miércoles, 29 de mayo de 2013
EL QUIJOTE DE CHIMBOTE
Reinicio mi contacto en este blog con una muy mala noticia: El fallecimiento de Jaime Guzmán Aranda.
¿Quién era Jaime? Escritor, editor, animador cultural de Chimbote. Y uno de los Quijotes de nuestro país.
Enamorado hasta el tuétano del gran puerto del Norte, Jaime se empeñó en que todos conociéramos a Chimbote por su literatura. Fundó Río Santa editores, una de las editoriales más activas fuera de Lima, cuya divisa era: ¡Para dejar de ser forasteros en nuestra propia tierra, leamos lo nuestro!¡Sólo se ama lo que se conoce, lee literatura de Chimbote! Esto que pareciera ser una algarada localista era el gran grito de campana que convirtió a Chimbote en uno de los grandes polos culturales del Perú.
Jaime se obsesionó por publicar todo lo literario que pudiera aludir a Chimbote. Rescató los textos chimbotanos de titanes de nuestra literatura como Julio Ortega u Oscar Colchado. Sacó adelante antologías de ensayos sobre la ciudad con firmas históricas como las de Cornejo Polar o Flores Galindo. Llegó a gestionar los permisos y derechos para publicar el célebre libro de Guillermo Thorndike sobre el plutócrata pesquero Luis Banchero (que buena parte de su vida la dejó en ese puerto). Impulsó a jóvenes escritores de la ciudad a publicar como el caso de Miguel Rodríguez Liñán, Augusto Rubio y Ricardo Ayllón. Tenía que imprimir a Juan Ojeda, el gran ausente, el gran vate de Chimbote, nuestro único poeta marinero. Sin Jaime, no habríamos descubierto a Fernando Cueto, uno de nuestros más prometedores escritores de este siglo.
Toda esa labor editorial lo hizo a costa de sí mismo. No se hizo millonario con su editorial ni mucho menos. Todo lo contrario, quiso hacer de Quijote en su tierra, a sabiendas de lo que recibiría a cambio.
Jaime hizo todo lo que pudo para que la literatura chimbotana floreciera: Financió librerías que al final quebraron, él mismo en su propia camioneta llevaba sus libros a cualquier evento, realizaba iniciativas bizarras como polladas culturales: ventas de pollo a la parrilla para conseguir fondos. Presentaba libros con desfiles de escolares y bandas de música por la ciudad. Sacaba revistas culturales efímeras, que de la nada salían. Provocador y lujurioso, como lo era, acometió la publicación de un libro de cuentos eróticos de Chimbote, dándolo a conocer en uno de los principales prostíbulos de la localidad. Agasajaba a los escritores que se detenían en Chimbote, con desayunos generosos por la mañana, anticuchos y cervezas por la tarde y vigorosos caldos de lengua por la madrugada. Con él aprendimos que Chimbote no era una gran barriada sino una gran comunidad de artistas tan o más activa que sus símiles de la capital del Perú.
Pero esto era, como ya saben, una labor de Quijotes. De peruanos que se quedan en bancarrota a mitad de sus sueños, que reciben crueles burlas de sus pares metropolitanos y banales puntapiés en las ventanillas bancarias, que se pasan mañanas enteras en despachos oficiales para apenas conseguir migajas, que intentan convencer una y otra vez a gente que, detrás de elegantes corbatas, no mira más allá de sus intereses y considera el arte como una extravagancia. Que se queman las cejas publicando libros y revistas en un país donde millones leen prensa chicha, miran todos los días telebasura y gastan sus excedentes comprando baratijas en las galerías comerciales.
Pero, pese a las evidencias, necesitamos este tipo de Quijotes. Necesitamos de gente que invierta su tiempo, sus recursos, su vida misma en la cultura y en el arte. Porque la cultura y el arte son una de las pocas ventanas que tenemos para no asfixiarnos en la mediocridad cotidiana, el individualismo salvaje y la ignorancia jactanciosa. Nuestro país no es grande porque vivamos de exportar exitosamente minerales a China, exhibamos un gigantesco PBI en uno de los países más desiguales de la región o presumamos de comer rico mientras millones de nuestros hijos se acercan a una sonrojante tasa de desnutrición crónica; el Perú es y será grande gracias a su cultura, gracias a nuestra capacidad de crear.
Se ha ido Jaime, el gran Quijote de Chimbote. Esperemos que otro chimbotano tome su adarga, coja su lanza y monte el flaco rocín. Que muchos quijotes peruanos enfrenten -con la sonrisa alucinada y la cabeza alta- los molinos de viento del Perú. De momento, no nos queda otra salida.
PD: En la foto, Jaime Guzmán Aranda en primer plano, escoltado por Oswaldo Reynoso y Fernando Cueto. Vamos, casi en el Olimpo.
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lunes, 2 de abril de 2012
Mi camino a un arte del siglo XXI (ruta peligrosa, señalada por nostalgias y melancolías)
Soy, posiblemente, de la última o penúltima generación que creció leyendo revistas de historietas y fotogramas.
Ah, y tuve la suerte de revolver en los archivos familiares y encontrar la bizarra revista Avanzada, una publicación católica de los años cincuenta y sesenta, donde además de conocer historias de misioneros, vaqueros y samurais, te topabas con las aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, tres personajes que representaban a la costa, sierra y selva peruanas y que proponían con candor la paz, el progreso y la amistad en la sociedad oligárquica de entonces (en un conmovedor capítulo logran reconciliar al terrateniente racista y cascarrabias con los laboriosos y agradecidos indios de su hacienda). Era entrar a un universo paralelo.
P.D. La foto, del superblog ArkivPerú
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jueves, 31 de diciembre de 2009
LA DÉCADA INÚTIL. Un balance y liquidación cultural.

Me uno a los anglosajones que gustan de terminar las décadas en cero siempre y no en uno como debiera ser. Como ellos mismos, lo hago para que esta década termine cuando antes. Una década que para muchos ha sido prescindible y negativa. Me remito a la terrible sentencia del celebrado Nobel Paul Krugman que ha calificado esta década como el Gran Cero (Cero crecimiento del empleo, cero progreso económico, cero ganacias en bolsa, etc.) por no citar a la periodista española Patricia Godes, quien ha sentenciado estos últimos diez años como la Década de la idiocracia, una década en que "el incompetente, el necio y el drogado han accedido a puestos de responsabilidad y han podido tomar decisiones asesinas e ilógicas contra el medio ambiente, la sensatez, la decencia, el buen gusto y la misma supervivencia de la especie con toda impunidad".
Culturalmente, esta ha sido la década de la consolidación de las Nuevas Tecnologías, de la Pangea Multimedia, de la sociedad del espectáculo y de la frivolidad de los discursos culturales muy ligados al mercados. La década de una producción de artes plásticas que empezó full post-conceptual carísima y que terminó, por mor de la crisis mundial, en deliciosamente hípermaterial austera. La época del cine de animación puro y duro, de guiones tan débiles como taquilleros, falsa ética anti-Disney y mucho discurso juvenil de Hannah-Montana. La Gran Era de los Videojuegos, donde los internautas más adictos han terminado siendo coronados reyes del universo en el interior de sus cochambrosos dormitorios. La década de nuevos estilos de ficción televisiva que, gracias al cable, permitan obras de arte que el peruano común alquila o piratea.
Ha sido la época que reubicó la industria musical, vencida por el auge de implacables descargas de internet y copias de productos culturales sin derechos de autor. Hoy los legendarios grupos rockeros que ni sabían ni les interesaba dónde se encontrara nuestro fucking país, ahora humildemente ofrecen conciertos como alternativa a la chequera cero que les dan sus antiguas casas disqueras. Porque hablamos de auténticos jubilados y decadentistas de la música pop que arriban a un país con una cultura rockera solo anidada en un pequeño círculo capitalino. Por no hablar de cantantes tramposas que muy tarde se enteraron del cambio de aires y vienen a mostrar sus curvas a Lima (ah, y también su música).
En esta década se consolidó la Gastronomía peruana como nuestro peculiar décimo arte, al calor de la enésima batalla del Pisco, los éxitos simbólicos de nuestro turismo y las derrotas mediáticas de la competencia sureña. Hoy, Lima es la ciudad con mayor número de escuelas de cocina per cápita del mundo. Y, detrás del Mito Gastón Acurio, hoy miles de desheredados sueñan con ser chefs y largarse al extranjero renovando las locas ilusiones del peruano de a pie que quiere conquistar fuera lo que su propio país no le da. Y resulta de bastante humor negro el saber que un país con la Mejor Cocina del Mundo tiene unas sonrojantes tasas de desnutrición crónica infantil.
Entre la literatura y las Nuevas Tecnologías, ha sido la década de los Blogs, que han tenido su época de oro, antes que nuevos formatos como el féisbuk y el incomprensible twitter les ganaran la carrera en el inframundo de las Redes Sociales. Hoy los escritores trabajan sobre PCs, muy poquitos se siguen aferrando a la máquina de escribir eléctrica y ya nadie (ni siquiera los freakies) usan una entrañable máquina de escribir mecánica. Los diccionarios digitales, el google y -como mencionaba alguna vez César Hildebrandt- la Rica Wiki; son los nuevos soportes de conocimiento (y, por desgracia, también de análisis) de los jóvenes intelectuales del siglo XXI.
Ha sido una década rara en literatura, donde entre la fascinante novela de Chabon sobre la época de oro del cómic americano y la celebrada trilogía de Stieg Larsson (o entre la autobiografía en original clave gráfica de Satrapi y el Canto personal a la Desolación de Corman McCarthy); medra un preocupante vacío creativo en el supermundo editorial transnacional que premia reportajes fáciles disfrazados de ficción, budismo de entrecasa o esoterismo barato. Hace años -y ciñéndonos a nuestra lengua- teníamos un Borges, un Lezama Lima, un Cortázar, llegamos a tener un Bolaño ¿Qué tenemos hoy? ¿Quiénes nos enseñan a escribir mejor?
En el Perú la paradoja es aún mayor, pues esta década ha visto la consolidación de una narrativa de diversas partes del país y el nacimiento de vigorosas promesas (el loretano Cayo Vásquez, el chimbotano Fernando Cueto, el propio Daniel Alarcón de ultramar, amén de una serie de jóvenes escritores que este señor se precia en citar) mientras la cultura letrada sigue arrinconada en el hábitus general del país, sin obviar las argollas de los escritores mediáticos que, luego de la Batalla de Madrid, siguen sin enterarse que hay vida más allá de sus cinco distritos dorados de Lima (¿para qué enterarte si terminas haciendo tu vida en el extranjero?).
Termina una década donde francamente hemos quedado con amargos regustos en la boca (nació Otro Muro y tenemos otro Campo de Concentración). En esta odiosa comparación fotográfica nos percatamos que incluso hemos retrocedido en la historia.
No quisiera irme con ánimo pesimista y -de cara a la próxima década- me aferro al enorme crecimiento de nuestra literatura patria (año tras año, se publican más títulos, aunque de poco tiraje), el surgimiento de nuevos nombres en la literatura y la consolidación de reconocidos escritores nacionales (todos niguneados pero ¡da igual! siguen creando), la curiosa carambola del Plan Lector en los colegios (que adolece de indudables carencias pero que ha terminado creando un nuevo mercado activo para cientos de escritores peruanos) y el sostenido crecimiento de una literatura peruana en otras lenguas nativas (sí, son pocos, pero son).
Y, para esperanza, qué mejor que aquellas palabras de José María Arguedas, dichas casi a propósito para darnos ánimos y fuerzas:
"No, no hay país más diverso, más múltiple en variedad terrena y humana; todos los grados de calor y color, de amor y odio, de urdimbres y sutilezas, de símbolos utilizados e inspiradores. No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcilaso, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; picaflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. Imitar desde aquí a alguien resulta algo escandaloso. En técnica nos superarán y dominarán, no sabemos hasta qué tiempos, pero en arte podemos ya obligarlos a que aprendan de nosotros y lo podemos hacer incluso sin movernos de aquí mismo".
Larga vida al Perú en la noche de los tiempos.
* Algunos links de aquí fueron posibles merced a David Abanto, al señor Ausente y María Germaná. Repetidas gracias a los tres. Qué grandes amigos.
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viernes, 9 de octubre de 2009
EL PERÚ Y LOS PREMIOS NOBEL

Aprovechando el tirón mediático de los premios Nobel (no solamente el de Literatura sino también el de la Paz concedido a Obama, lo que ha dado para simpáticas caricaturas) y haciendo caso a buena parte de los comments del post anterior; quisiera tratar un poco sobre la relación entre los premios Nobel y el Perú.
No voy a descubrir la pólvora. Solo recordar que el Nobel de Literatura es un premio que no se da "al mejor escritor del mundo" sino simplemente a un "gran escritor", se premia una trayectoria y no solamente una obra y se da a escritores vivos (a Paul Valery, eterno candidato, se lo iban a dar en 1945, pero se murió). El Nobel se elige de una forma bastante elitista: la Academia solicita a cerca de 700 personas e instituciones de todo el mundo sus propuestas de candidatos. Por lo general, 200 nombres pasan a ser objeto de estudio por parte del Comité Nobel, el cual designa a un grupo de cinco miembros encargados de reducir la lista a otros tantos autores. La criba termina en manos de 18 académicos que deciden quién es el elegido. Así que quien sueñe que recolectando firmas por internet va a lograr que lo inscriban como candidato al Nobel, olvídense. Más valor tiene la sentencia de Marco Martos: "algo que debe hacer todo aspirante al Nobel, es que lo traduzcan al sueco".
De todos es conocido la injusticia en muchísimas de las decisiones de la Academia Sueca, la evidente intromisión de la política en las mismas, los ominosos olvidos de Borges o Tolstói, el andamiaje ideológico de la propia Academia Sueca (muy conservadora durante la mitad del siglo XX, más abierta y hasta progre en la otra mitad) y el tremendo secretismo de sus decisiones. De hecho, todos los expedientes de las candidaturas están guardados bajo silencio absoluto durante cincuenta años. Por lo que los rumores sobre las candidaturas de Vargas Llosa, seguirán siendo rumores durante muchos años hasta que la Academia abra el candado. En todo caso, los curiosos pueden buscar el libro de Kjell Espmark ya traducido al español, donde cuenta -con conocimiento de causa, pues en los años ochenta fue presidente del Comité Nobel- intrigas, puñaladas, serruchos, cantos del cisne y lamentaciones del dichoso Premio. Quilca, publícalo porfa.
Bueno ¿Y el Perú?
Decirles primero que el primer peruano nominado oficialmente a un Nobel fue nada más y nada menos que el presidente Augusto B. Leguía, el primer peruano en salir en una portada del Time, nominado en 1930 al Nobel de la Paz junto al presidente chileno Ibáñez del Campo como recompensa a sus buenos oficios para ultimar el Protocolo de Tacna y Arica. Estuvieron muy cerquita, pero al final la argolla escandinava -que en esa época tenía bastante más cancha- se lo dio a Nathan Söderblom, un pastor luterano sueco. Siempre me he preguntado ¿si le hubieran dado el Nobel a ambos, hubieran mejorado las relaciones entre Perú y Chile? ¿terminaríamos queriéndonos más?
Ah, hubo otro peruano nominado para el Nobel de la Paz. Fue el caso de Mariano Hilario Cornejo, sociólogo positivista y spenceriano, pierolista primero y leguiísta después, diplomático que hizo carrera en la Sociedad de Naciones hasta ser jurista de la Corte Internacional de La Haya y muy conocido en las cancillerías europeas por sus libros sobre Relaciones Internacionales. Fue nominado repetidamente durante los años treinta, contando con el fiel -e inexplicable- apoyo del la presidencia del Parlamento noruego. Para mí es otro exponente de esa República Oligárquica, terrateniente y elitista, pero me curo en salud dándoles sobre su persona este benévolo estudio.
En Literatura....bueno podemos presumir de un récord: ¡Dos peruanos nominados el mismo año y ambos hermanos!
Semejante bizarrez no sé si tenga explicación. Pero el caso fue que los hermanos Ventura y Francisco García Calderón fueron nominados en 1934, separadamente, al Nobel de Literatura por colectivos de escritores latinoamericanos radicados en París así como por buena parte de la alta intelectualidad francesa a quienes los hermanos García Calderón eran habituales como destacados américanistes.
Ventura fue escritor y diplomático, autor de la canónica La Venganza del cóndor (un best-seller de su época, se le tradujo a diez idiomas) y que terminó en la Academia belga de la Lengua Francesa. Francisco un diplomático, ensayista y filósofo, íntimo de Riva-Agüero, arielista y conservador, autor de Le Pérou contemporaine, que pasó sus últimos días en el manicomio de Lima. Sus nominaciones no dejan de ser curiosas y poderosamente simbólicas, al referirse a peruanos (sí, permítanme la cursiva, sin ofender) que escribieron gran parte de su obra en francés y que casi toda su vida la pasaron fuera del Perú. De los dos, Ventura es más conocido y muchos creen que él fue el único nominado. No sabemos qué posibilidades de ganar tenían, en ese año el Nobel se lo llevó el dramaturgo Luigi Pirandello, fascista confeso quien, al año siguiente de recibir el premio, no tuvo incoveniente en donar la medalla del mismo a Mussolini dentro de la campaña de recolección de oro para financiar la guerra contra Etiopía.
Luego de todo lo dicho -es decir, fuera ya de los archivos abiertos- solo hay sitio para las especulaciones: Que Alberto Hidalgo promoviera motu propio su propia candidatura entre los escritores latinoamericanos, que Vargas Llosa ha estado cerquita en dos determinados años, que en un momento se pensó en Bryce Echenique, que si Scorza.... De momento solo habladurías que no tienen base documentaria. Y que alimentan la habitual chismografía limeña.
Bueno, y la pregunta que todos ustedes esperaban ¿Le darán el Nobel alguna vez a Vargas Llosa?
En el Perú oficial se ha puesto como acto de fé que Mario Vargas Llosa debe merecer el Nobel sí o sí. Creo que, más allá de los méritos de Don Mario, debiéramos sacudirnos de ese patriotismo criollo y ser un poco más realistas.
Como mencionó Marcel Velazquez aquí hace un año; un gran obstáculo para MVLl es el Nobel que le concedieron a García Márquez en 1982, lo cual en cierta medida es un reconocimiento a toda la generación del Boom. Si bien es cierto que la narrativa, la temática y hasta la ideología de Gabo y MVLl son harto diferentes; desde Estocolmo se ven a los escritores de otras latitudes más como parte de tendencias de pensamiento, generaciones literarias o circuitos regionales, que como creadores individuales. Y si la Academia quiere volver a mirar a estas tierras, es mucho más probable que se lo den a Carlos Fuentes, quien cuenta con el apoyo de todo el poderoso aparato de las industrias culturales mexicanas y un reconocimiento casi unánime por las instituciones de ese país. Ese peso de los escritores en una comunidad es algo que también valora la Academia.
¿Y el futuro? Será distinto, muy distinto. A diferencia de hace veinte años o más, son las editoriales transnacionales quienes controlan los canales literarios. Son esas empresas las que ponen el dinero, los premios, el eco mediático. Antiguas instituciones como las universidades, el sector público, las organizaciones educativas y culturales de la sociedad civil, las asociaciones de escritores y artistas, etc. han perdido terreno terriblemente. En nuestra lengua, para bien o para mal, un premio Planeta o un premio Alfaguara tienen mucho más poder, convocatoria y prestigio que los antiguos premios Rómulo Gallegos o Casa de las Américas (que todavía existen, dicho sea de paso).
Pero, por otro lado, los escritores ya no son lo que eran, han dejado de ser grandes referentes del pensamiento de sus sociedades y no tienen ni la décima parte de la fuerza convocatoria de un Emile Zola, un Pablo Neruda o un Bertrand Russell. Escritores entregados a grandes líneas de pensamiento como Juan Goytisolo o el finado Harold Pinter son una minoría dentro del escaparate literario que tenemos en los medios. Hoy los escritores son mucho más individualistas (a veces, incluso, más que empresarios o agentes de bolsa) y se comunican muy poco entre sí (curiosamente, en estos tiempos de celulares e internet).
Pero tampoco le echemos la culpa a ellos. El mundo ha cambiado. La sociedad del espectáculo se ha tragado los viejos espacios tradicionales de las artes y las humanidades, en todo caso las ha reconvertido en nuevos productos culturales. La literatura, en este siglo XXI, esta mutando a otras formas, de la mano con las nuevas generaciones de ciudadanos más integrados en las pangeas multimedia, la cognitividad pubicitaria y al soporte audiovisual que a la cultura letrada convencional.
Y, posiblemente, el Nobel durante varios años siga siendo más un muestrario de los diversos caminos de la literatura del siglo XX (no sin cierta pátina museística) para alimentar esa literatura del nuevo milenio que aún no sabemos a donde irá. Posiblemente, la Academia termine de saldar ciertas deudas con Philip Roth, Rubem Fonseca, Yevgueni Yetvushenko o Adonis. Y posiblemente siga escarbando entre los menos consagrados pero globalmente igual de importantes como Salim Barakat, Rodolfo Fogwill o Lobo Antunes. O, para darle un aire más joven, se atreva con José Eduardo Agualusa, Michal Viewegh o Leonardo Padura. O, haciendo literatura-espectáculo, se lo den a las chinas sexy-epatantes Mian Mian y Wei Hui o al escritor-torturador argelino Yasmina Khadra. Cosas más fuertes han visto estos ojos.
Esta pequeña vuelta al mundo literario la hemos dado para resaltar el énfasis global del Nobel por dar a conocer nuevas voces de distintas culturas letradas que tengan algo que decir al mundo de hoy. Incluso hablando de escritores consolidados en sus mercados y con fuertes vínculos con las grandes editoriales, incluso hablando de narradores faranduleros o vacas sagradas, bestsellers de retintín y obsesionados residentes en Europa y EEUU por pillar presencia mediática. Incluso, a esa gentuza, el Nobel les pide algo más que tirajes generosos y media hora semanal de televisión.
Y ahí la pregunta ¿Tiene la literatura peruana actual algo de nuevo que decirle al mundo? Es más ¿Tenemos voz propia para decir algo significativo a los demás?¿O nos hemos vuelto discos que repiten discursos ajenos, libros nuevos de ideas viejas, imitaciones presuntuosas, originalidades tramposas, mediocridades impostadas, simples proyectos mercantiles para editoriales?
Dejo ahí la pregunta, para quien vuelva a soñar con un Nobel peruano.
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miércoles, 23 de julio de 2008
LA DICHOSA FERIA DEL LIBRO
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miércoles, 28 de mayo de 2008
¿Quo vadis, Harold Alva?
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domingo, 3 de febrero de 2008
EL ESCRITOR, LA EXCELENCIA Y EL MERCADO
Esta discusión –de la cual el congreso de Madrid fue solamente un capítulo- empieza a partir de la queja airada de muchos escritores contra las mafias y las argollas de los escritores limeños o pitucos, que se han adueñado de los medios y las estanterías y que boicotean inexorablemente el aporte de los escritores venidos del interior del país. Es decir, una élite engreída y malvada que publica merced a privilegios mientras manipulan los hilos editoriales y reproducen conductas racistas para seguir ignorando la creciente marea de escritores provincianos.
Por el contrario, la inmediata respuesta es esta: Los llamados andinos o excluidos son una caterva de fracasados y resentidos, losers que mascullan su rabia por no tener ante el público el éxito de otros. Incapaces de triunfar en el mercado, incapaces de ser leídos por los peruanos; crean sus fantasmas y se refugian en un victimismo llorón. En vez de aprender de sus paisanos músicos, que ya se han adueñado de las ondas y los espectáculos; esperan que alguien les dé la ayuda que su falta de excelencia –y exceso de mediocridad- les impide.
Bueno, he caricaturizado la vaina para ponerle pimienta a una discusión demasiado enfurruñada. Ahora sí meto mi cuchara:
-Sí, existe exclusión (me parece inaudito que escritores como Sócrates Zuzunaga o Cayo Vásquez sigan siendo poco más que clandestinos). Ahora bien: eso es algo normal en sociedades de democracia incipiente e incluso fallida, donde los prejuicios se adelantan a la información y donde los mecanismos de poder y dominación actúan casi con impunidad en un país de instituciones débiles, por no decir inexistentes. El que haya una minoría hegemónica y una mayoría de buenos escritores “invisibles” no es tanto por el egoísmo de los primeros como sí por la actual conformación de nuestra sociedad.
-El mercado editorial en el Perú es débil, invertebrado y muy irregular ¿Qué mercado del libro existe en un país donde éste es un virtual artículo de lujo, externo y lejano? ¿Qué tipo de mercado editorial tenemos en un país que no cuenta siquiera con una miserable red de librerías a nivel nacional y donde la mayoría de librerías en el Perú son más bien papelerías con bestsellers pirateados? ¿Qué mercado hay cuando la mayor parte de las editoriales nacionales se portan con los escritores de una forma leonina, casi venal, sabiendo que nadie les castigará? Mercado será la producción audiovisual (incluso, la informal) o la gastronomía, donde los capitanes de empresa la han sudado solitos y han generado una aceptación popular. Temo que (aún) no podemos decir lo mismo en el campo editorial.
-La excelencia por sí sola no gana batallas, no en el Perú. Que lo diga el gran escritor huanuqueño Andrés Cloud, cuya chispeante narrativa solo fue conocida cuando ganó –hace algunos años- el famoso premio cuentístico de una revista limeña. Sin embargo, lo peor que les puede suceder a los escritores del interior es que les suban al carro escritores mediocres o menores que esperan el chorreo de los consagrados. Y -aunque parezca sólo amor a la camiseta- yo tengo fé en los nuevos escritores que están surgiendo en varias ciudades del Perú.
Concluyendo: La exclusión en la literatura peruana existe pero no es producto de miserias privadas como sí de problemas sociales vigentes. Esos problemas se cristalizan en la debilidad del mercado como mecanismo de publicidad de los escritores (y más bien tienden a fortalecer las argollas) así como en la imposibilidad de una distribución más o menos uniforme de la producción literaria nacional. Además, en una sociedad predominantemente audiovisual, donde la oralidad es la base de la cultura popular y las nuevas tecnologías están revolucionando las dinámicas de información y de ocio; el campo literario tiene mucho menor margen de maniobra.
Sin embargo, creo que la solución no pasa por el ejercicio de la queja pública. Chau al muro de las lamentaciones. Los escritores tenemos que HACER ALGO.
Propuestas que podremos discutir en otro momento:
-Crear circuitos editoriales alternativos teniendo como base escuelas, institutos pedagógicos, colegios profesionales e instituciones públicas. En Chimbote ha funcionado una alianza entre escritores, libreros y colegios para que los escolares lean y conozcan autores de su región.
-Conseguir nuevos agentes financiadores del libro y su difusión, señaladamente hablamos de Gobiernos regionales y locales. Hay antecedentes muy positivos en Huánuco y Loreto.
-Que los escritores intenten constituir alguna asociación gremial que pueda proteger sus intereses como autores. Ya hay un ejemplo (minúsculo y aún poco difundido) como el del Gremio de Escritores del Perú; pero sabemos que hay homólogos regionales en provincias. Sería bueno que unificaran sus prácticas y se comunicaran mejor.
¿Se me ha escapado algo? Seguro, a ver, soy todo oídos…
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