, pastan y hozan nuestros novísimos vates.
Pero de los veteranos y consagrados poetas tampoco hay nada nuevo. La mayoría ha perdido todo deseo de educar, de enseñar, de juntarse con lectores de otras generaciones. Muchos han hecho de sus pasados laureles una mullida almohada donde descansar la mala noche y la resaca. Cuando los entrevistas parecen que hablaras con las viejas glorias del fútbol o el voley. Hay una nostalgia a veces insoportable, un anclaje inevitable a un pasado mítico de donde ya no puedes escapar. Las merecidas celebraciones a Hora Zero o Kloaka -me lo dicen muchos de esos jóvenes poetas- les recuerdan a sus viejos, tíos y abuelos que llenan el almuerzo familiar con historias de César Cueto o cantan el Perú Campeón a mitad de la fiesta de Año Nuevo.
También hay otros poetas. Esos que llaman (yo también) poetas menores o -siendo abiertamente despectivos- poetas de segunda fila, poetas domingueros, poetas mediocres, poetastros de mierda. Hablamos de esos juntaversos a quienes se les recrimina su amateurismo permanente, su producción esporádica (mal editada y peor publicada), su recurrencia a lo trillado y lo impostado, su mal gusto literario (o su nulo gusto), su ignorancia aún por debajo del de los poetas noveles.
Ví a muchos de ellos en un evento organizado por CADELPO (que es la Casa del Poeta Peruano, pero a su directiva siempre le encantaba mencionar esa sigla que parece de empresa de sanitarios). Un tour poético por Cajamarca con la compañía de una docena de poetas del extranjero. Tuve sentimientos encontrados: Por un lado me parecía extraordinario que los poetas visitaran pueblos, colegios, participaran en las ceremonias cívicas de la población, regalaran libros a las bibliotecas y levantaran el prestigio social de la poesía. Fue hermoso ver cómo se nos recibía en los pueblos (banda de música, escolares con banderitas alineados a ambos lados de la calle, suelo de flores, estallido de cohetes).
Pero, por otro lado, teníamos que convivir con recitales mecánicos, ponencias espantosas (uno de ellos se ufanaba de haberse puesto como meta que su nombre apareciera en wikipedia), unos poetas que aburrían a los sufridos colegiales con altivos y larguísimos discursos, un engreimiento descarado que echaba mano del victimismo ("sí, nos llaman malos poetas, pero..."), muy poco debate y demasiada condescendencia. Si bien es cierto que aquel tour tuvo reconocidos poetas como Marcial Molina Richter o Jonnhy Barbieri, la mayoría éramos ilustres desconocidos. No digamos la legión hispanoamericana pródiga en maestras jubiladas, empresarias e incluso plutócratas aficionadas a las letras, un matrimonio de la tercera edad que disfrutaba literariamente de su pensión y una que otra figuretti que encontraba aquí las alabanzas que en su país nunca tendrá. Lo peor: Poesía discutible o, como decía González Prada, "literatura de cachalotes, buena para ser leída por elefantes". La antología estaba tan mal publicada y con tantos errores ortográficos que mi ejemplar no lo puedo donar a ninguna parte.
Y sin embargo, a esa Armada de Brancaleone, bizarra a más no poder, la sigo recordando con atroz cariño. Sencillamente rememoro los ojos curiosos de los escolares, su fresca alegría si le firmabas un papel, sus preguntas ingenuas sobre cómo crear, el orgullo con que te ofrecían sus delirantes declamaciones, esa confianza que crecía cuando te mostraban sus cuadernos de versos y tú le dabas tu opinión. Y también esos momentos en que los poetas de los pueblos -de lugares a donde posiblemente nunca ponga pie un Nobel, ni peruano ni extranjero- se sentían acompañados, reconocidos, con más ganas de seguir escribiendo. Cómo me gustaría que tanto buen poeta que conozco pudiera caminar por las pedanías del Perú, detenerse en los colegios, recitar y escuchar, dar a conocer sus versos y a la vez conocer otros lugares, tiempos, sujetos, poderes, impresiones que él (o ella) pueda convertir nuevamente en poesía.
Y a veces creo que para eso sirven los poetas, buenos y malos, jóvenes y viejos: Ayudar a que otros sigan ayudando a que todos vivamos en un mundo mejor. Hacernos entre todos más dichosos, que es una forma más de sentirse libres. Si el poeta deja el pesado abrigo del amor propio, si entiende su arte como una mano tendida y no como una suma interminable de tatachines, si sabe que la poesía no pueda estar en él pero sí en las personas y los paisajes que le rodean; entonces la poesía y los poetas serán no sé si útiles, sino quizá algo mejor: Serán necesarios.
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jueves, 30 de agosto de 2012
HISTORIA, LITERATURA Y PAJERISMO (Acerca de las nuevas formas de contar la historia del Perú)
Así, Tupac Amaru toma el Cuzco para luego retirarse de allí (Pablo Macera en su Historia del Perú para escolares dice cosas mucho más interesantes sobre cuál habría sido el destino del Perú si Condorcanqui echaba a los españoles). O Manuel Pardo, si no fuera asesinado, se entendería ¡con Piérola! y el Perú estuviera más unido frente al conflicto con Chile. O que Vargas Llosa haría un fujimorismo económico que no político, una suerte de neoliberalismo con rostro humano (además de ver como el Nobel se lo daban al mexicano Carlos Fuentes). O un Haya de la Torre que llega al poder ¡pactando con Odría! frente a la oposición de los militares y encima siendo mentor del general Velasco. Muchos de estos ensayos, curiosamente, han terminado en pura ciencia ficción.
El problema es que este ejercicio de ucronías tiene poco margen de maniobra para la Academia. En la introducción, los propios compiladores reconocen que la actual historiografía no da mucha cancha para jugar con el azar y que los avatares individuales tienen límites precisos frente a los procesos sociales. ¿Cambiaría algo la historia del mundo si Lenin no tuviera -como se menciona- sus habituales ataques neurológicos? Seguramente, pero el comunismo como proceso histórico, hubiera seguido por los mismos derroteros puesto que su ascenso en Rusia y en otras partes de Europa no dependía solamente del carisma y el genio de aquel abogado de provincias.
Sin embargo, la ucronía es una hermosa práctica literaria. Valgan los ejemplos de George Orwell (1984, sobre una Inglaterra sovietizada), Philip K. Dick (El hombre en el castillo, donde nazis y japoneses gobiernan el mundo, el Perú se convierte en una semicolonia nipona, por ejemplo), Cormac McCarthy (La Carretera, la aventura cotidiana en una América ¿postnuclear? devastada). Por no hablar de los productos audiovisuales, sea Patria (una Europa gobernada por los nazis donde se desconoce el holocausto judío), sea CSA (donde imaginamos qué hubiera pasado en EEUU si el sur hubiera ganado la Guerra de Secesión). Acá en el Perú, salvo los extraordinarios delirios de José Adolph, no hemos manejado nada parecido (actualización, dejé en el teclado la novela de Enrique Congrains El narrador de historias, con una Mendoza convertida en un protectorado de la ONU), con la excepción del cómic peruano, que le va comiendo terreno a nuestra narrativa desde hace ya algunos años.
Martín Tanaka nos dice que la importancia de los contrafácticos está "en la medida en que ayudan a entender no tanto qué hubiera pasado si los actores tomaban otras decisiones, sino por qué hicieron lo que hicieron, a pesar de tener otras opciones, incluso mejores, disponibles, En otras palabras, es una herramienta que permite entender mejor la racionalidad de los actores". Loables intenciones, pero que no impiden que el profesional termine disparándose solo y proponga hipotéticos escenarios que, pese a las contravenciones, acaben en los laberintos de la especulación, en el disfraz de proponer nuestras subjetividades. En fin, de hacer ciencia ficción. Que no está nada mal, pero que no alcanza la rigurosidad histórica esperable, se mire por donde se mire.
La ucronía no es otra cosa que un creativo ejercicio de pajerismo. Y tampoco está mal.
Porque no quiero quedar como mezquino. Me ha encantado el ensayo de Natalia Sobrevilla sobre el triunfo de la revolución de Pumacahua y los hermanos Angulo como la posibilidad de una independencia liderada no solamente por criollos y que pudieran haber creado un Perú mestizo avant la lettre. O el ensayo de Eduardo Dargent sobre un extenso fujimorato -donde los vladivideos nunca se hubieran descubierto- que incluía la tercera reelección del genocida, el mandato de su hermano Santiago 2005-2010, la vuelta al poder del chino de marras, su nueva reelección y la entrega del poder a Keiko de cara al Bicentenario, una saga de auténtico terror fiction. Y me quedo con la hermosa historia sobre Leopoldo I, Emperador del Perú, una narración de Mauricio Novoa sobre el triunfo del proyecto monárquico del general San Martín (imagínense un mausoleo familiar de los Sajonia-Corburgo en el Cuzco o un descendiente de éstos capitaneando la última carga de caballería de la historia contra los ecuatorianos en 1941, no digo nada más). Estos ensayos los leo como literatura, un espacio de ensueño, entelequias, pasión y hasta locura que nos ayuda e mirar las cosas más allá de nuestra racionalidad cotidiana y el rigor profesional de las disciplinas académicas.
Por último, resulta sintomático que no se haya construido -ni en el libro ni en ninguna otra parte- una necesaria ucronía: ¿Qué hubiera pasado si la guerrilla maoísta hubiera ganado nuestro conflicto armado interno? (¿Seríamos una Camboya sudamericana como tararea nuestra prensa criolla? ¿Una Norcorea nuclear panandina tocándole los cojones a Chile y Colombia? ¿Un país de cooperativas estatales produciendo a destajo soya y minerales?). Fernando Tuesta Sobrevilla cita el asunto pero no ha querido ir más allá. Y es que incluso en la ucronía, en el pajerismo por excelencia, hay temas que todavía no queremos tratar en el Perú.
Posiblemente, por miedo.
Oswaldo Reynoso me contó una ucronía sobre el tema que ha pensado escribir alguna vez. No se las voy a decir. Pregúntele a él. Oswaldo, a diferencia de muchos, no tiene miedo.
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domingo, 29 de julio de 2012
EL MILITARISMO EN LA EDUCACIÓN (y seguimos hurgando en la insoportable levedad del ser peruanos)
Un país donde nuestras fuerzas armadas han perdido casi todas nuestras guerras ¿Cómo legitimarse ante el resto de peruanos? Donde bajo la bandera patria masacraron a campesinos desde los tiempos de Atusparia o Rumi Maqui hasta los años terribles que todos conocemos. ¿Cómo legitimarse? Pues apropiándose de la educación, marchando, embutiéndonos de héroes criollos, marchando, hablando de una nación inexistente, marchando, ignorando nuestro extraordinario pasado prehispánico. Y marchando.
Bajo estas líneas verán unas fotos. Estas fueron tomadas el año pasado en un colegio de Pamplona alta, una zona de pobreza y pobreza extrema adosada en el flanco sur de la capital. Julio del año 2011, lluvioso, tan cargado de neblina como en aquel 28 de 1821 donde se declaró la independencia en cuatro lugares distintos de la ciudad de Lima (y no solamente en Plaza de Armas como mentirosamente nos cuenta la hagiografía estatal y metropolitana). 2011, era día de desfiles, además el colegio anfitrión cumplía 30 años de fundación. Y, para la ocasión, invitó a las escoltas de otros colegios. Ser Escolta es algo muy valorado por el colegial medio, una suerte de popstar pero en pequeñito.
Empecemos por los invitados. Acá abajo tenéis el colegio particular Héroes del Pacífico, con un uniforme naval a la ocasión. Ojo a los entorchados, la corbatita, el blazer náutico y los guantes ceremoniales. Y todos paraditos en posición de firmes. Así es como quiere vernos la Marina de Guerra.
Sigamos, luego tenemos al Juan de Espinosa Medrano, un colegio estatal pequeño pero que porta una original indumentaria, donde combina el clásico uniforme escolar actual (el eterno encanto de la falda escocesa) con un bombín altiplánico. También están en posición de firmes.

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sábado, 21 de julio de 2012
CHIMBOTE EN LA LITERATURA PERUANA (y seguimos hurgando en la insoportable levedad del ser peruanos)
Lima, siempre Lima. La eterna cantaleta del centralismo de la capital y su visión paternalista sobre el resto de las regiones del Perú. En Lima nos lo tomamos a la ligera, pero –hablando en plata- el centralismo limeño ha sido una maldición para el Perú. Países tan cercanos como Bolivia y Ecuador tienen en sus ciudades igual o más protagonismo cultural que la capital. En México, Guadalajara o Monterrey se destacan en producción cultural o científica por encima del Distrito Federal. En Alemania hay no menos de una treintena de ciudades de trayectoria estelar en diversas disciplinas o temáticas. Incluso en un país “en vías de subdesarrollo” como lo es el ahora agónico Estado español, hay varias ciudades que en propuestas culturales rompen la dicotomía Madrid- Barcelona como Gijón y su relación con la novela negra, Valencia como referencia del arte contemporáneo, Bilbao y sus propuestas de desarrollo sostenible en una ciudad degradada por el industrialismo de dos siglos. Incluso ciudades pequeñas como Mérida, Valladolid o Cáceres se hacen un sitio en el año como impulsores de festivales artísticos internacionales de bastante calidad sea en teatro, cine o música.
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