viernes, 9 de noviembre de 2012

LITERATURA Y ÉTICA



Bryce Echenique. No hace falta ninguna presentación. Tampoco es necesario recordar su acusación y condena por plagio. Y tampoco recordar que acaba de recibir el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances por parte de un respetable jurado en México. Premio discutido por parte de un buen puñado de escritores e intelectuales mexicanos, y refrendado en declaraciones por otro puñado de escritores e intelectuales en su mayoría iberoamericanos. Premio que, para evitar roches, se le entregó a Bryce en la intimidad de su hogar limeño. Premio que, ojo, tampoco es moco de pavo: 150,000 dólares contantes y sonantes.

Y premio que el galardonado recibió con una actitud arrogante y una invectiva genuinamente criolla: "¡Que se jodan!".

En una entrevista, bastante sobona dicho sea de paso, Bryce no solamente no se disculpa de haber plagiado sino que se regodea en el tema, enrrostrando una supuesta envidia a sus acusadores y dándoselas de rebelde, iconoclasta, disidente y provocador. Erre que erre, considera que sus detractores son de una peculiar extrema derecha quienes quieren acaparar todos los premios. Ejerciendo de enfant terrible tardío espeta: "¿Cuántos poetas han estado fuera de la ética?".

Pero Alfredo Bryce no es un François Villon marginal y perseguido, sigue siendo un escritor venerado por el sistema y hace poco inauguró -en plena crisis económica española- una estrafalaria conferencia sobre literatura y automóvil con la Crème de la crème  de la literatura de las grandes editoras (Vila-Matas, Eduardo Mendoza, James Ellroy). Y no pecó de intertextualidad o de inexperiencia en su delito de plagio: El internauta Peterwatkins -por poner sólo un ejemplo- se tomó la molestia de investigar por su parte y descubrió el grosero plagio que Bryce realizó, párrafos enteros, copiando ésto y firmando ésto. Plagio grosero y descarado. Las cosas claras.

Hace algunos meses publiqué un post sobre José Santos Chocano haciendo hincapié en el eterno problema de la calidad literaria de un escritor y la miseria moral del mismo. Ejemplos sobran de escritores (y de buena cantidad de artistas) que no han sido, precisamente, modelos de corrección política, de emulación ética o conducta ejemplar. No, la historia de la literatura (y del arte en general) está llena de alcohólicos, drogodependientes, racistas, fascistas, estafadores, traficantes o victimarios de violencia de género.  Pero si investigáramos las biografías de políticos, altos funcionarios o adinerados hallaríamos exactamente lo mismo.

Los defectos humanos habitan en nosotros, pero no nos excusan de actuar mal. La falibilidad de las personas no nos otorga una patente de corso para practicar el cohecho, medrar en la corrupción, vender nuestros ideales o, por ejemplo, ejercer el plagio a conciencia. Por el contrario, la grandeza de la literatura nos señala la riqueza de los atributos de hombre, incluso en la peor de las situaciones: Feodor Dostoievski fue ludópata y Albert Camus oportunista, pero tanto Crimen y Castigo como La Peste  nos hablan exactamente de cómo tú y yo podemos redimirnos del fango de las miserias de la sociedad.

Pero el caso de Bryce es distinto. Es un escritor que roba bienes intelectuales a sus colegas de oficio. Como bien recuerda el escritor y ensayista mexicano Juan Villoro, el periodismo no es una actividad menor, es parte de nuestra particular república de las letras, y Bryce ha violado con alevosía las reglas de aquella.

Es cierto, nadie es perfecto, todos nos equivocamos. Pero nuestra oportunidad está en reconocer nuestros errores. Y, si son públicos, con mayor razón. Bryce no los reconoce, no le da la real gana de admitirlo. Y ha perdido la posibilidad de un reencuentro feliz con muchísimos lectores.

Bryce ha preferido el camino de la risita limeña, el cinismo sanisidrino,  la chacota ventajista. Y ha vuelto a sus orígenes aristocráticos al exhibir la divisa del "Nadie me toque". Quienes hemos leído con fruición sus primeros libros (sobre todo sus cuentos, de los cuales es un maestro, mucho mejor que buena parte de sus novelas) y le hemos perdonado -casi celebrado- su pertinaz dipsomanía (que posiblemente, llegada a niveles terminales, tuvo algo que ver con su fatal decisión de plagiar); no podemos permanecer indiferentes a una conducta que atenta no solamente contra la ética intelectual y artística, sino contra los legítimos proyectos de una literatura honesta, viva y que va más allá de premios y figuretismo.

En los talleres de creación literaria que llevo con escolares en los colegios públicos del sur pobre de Lima, no voy a prohibir que lean Un mundo para Julius, pero sí les diré una y otra vez: No copien.

Porque copiar es, entre otras cosas, la posibilidad de convertirse en una mala persona. E incluso, en un mal escritor.


sábado, 6 de octubre de 2012

La metáfora Cisneros



Ha muerto Antonio Cisneros, con él se va otro de los grandes poetas del Perú y la lista sigue creciendo: La lista de una época aún dorada de la poesía del Perú, época que va apagándose poco a poco y que sus últimos fulgores los reconocemos en los obituarios que leemos cada vez con mucha mayor frecuencia.

No quiero caer en jorgemanriquianos lloros. No, por supuesto que no todo pasado fuera mejor. Pero, en los viejos chicos de mi edad, que ya peinamos orgullosas canas, esa poesía anterior tenía un aura mítica, esperanzadora, una poesía de espíritu deportivo, jocundo, a veces imprecatorio, a veces bohemia, pero que no quería perder su status de auténtica poesía. No se trataba solamente de poetas individuales o de grupos de poetas: ambos eran conscientes de la autoridad de una poesía que no cayera en la banalidad o el fácil aplauso. Eran tiempos donde aún se pensaba que la poesía podía hacer cosas, podía generar voluntades, incluso que podía cambiar el mundo. Bueno, eran los años sesenta. Miren nomás la foto de este post.

Cómo no querer esa poesía coloquial, de habla de barrio pero que trataba de asuntos serios. Poesía que se reclamaba joven pero que no rehuía de debatir agendas complicadas. Que bebía de la poesía mundial (señaladamente, la poesía anglosajona) pero que abordaba orgullosamente temas peruanos. Que, siendo criollos de pura cepa, buscaron un mestizaje ingenuo abrazando a ese otro Perú que, culturalmente, podía estar incluso en sus antípodas.

Pero esos años maravillosos en algún lugar del tiempo murieron para siempre. Y los jóvenes del ayer se convirtieron en los adultos de hoy, en el peor sentido del término. Acumular facturas, pagar la cara educación de sus hijos, mantener un tren de vida exigente, acariciar relaciones sociales especialmente importantes, cuidar la fama de una forma puerilmente publicitaria, seguir a flote en un escenario harto frágil como es el mundo de la literatura e intentar decirse todos los días que eres alguien que tiene que decir algo en este mundo. Y, si te queda tiempo, hacer poesía.

La adultez en el Perú no solamente es el simulacro de resignación realista al mundo que tienes. Significa, además, traición. En una de las últimas escenas de la inmortal película de Ettore Scola C'eravamo tanto amati, uno de los protagonista dice "nuestra generación se ha comportado vergonzosamente". En nuestro país, podríamos decir cosas bastante peores. Una de nuestras tragedias nacionales es la reiterada defección de nuestras generaciones, de un acomodo trivial e irresponsable con el sol que alumbra: ¿Cuántos demócratas de toda la vida, se aprovecharon de trabajar en las organizaciones velasquistas, para luego medrar cargos en el sector público, postular incluso como candidatos de izquierda y luego mutarse como -¿cómo se dice?¡ ah, sí!- consultores de empresas privadas y transnacionales? El joven poeta Toño Cisneros que rubricó su Canto Ceremonial Contra un Oso Hormiguero,  jamás soñó con terminar de director de un centro cultural de una cancillería regentada por el genocida aprista.

No voy a negar su generosidad ni su bonhomía. Con probabilidad, muchos de sus contemporáneos también son. No es nada personal. Solamente la rabia que da una intelectualidad oficial siempre propicia a las migajas del poder. ¿Con cuántos gobiernos el gran Julio Ramón Ribeyro se sintió cómodo como representante del Perú en la UNESCO? Con todos.

Una vez más, y aunque suene como un macabro ejercicio, deseo que su partida signifique más libros suyos y más baratos. Signifique que los niños del Perú puedan leerlo.

Antonio, quizá esa sea la gran razón de tu existencia. De la existencia de la poesía.

Aquí la poesía del joven Cisneros:

TÚPAC AMARU RELEGADO

Hay libertadores
de grandes patillas sobre el rostro
que vieron regresar muertos y heridos
después de los combates. Pronto su nombre
fue histórico, y las patillas
creciendo entre sus viejos uniformes
los anunciaban como padres de la patria.

Otros, sin tanta fortuna, han ocupado
dos páginas de texto
con los cuatro caballos y su muerte.


(De Comentarios reales, 1964)






Todavía yo no había nacido. Lo que son las cosas.


jueves, 20 de septiembre de 2012

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS POETAS?



Gary Alminagorta, conocido amigo de las letras en los cenáculos del Gremio de Escritores del Perú, nos mandó un breve pero poderoso mail con el mismo título de este post que estás leyendo. Y que dice:

“Los poetas, esos hombres tristes o alegres con sus manos en los dos bolsillos (así me los imagino), orondos o cabizbajos, me pregunto para qué sirven, ¿para cantarle a los payasitos, a los sapitos y a la tierna silla? ¿Me pregunto para qué me sirven?” Hablaba de esta manera un hombre, “actualmente yo no tengo trabajo, alzo mi voz de protesta junto a miles de trabajadores que salimos a las calles porque no tenemos qué comer, dónde trabajar, cómo vivir dignamente. Me pregunto para ¿qué sirven los poetas? Las mineras contaminan nuestras aguas y nuestras tierras, sembramos hojas de coca en nuestras chacras porque es la única manera de vivir dignamente. Ahora, si sembramos los productos que nos dice el gobierno, ganamos una miseria que no alcanza ni para comer. Trabajamos más de ocho horas diarias en las pollerías, en las textilerías, en las ladrilleras, para ganar sueldos irrisorios. Me pregunto ¿qué hacen los poetas por todo esto? Nada, solo escribir ilusiones en cuatro paredes: al jabalí drogado, al cerdo herido, al ají picante, mientras nosotros salimos cada mañana para ver si es que conseguimos unos panes para nuestros hijos. ¿Dónde están los poetas, qué hacen los poetas, para qué sirven los poetas?” De esta manera reflexionaba el pobre hombre…

Gary, en su imprecación, escribe de otra forma lo que César Vallejo, años ha, reflexionaba en aquella joya de sus Poemas Humanos "Un hombre pasa con un pan al hombro". Es decir, la angustiosa inutilidad de la poesía (y del arte, y de la praxis cultural, y del ejercicio estético) para influir en la gris y hasta trágica realidad. Si bien la narratividad de las novelas y piezas dramáticas, el figurativismo en las artes plásticas o la performance espectacular de la música y la danza pueden influir en la vida cotidiana de amplios sectores merced a su carga informativa, pedagógica o incluso lúdica; la poesía (más allá de ciertos poemas legitimados y masificados por lo general con fines patrióticos) siempre ha sido un territorio profundamente personal, a rebufo de las convencionalidades, de clara vocación marginal y ensimismada en sus sueños, experimentos y viajes interiores.

 Claro, no digo nada nuevo. Esa pregunta de ¿Para qué demonios sirve la poesía hoy en día? (es lícito añadir un par de palabrotas a la pregunta) es bastante más vieja de lo que creemos y se repite con una frecuencia enfermiza. Vaya usted al google y teclee la pregunta, encontrará varias respuestas: Escribir poesía como análisis subversivo que cuestione la realidad ("Comprométete con algo que esté más allá de ti mismo. Sé apasionado al hacerlo."), o entender la poesía como un inevitable sino que emana de nuestra propia condición humana ("¿tiene la poesía futuro? Yo preguntaría ¿Es suplantable la muerte, el hombre, el misterio el infinito?¿Es suplantable la palabra en relación con todo eso?"). El periódico español El País hizo una vez una encuesta a poetas en base a esa pregunta y allí tienen ustedes respuestas para todos los gustos. Y los blogueros no se quedan atrás rebanándose los sesos frente a la cuestión, como el caso de este colega.

 Pero el hecho es que la pregunta sigue en el aire y, pese a toneladas de respuestas, mantiene una actualidad desesperante. Ya no es el viejo dicterio de Theodor Adorno ("Después de Auschwitz, escribir poesía es un acto de barbarie") sino qué hacemos con la poesía en los tiempos que corren, qué utilidad tiene, qué necesidad tenemos de ella. Las preguntas no son retóricas si asumimos que el radio de acción de la poesía y los poetas se ha ido reduciendo significativamente en las últimas décadas.

 Si retrocedemos medio milenio veremos que la poesía era una de las artes más practicadas por todos los hombres de letras. El poema era un elemento de comunicación privilegiado para contar historias, amar a la patria, honrar a la religión, adular a los mecenas y, como no, cantar a la belleza. Conforme la poesía se hizo más profana y democrática sirvió como herramienta del conocimiento y la exaltación erótica. Cuando buena parte de la sociedad occidental empezó a politizarse, la poesía sirvió como mensaje de protesta y arenga militante. En el siglo XX a la poesía le fueron surgiendo competidores -señaladamente, la narrativa y luego los medios de comunicación- y su espacio empezó a elitizarse a conciencia, a individualizarse aún más. La poesía intentó otros caminos, se volvió más coloquial, interactuó con otras disciplinas artísticas y buscó convertirse en una interpretadora alternativa de objetos, ideas y sensaciones. Lo cierto es que si Pablo Neruda se volvió una celebridad en 1924 cuando publicó sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada (que se leyó masivamente fuera de los circuitos literarios y académicos), hoy en día cualquier poemario digno de mención se celebra y se consume dentro de una juanramoniana inmensa minoría. Y en el Perú, qué le vamos a decir, el ejercicio activo de la poesía es una actividad que excede en mucho las andanzas de Don Quijote.

 La poesía, convertida entonces en una praxis de cuatro gatos, pareciera que tiene menos cosas que decir al mundo. Y el mundo bastante más cosas para olvidarse de la poesía. Y hablamos de un mundo terrible, con una desigualdad más espantosa de la que imaginamos.

 Cuando vamos a los recitales (en Lima), vamos con el pavor de ver las mismas caras. Los poetas leen sus poemas y parece que sobran los debates y las interpretaciones del mismo: Va de boca en boca el billete manoseado que dice "interesante", "muy bonito", "a mí me gusta". Las críticas, cuando las hay, caen en el ditirambo con frecuencia. Ves a los jóvenes poetas como esforzados adolescentes que no esconden su tremenda falta de lecturas, su precaria cultura general e incluso su temeraria ortografía. Por no decir del frondoso bosque de los lugares comunes por el cual caminan, pastan y hozan nuestros novísimos vates.

 Pero de los veteranos y consagrados poetas tampoco hay nada nuevo. La mayoría ha perdido todo deseo de educar, de enseñar, de juntarse con lectores de otras generaciones. Muchos han hecho de sus pasados laureles una mullida almohada donde descansar la mala noche y la resaca. Cuando los entrevistas parecen que hablaras con las viejas glorias del fútbol o el voley. Hay una nostalgia a veces insoportable, un anclaje inevitable a un pasado mítico de donde ya no puedes escapar. Las merecidas celebraciones a Hora Zero o Kloaka -me lo dicen muchos de esos jóvenes poetas- les recuerdan a sus viejos, tíos y abuelos que llenan el almuerzo familiar con historias de César Cueto o cantan el Perú Campeón a mitad de la fiesta de Año Nuevo.

 También hay otros poetas. Esos que llaman (yo también) poetas menores o -siendo abiertamente despectivos- poetas de segunda fila, poetas domingueros, poetas mediocres, poetastros de mierda. Hablamos de esos juntaversos a quienes se les recrimina su amateurismo permanente, su producción esporádica (mal editada y peor publicada), su recurrencia a lo trillado y lo impostado, su mal gusto literario (o su nulo gusto), su ignorancia aún por debajo del de los poetas noveles.

 Ví a muchos de ellos en un evento organizado por CADELPO (que es la Casa del Poeta Peruano, pero a su directiva siempre le encantaba mencionar esa sigla que parece de empresa de sanitarios). Un tour poético por Cajamarca con la compañía de una docena de poetas del extranjero. Tuve sentimientos encontrados: Por un lado me parecía extraordinario que los poetas visitaran pueblos, colegios, participaran en las ceremonias cívicas de la población, regalaran libros a las bibliotecas y levantaran el prestigio social de la poesía. Fue hermoso ver cómo se nos recibía en los pueblos (banda de música, escolares con banderitas alineados a ambos lados de la calle, suelo de flores, estallido de cohetes).

 Pero, por otro lado, teníamos que convivir con recitales mecánicos, ponencias espantosas (uno de ellos se ufanaba de haberse puesto como meta que su nombre apareciera en wikipedia), unos poetas que aburrían a los sufridos colegiales con altivos y larguísimos discursos, un engreimiento descarado que echaba mano del victimismo ("sí, nos llaman malos poetas, pero..."), muy poco debate y demasiada condescendencia. Si bien es cierto que aquel tour tuvo reconocidos poetas como Marcial Molina Richter o Jonnhy Barbieri, la mayoría éramos ilustres desconocidos. No digamos la legión hispanoamericana pródiga en maestras jubiladas, empresarias e incluso plutócratas aficionadas a las letras, un matrimonio de la tercera edad que disfrutaba literariamente de su pensión y una que otra figuretti que encontraba aquí las alabanzas que en su país nunca tendrá. Lo peor: Poesía discutible o, como decía González Prada, "literatura de cachalotes, buena para ser leída por elefantes". La antología estaba tan mal publicada y con tantos errores ortográficos que mi ejemplar no lo puedo donar a ninguna parte.


Y sin embargo, a esa Armada de Brancaleone, bizarra a más no poder, la sigo recordando con atroz cariño. Sencillamente rememoro los ojos curiosos de los escolares, su fresca alegría si le firmabas un papel, sus preguntas ingenuas sobre cómo crear, el orgullo con que te ofrecían sus delirantes declamaciones, esa confianza que crecía cuando te mostraban sus cuadernos de versos y tú le dabas tu opinión. Y también esos momentos en que los poetas de los pueblos -de lugares a donde posiblemente nunca ponga pie un Nobel, ni peruano ni extranjero- se sentían acompañados, reconocidos, con más ganas de seguir escribiendo. Cómo me gustaría que tanto buen poeta que conozco pudiera caminar por las pedanías del Perú, detenerse en los colegios, recitar y escuchar, dar a conocer sus versos y a la vez conocer otros lugares, tiempos, sujetos, poderes, impresiones que él (o ella) pueda convertir nuevamente en poesía.

Y a veces creo que para eso sirven los poetas, buenos y malos, jóvenes y viejos: Ayudar a que otros sigan ayudando a que todos vivamos en un mundo mejor. Hacernos entre todos más dichosos, que es una forma más de sentirse libres. Si el poeta deja el pesado abrigo del amor propio, si entiende su arte como una mano tendida y no como una suma interminable de tatachines, si sabe que la poesía no pueda estar en él pero sí en las personas y los paisajes que le rodean; entonces la poesía y los poetas serán no sé si útiles, sino quizá algo mejor: Serán necesarios.


Quizá mejor lo dice Vladimir Maiakovsky, en un poema que lo encontraréis completo aquí:

Se le ladra al poeta: 
"Quisiera verte con un torno
¿Qué, versos? ¡Esas pamplinas!
¡Y cuando llaman al trabajo te haces el sordo!"
Sin embargo, nadie pone tanto ahínco en la tarea
como nosotros.
Yo mismo soy una fábrica.
Y si bien me faltan chimeneas,
esto quiere decir
que más coraje me cuesta serlo.
(...)
Cuando aserráis la madera, es para hacer leños.
Pero nosotros
qué somos sino ebanistas
que trabajan el leño de la cabeza humana
(...)
¿Quién es más aquí?
¿El poeta o el técnico
que procura a los hombres 
tantas ventajas prácticas?
Los dos.
Los corazones son también motores
el alma también es fuerza motriz.
(...)
¡Al trabajo nuevo y vivo!
Y a los que discursean
que se les mande al molino.
¡Para que el agua de sus discursos haga girar sus aspas!



* El cuadro de este post: El Poeta, de Marc Chagall.





jueves, 30 de agosto de 2012

HISTORIA, LITERATURA Y PAJERISMO (Acerca de las nuevas formas de contar la historia del Perú)



Hoy hablamos de un pequeño libro llamado Contra-historia del Perú. Ensayos de historia política peruana (Mitin editores, 2012) . Dicen que fue uno de los libros estrella de la última Feria del Libro. De serlo, ya debe ir por una segunda o tercera reimpresión, porque la de lanzamiento constaba solamente de 500 ejemplares. Toscamente impresos, dicho sea de paso. Otra peculiaridad del libro es su casi decena de copyrights, que invita a pensar que los autores de esta compilación hicieron su chanchita para financiar la publicación, práctica que se está extendiendo entre muchos intelectuales y que da qué pensar sobre el negro panorama de los libros de ensayos en el Perú.

¿Cómo así su atractivo? Porque trata de una disciplina muy poco practicada en el Perú: La ucronía. Esto es, hurgar en la famosa pregunta ¿Qué hubiera pasado si….?

En ese sentido, el libro se pone a preguntar ¿Qué hubiese pasado si Pizarro hubiera elegido como capital a Jauja y no a Lima? ¿Qué hubiese pasado si Túpac Amaru hubiera tomado el Cuzco? ¿Si el APRA hubiera triunfado en 1962?¿Si Vargas Llosa hubiera ganado las elecciones a Fujimori? ¿Si los vladivideos nunca hubieran salido a la luz?

Según los compiladores –Eduardo Dargent y José Ragas- los autores de estas ucronías  (que, por eso de las modas, les llaman ahora “contrafácticos” como para darles cierto cachet académico) tuvieron varias condiciones: Que el texto se hiciera dentro de un contexto, y que además fuesen factibles de realizar, que no se hiciese pura ciencia ficción (como la deliciosa pieza teatral sobre astronautas peruanos en la Luna, digo) y que no fueran una compensación a las interpretaciones derrotistas o a ese pesimismo histórico que albergamos nosotros (los títulos deportivos que se nos fueron de las manos, las guerras que no se ganaron). Por lo demás, les dejaba volar la imaginación. Imaginación que voló muy poco en la mayoría de los ensayos.

Así, Tupac Amaru toma el Cuzco para luego retirarse de allí (Pablo Macera en su Historia del Perú para escolares dice cosas mucho más interesantes sobre cuál habría sido el destino del Perú si Condorcanqui echaba a los españoles). O Manuel Pardo, si no fuera asesinado, se entendería ¡con Piérola! y el Perú estuviera más unido frente al conflicto con Chile. O que Vargas Llosa haría un fujimorismo económico que no político, una suerte de neoliberalismo con rostro humano (además de ver como el Nobel se lo daban al mexicano Carlos Fuentes). O un Haya de la Torre que llega al poder ¡pactando con Odría! frente a la oposición de los militares y encima siendo mentor del general Velasco. Muchos de estos ensayos, curiosamente, han terminado en pura ciencia ficción.


El problema es que este ejercicio de ucronías tiene poco margen de maniobra para la Academia. En la introducción, los propios compiladores reconocen que la actual historiografía no da mucha cancha para jugar con el azar y que los avatares individuales tienen límites precisos frente a los procesos sociales. ¿Cambiaría algo la historia del mundo si Lenin no tuviera -como se menciona- sus habituales ataques neurológicos? Seguramente, pero el comunismo como proceso histórico, hubiera seguido por los mismos derroteros puesto que su ascenso en Rusia y en otras partes de Europa no dependía solamente del carisma y el genio de aquel abogado de provincias.


Sin embargo, la ucronía es una hermosa práctica literaria. Valgan los ejemplos de George Orwell (1984, sobre una Inglaterra sovietizada), Philip K. Dick (El hombre en el castillo, donde nazis y japoneses gobiernan el mundo, el Perú se convierte en una semicolonia nipona, por ejemplo), Cormac McCarthy (La Carretera, la aventura cotidiana en una América ¿postnuclear? devastada). Por no hablar de los productos audiovisuales, sea Patria (una Europa gobernada por los nazis donde se desconoce el holocausto judío), sea CSA (donde imaginamos qué hubiera pasado en EEUU si el sur hubiera ganado la Guerra de Secesión). Acá en el Perú, salvo los extraordinarios delirios de José Adolph, no hemos manejado nada parecido (actualización, dejé en el teclado la novela de Enrique Congrains El narrador de historias, con una Mendoza convertida en un protectorado de la ONU), con la excepción del cómic peruano, que le va comiendo terreno a nuestra narrativa desde hace ya algunos años.


Martín Tanaka nos dice que la importancia de los contrafácticos está "en la medida en que ayudan a entender no tanto qué hubiera pasado si los actores tomaban otras decisiones, sino por qué hicieron lo que hicieron, a pesar de tener otras opciones, incluso mejores, disponibles, En otras palabras, es una herramienta que permite entender mejor la racionalidad de los actores". Loables intenciones, pero que no impiden que el profesional termine disparándose solo y proponga hipotéticos escenarios que, pese a las contravenciones, acaben en los laberintos de la especulación, en el disfraz de proponer nuestras subjetividades. En fin, de hacer ciencia ficción. Que no está nada mal, pero que no alcanza la rigurosidad histórica esperable, se mire por donde se mire.


La ucronía no es otra cosa que un creativo ejercicio de pajerismo. Y tampoco está mal.


Porque no quiero quedar como mezquino. Me ha encantado el ensayo de Natalia Sobrevilla sobre el triunfo de la revolución de Pumacahua y los hermanos Angulo como la posibilidad de una independencia liderada no solamente por criollos y que pudieran haber creado un Perú mestizo avant la lettre. O el ensayo de Eduardo Dargent sobre un extenso fujimorato -donde los vladivideos nunca se hubieran descubierto- que incluía la tercera reelección del genocida, el mandato de su hermano Santiago 2005-2010, la vuelta al poder del chino de marras, su nueva reelección y la entrega del poder a Keiko de cara al Bicentenario, una saga de auténtico terror fiction. Y me quedo con la hermosa historia sobre Leopoldo I, Emperador del Perú, una narración de Mauricio Novoa  sobre el triunfo del proyecto monárquico del general San Martín (imagínense un mausoleo familiar de los Sajonia-Corburgo en el Cuzco o un descendiente de éstos capitaneando la última carga de caballería de la historia contra los ecuatorianos en 1941, no digo nada más). Estos ensayos los leo como literatura, un espacio de ensueño, entelequias, pasión y hasta locura que nos ayuda e mirar las cosas más allá de nuestra racionalidad cotidiana y el rigor profesional de las disciplinas académicas.


Por último, resulta sintomático que no se haya construido -ni en el libro ni en ninguna otra parte- una necesaria ucronía: ¿Qué hubiera pasado si la guerrilla maoísta hubiera ganado nuestro conflicto armado interno? (¿Seríamos una Camboya sudamericana como tararea nuestra prensa criolla? ¿Una Norcorea nuclear panandina tocándole los cojones a Chile y Colombia? ¿Un país de cooperativas estatales produciendo a destajo soya y minerales?). Fernando Tuesta Sobrevilla cita el asunto pero no ha querido ir más allá. Y es que incluso en la ucronía, en el pajerismo por excelencia, hay temas que todavía no queremos tratar en el Perú.


Posiblemente, por miedo.


Oswaldo Reynoso me contó una ucronía sobre el tema que ha pensado escribir alguna vez. No se las voy a decir. Pregúntele a él. Oswaldo, a diferencia de muchos, no tiene miedo.



domingo, 29 de julio de 2012

EL MILITARISMO EN LA EDUCACIÓN (y seguimos hurgando en la insoportable levedad del ser peruanos)


Para nosotros, el desfile escolar de Fiestas Patrias puede ser lo más normal. Es más, para nuestros escolares puede resultar incluso su momento de gloria desfilando en el Campo de Marte. Sin embargo, este simulacro paramilitar es chocante a los ojos de cualquier extranjero. Mi hijo, educado en España (donde no existen uniformes escolares obligatorios y los chicos pueden asistir a clase con el pelo largo) se asustó de los peruanísimos desfiles escolares de Fiestas Patrias y más aún de la pasión que ponían nuestros estudiantes en marchar mecánicamente, cuidar su impecable uniforme e incluso aventurarse con el paso de oca ("¡¡Papá, esto es fascismo!!"). En un país con poca cultura musical, resaltaban las bandas escolares de tarolas, bombos y xilófonos que generalmente alimentan los desfiles (apenas figuran trompetas, hay por allí algún saxofón y ningún clarinete). Lo que aparentemente es un homenaje a la patria, en realidad es un pobre remedo de la cultura militarista en este país. Porque el asunto es ese.


Un país donde nuestras fuerzas armadas han perdido casi todas nuestras guerras ¿Cómo legitimarse ante el resto de peruanos? Donde bajo la bandera patria masacraron a campesinos desde los tiempos de Atusparia o  Rumi Maqui  hasta los años terribles que todos conocemos. ¿Cómo legitimarse? Pues apropiándose de la educación, marchando, embutiéndonos de héroes criollos, marchando, hablando de una nación inexistente, marchando, ignorando nuestro extraordinario pasado prehispánico. Y marchando.

Bajo estas líneas verán unas fotos. Estas fueron tomadas el año pasado en un colegio de Pamplona alta, una zona de pobreza y pobreza extrema adosada en el flanco sur de la capital. Julio del año 2011, lluvioso,  tan cargado de neblina como en aquel 28 de 1821 donde se declaró la independencia en cuatro lugares distintos de la ciudad de Lima (y no solamente en Plaza de Armas como mentirosamente nos cuenta la hagiografía estatal y metropolitana). 2011, era día de desfiles, además el colegio anfitrión cumplía 30 años de fundación. Y, para la ocasión, invitó a las escoltas de otros colegios. Ser Escolta es algo muy valorado por el colegial medio, una suerte de popstar pero en pequeñito.


Empecemos por los invitados. Acá abajo tenéis el colegio particular Héroes del Pacífico, con un uniforme naval a la ocasión. Ojo a los entorchados, la corbatita, el blazer náutico y los guantes ceremoniales. Y todos paraditos en posición de firmes. Así es como quiere vernos la Marina de Guerra.



Sigamos, luego tenemos al Juan de Espinosa Medrano, un colegio estatal pequeño pero que porta una original indumentaria, donde combina el clásico uniforme escolar actual (el eterno encanto de la falda escocesa) con un bombín altiplánico. También están en posición de firmes.



Ahora viene el Alfonso Ugarte, otro colegio de Pamplona alta donde estudian muchas trabajadoras infantiles domésticas. Uff, abundan las charreteras, los capotes y una estética, digamos, de la Guerra de las Galaxias (y si echamos a volar la imaginación, las podríamos ver como militantes de la BDM o casi como comisarias soviéticas). No neguemos que es espectacular y ya quisiéramos a nuestras policías o soldadas vestir así, aunque sea para los desfiles. 




Y ahora el colegio anfitrión, La Inmaculada (sí, en el Perú, muchísimos colegios públicos de un Estado teóricamente laico tienen nombres religiosos: Inmaculada, Nazareno, Santa Rosa, etc.). Es un colegio pequeño, con buena cantidad de niños y adolescentes trabajadores. Diría que me encanta su uniforme sencillo, austero, virtualmente proletario. Aunque me consta que las chicas todos los años piden que el colegio le compren uniformes más acordes con la competencia. Quieren desfilar como marineritas o tropas imperiales. Tienen derecho.


Y desfilan llenas de orgullo. Porque se alucinan personajes de peruanidad. Es en ese momento del desfile donde se consideran peruanas, nos guste o no. Y con todas las contradicciones del mundo. En la foto de abajo, la adolescente quien porta la bandera -a quien llamaremos Irma- está feliz y marcial, marcando el paso y cuadrando a su escolta con el autoritarismo de toda una cachaca. Pero Irma, además, es parte de una catequesis católica local. Pero Irma, además, es poeta y compositora de muchas melodías de rap, todas de letra provocadora e iconoclasta. Pero Irma, además, es una lideresa nata amante del teatro.Y sí, así la puedes ver marchando impávida, impasible el ademán, con un celo militar de quien desfilara en Westpoint o en la Plaza Roja.



País conflictivo y contradictorio. El militarismo (y la religión) se han convertido en reservorios de ética y moral en un país donde se pisotea con impunidad la ética y la moral. En los colegios públicos se derrochan cientos de horas entrenando para desfilar. Y se fomentan actos religiosos en la creencia que ellos evitarán que nuestros escolares se vuelvan pandilleros o drogadictos. Porque esa es la trampa: Marchando y rezando tendremos que acabar con las lacras del alcohol, la delincuencia y la drogadicción. En colegios públicos  donde algunos directivos roban, algunos profesores trapichean notas y algunos escolares desertan porque creen que lo que estudian no les sirve. El problema no es que no sepan valores. Los saben perfectamente.

Saben también que los adultos se orinan en dichos valores. Que sus padres engañan a sus esposas, que pegan a sus hijos sin razón, que solamente ven telebasura, que le niegan a su hijo comprar libros mientras tienen en El Trome la única literatura en casa. Que la viveza, la pendejada, la criollada dan plata y que la sinceridad es sinónimo de cojudez, que la solidaridad es cosa de perdedores. Que la heroicidad es algo, sencillamente, incomprensible.

Y así creemos que marchando aprenderán valores.

Afortunadamente, ese tiempo está pasando y aumenta la idea de buscar otras formes mejores de querer este país. 

Año 2012. En el mismo colegio donde se concertaron desfiles paramilitares surgió la iniciativa de algunos profesores por darle otro acento a la celebración de fiestas patrias. Chau al militarismo, cada aula representaría a una región del Perú. Los estudiantes se imaginarían por un día ser ayacuchanos, cajamarquinos, sanmartinenses o iqueños. Aprenderían sus danzas y sus viandas. Se enterarían que awajunes o boras son sus hermanos, aprenderían a saludar en quechua o cómo se hace una pachamanca.

Y nuestra Irma, la cachaca, ahora dirigía el stand que representaba a Apurímac. Nos hablaba de una parte del Perú que todavía no conoce. Antes marchaba, ahora nos habla. 

Pablo Macera, nuestro historiador ahora caído en desgracia, decía que cualquier descubridor de algo en el Perú terminaba siendo un inventor del Perú. Las niñas y adolescentes del colegio La Inmaculada, han empezado a inventar su país.

Feliz 28, amigos.

sábado, 21 de julio de 2012

CHIMBOTE EN LA LITERATURA PERUANA (y seguimos hurgando en la insoportable levedad del ser peruanos)


Lima, siempre Lima. La eterna cantaleta del centralismo de la capital y su visión paternalista sobre el resto de las regiones del Perú. En Lima nos lo tomamos a la ligera, pero –hablando en plata- el centralismo limeño ha sido una maldición para el Perú. Países tan cercanos como Bolivia y Ecuador tienen en sus ciudades igual o más protagonismo cultural que la capital. En México, Guadalajara o Monterrey  se destacan en producción cultural o científica por encima del Distrito Federal. En Alemania hay no menos de una treintena de ciudades de trayectoria estelar en diversas disciplinas o temáticas. Incluso en un país “en vías de subdesarrollo” como lo es  el ahora agónico Estado español, hay varias ciudades que en propuestas culturales  rompen la dicotomía Madrid- Barcelona como Gijón y su relación con la novela negra, Valencia como referencia del arte contemporáneo, Bilbao y sus propuestas de desarrollo sostenible en una ciudad degradada por el industrialismo de dos siglos. Incluso ciudades pequeñas como Mérida, Valladolid o Cáceres se hacen un sitio en el año como impulsores de festivales artísticos internacionales de bastante calidad sea en teatro, cine o música.

He hecho este rodeo para remachar  nuestro anacrónico y perverso centralismo. Centralismo que nos dice que acá en la capital se cocina la sustancia de la inteligencia nacional y que del resto del país apenas se consignarán aportes y complementos (generalmente turísticos y folklóricos).

Y no es así.

En muchos posts yo ya les he informado de la activa vida cultural que hay fuera de Lima. Su lado más visible es la saludable proliferación de Ferias del Libro en distintas regiones, destacando las que se realizan en Trujillo o Huancayo. Pero el otro lado, el más negado, es el de las propuestas y prácticas culturales renovadoras en las letras peruanas. Y Chimbote es una de ellas.

Chimbote -en el imaginario nacional alimentado por cuatro décadas de racismo mediático- aparece como un inmenso pueblo joven, apestoso a más no poder, lleno de cholos imberbes que llegaron buscando el dinero fácil de la pesquería. Un auténtico pandemónium urbano, canon de la informalidad y meca del ignorante con plata. Nadie se imagina en Lima a Chimbote como un faro cultural.

Y, sin embargo, lo es.

Arguedas, nuestro gran pionero, lo vio. Llegó a la bahía y observó lo que los ojos limeños nunca captaban: La diversidad, la magia de la interculturalidad, las potencialidades de los pueblos emergentes, vivos, creadores. Para Arguedas, el futuro del país no se delineaba en la capital, lo hacía en Chimbote, allí se fraguaba el gran experimento de un nuevo crisol de prácticas, de cotidianidades, de culturas.

No me voy a demorar en glosar el aporte de Chimbote a la cultura, apenas cito: desde la formidable producción del grupo Isla Blanca o la originalidad poética del vate Juan Ojeda hasta las iniciativas literarias y editoriales de Jaime Guzmán Aranda, Augusto Rubio y Ricardo Ayllón. De la vigorosa poesía de Enrique Tamay e Italo Morales a la memorabilia narrativa de Miguel Rodríguez Liñán y Braulio Muñoz. Una ciudad donde todavía los recitales de poesía tienen un público masivo y fiel, donde la presentación de un libro se da desfilando por las calles con banda de música o haciendo performance en un burdel. Una ciudad con una variedad revistas de poesía, con programas de radio sobre literatura, una feria del libro consolidada, bastantes (demasiadas) universidades y que cuenta con propuestas innovadoras en políticas culturales sobre el accionar editorial y el uso de las nuevas tecnologías en promoción cultural. ¿No me crees? Ve a Chimbote.

Pero, por encima de todo, está el ascenso y la merecida premiación del escritor Fernando Cueto. Ex policía y (espero) ex abogado, Fernando Cueto se  tiró de bruces a la piscina de la literatura. Se ha convertido en el gran narrador de Chimbote, interpretando su memoria, recreándola y convirtiéndola en parte de nuestra historia: Lancha Varada (Rio Santa Editores, Chimbote 2005) un canto a las promesas truncadas de adolescentes que soñaban con cambiar sus vidas y las de su país. Llora Corazón (Rio Santa editores, Chimbote 2006) que es, sencillamente, la novela de Chimbote: donde nos regala la rica y contundente polifonía de los diversos sujetos que forman parte de una cultura popular que terminará expandiéndose por todo el país. Dio el salto al escribir Días de fuego (Rio Santa/San Marcos, Lima 2008) una novela sobre nuestra guerra interna contada (supongo/imagino) desde su experiencia de suboficial de la entonces Policía de Investigaciones del Perú, una novela –ojo, ojito- nada patriotera ni corporativa, más bien crítica y que nos propone otra visión (inevitable) de nuestra guerra civil. Cueto ha sido galardonado por el prestigioso Premio Copé 2011 de novela por Ese camino existe, una novela dedicada nuevamente al conflicto armado interno y, qué bacán, es la respuesta (otra más, porque hay varias) de esa  otra parte del país frente al discurso tradicional de una literatura mediática capitalina que ha agotado sus recursos frente a un tema que (con excepciones) siempre le ha parecido distante y ajeno.

Fernando Cueto estará este lunes 23 de julio a las 5:30 en la Feria Internacional del Libro en una mesa donde conversaremos sobre Chimbote en la literatura social y política peruana. Allí ustedes podrán bombardearnos sobre todo lo que se les ocurra sobre el tema. Sigo viendo a Chimbote como ese pulmón cultural que siempre nos dice algo. Quien no esté de acuerdo, que venga y nos plantee sus razones.

De momento, y como cualquier futbolero literario, solo me queda decir ¡¡Chimbote corazón!!


viernes, 29 de junio de 2012

La insoportable levedad del ser peruanos







Vuelvo con Uds nuevamente después de un par de meses de ausencia. Pero con fuerza, en estos próximos posts y ya metidos en el Mes de la Patria, vamos a discutir sobre lo que somos o, dicho de forma más directa y negativa, sobre lo que NO somos.


Una de las consecuencias de esta década de crecimiento económico ha sido la explosión de un sentimiento de orgullosa peruanidad que no se notaba, quizá, desde los primeros años del régimen de Velasco. Desde los medios, en la publicidad, en diversos eventos civiles y hasta en aniversarios privados; hay derroches de curiosa peruanidad que van desde atiborrarnos (con un orgullo a prueba de colesterol) de nuestra frondosa gastronomía hasta disfrazar de chalanes a las cajeras de nuestros supermercados en el mes de Julio. Por no hablar de esa incomprensible y masoquista fe en nuestro seleccionado nacional de fútbol pese a las toneladas de evidencia en contra que siempre se nos muestran.


Pero lo que más(me) irrita es ese convencimiento que ya existe un Perú, que ya tenemos un país nuestro, consolidado, procesado, destilado y macerado como nuestro pisco y otros licores patrios con menos cachet. Que hay algo más que la blanquirroja y los desfiles de Fiestas Patrias, que la asiática reverencia a Miguel Grau y el orgullo popular por nuestra viandas, que el culto al emprendedor con éxito y la continuidad de ciertos mitos nacionales aprendidos desde el colegio (Que somos una nación en formación, el el himno del Perú es el segundo más hermoso del mundo después de La Marsellesa, etc.).


Para ser claros ¿Hay algo en común entre el empresario de Gamarra y los pobladores de las alturas de Apurímac, entre los agricultores del Mantaro y las comunidades amazónicas que protestaron en Bagua, entre los trabajadores de la uva en Ica y los comerciantes de Juliaca, entre los creativos de una empresa de publicidad en la Lima miraflorina y los ronderos cajamarquinos? Posiblemente tengan algo más en común, pero no sé si lo suficiente como para hablar de una peruanidad compartida.


¿Sentirán lo mismo una promoción de un colegio particular de Piura que sus pares de un colegio público en Masisea? Como adolescentes definitivamente tienen muchas cosas en común, pero no sé si eso alcance para hacerlos partícipes de una comunidad nacional.


Desde Lima, el Perú es un inmenso discurso publicitario que comparten agencias de turismo como empresas cerveceras. Para los metropolitanos, el sentimiento de identidad común lo intuimos -lo queremos ver real- gracias a los spots de Claro o las carísimas campañas de PromPerú. Ahora en julio, la pujante empresa privada nos va a hartar de comerciales nacionalistas difundiendo a bombo y platillo la imagen de un país optimista, unido, multicolor, armónico y, por cierto, despolitizado.


Para mí este discurso es falso y engañoso, como ustedes -los que me han leído más de una vez- lo saben. Sin embargo, este sentimiento de "falsa peruanidad" (al igual que el concepto marxista de "falsa conciencia") tiene una creciente base popular, alimentada por la bonanza económica y una inusual estabilidad política. Cierto canon de dogmas repetidos desde las aulas, un pool mediático aliado con la élite empresarial que bombardea con impunidad a las masas con proyectiles ideológicamente tóxicos y un espacio psicosocial de relevancia que los poderes fácticos regalan a la Iglesia y a las Fuerzas Armadas; son la base de un nuevo proyecto de identidad nacional, de un enésimo proyecto de país. La diferencia, quizá, es que es un proyecto con mayor éxito que los anteriores. No por ser más democrático sino por conectar mejor con los deseos de la mayoría de este país.


Deseos que no solamente van por ganar plata y punto. Implica también las ganas de muchos peruanas y peruanos de conquistar espacios propios, de ejercer su derecho al disfrute y al placer, la posibilidad de hallar vías de reconocimiento y también de socialización. 


Y, qué quieren que les diga, lo veo en las miradas y las palabras de muchos adolescentes y jóvenes de sectores populares, chicos y chicas que todavía viven bajo el límite de la pobreza, en casas de material precario, calles sin asfaltar o con el agua racionada. Más de una vez han sufrido la discriminación y el ninguneo, pero no han respondido con ira y siguen creyendo en este país, incluso en el Perú que le dibuja la televisión en abierto y la prensa chicha. Y pese a que este país -este sistema social enraizado en el Perú- los ha tratado mal, negándole derechos y accesos a servicios que necesitan, quitándole oportunidades y explotándoles gratuitamente; ellos se morirán de ganas de desfilar en estas fiestas patrias, participando en esos eventos paramilitares que a usted y a mi nos exasperan, pero que para millones de chibolos representan el acontecimiento extracurricular más importante del año escolar.


Es verdad que lo oculto permanece y las máscaras tarde o temprano tendrán que caer. Las desigualdades no desaparecen con un spot de televisión y las huellas que en nosotros deja la discriminación no las borra un festival gastronómico. Pero el esclarecimiento de ese Perú profundo quizá no vaya por la explosión política (con en los viejos tiempos) sino con la aparición de nuevas prácticas sociales que los novísimos peruanos apliquen.


Este es el país de la prensa rastrera y la cultura chicha, sí. Pero también es el país donde se lee en los colegios mucho más literatura peruana que antaño y donde en muchas regiones la gente está aprendiendo a defender lo suyo. Es curioso que aquellos jóvenes que protestan contra las transnacionales y arrinconen a la policía, sean los mismos que en la noche ponen Al fondo hay sitio o gastan sus ahorros en un par de zapatillas guapas. Así como es curioso -y chocante para quienes adoran al Perú oficial- que los jóvenes emprendedores de Lima Norte usen su tiempo libre en grupos de pop hindú o que las telenovelas surcoreanas sean más populares entre nuestras muchachas que sus símiles latinoamericanas. Como lo dije alguna vez antes: Hoy las adolescentes de un barrio popular bailan un sinkuy cuzqueño en el Festidanza de su colegio por la mañana, ven juntas un DVD de Las vírgenes de la cumbia por la tarde y bailan puro reggaetón durante toda la noche. Sin ningún problema.


Para quienes crecimos en un país crispado por la violencia política y la bancarrota económica, el Perú del siglo XXI es un nuevo campo de pruebas.


De esto vamos hablar las próximas semanas. Agur y tupallanchis kama.



lunes, 2 de abril de 2012

Mi camino a un arte del siglo XXI (ruta peligrosa, señalada por nostalgias y melancolías)


Soy, posiblemente, de la última o penúltima generación que creció leyendo revistas de historietas y fotogramas.

En aquellos años setenta sólo teníamos tres canales de televisión en blanco y negro: en la época de Velasco pasaban lo mismo (Astroboy, Los Tres Espaciales, El Hombre Par) en los tres, en la de Morales Bermúdez interrumpían los mejores programas para poner discursos de los ministros militares contra las huelgas del Sutep o la CGTP (cuando quería ver a Melissa Sue Anderson de La Familia Ingalls, aparecía el tenebroso Ministro del Interior Pedro Richter Prada, esa fue una de las razones por las cuales ya me volví comunista en el colegio).

Los teléfonos eran defectuosos y no te podías pasar horas hablando con tu amiga del alma, el sistema postal era lento y caro (sobre todo si querías escribirle a tu amiga finlandesa del alma). Las computadoras e internet eran pura ciencia ficción.

Cuando abrías el periódico sólo tenías diez largometrajes en la cartelera, la tercera parte hindúes (cuando el cine hindú era llorón y no tenía los alicientes bailables del actual cine de la India para adolescentes). Vimos Star Wars con tres años de retraso y colas kilométricas, cuyo único aliciente era cobrar por colarse o ligar con hembritas chantajeándolas con comprar un ticket para ellas.

Los antros de ocio para los retoños de la clase media limeña se reducían a los espacios semivacíos de Camino Real, paseos pajeros por Miraflores o el golfito de El Rancho. Lo más borderline era ver al Alianza de Cueto y Cubillas en el recién estrenado estadio de Matute o presenciar los últimos estertores del cachascán en el estadio municipal de Surquillo. Y comerte los fines de semana en el Parque Universitario, lleno de migrantes, trabajadoras del hogar y reparadores de anteojos,  alquilando historietas por unos devaluadísimos soles.

Historietas que, en ese entonces, las llamábamos chistes (en España se llamaban tebeos, en Italia fumetti). El término cómic era casi desconocido y reservado para los intelectuales enteradillos. Los mocosos de entonces no sabíamos nada de la guerra entre Marvel y DC Comics, ni de las miserias de la editorial Novaro, ni la influencia del Comic Code. Sencillamente disfrutábamos de Superman, Tarzán, Linterna Verde, el Super Ratón o el Capitán América. Leíamos tanto comics de terror (Doctor Mortis) como todas las subversiones de la factoría Disney (los sobrinos del pato Donald, el rico Mc Pato, los chicos malos, el inventor Giro Peraloca). Nos encantaban las sugerentes formas de la Gatúbela y Superchica e ignorábamos las presuntas simbologías homosexuales de Batman y Robin.


Ah, y tuve la suerte de revolver en los archivos familiares y encontrar la bizarra revista Avanzada, una publicación católica de los años cincuenta y sesenta, donde además de conocer  historias de misioneros, vaqueros y samurais, te topabas con las aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, tres personajes que representaban a la costa, sierra y selva peruanas y que proponían con candor la paz, el progreso y la amistad en la sociedad oligárquica de entonces (en un conmovedor capítulo logran reconciliar al terrateniente racista y cascarrabias con los laboriosos y agradecidos indios de su hacienda). Era entrar a un universo paralelo.

Pero, además, nos sumergimos en la historieta cien por ciento mexicana: El antihéroe Capulina, el carca Aniceto o las eróticas (y muy pertubardoras) historietas de Hermelinda Linda que lindaban en la delgada línea de la prohibición. También las explotation del catch mexicano (los fotogramas de El Santo y Blue Demon) y las refinadas historias de Kalimán y Hatha Yoga, herederas de la bizarra temática mexicana de brujos indígenas, científicos locos y magos escapistas.

Para los loquitos antisociales de la época, teníamos Vidas ilustres, Joyas de la Mitología, Leyendas de América y Turok, el piel roja que vivía en un mundo jurásico. También habían disidentes que hurgaban en las colecciones ambulantes de las calles Lino Cornejo y Contumazá, donde los libros de historietas argentinas El Tony , Fantasía y D’Artagnan se mezclaban con las revistas China Reconstruye y Sputnik. El menú de esas historietas rioplatenses era  un dibujo distinto –casi sofisticado- que convertía en chuscos a sus símiles mexicanos. Otros méritos eran  la recreación de películas que tardaban años en llegar a Lima, o que nunca llegaban, así como ofrecer héroes diferentes (como El Cabo Savino, Nippur de Lagash o Pepe Sánchez). Era nuestra manera infantil/adolescente de viajar por el tiempo y el espacio. La otra era escuchar las radios extranjeras de onda corta (las ediciones en español de la BBC o la Deutsche Welle). Así estaban las cosas.

Por eso, nuestra experiencia en historietas difiere bastante a la última generación de productores y consumidores de cómics en el Perú.: Chicos y chicas valiosas que están muy influenciados por el manga y la onda gótica, pero cuya experiencia con las historietas ha sido absolutamente diferente: en términos básicos, experimentan el cómic en un mundo donde internet, el photoshop, el DVD, el MP3, el cable (pagado o pirateado) y el teléfono celular copan casi todo el ocio adolescente peruano. El cómic tiene para los jóvenes de hoy un valor muy distinto del que tuvimos, ya no es la publicación de masas que editaban las transnacionales, sino un producto de consumo minoritario que, sin embargo, intenta producir un valor cultural agregado, casi artístico, que propone la historieta como un camino no solo de entretenimiento sino también de enseñanza y reflexión.

Todo esto lo husmeé asistiendo por la mañana al Encuentro de Fanzines 2012 que se celebró en la Casa de la Juventud de Jesús María, gracias al liderazgo y buen hacer de la socióloga y promotora cultural Candy López Sotomayor. Allí, bajo el inclemente sol veraniego, vi buena parte del actual cómic peruano –heroico, independiente,  a veces trivial a veces alternativo- como otro de los productos culturales de los peruanos del siglo XXI. Que no todo es gastronomía.

Y, ojo, he visto cosas muy sugerentes y esperanzadoras: Una voluntad de proponer héroes auténticamente peruanos (MED Cómics), historietas de adolescentes que se trasladan a las épocas prehispánicas (Pururauca) o mangas limeños que narran con desenfado  la problemática laboral de los jóvenes metropolitanos (Jobs).

Las artes mutan con el tiempo. Inútil hablar de artes eternas: el teatro ha mutado de ser la televisión de las urbes decimonónicas a sobrevivir como performances minoritarias, la pintura de ser un oficio masivamente demandado a terminar como ejercicio elitista. La poesía era el principal vehículo de relación erótica entre pares y ahora una disciplina exclusiva para letrados cosmopolitas y refinados. Por el contrario, la fotografía pasó de ser un profesión industrial a convertirse en un nuevo arte, y la historieta de ser un arte sometido al consumo de masas a ser una alternativa visual inteligente y denunciadora.

No tengo plata para comprar los grandes cómics clásicos (sea Maus, sea El Eternauta) pero por lo menos pude invertir quince solcitos en adquirir varios ejemplares de fanzines peruanos en el Encuentro mencionado. Me ha pasado lo mismo que con la literatura peruana que suelo consumir (la de provincias, la limeña marginal, la de los escritores que no quieren arrodillarse a las transnacionales y sus políticas de consumo banal y mercantil). Es decir, sentir la creatividad viva, las ganas de hablar con un lenguaje distinto del mercado, las formas individuales, rabiosas, conscientes de interpretar el Perú. El arte, una vez más, convertido en el alimento de nuestras esperanzas, utopías y luchas. Casi nada.

Y ya no extraño ni al Super Ratón, ni a Turok, ni a Melissa Sue Anderson.




P.D. La foto, del superblog ArkivPerú

lunes, 19 de marzo de 2012

GUERRA, TERROR Y...HUMOR (Advertencia, este post puede ser calificado de frívolo)


Últimamente he estado leyendo mucho sobre Argentina. Su reciente pasado histórico. Me he leído Muertos de Amor del  reputado periodista y escritor Jorge Lanata (Alfaguara 2007, disponible abiertamente en Quilca) y un par de ejemplares del  estupendo fanzine/cuasi revista  Viernes Peronistas (sólo disponibles en España y en Argentina, lo siento hermanitos). Todo eso me llevó a una infernal caza en internet (documentales sobre los Montoneros, discursos de Perón, películas sobre heroínas y torturados, la guerra de las Malvinas, la sempiterna Evita, en fin).  Y llegué a la conclusión que hemos estado un poco equivocados sobre aquellos años funestos que padeció la hermana república rioplatense.

La versión hegemónica (bastante mediática, para qué vamos a negarlo) es que una sangrienta dictadura militar masacró de forma demasiado abusiva  al pueblo argentino. La versión de los militares argentinos era la misma de toda la vida: Era una guerra y obramos como tal. Mi humilde opinión: la vaina era muy distinta.

La Argentina de los años setenta era un hervidero de varios movimientos guerrilleros y guerrireristas en un país de renta media, bastante industrializado y con una clase media razonablemente culta. Los Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y más de una docena de movimientos similares se convirtieron en un dolor de cabeza tremendo para el stablishment argentino, conservador, europeísta y depositario de todas las fanfarronerías porteñas que han hecho abominar de los argentinos durante décadas. Los Montoneros no fueron una guerrilla buena (si es que existen, de verdad, guerrillas buenas, inmaculadas, no sé, se supone que hasta Robin Hood mató a buena cuenta de los alguaciles y guardias reales). Los Montoneros secuestraron a un expresidente (el general Aramburu, golpista y masacrador dicho sea de paso) le hicieron juicio popular y lo ejecutaron a tiro limpio. También asesinaron a líderes sindicales reconocidos (aunque acusados de burocratismo y traición a la clase obrera según sus victimarios). Los Montoneros tuvieron hasta cinco fábricas de armamento, una periferia social que superaba largamente el medio millón de simpatizantes activos y en sus últimos años incluso hicieron atentados con granadas RPG. ¿Cosa mala?

Pero los Montoneros tuvieron también tremendas heroínas que terminaron asesinadas. Amén de otras mujerazas resistentes, con sus hijos secuestrados y entregados a otras manos. El grueso de los Montoneros sufrieron el infierno de la tortura y la muerte, fueron carne de la picana eléctrica (instrumento de tortura popular de todas las policías sudamericanas) los arrojaron vivos desde los aviones y fueron envilecidos por los servicios de inteligencia para actuar como dobles agentes y cebos.

Los Montoneros no fueron conejitos enviados al matadero, pero tampoco una amenaza político-militar capaz que justificar las barbaridades que realizó una oficialidad militar que demostró ser muy valiente frente a sus compatriotas y tremendamente cobarde cuando se enfrentó  a los británicos en la guerra de Las Malvinas.

¿A qué vengo con eso? A hacer las odiosas comparaciones. La subversión argentina tuvo una buena prensa internacional (en fin, eran los setenta) y una literatura que (con toda la razón del mundo) mostró una imagen victimista de un pueblo argentino sometido a la arbitrariedad militar. En el caso peruano, la subversión maoísta siempre tuvo una mala imagen internacional y una literatura marginal (ya que la literatura sobre el tema de Vargas Llosa y otros escritores metropolitanos se ha ajustado siempre a la versión oficial del Estado). De hecho, la primera literatura oficial y respetada internacionalmente sobre el tema fue el Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que en cuanto a verdad ha tenido mucho  pero de reconciliación nada.

Pero hoy no he venido a llorar.

Los argentinos, con el tiempo, han terminado reaccionando con la ironía y el humor frente al desastre nacional que tuvieron. Recordaron ácidamente muchas empresas bizarras de la subversión montonera (Los Montoneros organizaron una suerte de “empleado del mes” sorteando una ametralladora entre la columna que más acciones militares realizaran en tres semanas: la agraciada fue la Columna Norte de Rosario) o terribles acciones punitivas con preocupante humor negro (al sindicalista Rucci lo ametrallaron sin asco en una acción llamada Operación Traviata, en referencia a las galletas Traviata, cuya publicidad decía que era “la galleta de los ventitrés agujeritos”). El humorista alternativo Diego Capusotto se ha hecho célebre en la red jugando con la memoria peronista y montonera,  reinventando el zeitgeist de aquellos años, apoyándose en la cultura popular y creando un pasado irónico sobre esos tiempos de violencia subversiva y terrorismo de Estado.

En el Perú, tener una actitud así sobre los años de la guerra interna resulta, sencillamente, impensable.

Y no solamente por la pobre tradición de humor político que tenemos en el Perú (cuyas únicas excepciones serían la revista  Monos y Monadas durante los años setenta y principio de los ochenta, así como la trayectoria del dibujante Carlos Tovar, Carlín) sino porque aún olemos la sangre y el miedo. Pese a haber pasado más de veinte años del conflicto, no solamente las heridas no han cicatrizado sino que hay toda una política de varios sectores para que eso no suceda y con unos medios de comunicación rastreros que vigilan que nadie se salga ni un milímetro del discurso oficial sobre la guerra: ese discurso maniqueo, vengativo y, por supuesto, falso.

Quienes se salgan de ese discurso, sea proponiendo una visión alternativa de los hechos, sea formulando las causas sociales del conflicto, sea buscando puentes para estimular una reconciliación; son tachados fulminantemente de terroristas, prosenderistas y -en el mejor de los casos-  rojos. Proponer, por tanto, una visión socarrona, con un humor político independiente (y no ese humor criollo, sobón y chocarrero que anega las páginas de nuestros diarios) es, lo vuelvo a decir, impensable.

El estilo realista, grave, con acento social e histórico, de tramas fronterizas con la tragedia y profusa en sangre e imprecaciones es la forma como nuestra narrativa más honesta se enfrenta e interpreta nuestra guerra interna. Tratar el tema con un lenguaje jocundo e irreverente sería considerado un exceso de banalidad, un insultante ejercicio de descaro. En fin, en el Perú los Grandes Momentos casi nunca los hemos tratado con humor (fijémonos en la forma hagiográfica,  solemne y francamente aburrida como solemos presentar el tema de la Guerra del Pacífico). 

Casi parece imposible abordar nuestro conflicto armado de la forma como Isaac Bábel lo hizo sobre la revolución soviética, Bohumil Hrabal sobre la resistencia checa al nazismo o Jesús Díaz  sobre la revolución cubana.  Me refiero a un discurso fresco, irónico y donde, sin perderse en la trivialidad, el humor aparece como un personaje más en la historia . En los ya casi treinta años de narrativa de la violencia, esta actitud heterodoxa aparece, como mucho, en algunos cuentos de Dante Castro.

Pero en los últimos años, tenemos visiones de la guerra menos adustas y más creativas. En primer lugar, Cadena Perpetua de Harold Gastelú (Pasacalle, 2010), donde presenciamos el soliloquio descomedido de un preso injustamente condenado que rememora su juventud carcomida y perdida en la guerra. O también el caso de La niña de nuestros ojos de Miguel Arribasplata (Arteidea, segunda edición, 2011) que novela el caso de un destacamento maoísta de caballería en la sierra peruana, de cuyos integrantes uno es un artista hábil con el charango y la canción, quien se entromete - con buen humor, sarcasmo y hasta chacota- en discusiones políticas y exégesis ideológicas dándole un prurito sabroso a la narración (al margen de algunas claudicaciones y mariconadas del autor al final de la novela, a Miguel ya se lo he dicho fraternalmente). Ambas novelas me sugieren que, en un futuro no muy lejano, haya otro tratamiento de la narrativa de la violencia.

La inclusión del humor,  la ironía o la irreverencia  no desmerecen ni denigran el tema de nuestra guerra interna como objeto de creación literaria. Por el contrario, la complementan. El humor agudo, la autocrítica jovial, la parodia crítica hacen más humanas nuestras historias y nuestros personajes, les ponen más carne y más hueso a los pequeños y grandes héroes que queremos dibujar.

Es difícil, lo sé. A quien ha perdido media familia en la guerra, muy poca gracia le hará pensar festivamente en esos años terribles y quien esté hoy mismo entre rejas, le costará bastante esbozar una sonrisa recordando momentos cómicos, grotescos o  inexplicablemente bizarros en el doloroso avatar de nuestra civil contienda. En el Perú siempre hubo muy poco espacio para el humor sobre las cosas serias.

Con todo el respeto del mundo a los escritores peruanos que nos han regalado libros brillantes sobre el tema de la violencia; ahora espero nuevos cuentos y novelas, nuevos ojos y nuevas sensibilidades que sigan viendo el conflicto armado interno como una ventana sobre la cual podemos interpretar, criticar, imaginar e incluso jugar con nuestra historia y nuestro presente. La reflexión literaria sobre nuestra guerra interna no debe ser sólo una invitación a llorar o a indignarse, también debe ser una oportunidad para razonar un país mejor y una sociedad más justa y más feliz que la que nosotros recibimos.

Justa y feliz. Que sí. Feliz.


P.D. La foto, de la guerrilla colombiana, otra gran desconocida para nosotros.