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miércoles, 29 de mayo de 2013

EL QUIJOTE DE CHIMBOTE



Reinicio mi contacto en este blog con una muy mala noticia: El fallecimiento de Jaime Guzmán Aranda.

¿Quién era Jaime? Escritor, editor, animador cultural de Chimbote. Y uno de los Quijotes de nuestro país.

Enamorado hasta el tuétano del gran puerto del Norte, Jaime se empeñó en que todos conociéramos a Chimbote por su literatura. Fundó Río Santa editores, una de las editoriales más activas fuera de Lima, cuya divisa era: ¡Para dejar de ser forasteros en nuestra propia tierra, leamos lo nuestro!¡Sólo se ama lo que se conoce, lee literatura de Chimbote! Esto que pareciera ser una algarada localista era el gran grito de campana que convirtió a Chimbote en uno de los grandes polos culturales del Perú.

Jaime se obsesionó por publicar todo lo literario que pudiera aludir a Chimbote. Rescató los textos chimbotanos de titanes de nuestra literatura como Julio Ortega u Oscar Colchado. Sacó adelante antologías de ensayos sobre la ciudad con firmas históricas como las de Cornejo Polar o Flores Galindo. Llegó a gestionar los permisos y derechos para publicar el célebre libro de Guillermo Thorndike sobre el plutócrata pesquero Luis Banchero (que buena parte de su vida la dejó en ese puerto). Impulsó a jóvenes escritores de la ciudad a publicar como el caso de Miguel Rodríguez Liñán, Augusto Rubio y Ricardo Ayllón. Tenía que imprimir a Juan Ojeda, el gran ausente, el gran vate de Chimbote, nuestro único poeta marinero. Sin Jaime, no habríamos descubierto a Fernando Cueto, uno de nuestros más prometedores escritores de este siglo.

Toda esa labor editorial lo hizo a costa de sí mismo. No se hizo millonario con su editorial ni mucho menos. Todo lo contrario, quiso hacer de Quijote en su tierra, a sabiendas de lo que recibiría a cambio.

Jaime hizo todo lo que pudo para que la literatura chimbotana floreciera: Financió librerías que al final quebraron, él mismo en su propia camioneta llevaba sus libros a cualquier evento, realizaba iniciativas bizarras como polladas culturales:  ventas de pollo a la parrilla para conseguir fondos. Presentaba libros con desfiles de escolares y bandas de música por la ciudad. Sacaba revistas culturales efímeras, que de la nada salían. Provocador y lujurioso, como lo era, acometió la publicación de un libro de cuentos eróticos de Chimbote, dándolo a conocer en uno de los principales prostíbulos de la localidad. Agasajaba a los escritores que se detenían en Chimbote, con desayunos generosos por la mañana, anticuchos y cervezas por la tarde y vigorosos caldos de lengua por la madrugada. Con él aprendimos que Chimbote no era una gran barriada sino una gran comunidad de artistas tan o más activa que sus símiles de la capital del Perú.

Pero esto era, como ya saben, una labor de Quijotes. De peruanos que se quedan en bancarrota a mitad de sus sueños, que reciben crueles burlas de sus pares metropolitanos y banales puntapiés en las ventanillas bancarias, que se pasan mañanas enteras en despachos oficiales para apenas conseguir migajas, que intentan convencer una y otra vez a gente que, detrás de elegantes corbatas, no mira más allá de sus intereses y considera el arte como una extravagancia. Que se queman las cejas publicando libros y revistas en un país donde millones leen prensa chicha, miran todos los días telebasura y gastan sus excedentes comprando baratijas en las galerías comerciales.

Pero, pese a las evidencias, necesitamos este tipo de Quijotes. Necesitamos de gente que invierta su tiempo, sus recursos, su vida misma en la cultura y en el arte. Porque la cultura y el arte son una de las pocas ventanas que tenemos para no asfixiarnos en la mediocridad cotidiana, el individualismo salvaje y la ignorancia jactanciosa. Nuestro país no es grande porque vivamos de exportar exitosamente minerales a China, exhibamos un gigantesco PBI en uno de los países más desiguales de la región o presumamos de comer rico mientras millones de nuestros hijos se acercan a una sonrojante tasa de desnutrición crónica; el Perú es y será grande gracias a su cultura, gracias a nuestra capacidad de crear.

Se ha ido Jaime, el gran Quijote de Chimbote. Esperemos que otro chimbotano tome su adarga, coja su lanza y monte el flaco rocín. Que muchos quijotes peruanos enfrenten -con la sonrisa alucinada y la cabeza alta- los molinos de viento del Perú. De momento, no nos queda otra salida.

PD: En la foto, Jaime Guzmán Aranda en primer plano, escoltado por Oswaldo Reynoso y Fernando Cueto. Vamos, casi en el Olimpo.

lunes, 2 de abril de 2012

Mi camino a un arte del siglo XXI (ruta peligrosa, señalada por nostalgias y melancolías)


Soy, posiblemente, de la última o penúltima generación que creció leyendo revistas de historietas y fotogramas.

En aquellos años setenta sólo teníamos tres canales de televisión en blanco y negro: en la época de Velasco pasaban lo mismo (Astroboy, Los Tres Espaciales, El Hombre Par) en los tres, en la de Morales Bermúdez interrumpían los mejores programas para poner discursos de los ministros militares contra las huelgas del Sutep o la CGTP (cuando quería ver a Melissa Sue Anderson de La Familia Ingalls, aparecía el tenebroso Ministro del Interior Pedro Richter Prada, esa fue una de las razones por las cuales ya me volví comunista en el colegio).

Los teléfonos eran defectuosos y no te podías pasar horas hablando con tu amiga del alma, el sistema postal era lento y caro (sobre todo si querías escribirle a tu amiga finlandesa del alma). Las computadoras e internet eran pura ciencia ficción.

Cuando abrías el periódico sólo tenías diez largometrajes en la cartelera, la tercera parte hindúes (cuando el cine hindú era llorón y no tenía los alicientes bailables del actual cine de la India para adolescentes). Vimos Star Wars con tres años de retraso y colas kilométricas, cuyo único aliciente era cobrar por colarse o ligar con hembritas chantajeándolas con comprar un ticket para ellas.

Los antros de ocio para los retoños de la clase media limeña se reducían a los espacios semivacíos de Camino Real, paseos pajeros por Miraflores o el golfito de El Rancho. Lo más borderline era ver al Alianza de Cueto y Cubillas en el recién estrenado estadio de Matute o presenciar los últimos estertores del cachascán en el estadio municipal de Surquillo. Y comerte los fines de semana en el Parque Universitario, lleno de migrantes, trabajadoras del hogar y reparadores de anteojos,  alquilando historietas por unos devaluadísimos soles.

Historietas que, en ese entonces, las llamábamos chistes (en España se llamaban tebeos, en Italia fumetti). El término cómic era casi desconocido y reservado para los intelectuales enteradillos. Los mocosos de entonces no sabíamos nada de la guerra entre Marvel y DC Comics, ni de las miserias de la editorial Novaro, ni la influencia del Comic Code. Sencillamente disfrutábamos de Superman, Tarzán, Linterna Verde, el Super Ratón o el Capitán América. Leíamos tanto comics de terror (Doctor Mortis) como todas las subversiones de la factoría Disney (los sobrinos del pato Donald, el rico Mc Pato, los chicos malos, el inventor Giro Peraloca). Nos encantaban las sugerentes formas de la Gatúbela y Superchica e ignorábamos las presuntas simbologías homosexuales de Batman y Robin.


Ah, y tuve la suerte de revolver en los archivos familiares y encontrar la bizarra revista Avanzada, una publicación católica de los años cincuenta y sesenta, donde además de conocer  historias de misioneros, vaqueros y samurais, te topabas con las aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, tres personajes que representaban a la costa, sierra y selva peruanas y que proponían con candor la paz, el progreso y la amistad en la sociedad oligárquica de entonces (en un conmovedor capítulo logran reconciliar al terrateniente racista y cascarrabias con los laboriosos y agradecidos indios de su hacienda). Era entrar a un universo paralelo.

Pero, además, nos sumergimos en la historieta cien por ciento mexicana: El antihéroe Capulina, el carca Aniceto o las eróticas (y muy pertubardoras) historietas de Hermelinda Linda que lindaban en la delgada línea de la prohibición. También las explotation del catch mexicano (los fotogramas de El Santo y Blue Demon) y las refinadas historias de Kalimán y Hatha Yoga, herederas de la bizarra temática mexicana de brujos indígenas, científicos locos y magos escapistas.

Para los loquitos antisociales de la época, teníamos Vidas ilustres, Joyas de la Mitología, Leyendas de América y Turok, el piel roja que vivía en un mundo jurásico. También habían disidentes que hurgaban en las colecciones ambulantes de las calles Lino Cornejo y Contumazá, donde los libros de historietas argentinas El Tony , Fantasía y D’Artagnan se mezclaban con las revistas China Reconstruye y Sputnik. El menú de esas historietas rioplatenses era  un dibujo distinto –casi sofisticado- que convertía en chuscos a sus símiles mexicanos. Otros méritos eran  la recreación de películas que tardaban años en llegar a Lima, o que nunca llegaban, así como ofrecer héroes diferentes (como El Cabo Savino, Nippur de Lagash o Pepe Sánchez). Era nuestra manera infantil/adolescente de viajar por el tiempo y el espacio. La otra era escuchar las radios extranjeras de onda corta (las ediciones en español de la BBC o la Deutsche Welle). Así estaban las cosas.

Por eso, nuestra experiencia en historietas difiere bastante a la última generación de productores y consumidores de cómics en el Perú.: Chicos y chicas valiosas que están muy influenciados por el manga y la onda gótica, pero cuya experiencia con las historietas ha sido absolutamente diferente: en términos básicos, experimentan el cómic en un mundo donde internet, el photoshop, el DVD, el MP3, el cable (pagado o pirateado) y el teléfono celular copan casi todo el ocio adolescente peruano. El cómic tiene para los jóvenes de hoy un valor muy distinto del que tuvimos, ya no es la publicación de masas que editaban las transnacionales, sino un producto de consumo minoritario que, sin embargo, intenta producir un valor cultural agregado, casi artístico, que propone la historieta como un camino no solo de entretenimiento sino también de enseñanza y reflexión.

Todo esto lo husmeé asistiendo por la mañana al Encuentro de Fanzines 2012 que se celebró en la Casa de la Juventud de Jesús María, gracias al liderazgo y buen hacer de la socióloga y promotora cultural Candy López Sotomayor. Allí, bajo el inclemente sol veraniego, vi buena parte del actual cómic peruano –heroico, independiente,  a veces trivial a veces alternativo- como otro de los productos culturales de los peruanos del siglo XXI. Que no todo es gastronomía.

Y, ojo, he visto cosas muy sugerentes y esperanzadoras: Una voluntad de proponer héroes auténticamente peruanos (MED Cómics), historietas de adolescentes que se trasladan a las épocas prehispánicas (Pururauca) o mangas limeños que narran con desenfado  la problemática laboral de los jóvenes metropolitanos (Jobs).

Las artes mutan con el tiempo. Inútil hablar de artes eternas: el teatro ha mutado de ser la televisión de las urbes decimonónicas a sobrevivir como performances minoritarias, la pintura de ser un oficio masivamente demandado a terminar como ejercicio elitista. La poesía era el principal vehículo de relación erótica entre pares y ahora una disciplina exclusiva para letrados cosmopolitas y refinados. Por el contrario, la fotografía pasó de ser un profesión industrial a convertirse en un nuevo arte, y la historieta de ser un arte sometido al consumo de masas a ser una alternativa visual inteligente y denunciadora.

No tengo plata para comprar los grandes cómics clásicos (sea Maus, sea El Eternauta) pero por lo menos pude invertir quince solcitos en adquirir varios ejemplares de fanzines peruanos en el Encuentro mencionado. Me ha pasado lo mismo que con la literatura peruana que suelo consumir (la de provincias, la limeña marginal, la de los escritores que no quieren arrodillarse a las transnacionales y sus políticas de consumo banal y mercantil). Es decir, sentir la creatividad viva, las ganas de hablar con un lenguaje distinto del mercado, las formas individuales, rabiosas, conscientes de interpretar el Perú. El arte, una vez más, convertido en el alimento de nuestras esperanzas, utopías y luchas. Casi nada.

Y ya no extraño ni al Super Ratón, ni a Turok, ni a Melissa Sue Anderson.




P.D. La foto, del superblog ArkivPerú

jueves, 31 de diciembre de 2009

LA DÉCADA INÚTIL. Un balance y liquidación cultural.


Me uno a los anglosajones que gustan de terminar las décadas en cero siempre y no en uno como debiera ser. Como ellos mismos, lo hago para que esta década termine cuando antes. Una década que para muchos ha sido prescindible y negativa. Me remito a la terrible sentencia del celebrado Nobel Paul Krugman que ha calificado esta década como el Gran Cero (Cero crecimiento del empleo, cero progreso económico, cero ganacias en bolsa, etc.) por no citar a la periodista española Patricia Godes, quien ha sentenciado estos últimos diez años como la Década de la idiocracia, una década en que "el incompetente, el necio y el drogado han accedido a puestos de responsabilidad y han podido tomar decisiones asesinas e ilógicas contra el medio ambiente, la sensatez, la decencia, el buen gusto y la misma supervivencia de la especie con toda impunidad".

Culturalmente, esta ha sido la década de la consolidación de las Nuevas Tecnologías, de la Pangea Multimedia, de la sociedad del espectáculo y de la frivolidad de los discursos culturales muy ligados al mercados. La década de una producción de artes plásticas que empezó full post-conceptual carísima y que terminó, por mor de la crisis mundial, en deliciosamente hípermaterial austera. La época del cine de animación puro y duro, de guiones tan débiles como taquilleros, falsa ética anti-Disney y mucho discurso juvenil de Hannah-Montana. La Gran Era de los Videojuegos, donde los internautas más adictos han terminado siendo coronados reyes del universo en el interior de sus cochambrosos dormitorios. La década de nuevos estilos de ficción televisiva que, gracias al cable, permitan obras de arte que el peruano común alquila o piratea.

Ha sido la época que reubicó la industria musical, vencida por el auge de implacables descargas de internet y copias de productos culturales sin derechos de autor. Hoy los legendarios grupos rockeros que ni sabían ni les interesaba dónde se encontrara nuestro fucking país, ahora humildemente ofrecen conciertos como alternativa a la chequera cero que les dan sus antiguas casas disqueras. Porque hablamos de auténticos jubilados y decadentistas de la música pop que arriban a un país con una cultura rockera solo anidada en un pequeño círculo capitalino. Por no hablar de cantantes tramposas que muy tarde se enteraron del cambio de aires y vienen a mostrar sus curvas a Lima (ah, y también su música).

En esta década se consolidó la Gastronomía peruana como nuestro peculiar décimo arte, al calor de la enésima batalla del Pisco, los éxitos simbólicos de nuestro turismo y las derrotas mediáticas de la competencia sureña. Hoy, Lima es la ciudad con mayor número de escuelas de cocina per cápita del mundo. Y, detrás del Mito Gastón Acurio, hoy miles de desheredados sueñan con ser chefs y largarse al extranjero renovando las locas ilusiones del peruano de a pie que quiere conquistar fuera lo que su propio país no le da. Y resulta de bastante humor negro el saber que un país con la Mejor Cocina del Mundo tiene unas sonrojantes tasas de desnutrición crónica infantil.

Entre la literatura y las Nuevas Tecnologías, ha sido la década de los Blogs, que han tenido su época de oro, antes que nuevos formatos como el féisbuk y el incomprensible twitter les ganaran la carrera en el inframundo de las Redes Sociales. Hoy los escritores trabajan sobre PCs, muy poquitos se siguen aferrando a la máquina de escribir eléctrica y ya nadie (ni siquiera los freakies) usan una entrañable máquina de escribir mecánica. Los diccionarios digitales, el google y -como mencionaba alguna vez César Hildebrandt- la Rica Wiki; son los nuevos soportes de conocimiento (y, por desgracia, también de análisis) de los jóvenes intelectuales del siglo XXI.

Ha sido una década rara en literatura, donde entre la fascinante novela de Chabon sobre la época de oro del cómic americano y la celebrada trilogía de Stieg Larsson (o entre la autobiografía en original clave gráfica de Satrapi y el Canto personal a la Desolación de Corman McCarthy); medra un preocupante vacío creativo en el supermundo editorial transnacional que premia reportajes fáciles disfrazados de ficción, budismo de entrecasa o esoterismo barato. Hace años -y ciñéndonos a nuestra lengua- teníamos un Borges, un Lezama Lima, un Cortázar, llegamos a tener un Bolaño ¿Qué tenemos hoy? ¿Quiénes nos enseñan a escribir mejor?

En el Perú la paradoja es aún mayor, pues esta década ha visto la consolidación de una narrativa de diversas partes del país y el nacimiento de vigorosas promesas (el loretano Cayo Vásquez, el chimbotano Fernando Cueto, el propio Daniel Alarcón de ultramar, amén de una serie de jóvenes escritores que este señor se precia en citar) mientras la cultura letrada sigue arrinconada en el hábitus general del país, sin obviar las argollas de los escritores mediáticos que, luego de la Batalla de Madrid, siguen sin enterarse que hay vida más allá de sus cinco distritos dorados de Lima (¿para qué enterarte si terminas haciendo tu vida en el extranjero?).

Termina una década donde francamente hemos quedado con amargos regustos en la boca (nació Otro Muro y tenemos otro Campo de Concentración). En esta odiosa comparación fotográfica nos percatamos que incluso hemos retrocedido en la historia.

No quisiera irme con ánimo pesimista y -de cara a la próxima década- me aferro al enorme crecimiento de nuestra literatura patria (año tras año, se publican más títulos, aunque de poco tiraje), el surgimiento de nuevos nombres en la literatura y la consolidación de reconocidos escritores nacionales (todos niguneados pero ¡da igual! siguen creando), la curiosa carambola del Plan Lector en los colegios (que adolece de indudables carencias pero que ha terminado creando un nuevo mercado activo para cientos de escritores peruanos) y el sostenido crecimiento de una literatura peruana en otras lenguas nativas (sí, son pocos, pero son).

Y, para esperanza, qué mejor que aquellas palabras de José María Arguedas, dichas casi a propósito para darnos ánimos y fuerzas:

"No, no hay país más diverso, más múltiple en variedad terrena y humana; todos los grados de calor y color, de amor y odio, de urdimbres y sutilezas, de símbolos utilizados e inspiradores. No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcilaso, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; picaflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. Imitar desde aquí a alguien resulta algo escandaloso. En técnica nos superarán y dominarán, no sabemos hasta qué tiempos, pero en arte podemos ya obligarlos a que aprendan de nosotros y lo podemos hacer incluso sin movernos de aquí mismo".


Larga vida al Perú en la noche de los tiempos.




* Algunos links de aquí fueron posibles merced a David Abanto, al señor Ausente y María Germaná. Repetidas gracias a los tres. Qué grandes amigos.

viernes, 9 de octubre de 2009

EL PERÚ Y LOS PREMIOS NOBEL


Aprovechando el tirón mediático de los premios Nobel (no solamente el de Literatura sino también el de la Paz concedido a Obama, lo que ha dado para simpáticas caricaturas) y haciendo caso a buena parte de los comments del post anterior; quisiera tratar un poco sobre la relación entre los premios Nobel y el Perú.

No voy a descubrir la pólvora. Solo recordar que el Nobel de Literatura es un premio que no se da "al mejor escritor del mundo" sino simplemente a un "gran escritor", se premia una trayectoria y no solamente una obra y se da a escritores vivos (a Paul Valery, eterno candidato, se lo iban a dar en 1945, pero se murió). El Nobel se elige de una forma bastante elitista: la Academia solicita a cerca de 700 personas e instituciones de todo el mundo sus propuestas de candidatos. Por lo general, 200 nombres pasan a ser objeto de estudio por parte del Comité Nobel, el cual designa a un grupo de cinco miembros encargados de reducir la lista a otros tantos autores. La criba termina en manos de 18 académicos que deciden quién es el elegido. Así que quien sueñe que recolectando firmas por internet va a lograr que lo inscriban como candidato al Nobel, olvídense. Más valor tiene la sentencia de Marco Martos: "algo que debe hacer todo aspirante al Nobel, es que lo traduzcan al sueco".

De todos es conocido la injusticia en muchísimas de las decisiones de la Academia Sueca, la evidente intromisión de la política en las mismas, los ominosos olvidos de Borges o Tolstói, el andamiaje ideológico de la propia Academia Sueca (muy conservadora durante la mitad del siglo XX, más abierta y hasta progre en la otra mitad) y el tremendo secretismo de sus decisiones. De hecho, todos los expedientes de las candidaturas están guardados bajo silencio absoluto durante cincuenta años. Por lo que los rumores sobre las candidaturas de Vargas Llosa, seguirán siendo rumores durante muchos años hasta que la Academia abra el candado. En todo caso, los curiosos pueden buscar el libro de Kjell Espmark ya traducido al español, donde cuenta -con conocimiento de causa, pues en los años ochenta fue presidente del Comité Nobel- intrigas, puñaladas, serruchos, cantos del cisne y lamentaciones del dichoso Premio. Quilca, publícalo porfa.

Bueno ¿Y el Perú?

Decirles primero que el primer peruano nominado oficialmente a un Nobel fue nada más y nada menos que el presidente Augusto B. Leguía, el primer peruano en salir en una portada del Time, nominado en 1930 al Nobel de la Paz junto al presidente chileno Ibáñez del Campo como recompensa a sus buenos oficios para ultimar el Protocolo de Tacna y Arica. Estuvieron muy cerquita, pero al final la argolla escandinava -que en esa época tenía bastante más cancha- se lo dio a Nathan Söderblom, un pastor luterano sueco. Siempre me he preguntado ¿si le hubieran dado el Nobel a ambos, hubieran mejorado las relaciones entre Perú y Chile? ¿terminaríamos queriéndonos más?

Ah, hubo otro peruano nominado para el Nobel de la Paz. Fue el caso de Mariano Hilario Cornejo, sociólogo positivista y spenceriano, pierolista primero y leguiísta después, diplomático que hizo carrera en la Sociedad de Naciones hasta ser jurista de la Corte Internacional de La Haya y muy conocido en las cancillerías europeas por sus libros sobre Relaciones Internacionales. Fue nominado repetidamente durante los años treinta, contando con el fiel -e inexplicable- apoyo del la presidencia del Parlamento noruego. Para mí es otro exponente de esa República Oligárquica, terrateniente y elitista, pero me curo en salud dándoles sobre su persona este benévolo estudio.

En Literatura....bueno podemos presumir de un récord: ¡Dos peruanos nominados el mismo año y ambos hermanos!

Semejante bizarrez no sé si tenga explicación. Pero el caso fue que los hermanos Ventura y Francisco García Calderón fueron nominados en 1934, separadamente, al Nobel de Literatura por colectivos de escritores latinoamericanos radicados en París así como por buena parte de la alta intelectualidad francesa a quienes los hermanos García Calderón eran habituales como destacados américanistes.

Ventura fue escritor y diplomático, autor de la canónica La Venganza del cóndor (un best-seller de su época, se le tradujo a diez idiomas) y que terminó en la Academia belga de la Lengua Francesa. Francisco un diplomático, ensayista y filósofo, íntimo de Riva-Agüero, arielista y conservador, autor de Le Pérou contemporaine, que pasó sus últimos días en el manicomio de Lima. Sus nominaciones no dejan de ser curiosas y poderosamente simbólicas, al referirse a peruanos (sí, permítanme la cursiva, sin ofender) que escribieron gran parte de su obra en francés y que casi toda su vida la pasaron fuera del Perú. De los dos, Ventura es más conocido y muchos creen que él fue el único nominado. No sabemos qué posibilidades de ganar tenían, en ese año el Nobel se lo llevó el dramaturgo Luigi Pirandello, fascista confeso quien, al año siguiente de recibir el premio, no tuvo incoveniente en donar la medalla del mismo a Mussolini dentro de la campaña de recolección de oro para financiar la guerra contra Etiopía.

Luego de todo lo dicho -es decir, fuera ya de los archivos abiertos- solo hay sitio para las especulaciones: Que Alberto Hidalgo promoviera motu propio su propia candidatura entre los escritores latinoamericanos, que Vargas Llosa ha estado cerquita en dos determinados años, que en un momento se pensó en Bryce Echenique, que si Scorza.... De momento solo habladurías que no tienen base documentaria. Y que alimentan la habitual chismografía limeña.

Bueno, y la pregunta que todos ustedes esperaban ¿Le darán el Nobel alguna vez a Vargas Llosa?

En el Perú oficial se ha puesto como acto de fé que Mario Vargas Llosa debe merecer el Nobel sí o sí. Creo que, más allá de los méritos de Don Mario, debiéramos sacudirnos de ese patriotismo criollo y ser un poco más realistas.

Como mencionó Marcel Velazquez aquí hace un año; un gran obstáculo para MVLl es el Nobel que le concedieron a García Márquez en 1982, lo cual en cierta medida es un reconocimiento a toda la generación del Boom. Si bien es cierto que la narrativa, la temática y hasta la ideología de Gabo y MVLl son harto diferentes; desde Estocolmo se ven a los escritores de otras latitudes más como parte de tendencias de pensamiento, generaciones literarias o circuitos regionales, que como creadores individuales. Y si la Academia quiere volver a mirar a estas tierras, es mucho más probable que se lo den a Carlos Fuentes, quien cuenta con el apoyo de todo el poderoso aparato de las industrias culturales mexicanas y un reconocimiento casi unánime por las instituciones de ese país. Ese peso de los escritores en una comunidad es algo que también valora la Academia.

¿Y el futuro? Será distinto, muy distinto. A diferencia de hace veinte años o más, son las editoriales transnacionales quienes controlan los canales literarios. Son esas empresas las que ponen el dinero, los premios, el eco mediático. Antiguas instituciones como las universidades, el sector público, las organizaciones educativas y culturales de la sociedad civil, las asociaciones de escritores y artistas, etc. han perdido terreno terriblemente. En nuestra lengua, para bien o para mal, un premio Planeta o un premio Alfaguara tienen mucho más poder, convocatoria y prestigio que los antiguos premios Rómulo Gallegos o Casa de las Américas (que todavía existen, dicho sea de paso).

Pero, por otro lado, los escritores ya no son lo que eran, han dejado de ser grandes referentes del pensamiento de sus sociedades y no tienen ni la décima parte de la fuerza convocatoria de un Emile Zola, un Pablo Neruda o un Bertrand Russell. Escritores entregados a grandes líneas de pensamiento como Juan Goytisolo o el finado Harold Pinter son una minoría dentro del escaparate literario que tenemos en los medios. Hoy los escritores son mucho más individualistas (a veces, incluso, más que empresarios o agentes de bolsa) y se comunican muy poco entre sí (curiosamente, en estos tiempos de celulares e internet).

Pero tampoco le echemos la culpa a ellos. El mundo ha cambiado. La sociedad del espectáculo se ha tragado los viejos espacios tradicionales de las artes y las humanidades, en todo caso las ha reconvertido en nuevos productos culturales. La literatura, en este siglo XXI, esta mutando a otras formas, de la mano con las nuevas generaciones de ciudadanos más integrados en las pangeas multimedia, la cognitividad pubicitaria y al soporte audiovisual que a la cultura letrada convencional.

Y, posiblemente, el Nobel durante varios años siga siendo más un muestrario de los diversos caminos de la literatura del siglo XX (no sin cierta pátina museística) para alimentar esa literatura del nuevo milenio que aún no sabemos a donde irá. Posiblemente, la Academia termine de saldar ciertas deudas con Philip Roth, Rubem Fonseca, Yevgueni Yetvushenko o Adonis. Y posiblemente siga escarbando entre los menos consagrados pero globalmente igual de importantes como Salim Barakat, Rodolfo Fogwill o Lobo Antunes. O, para darle un aire más joven, se atreva con José Eduardo Agualusa, Michal Viewegh o Leonardo Padura. O, haciendo literatura-espectáculo, se lo den a las chinas sexy-epatantes Mian Mian y Wei Hui o al escritor-torturador argelino Yasmina Khadra. Cosas más fuertes han visto estos ojos.

Esta pequeña vuelta al mundo literario la hemos dado para resaltar el énfasis global del Nobel por dar a conocer nuevas voces de distintas culturas letradas que tengan algo que decir al mundo de hoy. Incluso hablando de escritores consolidados en sus mercados y con fuertes vínculos con las grandes editoriales, incluso hablando de narradores faranduleros o vacas sagradas, bestsellers de retintín y obsesionados residentes en Europa y EEUU por pillar presencia mediática. Incluso, a esa gentuza, el Nobel les pide algo más que tirajes generosos y media hora semanal de televisión.

Y ahí la pregunta ¿Tiene la literatura peruana actual algo de nuevo que decirle al mundo? Es más ¿Tenemos voz propia para decir algo significativo a los demás?¿O nos hemos vuelto discos que repiten discursos ajenos, libros nuevos de ideas viejas, imitaciones presuntuosas, originalidades tramposas, mediocridades impostadas, simples proyectos mercantiles para editoriales?

Dejo ahí la pregunta, para quien vuelva a soñar con un Nobel peruano.

miércoles, 23 de julio de 2008

LA DICHOSA FERIA DEL LIBRO




Antes que nada lo confieso: No me gustan la ferias del libro de este tipo, no me gusta un certamen en donde la exhibición de las producciones de escritores termina pervirtiéndose en un pulso entre editoriales, donde los escritores son (casi) obligados a hacer de figuretis y comparsas a mayor gloria de las ventas. ¿Festival de las letras? No, cenáculo empresarial de mitad de año para hacer caja, ese es el espíritu de las "grandes" ferias del libro. Sí, la de Lima también.


Las ferias, los concursos, el mundo de la literatura y las editoriales ya no son como antes... Antes un concurso era una competición de obras bajo la lupa de jurados exigentes e independientes, hoy apenas es una negociación ajedrecística entre editoriales donde pesa más el márketing, la vocación mediática y la exhibición icónica del autor/editor. Las ferias, si alguna vez fueron exhibición democrática de las tendencias literarias, hoy son campo de batalla entre agentes literarios por sumar puntos de venta. Más o menos como cualquier vulgar Feria del Automóvil.


Si me creen exagerao, os recomiendo un célebre capítulo de Los detectives salvajes, donde Bolaño desnuda la Feria del Libro de Madrid (la primera o segunda feria literaria del mundo en lengua hispana) o la acusadora novela El Premio del malogrado Manuel Vázquez Montalbán donde exhibe las miserias internas de las editoriales, aquellas por la que suspiran centenares de escribidores peruleros.


Pero, además, en esta edición ha estallado el escándalo del veto de la Cámara Peruana de Libro contra la Alianza Peruana de Editores (ALPE) , ampliamente discurtido en los blogs y que ha terminado en una auténtica Paz de Munich, donde los grandazos han aceptado que participen las pequeñas editoriales del ALPE, aunque señalándoles que, sin mucho roche, se ubiquen.


Y es que el problema es que los alquileres de stands no son precisamente baratos poder participar (mil dolarcillos de alquiler por un stand de muy pocos metros cuadrados). A sabiendas, además, que la asistencia a la Feria no significa necesariamente una ola compradora.


Otra duda: ¿No se pensó en que el hecho de clavar la Feria en el Jockey Plaza no es precisamente garantía de democratización? ¿Es que era muy triste organizarla en el Centro? (El Parque de la Muralla era el espacio perfecto, además sita al otro lado de la tradicional feria del libro de Amazonas)


O sencillamente prima el interés de facilitarle la alfombra roja a los auténticos beneficiarios de la Feria ¿Quiénes? Pues aquellos peruanos que pueden darse el estupendo lujo de comprar regularmente libros y novedades a precios internacionales. El resto de los mortales nos conformamos con las generosas ofertas de alguna empresa oriunda, algunas ediciones baratas que nos suelta alguna librería y los saldos de los fondos editoriales universitarios. Así que, amigo, si apenas ha juntado veintipico soles (lo que le vale para varios ejemplares interesantes en Quilca o Amazonas, por no hablar del bazar pirata de Wilson) mejor ni se moleste en acudir a esta parte privilegiada del país.


Y ojo, que esto lo dice este pechito que asistió a la dichosa Feria y se ha dado incluso su garbeo institucional, quien se fue a buscar libros que enriquezcan la biblioteca de este lugar y que, descuidándose, (casi) quema su tarjeta de débito en aras de su modesta biblioteca particular. Soy conciente de la importancia y necesidad de una gran feria del libro en el páramo en el cual estamos. Y no voy a ser mezquino con quienes una vez al año se gastan la propina patrimonial en libros y no tanto en ropa, automóviles o cocaína. Dinero gastado en libros, dinero bien empleado.


Pero no me voy a detener en seguir denunciando el elitismo de un evento que podría ser muchísimo más amplio y democrático -ya se demostró cuando se levantó una feria del libro en Carabayllo hace unos meses- que debe ir precedido de un trabajo de investigación sobre la infinidad de editoras y fondos que hay en el resto del país y que debiera ser más generoso con las iniciativas editoriales que se hacen fuera de Lima (Este año se invita a Chile ¿A nadie se le ha ocurrido invitar también a alguna ciudad peruana de amplio capital cultural y editorial como Cuzco, Huánuco, Trujillo, Iquitos o Arequipa?). Salvo la presencia del conglomerado de ALPE y de un novedoso stand de editoriales regionales (donde domina la producción chimbotana), temo que la Feria sigue siendo habitada por las mismas empresas de siempre.


Y ese elitismo inconciente lleva a situaciones infames como el desprecio y la humillación a ciudadanos peruanos presos que participaron y ganaron un certamen literario y merecían ser premiados en la Feria. Una cadena de excusas hipócritas y negociaciones inmorales (adelantar la hora de la premiación para aislarla del resto de la Feria, cachear a quienes entraran a la premiación, etc.) terminó por abortar lo que hubiera sido un bonito ejemplo de reinserción social para los reclusos y un gesto para hacer la Feria más inclusiva.


Ojalá en el futuro tengamos más sangre nueva en la Cámara Peruana del Libro para que se renueve la Feria, se abandone el oropel mediático y el evento se vuelque a sectores necesitados -aún más- de cultura (como el colectivo de los escolares o el de los maestros de colegio), una Feria que se encuentre con la gran cantidad de escritores que pueblan este país (¿para cuándo la Feria homenajeará como se merece a Zavaleta, Reynoso, Cronwell Jara o Leoncio Bueno?) y que promueva de forma más decidida las iniciativas editoriales de provincias, mucho más comprometidas con el escritor peruano.


Ojalá, o la Feria terminará mudándose al balneario de Asia o al fundo de Mamacona, aireadas en sitios mediáticos tan cultos como éste, con música ambiental de Gianmarco y cuyas imágenes apenas si las veremos por acá.


Y no exagero.


miércoles, 28 de mayo de 2008

¿Quo vadis, Harold Alva?




Transcribo esta preocupante carta que me manda el escritor Rafael Inocente. Espero que todo esto se aclare lo más pronto posible.



CARTA ABIERTA AL SEÑOR HAROLD (EDITORIAL ZIGNOS)


Señor Harold Alva:


El cinismo y la ceguera son atributos de quienes, en vez de rebelarse, se refocilan con la realidad como los cerdos en el lodo. Y el grado de cinismo al que usted ha llegado con sus excusas y palabrería para justificar lo indefendible, resulta increíble.


Allá por 1920 ocurrió una famosa polémica en la cual se formuló una vieja pregunta, ¿por dónde pasaba el meridiano cultural de América Latina? La respuesta que indignó a los jóvenes escritores latinoamericanos de aquél entonces es que tal meridiano pasaba necesariamente por Madrid. Cuando Unamuno intervino en la discusión, dijo tajante que se estaba torciendo el tema principal, lo que estamos discutiendo, dijo Unamuno, no es por dónde pasa el meridiano cultural, si no por dónde pasa el meridiano editorial, es decir, no estamos hablando de arte sino de economía. Esta cuestión sigue latente hoy en día y con mucho más fuerza. Si en los años 20 existía una independencia que permitía a los jóvenes escritores latinoamericanos rebelarse indignados; hoy, las grandes editoriales están en Madrid y en Barcelona. Es por esos lares, lamentablemente, por donde pasa hoy nuestro meridiano editorial y, en no menor medida, el "intelectual".


Steiner decía que la censura del mercado no es menos terrible para el escritor que la censura que, hace tiempo, llamaron estalinista. Se habla siempre de esta censura política, pero pocos son los que se atreven a nombrar con nombre y apellido a la segunda, la censura del mercado, que se oculta o disfraza y puede ser ejercida por elegantes ejecutivos de periódicos decanos, por reporteros culturales de aspecto trajinado o deliciosas ladies de voz arrobadora. Una engendra rechazo inmediato y general, la otra casi siempre pasa desapercibida y decir algo sobre ella sería insensato, como insensato es ahora mandarse en contra de las sacrosantas leyes del mercado. No es cosa de sonrojarse y negarlo, barajándose en las cosas buenas que de seguro existen, pero decir que casi todo huele a mierda en el mundo editorial peruano, es una verdad de Perogrullo.


Varios otros motivos me llevaron pues a tomar las cosas con calma y a no apresurarme en publicar mi Ciudad de los Culpables. Conocedor de lo manaturaloso del ambiente culturete y "literario" en un país que compra libros (Holler, Cornejo y Rosado, Cruz, Rampolla, Coelho, Johnson, Mandino y mejor no sigo, que me perdonen los optimistas) pero ignora la literatura, decidí esperar el momento adecuado para iniciar la romántica empresa de editar una novela en el País de las Combis Asesinas y la Puticumbia Estridente. Primer error. Pese a haber sido reseñada antes de ser publicada—La Ciudad de los Culpables— en El Pacto con el Diablo, el libro de ensayos de nuestro querido Miguel Gutiérrez, y pese también a generosos ofrecimientos realizados por algunas editoriales, me negué repetidas veces a acelerar el parto mediante una peligrosa cesárea sugerida por médicos a palos. Preferí el parto natural, sin prisas ni sobresaltos fuera de hora, para así no deber nada a nadie al momento de decir mi verdad. A mediados del 2007, Arturo Delgado Galimberti, aquél novelista de culto ignorado campantemente por el establecimiento, me presentó al poeta Rodolfo Ybarra, quien había leído un manuscrito de mi novela e iniciamos una amistad basada entre otras cosas en la común devoción por la literatura, la polémica y la política, así, en ese orden. A raíz de este triple encuentro, Rodolfo Ybarra me recomienda a su persona, y, como anota él, nos recomienda —ya que a mí me interesaba publicar mi novela en una editorial peruana y joven, pero que a la vez hiciese un trabajo limpio y honesto, un trabajo profesional— a ambos. Craso error el de Ybarra y lamentable resbalón el mío. El problema, señor Alva, es que muchos creen que la amistad otorga licencias que tal vez no se tomarían con desconocidos y sólo reparan en ello cuando esa amistad ya está completamente resquebrajada o, peor aún, el amigo, compañero poeta o narrador, ya no quiere más excusas y exige solamente lo que es de justicia. Justicia.


Mi novela vio la luz los primeros días de diciembre del año 2007. Desde entonces hasta la fecha (26 de mayo del 2008) han transcurrido más de 5 meses y usted, en su papel de editor, no ha hecho absolutamente nada por encontrar los adecuados canales de distribución y comercialización. Pero no solamente es eso: todo indica que usted esconde parte de mis libros en su domicilio, pues no encuentro otra explicación al hecho de que conserve en su poder, sin distribuirlos, más de 100 ejemplares de mi novela.


Cuando le conocí, quedamos en que nuestro trato sería en base a la confianza (eso le dije yo y cumplí con la palabra empeñada), incluso me negué a firmar algún tipo de contrato, rompí en sus narices el papel —ese papel que aguanta todo— pues confié en la buena fe de sus actos y en la veracidad de su palabra.


El día de la presentación de La Ciudad de los Culpables, el presentador principal, Miguel Gutiérrez, se encontraba sumamente incómodo, pues, pasados quince minutos de la hora convenida, usted no aparecía por ningún lado y yo no tenía ni un solo ejemplar de mi novela. De los 60 ejemplares que llevó apresuradamente aquella noche, encolados a mano, pegoteados y todavía calientes, todos tenían la indeleble marca de un trabajo chambón e irresponsable: groseros errores de impresión, edición y montaje. Insisto, el cinismo y la ceguera son atributos de quienes prefieren la vida muelle y relajada del atolondrado que pica por aquí y pica por allá, reincidiendo sin remedio y hasta el cansancio.


Pasaron los días y usted brillaba por su ausencia. Después de algunas semanas de insistencia logré ubicarlo y fuimos a la imprenta a recoger los demás libros. Otro desliz lamentable, no debí haber aceptado aquellos fardos en que se había convertido mi novela: por lo menos el 80% de los ejemplares adolecen de errores imperdonables de impresión, edición y montaje. He recibido docenas de correos y decenas de llamadas telefónicas alertándome de mutilaciones a mi obra, yo mismo, cada que tomo un libro para regalar u ofrecer en alguna librería, debo coger 20 para que luego de fatigosa revisión, resulte entre mis manos uno solo sin errores impresentables: ausencia de 1,2 ó 3 hojas, hojas en blanco, hojas dobladas, mala compaginación, por no mencionar la pésima calidad del papel, la peor calidad de la impresión y el rematado cuidado de edición de una novela que —usted lo sabe— no se merecía ese boicot editorial, que es como califico su trabajo.


Pero hay más. Hace varios meses tuvimos una conversación, todavía amical, en la que también estuvo presente el poeta y novelista Jorge Espinoza Sánchez, y usted se comprometió a resarcir la fallida edición de mi novela, a más tardar en el mes de abril. Aunque no refirió el año, mi buena fe me indujo a pensar que se trataba del mes de abril del año que transcurre. Tercer error.


Pues bien, le escribí cuarenta y nueve correos referidos a este asunto y hasta la semana anterior, por motivos ajenos al tema de la presente, usted seguía rutilando pero por su ausencia. Diariamente decenas de mensajes atiborran mi correo electrónico preguntándome en dónde venden mi novela, haciéndome comentarios sobre la misma y la desastrosa edición, muchos colegas la han buscado inútilmente en diferentes librerías y sospecho que si no hubiésemos acudido conmigo mismo al Bulevar de la Cultura del jirón Killka, estoy seguro que La Ciudad de los Culpables no estaría hoy en las calles.


El delito de estafa tiene diversas connotaciones jurídicas, señor Harold Alva, pero el núcleo del concepto reside en el engaño. Sólo usted sabe si su intención respecto a mi obra ha sido esa o alguna otra, que la contundente realidad de la desastrosa edición de mi novela le responderá cualquier argumentación que usted intente ensayar en favor suyo, pues todo lo que aquí reseño no tiene carácter personal, está referido estrictamente a su trabajo como editor de mi novela.


Zein Zorrilla dice que en el Perú la labor de los escritores no termina al finalizar de escribir su obra. Allí recién comienza la titánica faena: difundir y distribuir su propia obra luego de sobrevivir a los editores y al mercado. Cuánta razón tiene el escritor ingeniero cuyo esclarecedor ensayo "Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac", escrito con pluma diestra y editado en bello formato, hubiese causado revuelo en cualquier otra nación que apreciase a sus escritores: aquí toda la prensa le ha dado la espalda y apenas ha sido brevemente comentado.


Espero pues, señor Harold Alva, que esta carta le induzca a severa reflexión y a cumplir con la palabra empeñada que ese es un valor que mis padres me enseñaron de niño, creo todavía que usted puede rectificar los errores, me costaría aceptar que su estructura mental es la típica de sujetos coloniales pervertidos por la semi-feudalidad y la criollada, pero matizada convenientemente por raptos de cinismo, característica de la ética del pendejo. Creo que usted ante todo, sigue siendo todavía poeta.



Rafael Inocente



Esto es un botón de muestra de nuestra invertebrada industria editorial. Lo sorprendente es que, pese a estas cosas, nuestros escritores siguen y siguen en la brega. ¿De dónde sacarán tanta fortaleza?

domingo, 3 de febrero de 2008

EL ESCRITOR, LA EXCELENCIA Y EL MERCADO



Sí, hoy hablamos de esa siempre actual –y siempre hastiante - discusión sobre “andinos y criollos” o “hegemónicos y excluidos” o el término binario que mejor le parezca.

Esta discusión –de la cual el congreso de Madrid fue solamente un capítulo- empieza a partir de la queja airada de muchos escritores contra las mafias y las argollas de los escritores limeños o pitucos, que se han adueñado de los medios y las estanterías y que boicotean inexorablemente el aporte de los escritores venidos del interior del país. Es decir, una élite engreída y malvada que publica merced a privilegios mientras manipulan los hilos editoriales y reproducen conductas racistas para seguir ignorando la creciente marea de escritores provincianos.

Por el contrario, la inmediata respuesta es esta: Los llamados andinos o excluidos son una caterva de fracasados y resentidos, losers que mascullan su rabia por no tener ante el público el éxito de otros. Incapaces de triunfar en el mercado, incapaces de ser leídos por los peruanos; crean sus fantasmas y se refugian en un victimismo llorón. En vez de aprender de sus paisanos músicos, que ya se han adueñado de las ondas y los espectáculos; esperan que alguien les dé la ayuda que su falta de excelencia –y exceso de mediocridad- les impide.

Bueno, he caricaturizado la vaina para ponerle pimienta a una discusión demasiado enfurruñada. Ahora sí meto mi cuchara:

-Sí, existe exclusión (me parece inaudito que escritores como Sócrates Zuzunaga o Cayo Vásquez sigan siendo poco más que clandestinos). Ahora bien: eso es algo normal en sociedades de democracia incipiente e incluso fallida, donde los prejuicios se adelantan a la información y donde los mecanismos de poder y dominación actúan casi con impunidad en un país de instituciones débiles, por no decir inexistentes. El que haya una minoría hegemónica y una mayoría de buenos escritores “invisibles” no es tanto por el egoísmo de los primeros como sí por la actual conformación de nuestra sociedad.

-El mercado editorial en el Perú es débil, invertebrado y muy irregular ¿Qué mercado del libro existe en un país donde éste es un virtual artículo de lujo, externo y lejano? ¿Qué tipo de mercado editorial tenemos en un país que no cuenta siquiera con una miserable red de librerías a nivel nacional y donde la mayoría de librerías en el Perú son más bien papelerías con bestsellers pirateados? ¿Qué mercado hay cuando la mayor parte de las editoriales nacionales se portan con los escritores de una forma leonina, casi venal, sabiendo que nadie les castigará? Mercado será la producción audiovisual (incluso, la informal) o la gastronomía, donde los capitanes de empresa la han sudado solitos y han generado una aceptación popular. Temo que (aún) no podemos decir lo mismo en el campo editorial.

-La excelencia por sí sola no gana batallas, no en el Perú. Que lo diga el gran escritor huanuqueño Andrés Cloud, cuya chispeante narrativa solo fue conocida cuando ganó –hace algunos años- el famoso premio cuentístico de una revista limeña. Sin embargo, lo peor que les puede suceder a los escritores del interior es que les suban al carro escritores mediocres o menores que esperan el chorreo de los consagrados. Y -aunque parezca sólo amor a la camiseta- yo tengo fé en los nuevos escritores que están surgiendo en varias ciudades del Perú.

Concluyendo: La exclusión en la literatura peruana existe pero no es producto de miserias privadas como sí de problemas sociales vigentes. Esos problemas se cristalizan en la debilidad del mercado como mecanismo de publicidad de los escritores (y más bien tienden a fortalecer las argollas) así como en la imposibilidad de una distribución más o menos uniforme de la producción literaria nacional. Además, en una sociedad predominantemente audiovisual, donde la oralidad es la base de la cultura popular y las nuevas tecnologías están revolucionando las dinámicas de información y de ocio; el campo literario tiene mucho menor margen de maniobra.

Sin embargo, creo que la solución no pasa por el ejercicio de la queja pública. Chau al muro de las lamentaciones. Los escritores tenemos que HACER ALGO.

Propuestas que podremos discutir en otro momento:

-Crear circuitos editoriales alternativos teniendo como base escuelas, institutos pedagógicos, colegios profesionales e instituciones públicas. En Chimbote ha funcionado una alianza entre escritores, libreros y colegios para que los escolares lean y conozcan autores de su región.

-Conseguir nuevos agentes financiadores del libro y su difusión, señaladamente hablamos de Gobiernos regionales y locales. Hay antecedentes muy positivos en Huánuco y Loreto.

-Que los escritores intenten constituir alguna asociación gremial que pueda proteger sus intereses como autores. Ya hay un ejemplo (minúsculo y aún poco difundido) como el del Gremio de Escritores del Perú; pero sabemos que hay homólogos regionales en provincias. Sería bueno que unificaran sus prácticas y se comunicaran mejor.

¿Se me ha escapado algo? Seguro, a ver, soy todo oídos…
ACTUALIZACIÓN: Como odio la discusión a solas, sugiero también leer el texto (y el blog) de Federico Villarán, lleno de ironía, mala leche y mucha verdad. Asimismo, pásense por el sugerente texto del escritor chimbotano (¡cómo no!) Roger E. Antón Fabián, con nostalgia de la buena. Ah sí, también los inefables comentarios de Faverón, Paolo de Lima y quien será -malgré lui- un habitual en esta casa. Que nadie me llame sectario, porfa.